INTERPOL




Creo que ha llegado el momento de enfrentarme a Interpol, de describir esta extraña relación de amor-odio que tengo con los de New York. Los vengo siguiendo prácticamente desde el principio: desde la edición de su primer y, hasta ahora, insuperado disco TURN ON THE BRIGHT LIGHTS. Cada vez me gustaban menos, hasta que el pasado año, con la publicación de Interpol, su cuarto Cd, casi me desmarqué definitivamente de ellos (la prueba la tenéis en mi post de The National). Mi opinión sobre ellos iba paralela a la que tenía sobre Dexter: 1ª entrega sobresaliente, 2ª aprobada por los pelos, y 3ª muy por debajo del nivel. La 4ª de Dexter superó incluso a la primera, pero a Interpol ya los daba por perdidos. Por fortuna, aposté por verles en el Primavera Sound, y resultaron ser los que más me gustaron. Conscientes del decaimiento compositivo que sufren, preparan un directo basado en sus grandes éxitos, que son muchos, pero antiguos (que no anticuados). Es vivir, y bien, de las rentas. Su concierto ha provocado en mí un nuevo brote de enamoramiento; y, cómo no, he vuelto a su increíble ópera prima.
TURN ON THE BRIGHT LIGHT salió a las calles el 19 de Agosto de 2002 con el sello de Matador Records. Llegó alto en las listas, sobre todo en el Reino Unido, de donde heredan claramente su sonido, y tuvo una acogida espléndida entre la crítica y el público. Casi una década más tarde, todavía oímos la ruptura del plástico de envolver antes de empezar a escucharlo. Es una música inconfundible, pero suspendida en el tiempo: por este disco no pasan los años; y si lo hacen, solo consiguen mejorarlo. Es un álbum redondo, con vida propia, profundo y oscuro, pero luminoso y bello; un disco en el que todas las canciones parecen la misma (si te gusta una, te gustan todas), o cada una, pequeños fragmentos de un todo enormemente coherente; TURN ON THE BRIGHT LIGHTS es la definición categórica del estilo de Interpol. Cada tema, de todas formas, tiene algo especial: una marca inconfundible que enriquece el preciso canon que proponen sin desvío durante toda la obra.

Porque aunque sea una banda norteamericana, se nota muchísimo que Paul Banks y Daniel Kessler, los dos integrantes más notorios, son británicos. De los 11 temas hay solo cuatro que podríamos considerar lentos, y tan solo NYC se libra de ese ritmo métrico cuadriculado, tan británico. Siempre hay un 1x1 de base en Interpol, y eso, en los otros 7 temas, más cañeros, resulta el trampolín perfecto para unos rasgueos de guitarra igualmente directos. Porque además Interpol combina algo realmente difícil de conjugar: la contundencia instrumental con la honesta declamación de una retahíla de sentimientos puros, con el traslucir sincero y opaco de un intimismo de puertas abiertas.

TURN ON THE BRIGHT LIGHTS está vivo porque su transcurrir marca el ritmo del ciclo hacia la muerte. El principio suena a principio, a despertar, a cimientos que se desdibujan cada año un poco más. Untitled es como esos primeros pasos, inseguros y torpes, que damos al nacer, quién sabe en qué dirección. Lenta y profunda, con acampanadas guitarras de lluvia fina, y apenas bitónica, se desvanece ante la fuerza básica, casi infantil de Obstacle 1. Una pareja de rasgueos a cuadros inauguran el tema, y un porrazo de batería abre definitivamente el disco al cielo abierto. Con este tema los Interpol parecen dispuestos absolutamente a todo. Uno de los 3 o 4 mejores temas de la banda. Banks más que cantar, expresa: expira una voz quejosa, que las guitarras y la batería, en procesión de bofetones al galope, elevan como a un importante portaestandartes.

Durante años mi canción favorita fue NYC. Es la más extraña y distinta de todo el álbum, y tiene ese aire envolvente y cálido de tranquila introspección de Lost in Translation, que la hace absolutamente mágica. Es como mirar el invierno a través de una ventana empañada por el hielo y la lluvia; como echar unas gotas a una acuarela para diluir la imagen hacia reinos oníricos. Pero en este nuevo brote me centro más en el Interpol de cuerda fija. Pda es como ese caminar seguro de los jóvenes que completan con éxito y decisión el difícil puente entre la adolescencia y la juventud; como saliendo de un extraño trance de confusión, los Interpol ya saben a dónde se dirigen: hacia un poprock de herencia punk británica que siempre mira hacia adelante. Porque el futuro también puede producir nostalgia. Ese último minuto es como un viaje en autobús, de noche, hacia una nueva ciudad que nos acoja. Dejándolo todo atrás.

La parte central de Cd suena, de hecho, a punto medio. Say Hello To The Angel, Hands Away, la penúltima y acristalada pausa antes del largo desenlace, y Obstacle 2 son lo más neutro y convencional del disco. Suenan mucho a Interpol, prestándose a formar parte del paradigma, pero ceden su personalidad a la común del disco: son algo menos especiales. Pero en seguida, como cortada por otro rasero nuevo, alterada por un leve matiz de texturas y grano, aparece Stella. Es el principio del fin.

