MANEL. Ibiza, 7-8-2011.



La coraza folk de Manel.

Creo que últimamente mi suerte está cambiando. He empezado en un trabajo estupendo, donde me siento cómodo y valorado; después me comunican que por obras en la oficina, tenemos dos semanas de vacaciones en pleno agosto. Me vuelvo a Ibiza. Y luego resulta que el día siguiente a mi llegada a la isla, tocan los Manel en la capital, gratis, por motivo de las fiestas patronales. Todos coinciden en que es uno de los grupos del momento, pero yo aún no había tenido ocasión de verlos, y casi ni de escucharlos. Así surgió la ocasión perfecta, en el ibicenco Parque Reina Sofía, pese a las deficitarias infraestructuras de sonido. La ocasión de corroborar, y de tratar de explicar por qué el fenómeno Manel está siendo lo que es.

El concierto se celebró el domingo 7, a las diez de la noche. El Parque se encuentra al pie de los baluartes (construcción defensiva militar) que presiden la capital de la isla pitiusa. Un sitio bonito, entre murallas y árboles, donde es complicado enclavar un escenario decente. Los grupos locales 4 de Copes y Quin Delibat! abrieron el apetito de los adolescentes, niños y familias que, finalmente, fueron también mayoría en Manel. Todo con retraso, problemas técnicos, ¿Pero qué le vas a pedir a un concierto gratuito en pleno viaje a Ibiza? Poco antes de la medianoche, por fin, subieron los catalanes al escenario, y a partir de entonces todo tuvo un poco más de aspecto de concierto serio y de verdad. Sin desmerecer a los teloneros: el problema fue siempre el apartado técnico.

Pero Manel, más que una armadura, lo que tienen es una coraza de sonido por piel, capaz de hacerles funcionar musicalmente de manera asombrosamente eficaz, al margen de cualquier tipo de mediación técnica y de producción. La explicación de que un grupo del caché de Manel toque gratis es, precisamente, que en esas condiciones no pueden asegurar dar un buen concierto. No obstante, la actuación estuvo muy por encima de las circunstancias: su valor quedó muy por encima de los cero euros que pagamos. Su sonido, pese a las condiciones, resultó muy compacto y sólido; directo, claro y preciso. Sus pieles exhumaron folk a raudales, pero delicadamente mezclado con hilillos de pop, levemente amplificados, seguramente en congruencia con el público que allí nos congregábamos. Sonaron especialmente bien 'Al mar!', 'En La Que El Bernat Se’t Troba', 'Boomerang', 'La Canço Del Soldadet', y nos deleitaron con su versión de 'Common People', de Pulp.

Ésta última nos cayó de sorpresa a quienes no conocemos la obra de Manel al completo: un regalo al oído que nació de uno de los múltiples monólogos con los que Guillem Gilbert, cantante y guitarrista clásico, presentó al resto de la banda. Entre canción y canción nos cuenta una historia, una anécdota relativa a cada uno de los demás, con esa forma de hablar, de contar cosas que tienen los catalanes: sarcástica, irónica, explicativa y autocrítica; entre la monotonía casi binaria de Eugenio, y el ritmo atropellado y ramificante propio de Buenafuente. En realidad, da la sensación de que también cada canción es, en el fondo, una historia cantada, una narración acompañada de música. Definitivamente, en Manel, la oralidad resulta un tema clave para entender qué son y por qué suenan como suenan.

El fenómeno neofolk, extendido últimamente por todo el mundo, se basa en unos músicos jóvenes que descubren las raíces musicales de su tierra, no desde una limitación de horizontes, no como su única opción, no como una repetición casposa de la única tradición cultural que han podido ver; sino al revés: una vez explorada toda la oferta musical, vuelven a sus tierras y redescubren su propia cultura, su propia tradición musical. Pero no desde dentro, sino desde fuera, como una elección, no como una obligación, o una inercia cultural obsoleta. La elección de Fleet Foxes, de Iron & Wine, de Caléxico, o la de los propios Manel, no significa un cerrojazo ultranacionalita excluyente y reivindicativo del volkgeist de cada una desus regiones de origen; sino una nueva mirada a esa tradición particular de cada uno, con el bagaje y la riqueza que aporta la observación de lo ajeno, y el dejarse empapar por determinadas influencias. Manel hace folk catalán, pero es así de atractivo porque se nota que han escuchado mucho a Belle & Sebastian, a los propios Pulp, y a los grandes grupos angloamericanos de pop de los ‘80-’90. El neofok es, por tanto, uno de los primeros y más fascinantes fenómenos culturales que ha provocado la globalización y el acceso libre al contenido cultural de cualquier lugar del planeta.

En el caso concreto de Manel, al margen de la decoración pop que se respira en muchas de sus canciones, bebe directamente de unas tradiciones completamente reconocibles; renovadas, refrescadas, redecoradas, como decía, con delicados hilillos de pop de ascendencia glam. La vocación oral de la banda, encarnada casi exclusivamente en Gilbert, resulta fundamental. Los monólogos, la forma de contar, la importancia de esos momentos entre canción y canción, así como su sonido al completo, nos remiten a una forma de oralidad que no solo es tradición catalana, francesa o española, sino europea en general, datada cuanto menos del Medievo. Nos conecta inmediatamente con el viejo concepto de juglar, con el cantar de gesta en verso, el cuento cantado; nos remite a la chanson francesa, a la narración acompañada de música, al trovador medieval, pero desde la estricta contemporaneidad.

Otra característica en común de los grupos neofolk del mundo entero, es que parece que han completado el conocimiento de todos los instrumentos modernos, y por tanto, al volver a la música patria, vuelven también a redescubrir los instrumentos locales tradicionales. La instrumentalización es clave en el fenómeno neofolk: la antítesis del otro gran fenómeno musical de las últimas décadas, la música electrónica. Pero alejados de esos dos extremos, Manel hace un popfolk con claro aire mediterráneo y vocación trovadoresca, resultado de beber tanto de la música contemporánea como de esas raíces culturales que mencionaba antes. Un folk que no necesita más que los instrumentos convencionales del poprock, y una buena dosis de autenticidad, para dejar claras cuáles son las particularidades de un músico catalán que, aun habiendo escuchado música de todas partes, se ha dejado empapar por sus propias tradiciones culturales.

Un concierto notable, dadas las circunstancias, pero desde luego para mí ha sido la pista que necesitaba para empezar una profunda investigación auditiva de esta banda de la que tanto se habla. Manel tiene contenido: no es solo ese sonido aparentemente sencillo, rural y casi bucólico; es una amalgama musical interesantísima que, gracias a Dios, ha gustado también a las mayorías.

Fotografías de Pablo Luna Chao.

ELI 'PAPERBOY' REED. Madrid, 27-7-2011.



Eli 'Paperboy' Reed: el blanco que tenía el alma negra.

SON, la promotora musical de Estrella Galicia, nos está malacostumbrando. Sus citas en el Teatro Lara se están convirtiendo en algo absolutamente ineludible últimamente. Imagínense: el martes y el miércoles nos trajeron nada menos que al niño prodigio del soul americano, Eli ‘Paperboy’ Reed; ayer fue el turno de Jamie Lidell, y esta noche, para completar una semana de órdago, nos las veremos con el californiano, curtido en mil batallas, Chuck Prophet, y su actual banda, The Mission Express. Habrá que sentirse afortunado y todo por estar en Madrid durante este ecuador de verano. Desde luego, el padecimiento es soportable a la sombra del oasis en que han convertido los de SON nuestro Teatro de la Corredera baja de San Pablo. La doble sesión de Reed, o por lo menos el concierto que dio ayer miércoles, al que asistí por los pelos directamente desde la T1 de Barajas, fue una auténtica pasada. Todavía tengo dudas de que aquello fuese real; pero sinceramente, no creo que yo sea capaz de imaginar una voz tan alucinante por mi cuenta, así que supongo que aquello sucedió de verdad.