Porque el final, en TURN ON THE BRIGHT LIGHT, suena intensamente a final. Es alucinante. Es lo opuesto a la sólita estafa del cine romanticón de Hollywood: la nostalgia de la música no es un simple truquito para la lágrima fácil; en Interpol va primero el sonido, y luego nuestra imaginación crea la imagen de despedida, de ahogo en el olvido, de final irrevocable. Esa sensación empieza en las estrofas de Stella (que nunca oiré en directo, me temo), y de la un toque increíble al último bloque del Cd; pero, sobre todo, le da vida propia al álbum entero. Al final es una canción como las otras, pero con más grano, con un ligero aumento: es lo mismo pero con una cámara que recoge hasta las arrugas de sus caras, hasta la textura del surco de sus llantos.

Stella es quizá el mejor ejemplo de otra característica que hace irresistible el sonido de Interpol, detalle que se acentúa a medida que avanza el Cd. La obsesión de la banda es notable: no hay mucha lírica en sus composiciones, pero sí mucha repetición, mucho pasar mil veces por el mismo sitio, hasta crear un camino, aunque éste sea en círculo. La insistencia es la mejor arma de este grupo, quizá por eso ahora bordan los directos, pero están secos de líquido fresco: aceptaría que sacaran un disco cada tres años con tal de que lo rodaran tan bien como hicieron con el primero.

En Roland parece que no están dispuestos a dejarnos, hasta que llega ese punteo repetitivo, aferrado al calvo ardiente que es la vida. Nunca antes habían subido tan alto, y el descenso ya suena a final de etapa. Aunque constantemente esgrimen cosas nuevas, se va anunciando lo que en The New es ya inminente. Ésta, de todas formas, contiene los últimos estertores de juventud de un hombre que agoniza, orgulloso, mientras recuerda el ritmo implacable sobre el que cabalgó durante toda su vida. Puro diálogo entre bajo y guitarristas. Una lucha interna que nos prepara para aceptar con calma y paz el inevitable final.

Liet Erikson se supone que fue el primer europeo que vio América, hace ahora mil años. Un nuevo mundo desde el hielo, desde la muerte: un nuevo comienzo, que solo es posible mediante un previo final.

TURN ON THE BRIGHT LIGHTS acaba posándose con la dulzura digna de quien ha vivido fiel a sus principios. Poco hay de esos valores musicales en el resto de su discografía, pese a pequeñas y aisladas excepciones (sobre todo en el Antics, su 2º trabajo). Personalmente opino que han perdido casi toda la fuerza, frescura y sinceridad que rebosaba en este primer álbum, pero es normal porque la calidad compositiva se desbordó sin remedio aquí. Por fortuna, como ya he dicho, creo que son muy conscientes de que viven de unas rentas que, por méritos propios, les son suficiente argumento para llenar, emocionar e impresionar a estadios enteros. Desde luego, a mí me basta con este disco para que sigan gustándome otros diez años por lo menos.



DEERHUNTER




Deerhunter tiene algo. No sé qué es; y seguramente, por muchos esfuerzos que haga, nunca llegaré a entenderlo exactamente. Pero hay algo indescifrable en su sonido, algo subliminal que se esconde tras las cortinas armónicas de guitarras y voces semi enterradas. Un extraordinario secreto, casi imperceptible, que es, sin embargo, el ingrediente oculto que altera toda la fórmula, el aliciente, el polvo mágico que transforma el agua en vino: el detalle sin el cual esta banda sería, simplemente, otra más.

Por eso, con Deerhunter no vale solo la primera impresión, ni la segunda, ni la tercera. Es un continuo redescubrimiento, una excavación arqueológica sin fin, en la que siempre nos parecerá que es en la próxima escucha, en el próximo estrato, un poco más profundo aún, donde hallaremos el secreto deslumbrante del sonido de esta banda. Un secreto bien guardado, que hace que sigamos escarbando, una y otra vez, sobre las muchísimas capas de que se compone su música. No sé si algún día llegaré tan abajo, pero el profundizar es siempre delicioso, y espero no alcanzar nunca el subsuelo. Una referencia: Troya apareció en el estrato 6-b, así que aún debe quedarme Deerhunter para rato.



Es difícil restringir a un solo disco el comentario sobre Deerhunter: las fronteras de esta banda son tan difusas como coherente es el conjunto de su trabajo. En mi memoria se solapan los Cds formando un paisaje completo, un inmenso planeta vírgen que espera ser surcado siempre como si fuese la primera vez. Pero de un tiempo a esta parte he sentido especial atracción por el MICROCASTLE, con un particular enamoramiento por Never Stops, que se produjo en Barcelona, cuando el Primavera, sin necesidad de haber ido a su concierto (elegí Explosions, como sabréis). Que sirva de ejemplo para un intento de aproximación y descripción.

Habría que decir que Deerhunter son de Atlanta, Georgia, que han editado 5 álbumes de estudio, y que lo han hecho con Kranky Records en EEUU y con 4AD en Europa. Que su valoración está, hoy en día, en alza, y que es uno de los grupos más admirados, importantes y representativos del momento en la escena independiente. Practican un indie cargado de la electricidad estática del shoegaze, y de una experimentación intermitente; un rock desgastado, creativo y original, a medio camino entre el pop y el grunge. Liderados por Bradford Cox, los Deerhunter no tienen un disco igual a otro: trabajan a diario su sonido, y siempre podremos esperar de ellos cosas nuevas. De hecho, nada más sacar el MICROCASTLE, editaron también el Weird Era Cont., como desmarcándose de su propio sonido, como huyendo de su propia sombra. De evolución impredecible, se podría decir que cada vez son más concretos.

De todas formas, MICROCASTLE se sigue componiendo de una infinidad de capas ambientales, y un puñado de momentos, de fraseos concretos y contundencia estructural, que marcan el pulso del Cd entero: saben controlar la evolución de la intensidad de su produco mejor que nadie. Cover Me, Agoraphobia y Never Stops en una primera pulsión; un largo interfaz acristalado que tiene en Green Jacket su clímax; y Nothing Ever Happened, que desata una segunda pulsión que eleva el ambiente creado y alimentado durante todo el Cd, a nivels ionosféricos. Un planeo sin altercados que va diluyéndose y aterrizándose, lentamente, sobre las verdes colinas vírgenes del universo compositivo conjunto de este cuarteo norteamericano.

Es difícil penetrar en su sonido, porque es como observarse fijamente en un espejo: una tarea difícil que al poco rato nos hará apartar la mirada. El reflejo real es la imagen más aterradora. Deerhunter, que parece el sincero ejercicio de expresión de la introspección de Cox, es también la banda sonora de nuestra propia imposición rítmica, la traducción del tira y afloja interno que cada uno de nosotros sufrimos en la vida: la materialización de la dialéctica muscular del corazón humano. Aprietan y aflojan; dilatan y contraen. destruyen y crean.


MANEL. Ibiza, 7-8-2011.



La coraza folk de Manel.

Creo que últimamente mi suerte está cambiando. He empezado en un trabajo estupendo, donde me siento cómodo y valorado; después me comunican que por obras en la oficina, tenemos dos semanas de vacaciones en pleno agosto. Me vuelvo a Ibiza. Y luego resulta que el día siguiente a mi llegada a la isla, tocan los Manel en la capital, gratis, por motivo de las fiestas patronales. Todos coinciden en que es uno de los grupos del momento, pero yo aún no había tenido ocasión de verlos, y casi ni de escucharlos. Así surgió la ocasión perfecta, en el ibicenco Parque Reina Sofía, pese a las deficitarias infraestructuras de sonido. La ocasión de corroborar, y de tratar de explicar por qué el fenómeno Manel está siendo lo que es.

El concierto se celebró el domingo 7, a las diez de la noche. El Parque se encuentra al pie de los baluartes (construcción defensiva militar) que presiden la capital de la isla pitiusa. Un sitio bonito, entre murallas y árboles, donde es complicado enclavar un escenario decente. Los grupos locales 4 de Copes y Quin Delibat! abrieron el apetito de los adolescentes, niños y familias que, finalmente, fueron también mayoría en Manel. Todo con retraso, problemas técnicos, ¿Pero qué le vas a pedir a un concierto gratuito en pleno viaje a Ibiza? Poco antes de la medianoche, por fin, subieron los catalanes al escenario, y a partir de entonces todo tuvo un poco más de aspecto de concierto serio y de verdad. Sin desmerecer a los teloneros: el problema fue siempre el apartado técnico.

Pero Manel, más que una armadura, lo que tienen es una coraza de sonido por piel, capaz de hacerles funcionar musicalmente de manera asombrosamente eficaz, al margen de cualquier tipo de mediación técnica y de producción. La explicación de que un grupo del caché de Manel toque gratis es, precisamente, que en esas condiciones no pueden asegurar dar un buen concierto. No obstante, la actuación estuvo muy por encima de las circunstancias: su valor quedó muy por encima de los cero euros que pagamos. Su sonido, pese a las condiciones, resultó muy compacto y sólido; directo, claro y preciso. Sus pieles exhumaron folk a raudales, pero delicadamente mezclado con hilillos de pop, levemente amplificados, seguramente en congruencia con el público que allí nos congregábamos. Sonaron especialmente bien 'Al mar!', 'En La Que El Bernat Se’t Troba', 'Boomerang', 'La Canço Del Soldadet', y nos deleitaron con su versión de 'Common People', de Pulp.

Ésta última nos cayó de sorpresa a quienes no conocemos la obra de Manel al completo: un regalo al oído que nació de uno de los múltiples monólogos con los que Guillem Gilbert, cantante y guitarrista clásico, presentó al resto de la banda. Entre canción y canción nos cuenta una historia, una anécdota relativa a cada uno de los demás, con esa forma de hablar, de contar cosas que tienen los catalanes: sarcástica, irónica, explicativa y autocrítica; entre la monotonía casi binaria de Eugenio, y el ritmo atropellado y ramificante propio de Buenafuente. En realidad, da la sensación de que también cada canción es, en el fondo, una historia cantada, una narración acompañada de música. Definitivamente, en Manel, la oralidad resulta un tema clave para entender qué son y por qué suenan como suenan.