Cuando alguien te descubre a Eli Reed, lo primero que suele decirte es que lo que oyes no es soul de los años 60, de la edad de oro de la música negra. No, esta voz es actual, de ahorita mismo. Lo segundo que te dicen, para incrementar tu sorpresa y asombro, es que la voz en cuestión no pertenece a uno de esos negros portentosos de raíces sureñas: Eli es tan blanco como lo era Elvis, se gasta un tupé más propio del rockabilly que del R&B, y por lo que parece, le espera la misma evolución corporal que al Rey, al menos en lo que a la cintura se refiere. Por último, cuando ya uno no se puede creer el error de Dios en la asignación de las virtudes vocales, te dicen, para rematarte, que el chico de los periódicos apenas tiene 28 años. Y entonces solo puedes rendirte al genio que algunos seres poseen, quién sabe por qué, y disfrutar del regalo que éstos hacen al mundo cuando se ponen frente al público.

Son días tristes para el renacimiento del género, dicen. La muerte de Amy Winehouse es una tragedia humana y seguramente, aunque no es mi opinión, musical; pero no es cierto que deje huérfanos a los amantes del soul, que parece que no han tenido otra figura a la que aferrarse para dejar atrás los Cds de Marvin Gaye, Solomon Burke (fallecido hace menos de un año con una décima parte de cobertura mediática), u Otis Redding. La irrupción de Eli ‘Paperboy’ Reed en el panorama musical, sobre todo a raíz del lanzamiento de su segundo trabajo, Roll With It, en 2008, ha sido verdaderamente la mejor noticia de las últimas décadas en lo concerniente al soul. Puede que Winehouse volviera a popularizar el género, pero Reed está destinado a marcar una época; por un talento desbordante, una identidad innata, y un continuo demostrar que está en el mundo para cantar como canta. Es, sin duda, uno de los artistas del momento, y verle como lo vimos en el Teatro Lara, es un privilegio al que no quiero acostumbrarme.

Acompañado por los True Lovers, una banda de vientos, cuerdas y percusión que le llevó en volandas, el chico de Boston interpretó casi al completo su último Cd, Come And Get It, grabado junto a los arriba mencionados, y editado en 2010. Un soul clásico, pero claramente refrescado, pretendidamente nostálgico con una época y con una estética que siguen vivas, en el vestuario de Reed por ejemplo, o en su forma de gesticular mientras canta. Eli, por momentos, parecía un personaje sacado de uno de esos casinos donde siempre es año nuevo, fluctuando entre las décadas de 1950 y 1960. Pero en general, al margen de una estética u otra, todo el concierto fue una abrumadora demostración de que, al contrario que en la película de Benito Perojo, es un blanco que tiene el alma negra. Cuando se estruja el cuerpo entero para derrochar esas notas sostenidas, todos, hasta los músicos que lo acompañan, permanecemos en vilo, como creyendo que puede juntar el cielo y la tierra.

Supongo que así debían ser los conciertos de soul durante la edad de oro del género, e incluso mucho mejores. Conciertos como el del miércoles son, probablemente, lo más cerca que podemos estar de aquellas fiestas; incluso el teclista actuó de presentador de la gala, con espectacular presentación de cada uno de los miembros de la banda, y su correspondiente solo, y agradecimientos integrados a la música, ya convertida en base. Una forma concreta de vivir la música, la de los negros, que ya no es solo patrimonio suyo. Nadie puede resistir el chute del soul cuando se interpreta con la categoría que demuestra Eli Reed: el Teatro se desbordaba, todos en pie, bailando entre las butacas, y admirando el poderoso torrente de voz de esta joven promesa que ya es, por méritos propios, una gran estrella de la música. Pero desde luego, lo que está claro es que las penas que no se curen con una buena sesión de soul, es que no tienen cura.
Fotos de Pablo Luna Chao.

DISCO LAS PALEMERAS!



Para cuando estemos en guerra.

Menos mal que pago mi suscripción a Spotify religiosamente cada mes, porque si no esa estúpida restricción de escuchar, como mucho, 5 veces una canción, me habría impedido regodearme en el tema que abre este Cd, La Casa Cuartel, tantas veces como lo he hecho. LastFm dice que llevo 10 escuchas, pero entre el coche y el nieto moderno del walkman, estoy seguro de haber llegado al medio centenar de reproducciones. Es, sin duda, la mejor canción de este primer álbum de Disco Las Palmeras!, una banda de Sarria (Lugo) que me ha convencido, ahora ya en serio, de que en España empieza a ver grupos verdaderamente interesantes, y exportables. 

Al margen del clásico pop-rock (o punrock), y de un pop pastelero, siempre prolífico, del que raras veces entiendo su éxito, parece que el rock alternativo ha despertado; un rock de influencias serias, de intenciones sin complejo, con peso y poso. No es que sienta orgullo patrio, nada más lejos; pero me alegra comprobar que nuestra generación, efectivamente, posee un bagaje musical netamente superior al que tenían las anteriores. Así es como nacen bandas importantes, y así es como el público se hace más exigente y experto. Creo que Disco Las Palmeras! no podría haber existido hace 20 años, y ya no solo porque tengas influencias de reciente existencia, sino por el tipo de acceso que han tenido a ellas. Dios bendiga a Internet: mecenas de la música que viene (y que ya está aquí).


NIHIL OBSTAT es una bomba de relojería, o un cinturón militar de cartuchos de fusil, todos a punto de estallar. Desde el primer segundo de música el oyente se siente parte de una guerra: donde el miedo, el shock y la adrenalina desbordante son parte fundamental del juego. Disco Las Palmeras! practican un noise melódico, que envuelve un esqueleto post-punk, teñido de cierto derrotismo, algo de angustia, y una fascinante sensación de oscura inquietud. Las bandas guerreras, las que descargan ego con la eléctrica de su métrica, tienen algo de irreal que en Disco Las Palmeras! desaparece. Suena a un dibujo más certero, más real y cruel de la batalla: la guerra es ruidosa, sí, pero también es sucia, esquiva, pesada y exasperante. NIHIL OBSTAT es una recámara de arma cargada de estado emocionales, a veces contradictorios, pero siempre abocado a la eterna pelea (con la vida, supongo).

Pero volvamos a la casilla de salida: a La Casa Cuartel. No es un bajo lo que entra a los 8 segundos, para acompañar a una batería de atentado. La voz de Diego Castro, mortal como la picadura de una enorme araña negra, va pregonando la tragedia; y las guitarras, que son todo lo que hay, se abren paso entre los escombros. Poco a poco la imagen es más nítida, pero también más terrible. Un punteo lejano es el grito del caballo del Guernika. La constancia de la batería es la pulsión natural del corazón luchando por vivir. La melodía, escatológica y condenada, se va transformando, a medida que se abren las cuerdas, en la descripción pura de las llamas. Y al final, tras un mínimo armisticio, sabremos la verdad. 

Disco Las Palmeras! tiene un secreto: son un trío sin bajo. Se las arreglan con una séptima cuerda y con una distorsión desproporcionada. Por eso suenan así: como una cabalgata de coches fúnebres, desbocados sin freno. NIHIL OBSTAT mantiene el ritmo hasta el final, con una leve tregua shoegaze llamada precisamente Estados Emocionales (Y Vaticanos), que es lo que son sus canciones: un pulso constante con las emociones, con ese instintivo enfado que sentimos por haber sido creados mortales. Disco Las Palmeras! canaliza esa rabia en un sonido desafiante y marcadamente armado: bombardeos de batería en Los Economistas, fuego de mortero en No Lugares, ráfagas de pelotón de fusilamiento en Me La Jugaste En China; aniquilación nuclear lenta y sin dolor en Testigos de Dios.

Me los perdí en el Día de la Música, porque me hablaron de ellos esa misma noche, tras su concierto. Por eso digo que no es por orgullo patrio por lo que me alegra la aparición de buenos grupos nacionales, sino por la certeza, casi absoluta, de que veré a esta banda un montón de veces. La veré crecer, evolucionar, y con un poco de suerte, la veré despuntar en un escenario grande y oscuro, que es donde deben estar, aunque no hagan una música fácil de escuchar para el gran público. Disco Las Palmeras!, junto a Cuchillo, seguramente más expansible, son para mí el futuro del rock alternativo nacional (y ya veis: unos de Lugo y otros catalanes...).