El fenómeno neofolk, extendido últimamente por todo el mundo, se basa en unos músicos jóvenes que descubren las raíces musicales de su tierra, no desde una limitación de horizontes, no como su única opción, no como una repetición casposa de la única tradición cultural que han podido ver; sino al revés: una vez explorada toda la oferta musical, vuelven a sus tierras y redescubren su propia cultura, su propia tradición musical. Pero no desde dentro, sino desde fuera, como una elección, no como una obligación, o una inercia cultural obsoleta. La elección de Fleet Foxes, de Iron & Wine, de Caléxico, o la de los propios Manel, no significa un cerrojazo ultranacionalita excluyente y reivindicativo del volkgeist de cada una desus regiones de origen; sino una nueva mirada a esa tradición particular de cada uno, con el bagaje y la riqueza que aporta la observación de lo ajeno, y el dejarse empapar por determinadas influencias. Manel hace folk catalán, pero es así de atractivo porque se nota que han escuchado mucho a Belle & Sebastian, a los propios Pulp, y a los grandes grupos angloamericanos de pop de los ‘80-’90. El neofok es, por tanto, uno de los primeros y más fascinantes fenómenos culturales que ha provocado la globalización y el acceso libre al contenido cultural de cualquier lugar del planeta.

En el caso concreto de Manel, al margen de la decoración pop que se respira en muchas de sus canciones, bebe directamente de unas tradiciones completamente reconocibles; renovadas, refrescadas, redecoradas, como decía, con delicados hilillos de pop de ascendencia glam. La vocación oral de la banda, encarnada casi exclusivamente en Gilbert, resulta fundamental. Los monólogos, la forma de contar, la importancia de esos momentos entre canción y canción, así como su sonido al completo, nos remiten a una forma de oralidad que no solo es tradición catalana, francesa o española, sino europea en general, datada cuanto menos del Medievo. Nos conecta inmediatamente con el viejo concepto de juglar, con el cantar de gesta en verso, el cuento cantado; nos remite a la chanson francesa, a la narración acompañada de música, al trovador medieval, pero desde la estricta contemporaneidad.

Otra característica en común de los grupos neofolk del mundo entero, es que parece que han completado el conocimiento de todos los instrumentos modernos, y por tanto, al volver a la música patria, vuelven también a redescubrir los instrumentos locales tradicionales. La instrumentalización es clave en el fenómeno neofolk: la antítesis del otro gran fenómeno musical de las últimas décadas, la música electrónica. Pero alejados de esos dos extremos, Manel hace un popfolk con claro aire mediterráneo y vocación trovadoresca, resultado de beber tanto de la música contemporánea como de esas raíces culturales que mencionaba antes. Un folk que no necesita más que los instrumentos convencionales del poprock, y una buena dosis de autenticidad, para dejar claras cuáles son las particularidades de un músico catalán que, aun habiendo escuchado música de todas partes, se ha dejado empapar por sus propias tradiciones culturales.

Un concierto notable, dadas las circunstancias, pero desde luego para mí ha sido la pista que necesitaba para empezar una profunda investigación auditiva de esta banda de la que tanto se habla. Manel tiene contenido: no es solo ese sonido aparentemente sencillo, rural y casi bucólico; es una amalgama musical interesantísima que, gracias a Dios, ha gustado también a las mayorías.

Fotografías de Pablo Luna Chao.

ELI 'PAPERBOY' REED. Madrid, 27-7-2011.



Eli 'Paperboy' Reed: el blanco que tenía el alma negra.

SON, la promotora musical de Estrella Galicia, nos está malacostumbrando. Sus citas en el Teatro Lara se están convirtiendo en algo absolutamente ineludible últimamente. Imagínense: el martes y el miércoles nos trajeron nada menos que al niño prodigio del soul americano, Eli ‘Paperboy’ Reed; ayer fue el turno de Jamie Lidell, y esta noche, para completar una semana de órdago, nos las veremos con el californiano, curtido en mil batallas, Chuck Prophet, y su actual banda, The Mission Express. Habrá que sentirse afortunado y todo por estar en Madrid durante este ecuador de verano. Desde luego, el padecimiento es soportable a la sombra del oasis en que han convertido los de SON nuestro Teatro de la Corredera baja de San Pablo. La doble sesión de Reed, o por lo menos el concierto que dio ayer miércoles, al que asistí por los pelos directamente desde la T1 de Barajas, fue una auténtica pasada. Todavía tengo dudas de que aquello fuese real; pero sinceramente, no creo que yo sea capaz de imaginar una voz tan alucinante por mi cuenta, así que supongo que aquello sucedió de verdad.

Cuando alguien te descubre a Eli Reed, lo primero que suele decirte es que lo que oyes no es soul de los años 60, de la edad de oro de la música negra. No, esta voz es actual, de ahorita mismo. Lo segundo que te dicen, para incrementar tu sorpresa y asombro, es que la voz en cuestión no pertenece a uno de esos negros portentosos de raíces sureñas: Eli es tan blanco como lo era Elvis, se gasta un tupé más propio del rockabilly que del R&B, y por lo que parece, le espera la misma evolución corporal que al Rey, al menos en lo que a la cintura se refiere. Por último, cuando ya uno no se puede creer el error de Dios en la asignación de las virtudes vocales, te dicen, para rematarte, que el chico de los periódicos apenas tiene 28 años. Y entonces solo puedes rendirte al genio que algunos seres poseen, quién sabe por qué, y disfrutar del regalo que éstos hacen al mundo cuando se ponen frente al público.

Son días tristes para el renacimiento del género, dicen. La muerte de Amy Winehouse es una tragedia humana y seguramente, aunque no es mi opinión, musical; pero no es cierto que deje huérfanos a los amantes del soul, que parece que no han tenido otra figura a la que aferrarse para dejar atrás los Cds de Marvin Gaye, Solomon Burke (fallecido hace menos de un año con una décima parte de cobertura mediática), u Otis Redding. La irrupción de Eli ‘Paperboy’ Reed en el panorama musical, sobre todo a raíz del lanzamiento de su segundo trabajo, Roll With It, en 2008, ha sido verdaderamente la mejor noticia de las últimas décadas en lo concerniente al soul. Puede que Winehouse volviera a popularizar el género, pero Reed está destinado a marcar una época; por un talento desbordante, una identidad innata, y un continuo demostrar que está en el mundo para cantar como canta. Es, sin duda, uno de los artistas del momento, y verle como lo vimos en el Teatro Lara, es un privilegio al que no quiero acostumbrarme.

Acompañado por los True Lovers, una banda de vientos, cuerdas y percusión que le llevó en volandas, el chico de Boston interpretó casi al completo su último Cd, Come And Get It, grabado junto a los arriba mencionados, y editado en 2010. Un soul clásico, pero claramente refrescado, pretendidamente nostálgico con una época y con una estética que siguen vivas, en el vestuario de Reed por ejemplo, o en su forma de gesticular mientras canta. Eli, por momentos, parecía un personaje sacado de uno de esos casinos donde siempre es año nuevo, fluctuando entre las décadas de 1950 y 1960. Pero en general, al margen de una estética u otra, todo el concierto fue una abrumadora demostración de que, al contrario que en la película de Benito Perojo, es un blanco que tiene el alma negra. Cuando se estruja el cuerpo entero para derrochar esas notas sostenidas, todos, hasta los músicos que lo acompañan, permanecemos en vilo, como creyendo que puede juntar el cielo y la tierra.

Supongo que así debían ser los conciertos de soul durante la edad de oro del género, e incluso mucho mejores. Conciertos como el del miércoles son, probablemente, lo más cerca que podemos estar de aquellas fiestas; incluso el teclista actuó de presentador de la gala, con espectacular presentación de cada uno de los miembros de la banda, y su correspondiente solo, y agradecimientos integrados a la música, ya convertida en base. Una forma concreta de vivir la música, la de los negros, que ya no es solo patrimonio suyo. Nadie puede resistir el chute del soul cuando se interpreta con la categoría que demuestra Eli Reed: el Teatro se desbordaba, todos en pie, bailando entre las butacas, y admirando el poderoso torrente de voz de esta joven promesa que ya es, por méritos propios, una gran estrella de la música. Pero desde luego, lo que está claro es que las penas que no se curen con una buena sesión de soul, es que no tienen cura.
Fotos de Pablo Luna Chao.

DISCO LAS PALEMERAS!



Para cuando estemos en guerra.

Menos mal que pago mi suscripción a Spotify religiosamente cada mes, porque si no esa estúpida restricción de escuchar, como mucho, 5 veces una canción, me habría impedido regodearme en el tema que abre este Cd, La Casa Cuartel, tantas veces como lo he hecho. LastFm dice que llevo 10 escuchas, pero entre el coche y el nieto moderno del walkman, estoy seguro de haber llegado al medio centenar de reproducciones. Es, sin duda, la mejor canción de este primer álbum de Disco Las Palmeras!, una banda de Sarria (Lugo) que me ha convencido, ahora ya en serio, de que en España empieza a ver grupos verdaderamente interesantes, y exportables. 

Al margen del clásico pop-rock (o punrock), y de un pop pastelero, siempre prolífico, del que raras veces entiendo su éxito, parece que el rock alternativo ha despertado; un rock de influencias serias, de intenciones sin complejo, con peso y poso. No es que sienta orgullo patrio, nada más lejos; pero me alegra comprobar que nuestra generación, efectivamente, posee un bagaje musical netamente superior al que tenían las anteriores. Así es como nacen bandas importantes, y así es como el público se hace más exigente y experto. Creo que Disco Las Palmeras! no podría haber existido hace 20 años, y ya no solo porque tengas influencias de reciente existencia, sino por el tipo de acceso que han tenido a ellas. Dios bendiga a Internet: mecenas de la música que viene (y que ya está aquí).


NIHIL OBSTAT es una bomba de relojería, o un cinturón militar de cartuchos de fusil, todos a punto de estallar. Desde el primer segundo de música el oyente se siente parte de una guerra: donde el miedo, el shock y la adrenalina desbordante son parte fundamental del juego. Disco Las Palmeras! practican un noise melódico, que envuelve un esqueleto post-punk, teñido de cierto derrotismo, algo de angustia, y una fascinante sensación de oscura inquietud. Las bandas guerreras, las que descargan ego con la eléctrica de su métrica, tienen algo de irreal que en Disco Las Palmeras! desaparece. Suena a un dibujo más certero, más real y cruel de la batalla: la guerra es ruidosa, sí, pero también es sucia, esquiva, pesada y exasperante. NIHIL OBSTAT es una recámara de arma cargada de estado emocionales, a veces contradictorios, pero siempre abocado a la eterna pelea (con la vida, supongo).