BLONDE REDHEAD



El placer del contraste.

Kazu Makino y los gemelos Pace son Blonde Redhead, un trío italo-japonés que nació New York a mediados de los años '90, y que hoy en día es considerado, por muchos, como un grupo de culto. En 16 años han editado 8 Cds, los últimos tres con el sello británico 4AD, del Grupo Beggars. Llegaron a mis oídos hace dos o tres años como consecuencia del sunami que supuso en su carrera, y en el pop, la edición en 2007, de 23: para muchos, uno de los mejores álbumes del año, y probablemente su trabajo más escuchable y populista. 

Pero que no se me interprete mal: aunque provengan de un sonido cercano al grunge, auspiciado por el mismísimo Steve Shelley (batería de Sonic Youth y fundador del sello Smells Like Records, con el que también lanzó a la fama a Cat Power), y deriven en otro mucho más suavizado, sofisticado y pop, en ningún caso considero peor el 23 que, por ejemplo, el LA MIA VITA VIOLENTA, su segundo disco; o denigrante, criticable o lamentable la evolución a lo largo de su carrera. Respeto la línea que han seguido; no en vano, Girl Boy, el último track de su primera obra (cuando todavía eran cuatro), ya anunciaba el futuro de la banda.


En Blonde Redhead siempre ha estado latente la tendencia que explota en 23: un dream pop donde el peso de la distorsión se ha reducido drásticamente, más adaptable a los oídos de las mayorías. Personalmente, pese a que me fascinaron con ese sonido, he ido apreciando más y más a esta banda por sus primeros trabajos, sobre todo por este segundo, LA MIA VITA VIOLENTA. Conociendo dónde acaban, es delicioso observar como segregan las pocas gotas de dulce pop que, doce años más tarde, serán una líquida avalancha, un sunami de pop alternativo. La aspereza del grunge ya casi es costra, y pronto (o poco a poco, mejor dicho) desaparecerá del todo. Desde luego, no van a ser los primeros ni los únicos en mostrar cómo la incertidumbre de la generación X dejó cicatrices menos marcadas de lo que se pensaba.
LA MIA VITA VIOLENTA es el temprano punto de inflexión a partir del cual se va a imponer su personalidad y su determinado sonido, a cualquier tipo de etiqueta cerrada. Blonde Redhead, si es que lo hizo alguna vez, dejó muy pronto de hacer grunge, encontrando una fórmula de expresión clara, directa y concreta, pero con la vulnerabilidad que siguió a la muerte de Kurt Cobain. Si a ese mayor punto de emotividad le queremos llamar pop, hagámoslo; pero en la forma, en los rasgueos, en la imperfección manifiesta y chillona de las voces, en lo oblicuo de las miradas y la melodía, están todavía a años luz: es solo el zumo que sale de exprimirlo una y otra vez, como se hacía con los árboles de caucho en el Amazonas, allá por la época de los pioneros y fitzcarraldos.

Cuando abres el Cd la voz de Kazu Makino se sale de la caja, libre y plenamente consciente de cómo es el cuerpo que posee. En I Still Get Rock Off, justo al principio, coquetea con la influencia de Liz Fraser (Cocteau Twins), pero en seguida adopta la postura de una gata en celo, y su voz juega al despiste con la de Amadeo Pace, en un descosido dúo de jirones. Y no vuelve hasta I'm There While You Chock On Me, la más áspera junto con la primera y la última, Jewel. Parece como si reservaran la cara más severa, la más chirriante y rasgada a la voz femenina y mordiente de la nipona: auténtica bella enredada en espinos. Y la versión más envolvente, poprockera, oscurecida y glamurosa, se expone a la sombra de la voz masculina, más profunda que incisiva. Violent Life (pese a su violencia), U.F.O., 10 Feet High, y Down Under y Bean (aunque a dúo con Kazu). 

En Harmony y Young Neil muestran la faceta que hay presente en todas las canciones: una sana afición por la evasión, por una psicodelia misurada, imprecisa y esquelética. En la primera, casi del todo instrumental, ensayan un progresismo, acompañado por un sitar precioso, que culminan las voces en dúo. Desde luego, es un disco sin desperdicio alguno. Escuchándolo uno se debate entre la pasión latina del acento melódico, y la austera e insensible mirada turbia de los mártires del grunge. 

Blonde Redhead pasarán este verano por España. Será la primera vez desde que yo los conozco, y desde que presentaran su 23 en 2007 en gira con Interpol. Se supone que nos traen el Penny Sparkle, pero espero y deseo que muestren todas sus caras posibles. Escuchando este último Cd, mi tendencia natural ha sido ir a buscar sus primeros tiempos, y no porque fueran mejores, sino porque el contraste le queda a este trío como un guante. Es, quizá, su atractivo más especial.


CUCHILLO. Madrid, 9-7-2011.




Cuchillo en HD.

Entrar ayer noche en el auditorio del recinto del Conde Duque fue como entrar en una dimensión de alta definición: el radar de los sentidos disparado, la percepción acentuada, los poros de la piel totalmente dilatados; todo era poco para absorber lo que allí se estaba cociendo. En esa sala diáfana y distinguida de asientos mullidos, en ese pulcro escenario de música erudita, sobre unas tablas exigentes, y ante un público experimentado, los Cuchillo perpetraban su asalto definitivo a la capital. Los Veranos de la Villa, siempre a la altura, nos dio ayer la oportunidad de disfrutar de una de las bandas más prometedoras del panorama musical español, uno de los directos más interesantes que actualmente podemos ver y exportar. Cuchillo es una amalgama de influencias, oportunamente destiladas, que se articulan en una especie de rock fílmico, experimental, folk y psicodélico. Hipnotizan, evocan y enganchan.

La primera vez que su disco Cuchillo me acompañó en mis quehaceres, apenas profundicé en mi observación. Me atreví a recomendarlo, atribuyéndoles ciertas semejanzas a Tool, lejanas y sutiles, por supuesto, pero esa común envoltura oscura, de arpegios narcóticos y notas circulares existe; y los Cuchillo la mostraron ayer a modo de bienvenida. 'Sombra y Mar', la canción que abre su Ep Duat, abrió también el recital. Tras una alargada intro, de guitarras bajo el sol de Calexico, nació el canto monacal que tanto me recordó a Fleet Foxes la primera vez que lo oí; y en seguida se blandieron las baquetas, las guitarras. En seguida, la versión más concreta y material de Cuchillo, la más enérgica y desafiante, afloró como si esa fuera su habitual naturaleza. Y no era más que el principio.

Lo que al principio era un dúo, el de Israel Marcos (guitarra y voces) y Daniel Domínguez (percusión), se ha transformado en trío con la incorporación de Henrik Agren, un pintoresco músico noruego que tocó la segunda guitarra, el teclado y el piano, entre otras cosas, envuelto en un chaleco que no encaja en el siglo XXI. Peores eran los pantaloncitos vaqueros del batería, pero sus buenas artes con baquetas (de tres y cinco tipos), panderetas y demás castañuelas de conchas de mar, así como el suave contoneo de su forma de tocar, hicieron que los ignorásemos rápidamente. Israel Marcos iba impoluto. Su camisa blanca relucía como en el anuncio del mejor detergente, la pluma colocada en su guitarra parecía la de un ave imperial, y en general, por su actitud y la extremada calidad de todo lo que hizo, cualquiera pensaría que lleva media vida subido a un escenario.

De todas formas, el concierto de ayer no estaba concebido como algo normal o convencional. La perfección y pulcritud estética, la diáfana ordenación de acordes, decorado e iluminación, las camisas y el piano de cola, eran el maquillaje adecuado para que aquello quedara registrado en video. Era su definitiva puesta de largo, grabada en absoluta intimidad: en la que da un público pasmado por la retahíla de cosas asombrosamente bien hechas con las que Cuchillo no dejó de honrarnos. A parte de sus temas más reconocibles, nos regalaron el anticipo de cuatro de las nuevas piezas de lo que será su segundo Lp, uno de ellos interpretado en Madrid por segunda vez ante el público: “fresquito”, se atrevieron a decir. Y aunque el fallo fuera insignificante y rápidamente corregido, incluso previsto por el indiscutible Marcos, demostraron ser un poquito humanos, gracias a Dios.

El tiempo con los Cuchillo parece correr en círculos. El concierto no duró más de hora y media, pero los minutos fueron densos y de una textura que nos permitió disfrutar de cada uno de sus segundos como si fueran semanas. 'Cuando Te Canto', 'Black And White Numbers' y 'Come With Me', hacia la mitad del recital, fueron auténticos ejercicios de experimentación del rock: afloraron los pequeños instrumentos, los delicados detalles, el bamboleo diluido de las guitarras sobre ritmos hondos y esféricos, y la psicodelia limpia y sana. De repente pensé que estos chicos nada tenían que envidiar a Grizzly Bear o a Beach House. Marcos samplea su propia voz, y la guitarra, como haría también más tarde en 'Breathing Again', la última antes de la pausa, y en 'Último Silencio': ultimísima canción. Incluso, entre tanta experimentación folk, me pareció entender su rollo moroone como un acercamiento al 'Kashmir' de Led Zeppelin en 'Come With Me'. En cualquier caso, por momentos, solo le faltaba a todo aquello la presencia de un chamán, de un viejo brujo o de un jefe indio, invocando a los dioses y a los muertos.

Una de las grandes virtudes de Cuchillo, ahora que les he visto en directo, es que resulta que sus discos no son más que un bosquejo de lo que luego son capaces de hacer sobre un escenario, un boceto de cualidades con pulso de cadáver que obtiene vida, se levanta y anda, solo cuando la cita es el directo. Sobre las tablas estos chicos pueden transformar los temas a su antojo, matizándolos y enriqueciéndolos una barbaridad. Así es como hicieron del 'Ultimo Silencio' el más atronador de los finales; al más puro estilo Godspeed You! Black Emperor: describiendo el apocalipsis, y después el nuevo orden. Cuesta creer que sean solo tres. Tres hombres para hacer música, con la propiedad de quien expresa estados puros de ánimo.

La imagen, por momentos, parecía no ser real: demasiado perfecta, demasiada definición; demasiado ambiente pintado por y para la música del trío. Las cámaras vigilaban, los objetivos enfocaban sin dolor, y ellos hicieron más de lo que tenían que hacer. Todos salimos en el vídeo con la boca abierta, con los ojos cerrados de nuestra imaginación, libre y campante por lo irreales palacios de sonido de Cuchillo. Todos menos ellos, firmes y seguros como estatuas de canon clásico; en paz con su música, y con un público que, con el tiempo, se rendirá como a la peor de las epidemias, al misterioso encanto del post-rock más interesante de nuestro panorama musical. Lo que vimos en el auditorio del recinto del Conde Duque es, sin más, el mejor directo que un grupo español puede ofrecernos en la actualidad. Y lo vimos en HD.

ORNAMENTO Y DELITO. Madrid, 8-7-2011.




Ornamento y Delito en la Costello, pero no lo digas muy alto.

Quedarse en Madrid en verano no está tan mal, siempre lo he dicho. Aún no está la población diezmada, como lo estará en agosto, cuando aparcar en la calle a la que vas no será, en absoluto, misión imposible. Como suele ser habitual, la oferta cultural veraniega de la capital no va a dejarnos huérfanos de buenos momentos, y ya está en marcha. Ayer po la noche, por ejemplo, pudimos asistir, aunque fuéramos solo el medio centenar que éramos, al concierto en la Sala Costello de Ornamento y Delito. Porque no todo va a ser el San Francisco de Asis de Messiaen y Mortier, el Festival de Teatro de Almagro, o el FIB. La pequeña cultura, si se me permite la expresión, la de los clubes, la de los cines al aire libre cuando cae la noche, y la de todos los libros, series y películas que vemos atrincherados en casa hasta que el sol se larga; esa pequeña cultura, doméstica, personal e íntima, también se mueve en verano.

Si tuviera que definir el concierto del viernes con una sola palabra, usaría timidez. Ornamento y Delito son un grupo de cuatro, pero solo Gari, el guitarrista, teclista y cantante, sobresale y da algo de juego. De entre un público en que se hallaban conocidos de la banda salió en un momento la petición de que sonaran clásico, a lo que Gari, con una sonrisa clara, respondió con un seco no. Rompecabezas De Moda Y Perfección Moral, y parte del material nuevo que están preparando para su siguiente Lp, iban a ser el menú de una sesión que duró algo menos de hora y media.

Abrieron el concierto con 'Loca Por Ti', y lo clausuraron con 'La Policía'. 'Beñat', 'La Cita' y, por supuesto, 'Madrid', no faltaron en el setlist. Eran, seguramente, las canciones más deseados, y sonaron prácticamente idénticas a como las oímos en el disco. La misma textura, el mismo ritmo, el juego de voces indolentes que despliega Gari, el guitarreo clavado en el segundo adecuado. Todo sonó como si les hubiéramos dado al play, como si fueran un reproductor de audio mp3. En ese sentido, nada sorprendentes. No me gusta cuando un grupo te da en concierto estrictamente lo que uno espera escuchar. Tocaron bien su música en meseta: sin una sola subida de tono emocionante, ni un segundo de más de esa apatía que les aboca a la oscuridad.

Por otra parte, las cuatro o cinco canciones nuevas que presentaron, de un disco que esperan sacar este mismo año, parecieron anticipar un leve cambio en sus formas musicales. Puede que es su próximo trabajo veamos entrar más luz por las rendijas de su alicatado estilo; tal vez la paleta de colores admita más tonalidades, o eso me pareció al escuchar sus novedades. Canciones con la personal impronta de Ornamento y Delito, pero con un leve soplido de aires renovadores. El cuarteto vasco-madrileño ha venido demostrando, durante sus cinco años de vida, que sus nuevos trabajos siempre aportan algo nuevo.

Rompecabezas De Moda Y Perfección Moral les ha colocado ya en un lugar privilegiado dentro del panorama nacional. Pasito a pasito, y con la timidez por bandera, Ornamento y Delito sigue creciendo. Aunque el concierto del viernes no fuera en absoluto inolvidable, fue agradable ver en petit comité a una banda que, si sigue por el mismo camino, atraerá a muchísimo más público dentro de unos años. Personalidad no les falta; solo, tal vez, creérselo un poquito más.

SONO, LA NOCHE ALTERNATIVA DE ESTRELLA GALICIA. Madrid, 6-7-2011.




SONO. La noche alternativa de Estrella Galicia.

“En actividades de cualquier género, especialmente culturales, es aquello que se contrapone a los modelos oficiales comúnmente aceptados”. Así define la RAE el término ‘alternativo’, y si tenemos en cuenta la coincidencia con el concierto de los Foo Fighters, el miércoles noche, entenderemos por qué SON, la promotora de conciertos de Estrella Galicia, bautizó su evento en el Teatro Lara con el sugerente nombre La noche alternativa de Estrella Galicia. SONO: un sueño, el de una noche de verano en Madrid. Y resultó ser, en efecto, algo más que una simple noche de conciertos. Cataloguemos o no lo que sonó en el Teatro con la etiqueta de música alternativa, lo que está claro es que el modelo de directo que allí experimentamos, y con el que nos sorprendieron, es innovador y novedoso o, al menos, poco habitual. Un concierto convencional (The High Llamas), un espectáculo músico-tribal (Esben & The Witch), una sesión de sombras analógicas (The Suicide Of Western Culture), y otra, la de una reciclada EME Dj, que se intercaló con los conciertos mientras todos cenábamos.

Y es que por momentos pensé que la música estaba siendo lo de menos. Porque señores, todo aquello fue organizado por gallegos, y como es norma entre ellos, de su casa los invitados no salen con hambre. Mejillones, empanada de xoubas, salpicón de marisco, presentado en una ingeniosa tarrina, chupitos de gazpacho y ajoblanco, jamón (del bueno), panes, brochetas de fruta en sopa de naranja aromatizada con vainilla, tarta de almendra con inyección de crema de orujo…y muchas, pero que muchas cervezas. En la noche alternativa, créanme, se vieron más Estrellas en el interior de Lara que en el firmamento acalorado de la noche de Madrid. La excusa, por buscar alguna, pudo ser el lanzamiento, hace ya unos meses, de Estrella Artesana, una cerveza de menor graduación, especial para las comidas, en cuya creación ha colaborado nada menos que Pepe Solla, seguramente la figura más importante de la nueva gastronomía gallega, y nacional. Entre The High Llamas y Esben & The Witch se destapó la verdad de La noche alternativa: todo aquello era un cóctel encubierto, y con muy buena música.