Pero volvamos a la casilla de salida: a La Casa Cuartel. No es un bajo lo que entra a los 8 segundos, para acompañar a una batería de atentado. La voz de Diego Castro, mortal como la picadura de una enorme araña negra, va pregonando la tragedia; y las guitarras, que son todo lo que hay, se abren paso entre los escombros. Poco a poco la imagen es más nítida, pero también más terrible. Un punteo lejano es el grito del caballo del Guernika. La constancia de la batería es la pulsión natural del corazón luchando por vivir. La melodía, escatológica y condenada, se va transformando, a medida que se abren las cuerdas, en la descripción pura de las llamas. Y al final, tras un mínimo armisticio, sabremos la verdad. 

Disco Las Palmeras! tiene un secreto: son un trío sin bajo. Se las arreglan con una séptima cuerda y con una distorsión desproporcionada. Por eso suenan así: como una cabalgata de coches fúnebres, desbocados sin freno. NIHIL OBSTAT mantiene el ritmo hasta el final, con una leve tregua shoegaze llamada precisamente Estados Emocionales (Y Vaticanos), que es lo que son sus canciones: un pulso constante con las emociones, con ese instintivo enfado que sentimos por haber sido creados mortales. Disco Las Palmeras! canaliza esa rabia en un sonido desafiante y marcadamente armado: bombardeos de batería en Los Economistas, fuego de mortero en No Lugares, ráfagas de pelotón de fusilamiento en Me La Jugaste En China; aniquilación nuclear lenta y sin dolor en Testigos de Dios.

Me los perdí en el Día de la Música, porque me hablaron de ellos esa misma noche, tras su concierto. Por eso digo que no es por orgullo patrio por lo que me alegra la aparición de buenos grupos nacionales, sino por la certeza, casi absoluta, de que veré a esta banda un montón de veces. La veré crecer, evolucionar, y con un poco de suerte, la veré despuntar en un escenario grande y oscuro, que es donde deben estar, aunque no hagan una música fácil de escuchar para el gran público. Disco Las Palmeras!, junto a Cuchillo, seguramente más expansible, son para mí el futuro del rock alternativo nacional (y ya veis: unos de Lugo y otros catalanes...).



BLONDE REDHEAD



El placer del contraste.

Kazu Makino y los gemelos Pace son Blonde Redhead, un trío italo-japonés que nació New York a mediados de los años '90, y que hoy en día es considerado, por muchos, como un grupo de culto. En 16 años han editado 8 Cds, los últimos tres con el sello británico 4AD, del Grupo Beggars. Llegaron a mis oídos hace dos o tres años como consecuencia del sunami que supuso en su carrera, y en el pop, la edición en 2007, de 23: para muchos, uno de los mejores álbumes del año, y probablemente su trabajo más escuchable y populista. 

Pero que no se me interprete mal: aunque provengan de un sonido cercano al grunge, auspiciado por el mismísimo Steve Shelley (batería de Sonic Youth y fundador del sello Smells Like Records, con el que también lanzó a la fama a Cat Power), y deriven en otro mucho más suavizado, sofisticado y pop, en ningún caso considero peor el 23 que, por ejemplo, el LA MIA VITA VIOLENTA, su segundo disco; o denigrante, criticable o lamentable la evolución a lo largo de su carrera. Respeto la línea que han seguido; no en vano, Girl Boy, el último track de su primera obra (cuando todavía eran cuatro), ya anunciaba el futuro de la banda.


En Blonde Redhead siempre ha estado latente la tendencia que explota en 23: un dream pop donde el peso de la distorsión se ha reducido drásticamente, más adaptable a los oídos de las mayorías. Personalmente, pese a que me fascinaron con ese sonido, he ido apreciando más y más a esta banda por sus primeros trabajos, sobre todo por este segundo, LA MIA VITA VIOLENTA. Conociendo dónde acaban, es delicioso observar como segregan las pocas gotas de dulce pop que, doce años más tarde, serán una líquida avalancha, un sunami de pop alternativo. La aspereza del grunge ya casi es costra, y pronto (o poco a poco, mejor dicho) desaparecerá del todo. Desde luego, no van a ser los primeros ni los únicos en mostrar cómo la incertidumbre de la generación X dejó cicatrices menos marcadas de lo que se pensaba.
LA MIA VITA VIOLENTA es el temprano punto de inflexión a partir del cual se va a imponer su personalidad y su determinado sonido, a cualquier tipo de etiqueta cerrada. Blonde Redhead, si es que lo hizo alguna vez, dejó muy pronto de hacer grunge, encontrando una fórmula de expresión clara, directa y concreta, pero con la vulnerabilidad que siguió a la muerte de Kurt Cobain. Si a ese mayor punto de emotividad le queremos llamar pop, hagámoslo; pero en la forma, en los rasgueos, en la imperfección manifiesta y chillona de las voces, en lo oblicuo de las miradas y la melodía, están todavía a años luz: es solo el zumo que sale de exprimirlo una y otra vez, como se hacía con los árboles de caucho en el Amazonas, allá por la época de los pioneros y fitzcarraldos.

Cuando abres el Cd la voz de Kazu Makino se sale de la caja, libre y plenamente consciente de cómo es el cuerpo que posee. En I Still Get Rock Off, justo al principio, coquetea con la influencia de Liz Fraser (Cocteau Twins), pero en seguida adopta la postura de una gata en celo, y su voz juega al despiste con la de Amadeo Pace, en un descosido dúo de jirones. Y no vuelve hasta I'm There While You Chock On Me, la más áspera junto con la primera y la última, Jewel. Parece como si reservaran la cara más severa, la más chirriante y rasgada a la voz femenina y mordiente de la nipona: auténtica bella enredada en espinos. Y la versión más envolvente, poprockera, oscurecida y glamurosa, se expone a la sombra de la voz masculina, más profunda que incisiva. Violent Life (pese a su violencia), U.F.O., 10 Feet High, y Down Under y Bean (aunque a dúo con Kazu). 

En Harmony y Young Neil muestran la faceta que hay presente en todas las canciones: una sana afición por la evasión, por una psicodelia misurada, imprecisa y esquelética. En la primera, casi del todo instrumental, ensayan un progresismo, acompañado por un sitar precioso, que culminan las voces en dúo. Desde luego, es un disco sin desperdicio alguno. Escuchándolo uno se debate entre la pasión latina del acento melódico, y la austera e insensible mirada turbia de los mártires del grunge. 

Blonde Redhead pasarán este verano por España. Será la primera vez desde que yo los conozco, y desde que presentaran su 23 en 2007 en gira con Interpol. Se supone que nos traen el Penny Sparkle, pero espero y deseo que muestren todas sus caras posibles. Escuchando este último Cd, mi tendencia natural ha sido ir a buscar sus primeros tiempos, y no porque fueran mejores, sino porque el contraste le queda a este trío como un guante. Es, quizá, su atractivo más especial.


CUCHILLO. Madrid, 9-7-2011.




Cuchillo en HD.

Entrar ayer noche en el auditorio del recinto del Conde Duque fue como entrar en una dimensión de alta definición: el radar de los sentidos disparado, la percepción acentuada, los poros de la piel totalmente dilatados; todo era poco para absorber lo que allí se estaba cociendo. En esa sala diáfana y distinguida de asientos mullidos, en ese pulcro escenario de música erudita, sobre unas tablas exigentes, y ante un público experimentado, los Cuchillo perpetraban su asalto definitivo a la capital. Los Veranos de la Villa, siempre a la altura, nos dio ayer la oportunidad de disfrutar de una de las bandas más prometedoras del panorama musical español, uno de los directos más interesantes que actualmente podemos ver y exportar. Cuchillo es una amalgama de influencias, oportunamente destiladas, que se articulan en una especie de rock fílmico, experimental, folk y psicodélico. Hipnotizan, evocan y enganchan.

La primera vez que su disco Cuchillo me acompañó en mis quehaceres, apenas profundicé en mi observación. Me atreví a recomendarlo, atribuyéndoles ciertas semejanzas a Tool, lejanas y sutiles, por supuesto, pero esa común envoltura oscura, de arpegios narcóticos y notas circulares existe; y los Cuchillo la mostraron ayer a modo de bienvenida. 'Sombra y Mar', la canción que abre su Ep Duat, abrió también el recital. Tras una alargada intro, de guitarras bajo el sol de Calexico, nació el canto monacal que tanto me recordó a Fleet Foxes la primera vez que lo oí; y en seguida se blandieron las baquetas, las guitarras. En seguida, la versión más concreta y material de Cuchillo, la más enérgica y desafiante, afloró como si esa fuera su habitual naturaleza. Y no era más que el principio.

Lo que al principio era un dúo, el de Israel Marcos (guitarra y voces) y Daniel Domínguez (percusión), se ha transformado en trío con la incorporación de Henrik Agren, un pintoresco músico noruego que tocó la segunda guitarra, el teclado y el piano, entre otras cosas, envuelto en un chaleco que no encaja en el siglo XXI. Peores eran los pantaloncitos vaqueros del batería, pero sus buenas artes con baquetas (de tres y cinco tipos), panderetas y demás castañuelas de conchas de mar, así como el suave contoneo de su forma de tocar, hicieron que los ignorásemos rápidamente. Israel Marcos iba impoluto. Su camisa blanca relucía como en el anuncio del mejor detergente, la pluma colocada en su guitarra parecía la de un ave imperial, y en general, por su actitud y la extremada calidad de todo lo que hizo, cualquiera pensaría que lleva media vida subido a un escenario.