Los conciertos, de todas formas, y aunque en absoluto fueron lo de menos, resultaron un tanto extraños. El orden lógico de las cosas hizo que The High Llamas abriera la noche, con su sonido apacible, con su público particular; Esben & The Witch, el principal motivo de mi asistencia, nos pilló a todos con la digestión a medio hacer, y la atmósfera que crearon, sobrecogedora por momentos, pareció más una pesadilla, con espectacular banda sonora, eso sí, que la apacible noche de verano que veníamos viendo hasta entonces. Lo de EME Dj, entre tanto camarero de etiqueta que no paraba de sacar comida y cervezas, también resultó chocante, aunque sorprendentemente estimulante y bueno. Y para rematar una noche insólita, alternativa si se quiere, dos sombras invadieron lo que quedaba del Teatro, ya a eso de las 2, para regalarnos una electrónica épica, galáctica e infinita. Eran The Suicide of Western Culture.

High Llamas, al margen de gustos, tocó fenomenal. Sean O’Hagan, su líder, y antiguo integrante de Stereolab, tiene tablas de sobra sobre un escenario. Nada que ver con aquello: lleva 20 años con esta banda, y hace una música que puede transportar a un distraído oyente a la época del primer rock inglés, de aquel pop-rock inocente, alegre y despreocupado que los Beatles popularizaron. Las melodías, el tono, el xilófono, el banjo, la edad media de los seis músicos y las leves pinceladas de folk clásico americano que exhibieron, hablan de una banda que no se rinde a la modernidad. Y en ese sentido, me extrañó verles en La noche alternativa.

Pero la verdadera buena noticia de la noche del miércoles, al margen de las tres horas íntegras de Foo Fighters, al otro lado de la Castellana, fue el debut en España de Esben & The Witch. El trío de Brighton estuvo espectacular, muy por encima de mis expectativas. Tras la decepción que sufrí con Warpaint en el Primavera Sound, temía que estas nuevas bandas que considero hijas del Third (de Portishead), fueran solo mérito de buen estudio, producto de producción. La intensidad del concierto, el sonido denso y potente, y la tremenda caracterización de cada una de las canciones, en seguida, me hicieron comprender que Esben & The Witch son una realidad; con atmósfera de mal sueño, de onírica trascendencia, pero real, al fin y al cabo.

Presentaban Violet Cries, su álbum de debut, editado a finales de enero por el prestigioso sello independiente Matador Records; y se presentaban ellos. Resulta  fascinante ver a estos chicos hacer música. Alrededor de un timbal y de un simple plato, aporreados sin piedad, y siempre sobre bases de samplers y sonidos oscuros, tres cuerdas ceden al baile del post-rock, al embrujo de un trip-hop caducado, entrecortado, y más tétrico que nunca.

Los tres viven su propio concierto, su particular ceremonia entorno al fuego redentor de la música: Thomas Fisher toca la guitarra y prepara las bases y Daniel Copeman, con la melena tapándole toda la cara, guitarrea al más puro estilo shoegaze, y participa, junto a su atractiva compañera, en una básica percusión, con auténticos tintes de tenebrosa espiritualidad. Y Rachel Davies, la bajista hechicera de la banda, entre percusión y cuerda, demuestra tener la voz bien puesta. Aferrada al micro con la teatralidad de Beth Gibbons, acorde al espectáculo escénico de la banda entera, despliega un torrente perfecto y poderoso, un tono que se halla entre la firmeza y la seguridad, y la el más absoluto terror por la natural incertidumbre de nuestra vidas mortales.

El primer single, 'Marching Song', 'Warpath' y 'Eumenides', canción con la que cerraron el show, en una apoteosis de percusión final, sonaron especialmente bien. Cualquiera diría que hacen los músicos hacen poco sobre el trasfondo de la base, pero rasgar unas cuantas cuerdas, y aporrear un plato y un simple timbal, a veces, puede resultar un ejercicio de auténtico hipnotismo musical. Y cuando eso pasa, resulta fascinante. A ver cómo se portan en otro tipo de escenario; a ver qué hacen en el Paredes de Coura.

La noche la cerraron los chicos de The Suicide of Western Culture, una pareja de misteriosos personajes encapuchados: dos sombras sobre una gran mesa llena de aparatos electrónicos procedentes de otra época, incluso de otra galaxia. Los amantes de Boards of Canadá, Neu! o Crystal Castles, habrían disfrutado con ellos. Electrónica contundente pero diáfana, pesada pero a la vez muy volátil, como si no le afectara esa irremediable fuerza de gravedad que a los habitantes de la Tierra nos mantiene encerrados en el limitado y, a veces, aburrido suelo.

No obstante, noches como la del miércoles en el Teatro Lara, que aparecen en nuestro horizonte cultural y de ocio como por arte de magia, sorprendiéndonos y divirtiéndonos, son buen ejemplo de lo ilimitadas que son las cosas a nivel del suelo. Sobre todo cuando en medio de tanto asfalto, y de tanta meseta, acudimos a la casa de unos gallegos, que es lo que parece que es últimamente el Teatro Lara.

Fotos de Pablo Luna Chao.

THE KILIMANJARO DARKJAZZ ENSAMBLE

El horror de mi reflejo.

No sé si es conveniente explicar quién es esta gente, o mantener vivo el espíritu de su sonido dejándolos en un descriptivo anonimato, reduciéndoles a ese enigmático perfil con el que se autorretratan a través de la música. Pero al menos diré que The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble es una formación de origen holandés, que hace una especie de nu jazz, o acid-jazz extremo, o algo parecido al jazz electrónico, al downtempo, al trip-hop; tremendamente experimental, en cualquier caso. Podría ser la exageración de la Cinematic Orchestra, o un acto de puro vanguardismo musical, pero de lo que no cabe duda, una vez escuchado su HERE BE DRAGONS, es de que el magnetismo de la oscuridad seguirá atrayendo al ser humano por toda la eternidad.

Diré también que son un sexteto de músicos no demasiado convencionales, con una serie de inquitudes y cualidades artísticas que son el alma y el trasfondo del grupo. El proyecto nace a principios de la década, pero no se completa su formación hasta 2008, cuando se embarcan en la producción de HERE BE DRAGONS, el tercer trabajo bajo tan fascinante nombre; el primero de larga duración. En 2011 han vuelto con From The Stairwell. Y poco más de su curriculum, la verdad. El resto es todo pura traducción de lo que oigo.

La instrumentalización clásica deformada es una de las constantes de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble: hacen de su jazz algo que no parece merecer ser parte de la sociedad. Parece la banda sonora del vagar de un monstruo cualquiera, encapotado, culto e injuriado, que sortea las luces de candil entre las nebulosas calles nocturnas de Londres. Un Londres victoriano, para más señas. El saxo nos habla de un solitario y su locura, de un retrato desfigurado en el espejo. Pero al final, canciones como la dulce Seneca nos hacen dudar: la imagen, y el monstruo que vemos reflejado pueden ser solo producto de nuestra mente, del ojo que mira muy adentro de su propia mirada.


Otra constante es la rítmica de largo recorrido, de evolución celular gradual. Siempre dentro de la oscuridad, el downtempo y el trip-hop aparecen como un rayo de expresionismo pseudoabstracto entre afinaciones y sonidos impresionistas, siempre teñidos de la elegancia y el señorío de instrumentos mimados en blanco y negro. The MacGuffin es el único tema que apuesta por un ritmo y una evolución más propias del post-rock instrumental (en una micro aproximación al universo Godspeed You! Black Emperor), con lo que elevan la mirada al mismo cielo al que miran quienes hacen space-rock o drampop, por ejemplo.

La inyección transversal de la electrónica es, sin duda, otra de las características más destacadas de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble, no solo por la rítmica anteriormente mencionada, sino también por la acidez con la que infectan ese jazz, tan desvencijado que da pena mirarlo, ya desde Lead Squid. Es la caducidad manifiesta de la convención musical: un nuevo juego en el que todo vale. El predominio electrónico es la droga a través de la cual transforman la realidad en deformada visión del mundo, el alucinógeno que hace crecer al monstruo entre las arrugas de nuestra faz, el cristal caleidoscópico que hace casi desaparecer todo vestigio de clasicismo, aunque siga ahí.

La voz femenina que aparece en Embers (que se acerca peligrosamente a Portishead), Mits Of Krakatoa y Siroco, solo puede conducirnos al pecado: una femme fatal que se mueve al ritmo lento y saturado de 2046, y que huele a las flores que olían a desastre en Perdición. Los violines que la acompañan, y que suenan solos en Caravan!, además, nos remiten inmediatamente a una lugar muy poco concreto del Mediterráneo oriental, casi como si quisieran hacernos ver, de manera elegante pero soberbia, que el embrujo de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble puede llevarnos, a través de las luces de la oscuridad, a donde les de la real gana llevarnos.

En noches de soledad, son la banda sonora de cuantos hayan perdido algo alguna vez en la vida, de quienes no caen en la nostalgia, no imaginan un pasado que ya no existe, pero caminan noctámbulos, escurridizos y olvidados, por el desértico camino de sus vidas. Sin embargo, a la luz de la cordura, son lo que anda buscando todo aquel que siempre busca algo. Son la respuesta del mañana a la pregunta que los viejos no se atreven a imaginar. Un acto puro de irreverencia vanguardista.



WILD BEASTS



Pop perfumado y con pedigree.

Hace justo una semana asistí al Día de la Música en el Matadero; solo el sábado. Iba para ver a The Pains of Being Pure at Heart y, sinceramente, me llevé una pequeña decepción. Al grupo más prometedor del momento se le vieron cosas buenas, pero también bastantes otras por mejorar; aunque siempre teniendo en cuenta las enormes espectativas que generan. De todas formas, Wild Beasts se encargó de darnos la de arena (o la de cal, nunca he entendido cuál es mejor): un concierto sensacional, el mejor de la noche, absolutamente sorprendente para todos aquellos que, como yo, conocíamos a esta banda desde hace poco, desde la publicación de su tercer álbum, Smother, el pasado mes de mayo.


Como preparación para el festival escuché su segundo trabajo, TWO DANCERS, y casi sin tiempo para fijarme, ya me llamó la atención. El concierto ha dado pie a una escucha más atenta, y es puro deleite.Su primer disco, Limbo, Panto, queda muy lejos del nivel que exhiben los de Leeds en sus siguientes Cds, modulando su extrema musicalidad hasta alcanzar el equilibrio perfecto. Un pop sofisticado y con pedigree.

Si tuviera que compararlos con alguien (cosa a la que nadie me obliga; en realidad me encanta), o hablar de los ingredientes que este sonido posee, diría tres nombres: Arcade Fire + Sigur Rós + Vampire Weekend. No obstante, quiero dejar claro que, como ocurre a veces en la mezcla de colores, en este caso las influencias evidentes dan como resultado un producto que casi nada tiene que ver con las bandas mencionadas. La vocación fuertemente artística, casi barroca, esa retórica casi de musical, e incluso la pose de Hyden Thorpe (con un aire a Win Buttler), recuerdan a los canadienses; también por la calidad de su sonido. Los agudos sobre una profundidad luminosa podrían acercarse a lo último de los islandeses; y esa capacidad de hacer sencillo lo articulado, o el ritmo sin complejo alguno, me recuerdan a los neoyorquinos.

Pero ese glamour que inunda todo el TWO DANCERS es totalmente de cosecha propia, al igual que el particular acento que proporciona la voz sobre las guitarras, cristalinas y claras, la infinidad de texturas y colores son capaces de crear, o el aire de homenaje a Queen, o al mismísimo Sinatra, son producto de una personalidad musical importante. Wild Beasts, con este Cd, se ha hecho un hueco en el panorama del pop independiente a base de derrochar personalidad compositiva y estética. Entre la extravagancia de temas como The Fun Powder Plot o Underbelly, la épica íntima de Two Dancers I, la extrovertida de Hooting & Howling, All The King's Men o Throught The Iron Gate, y los temas de dreampop moderno a lo Blonde Redhead tipo We Still Got The Taste Dancin' On Our Tonques o This Is Our Lot, construyen un disco redondo, pulido y de aspecto totalmente renovador; probablemente el pop más cuidado y perfumado del planeta.

Cuidado, de todas formas, con abusar de este Cd. Es como abusar de la comida china: al final puede llegar a empalagar. Tanto condimento sabroso sacia hasta el apetito del más glotón. El Smother, problemente, tiene menos grasa. Pero sin duda, todas las artes musicales, todos los ingredientes de la cocina de Wild Beasts, están expuestas en el maravilloso TWO DANCERS: un disco indispensable para todos los amantes del dream pop, que casi siempre es independeiente.




NUDOZURDO



Lo he comprobado: la mejor manera de aficionarte a un grupo es difrutando en uno de sus conciertos. Escuchar sus discos previamente, pero no demasiadas veces, y que te convenzan con un directo inmaculado. Así es como me he hecho fan, estos últimos días, de Nudozurdo: la banda madrileña que llevaba años esperando. A última hora del jueves me ofrecieron ir como fotógrafo del Fanzine Radar al concierto, y quedé atrapado en el magnetismo de Nudozurdo, creo que para una buena temporada.

No es una novedad: nació hace casi diez años y en seguida se hicieron con un premio que les permitió grabar un primer disco (Nudozurdo, 2002; reeditado por Everlasting Records en 2010). Desde 2005, la banda, con miembros variables al rededor de Leo Mateos, trabajó en SINTÉTICA, que no vería la luz hasta 2008 por diversos problemas. Finalmente Everlasting lo produjo en el estudio californiano JJ Golden; reeditó su primer álbum, e hizo, con su último trabajo, Tara Motor Hembra (2011), que el nombre de Nudozurdo empezara realmente a trascender.

SINTÉTICA es disco fantástico, creo que el que más me gusta: normal, si pensamos la de tiempo que tuvieron para darle vueltas y más vueltas. Así han logrado ese sonido macerado, estable y concreto. Es un álbum con mucho poso, denso y removido con mucha calma. Un sonido pretendidamente oscuro, que se mueve siempre entre el susurro y el grito desde el suelo, que vive anclado al sedante tono de voz de Mateos, duro y sensible a la vez, eficaz. Un sonido que cabalga de noche por valles cercanos al pop alternativo y al post-rock. A veces me parece una magistral mezcla entre Los Suaves y Piano Magic, creo que sobre todo en El Hijo de Dios. Luego, puestos a buscar influencias, o grupos que se dan un aire, esta banda me suena un poco a Interpol, a The National, tiene algo de Doves, Calla, Mogwai, The Cure, y hasta de Joy Division. Y, por qué no, una brisilla a A Perfect Circle y Tool.

Pero todo eso lo que hace es conformar un sonido de gran personalidad, y bastante particular aunque accesible. Pese a las tinieblas predominantes, la música de Nudozurdo está abierta, no es un muro de sonido, ni un enigma indescifrable; es más, su música es como un misterio del que nos dan alguna pista. Es como cuando contestamos "nada" a un "qué te pasa", y en realidad queremos que pregunten de nuevo, y contarlo todo con sollozos y detalles. Y esto se respira en todo el Cd casi por igual, porque es un disco sólido y compacto, de esos que puedes escuchar de principio a fin, y además vuelves a darle al play. La atmósfera no cambia, no decepcionan; y es en directo cuando te sorprenden.


Personalmente opino que las mejores canciones están al principio. Mil Espejos es todo un hit, de los que se piden desde el público con insistencia; Negativo, un tropel de buenas intenciones; Ganar o Perder es una de esas baladas slowcore, ácida y sincera; y Kamikaze es un temazo alternativo con final apoteósico. Ha Sido Divertido me recuerda un poco a los Héroes del Silencio, pero los punteos están tensados a la altura exclusiva de Nudozurdo. Ido podría ser de Yndi Halda o de Explosions in the Sky; y Otra Vez, una canción fruto de la ensoñación y de una borrachera bohemia, sin pelos en la lengua.

No hay que tener un Master para darse cuenta ahora de que este grupo tiene futuro, porque su presente ya es digno de mención. Salta a la vista que conciertos como el que vi en la RocKitchen ya se les quedan pequeños, aunque sean tremendamente seductores en las distancias cortas. Su tercer Cd, Tara Motor Hembra no debe haber sorprendido a los expertos, pero sí debe haber sido la puerta de entrada de mucha gente al interesante sonido de Nudozurdo: una banda fundamental en el actual panorama musical madrileño. Si yo fuera al FIB...



PRIMAVERA SOUND 2011: PORQUE HAY COSAS DIFÍCILES DE DIGERIR.



Elegí el Primavera por su cartel, cuando todavía estaba a medias. Elegí bien la compañía, el alojamiento, la ropa de la maleta. Elegí y confeccioné mi propio calendario, elegí los grupos, las expectativas. Y elegí, finalmente, cumplir mi propio programa en solitario, sin esperar por la cerveza de un colega, las ganas de ir al baño de otro, y las eternas discusiones de grupo de amigos que no saben si ver a Deerhunter o a Explosions in the Sky. Elegí el individualismo para no perderme detalle, y el resultado fue una ruta musical a la carta, completa, que sació completamente mis aspiraciones.

JUEVES 26.05

Con pulsera en muñeca, y la tarjeta monedera inútilmente llena de dinero, empezamos a movernos por el recinto del festival: un inmenso parque a las puertas del mar, en el mismo comienzo de la Diagonal barcelonesa. Apenas pudimos disfrutar de un tema de Toundra, de ese concentrado y enigmático ensimismamiento musical que practican. Triángulo de Amor Bizarro tocaba pronto, a las seis: la hora de la merienda. Fue extraño ver a los vigueses a plena luz del día, vestidos casi de playa; además, el ambiente que generó la poca afluencia de público resultó un poco chocante en el enorme escenario San Miguel. Aún así, los gallegos presentaron su último trabajo, Año Santo, con la misma contundencia a la que nos tienen acostumbrados. Guitarras en ráfagas de fortísimo orvallo eléctrico, voces insolentes, desafiantes, y una batería de guerra que, como siempre, se acelera: los clásicos elementos de un notable Triángulo de Amor Bizarro en directo.

Las gestiones de infraestructura personal ocuparon un buen rato hacia el final de la tarde: Of Montreal y Moon Duo sonaron de fondo mientras tanto; mientras aumentaba el ir y venir de los recién llegados. Y al caer el sol sonó hip-hop en el Ray-Ban. Big Boi reunió a un buen número de personas, tanto dentro de su escenario, como en el público, un tanto desconectado más allá de las primeras filas. Sir Licious Left Food…The Son Of Chico Dusty sonó como tenía que sonar, entre la retórica old-school y la rudeza y voracidad del directo de NTM. Pero era solo hacer tiempo hasta la aparición del gran Nick Cave y sus Grinderman.



Luego hay caminatas que realmente merecen la pena. Como la que nos dimos un montón de afortunados con destino al escenario Llevant pasada la medianoche; el premio: un concierto espectacular de los Interpol. Empezó como son ellos, ordenaditos y cerebrales: repasaron los mejor de su carrera alternando, casi milimétricamente, canciones de su último álbum, Interpol, del Antics, y del Turn On The Bright Light, seguramente lo mejor, en este orden, de la banda neoyorquina. Abrió Success; cerró Obstacle 1; entre medias, todos y cada uno de los temas, interpretados al detalle, con una personalidad abrumadora. Banks hizo lo que quiso con nosotros, y dio un recital monstruosamente bueno. Narc, C’mere, la intrigante The New, los cambios de ritmo entre Evil, Lights y Take You On A Cruise, The Heinrich Maneuver, única canción del Our Love To Admire, y el redoble final con Slow Hands, Not Even Jail y Obstacle 1, fueron momentos absolutamente apoteósicos. Interpol demostró el jueves que su estancamiento compositivo nada tiene que ver con la inmensa calidad que están alcanzando encima de los escenarios.

De vuelta al escenario San Miguel, cansado de la sobreexcitación de los neoyorquinos, asistí sentado en el césped al espectáculo de The Flaming Lips, una banda que aunque no la conozcas en exceso, te hace vibrar, y te hace partícipe de su emoción y de su fuerza. Pero ha sido muy largo, y mañana lo será aún más. Me voy a casa con Slow Hands pegada a la mente.

VIERNES 27.05

Casi sin tiempo para descansar, fui despertado por mi preciosa anfitriona con la noticia del desalojo de los Indignados de Pl. Catalunya. Y para allá que nos fuimos. Tanto ayudar a la reconstrucción provocó que descartara a The Tallest Man On The Earth, y que llegara tarde a ver a M. Ward. Lo poco que vimos, antes de encaminarnos al Llevant, fue suficiente para comprobar lo bien que se mueve este californiano adoptado por Oregon en un gran escenario como es el San Miguel. Su esencia, a raudales, inundó la segunda tarde del Primavera de guitarras españolas, acústicas, de arreglos florales que a muchos nos hicieron pensar, relamiéndonos de gozo, en los Fleet Foxes, y como no, de su deliciosa voz susurrante. Hasta nos regaló una versión de Roll Over Beethoven de Chuck Berry. Costaba irse de allí…



…Pero a mitad del camino hacia el Llevant, M. Ward se va archivando en la memoria, y The National empieza a resonar en mi imaginario selectivo. Escenario lleno, ambiente nocturno, levemente caldeado: las condiciones perfectas para que los de Cincinati partan la pana. La presencia de dos vientos otorgó al concierto una profundidad que nos envolvió a todos de principio a fin; Berninger, además, no parecía estar de humor, y se aferraba al vino lo mismo que a esa voz tan privilegiada que tiene. Fieles a sí mismos, desarrollaron su música sin sobresaltos, pero con las cuerdas siempre bien tensas. La comisura, no obstante, duró poco: Start A War y Anyone’s Ghost, y en seguida dos platos fuertes: Mistaken For Strangers y Bloodbuzz Ohio. Con Slow Show ya nos habían conquistado. The National se marcaron un concierto de esos en los que solo se te ocurre dejarte llevar y disfrutar. Un repertorio centrado en sus dos últimos trabajos, High Violet y Boxer, donde tampoco faltaron All The Wine o Mr. Novembre, que además contó con la aclamada colaboración de Sujfan Stevens (en Afraid Of Everyone y Terrible Love): 17 canciones que convirtieron en eternas e inolvidables.



Volver del escenario Llevant al menos posibilita el tener un rato para uno mismo, para pensar en el próximo objetivo, para repasar el cronograma, para resolver la eterna duda entre Deerhunter y Explosions in the Sky, para evaluar el estado de tu cuerpo en relación a las necesidades más básicas…Todo interrumpido por la impulsiva decisión de última hora de echarle un vistazo a Low. Los de Minnesota aportaron la pausa que necesitaba, el componente slowcore que no puede faltar en el Primavera, y lo hicieron con esa inmaculada calma, con esa perfecta paciencia, con esa intranquila quietud que caracteriza su sonido. Durante su sigiloso espectáculo disfruté del regocijo de la intimidad y, sobre todo, pude decidir finalmente por cual iba a ser mi próximo destino: el escenario Ray-Ban; razón: Explosions in the Sky.

El cuarteto de Austin, bandera tejana en ristre, al contrario que Low, aportó energía pura: un chorreo de post-rock instrumental tremendamente inspirador, pulcro y celestial. Estuvieron simpáticos, hablando ese español tan gracioso de los sureños, haciendo referencia a la Spanish Revolution al finalizar su turno, y muy modestos al pretender, solamente, desatar explosiones en el cielo. En su repertorio solo cupieron 6 canciones: tres de su último álbum, Take Care, Take Care, Take Care, dos del penúltimo, All Of A Sudden I Miss Everyone, y una del The Earth Is Not A Cold Dead Place; probablemente lo más directo y potente de sus últimos trabajos. Explosions in the Sky demostraron en todo momento un dominio abrumador del tempo y de la distorsión, montaron un sonido claro, luminoso y tremendamente esperanzador. Supieron, en definitiva, transformar ese ambiente en un inmenso abrazo musical, lleno de detalles y emociones. Uno podría interpretar que nos mandaban a casa, que nos deseaban dulces sueños, pero supongo que no obviaban la calidad del resto de intérpretes que aún quedaban por salir a escena. Porque al acabar el sortilegio de los Explosions, y cuando las piernas más atestiguaban el cansancio, me di cuenta de que empezaba Pulp en cuestión de minutos.



El show de Jarvis Cocker fue estelar. El escenario San Miguel se quedó enano, y yo aproveché lo desmesuradamente expansivo que fue el concierto para relajarme en el césped, y dejarme seducir por, los hasta ahora desconocidos para mí, Pulp. Porque un festival como el Primavera Sound sirve también para esto: para conocer en su estado puro a artistas que, por hache o por be, no has tenido el tiempo o la fortuna de escuchar antes. Conocía de oídas a este grupo, y muchas de las canciones que sonaron, auténticos himnos, plenamente interpretados por su frontman, me sonaban a rabiar. Las buenísimas sensaciones que transmitieron harán, con toda certeza, que empiece a consumir, uno tras otro, los múltiples trabajos de Pulp. Me dejaron tan satisfecho y animado que, aún siendo ya las 3 de la mañana, decidí darme una vuelta a ver qué estaba haciendo Jamie XX, y ya quisieran muchos garitos sonar así alguna de sus noches. Camino a la salida también me detuve a degustar un poco de Battles, pero las tímidas gotas que empezaron a caer, y la idea de una caminata pasada por agua hasta un metro no abarrotado, me convencieron para emprender la marcha. Caminata al metro, visita fugaz a Pl. Catalunya, y grata sorpresa al llegar a mi hospedaje.

SÁBADO 28.05

Llegó el gran día. El día en que el fútbol y la música, dos de mis grandes pasiones, colapsarían exactamente a las 20:45, hora Champions. Al parecer, PJ Harvey pidió por favor a los organizadores no coincidir con el choque, y así fue: recordaré su concierto como la mejor de las celebraciones de mi vida como aficionado. Pero no fue fácil combinarlo todo, en el día de mayor complicación para el ajuste del programa, el día con más conciertos en mi agenda.

Lo malo de días así es que corres el riesgo de ver medios conciertos, de andar de escenario en escenario a toda prisa sin apenas tiempo de fijarte y disfrutar, y de ejercitar tu cuerpo, sin habértelo propuesto, más que en todo el año. Esto último ocurre cuando, como fue mi caso, tienes que ir al escenario Llevant hasta cuatro veces; total: unos 8 km. En cualquier caso, entré de cabeza a Yuck, una de las promesas del indie, o del pop, o del pop-grunge, o de la etiqueta donde queramos meter a estos chicos. Estuvieron más que correctos en la escasa media hora que tocaron, muy desenvueltos. Realmente no hay muchos sonidos que deban escucharse en concierto a la luz del sol, pero este fue uno de ellos. Get Awat y Operation, probablemente sus dos mejores temas, sonaron seguidos, y sonaron a gran concierto, la verdad.



La primera vez que fui al Llevant esa tarde fue para llevarme una gran decepción: a Warpaint se le hizo grande el escenario, y demasiado complejo su sonido para interpretarlo a pelo, sin el estudio de grabación de por medio. Las chicas están un poco verdes para tocan en tamaño emplazamiento, su sonido quedó desubicado, desenfocado: claramente preparado para lugares cerrados, de techo bajo y atmósfera fosca. De modo que tocó deshacer el camino y dirigir mis pasos al escenario San Miguel, donde ya se preparaba uno de los platos fuertes de esta edición, los milagrosos Fleet Foxes. Porque lo de esta banda de Seattle es un constante frotarse los ojos, una absoluta incredulidad: en cualquier momento se correrá la cortina y veremos al mago, y su enorme equipo de ingenieros musicales, moviendo los hilos de esas máquinas que se hacen llamar Fleet Foxes. Con el sol poniéndose tras el escenario, en una tarde deliciosa de temperatura tenue, los padrinos del neo-folk dieron un repaso intenso, primero al Helplessness Blues, y luego a su asombroso álbum de debut, en un concierto de esos que querrías anclar a la memoria para poder revivirlo una y mil veces. Lástima que los nervios por la final empezaran a hacer mella en mí y en mi atención.

No describiré mis sensaciones como culé en lo relativo al partido; solo diré que no podía ir más contento de vuelta al escenario San Miguel, hacia las 22:30. PJ Harvey no esperó a nadie, empezó puntual como todos, y estuvo grande como pocas. El Let England Shake sonó junto a otros muchos hits de esta artista inconmensurable, de personalidad incalculable. El sabor que me dejó la inglesa en la boca habría sido del todo perfecto si no predominara en ésta el implacable sabor del hambre. Pero no había tiempo, y con el estómago vacío me encaminé, por tercera vez, al escenario Llevant. Aunque lo reconozco: por Mogwai me habría ido andando hasta el extremo opuesto de la Diagonal.



Porque los escoceses lo valen: ya son veteranos. Es la tercera o cuarta vez que los veo, y nunca habían estado tan colosales. Sorprendentes, maduros y muy comunicativos, presentaron más de la mitad de su último trabajo, Hardcore Never Die, But You Will, y completaron el repertorio con los mejores hits de su ya dilatada carrera. Así, no faltaron I’m Jim Morrison, I’m Dead, Travel Is Dangerous, Haunted By A Freak, Mogwai Fear Satan o Auto Rock en un concierto intensísimo y absolutamente abrumador. Varias veces felicitaron al público por la victoria del equipo de la ciudad, y en esta ocasión Martin Bulloch lució la zamarra del Barça, sin olvidar la bufanda de su bien amado Celtic de Glasgow. Pero pocos recordábamos ya la Champions, porque cuando Mogwai toca así, lo invaden todo, colonizan hasta la última de tus células sensitivas; puedes incluso reconocer el tacto de sus notas, su olor: ese perfume de sombrío post-rock, el aroma esperanzador de un apocalipsis liberador. Cuando Mogwai toca así, todo lo que haya fuera del recinto del concierto carece de sentido, pero en cambio tu existencia, la existencia en general, y la vida sobre la tierra, resultan engañosamente claras. No dieron mucha tregua, y el final, con la contundencia de Batcat, resultó un broche perfecto para una actuación sobresaliente.



Entre lo poco que mi cuerpo estaba dispuesto a escuchar ya se encontraban, por fortuna, Animal Collective y DJ Shadow. Asistí a los primeros tristemente sentado junto al obsceno camión de Jack Daniel’s, derrotado ya de tanta emoción. Alcancé a fijarme en el in crescendo de un concierto que acabó siendo un fiestón: una especie de sesión como salida de una frondosa jungla de sonidos que encandiló a un público entregadísimo. Y del segundo apenas vi el último tema, ya de garitazo, porque la organización, al parecer, lo adelantó media hora. Último paseo al Llevant prácticamente en balde. No obstante, el día había sido completo, y podía irme a casa tranquilo y satisfecho. “Tardaré varios días en digerir esto”, pensé mientras abandonaba el recinto. Y así ha sido. Lo único de lo que me arrepiento es el no haber ido el domingo al concierto de The Black Angels de la sala Apolo, pero preferí conocer Barcelona, y de la mejor manera posible. Lo siento por ellos; y también por Deerhunter, Belle & Sebastian, Caribou, Einstürzende Neubauten, Sujfan Stevens, Ariel Pink’s, The Album Leaf, The Fresh & Onlys, Twin Shadow, Cloud Nothing, Ornamento y Delito, por The Walkmen, por Las Robertas