De todas formas, el concierto de ayer no estaba concebido como algo normal o convencional. La perfección y pulcritud estética, la diáfana ordenación de acordes, decorado e iluminación, las camisas y el piano de cola, eran el maquillaje adecuado para que aquello quedara registrado en video. Era su definitiva puesta de largo, grabada en absoluta intimidad: en la que da un público pasmado por la retahíla de cosas asombrosamente bien hechas con las que Cuchillo no dejó de honrarnos. A parte de sus temas más reconocibles, nos regalaron el anticipo de cuatro de las nuevas piezas de lo que será su segundo Lp, uno de ellos interpretado en Madrid por segunda vez ante el público: “fresquito”, se atrevieron a decir. Y aunque el fallo fuera insignificante y rápidamente corregido, incluso previsto por el indiscutible Marcos, demostraron ser un poquito humanos, gracias a Dios.

El tiempo con los Cuchillo parece correr en círculos. El concierto no duró más de hora y media, pero los minutos fueron densos y de una textura que nos permitió disfrutar de cada uno de sus segundos como si fueran semanas. 'Cuando Te Canto', 'Black And White Numbers' y 'Come With Me', hacia la mitad del recital, fueron auténticos ejercicios de experimentación del rock: afloraron los pequeños instrumentos, los delicados detalles, el bamboleo diluido de las guitarras sobre ritmos hondos y esféricos, y la psicodelia limpia y sana. De repente pensé que estos chicos nada tenían que envidiar a Grizzly Bear o a Beach House. Marcos samplea su propia voz, y la guitarra, como haría también más tarde en 'Breathing Again', la última antes de la pausa, y en 'Último Silencio': ultimísima canción. Incluso, entre tanta experimentación folk, me pareció entender su rollo moroone como un acercamiento al 'Kashmir' de Led Zeppelin en 'Come With Me'. En cualquier caso, por momentos, solo le faltaba a todo aquello la presencia de un chamán, de un viejo brujo o de un jefe indio, invocando a los dioses y a los muertos.

Una de las grandes virtudes de Cuchillo, ahora que les he visto en directo, es que resulta que sus discos no son más que un bosquejo de lo que luego son capaces de hacer sobre un escenario, un boceto de cualidades con pulso de cadáver que obtiene vida, se levanta y anda, solo cuando la cita es el directo. Sobre las tablas estos chicos pueden transformar los temas a su antojo, matizándolos y enriqueciéndolos una barbaridad. Así es como hicieron del 'Ultimo Silencio' el más atronador de los finales; al más puro estilo Godspeed You! Black Emperor: describiendo el apocalipsis, y después el nuevo orden. Cuesta creer que sean solo tres. Tres hombres para hacer música, con la propiedad de quien expresa estados puros de ánimo.

La imagen, por momentos, parecía no ser real: demasiado perfecta, demasiada definición; demasiado ambiente pintado por y para la música del trío. Las cámaras vigilaban, los objetivos enfocaban sin dolor, y ellos hicieron más de lo que tenían que hacer. Todos salimos en el vídeo con la boca abierta, con los ojos cerrados de nuestra imaginación, libre y campante por lo irreales palacios de sonido de Cuchillo. Todos menos ellos, firmes y seguros como estatuas de canon clásico; en paz con su música, y con un público que, con el tiempo, se rendirá como a la peor de las epidemias, al misterioso encanto del post-rock más interesante de nuestro panorama musical. Lo que vimos en el auditorio del recinto del Conde Duque es, sin más, el mejor directo que un grupo español puede ofrecernos en la actualidad. Y lo vimos en HD.

ORNAMENTO Y DELITO. Madrid, 8-7-2011.




Ornamento y Delito en la Costello, pero no lo digas muy alto.

Quedarse en Madrid en verano no está tan mal, siempre lo he dicho. Aún no está la población diezmada, como lo estará en agosto, cuando aparcar en la calle a la que vas no será, en absoluto, misión imposible. Como suele ser habitual, la oferta cultural veraniega de la capital no va a dejarnos huérfanos de buenos momentos, y ya está en marcha. Ayer po la noche, por ejemplo, pudimos asistir, aunque fuéramos solo el medio centenar que éramos, al concierto en la Sala Costello de Ornamento y Delito. Porque no todo va a ser el San Francisco de Asis de Messiaen y Mortier, el Festival de Teatro de Almagro, o el FIB. La pequeña cultura, si se me permite la expresión, la de los clubes, la de los cines al aire libre cuando cae la noche, y la de todos los libros, series y películas que vemos atrincherados en casa hasta que el sol se larga; esa pequeña cultura, doméstica, personal e íntima, también se mueve en verano.

Si tuviera que definir el concierto del viernes con una sola palabra, usaría timidez. Ornamento y Delito son un grupo de cuatro, pero solo Gari, el guitarrista, teclista y cantante, sobresale y da algo de juego. De entre un público en que se hallaban conocidos de la banda salió en un momento la petición de que sonaran clásico, a lo que Gari, con una sonrisa clara, respondió con un seco no. Rompecabezas De Moda Y Perfección Moral, y parte del material nuevo que están preparando para su siguiente Lp, iban a ser el menú de una sesión que duró algo menos de hora y media.

Abrieron el concierto con 'Loca Por Ti', y lo clausuraron con 'La Policía'. 'Beñat', 'La Cita' y, por supuesto, 'Madrid', no faltaron en el setlist. Eran, seguramente, las canciones más deseados, y sonaron prácticamente idénticas a como las oímos en el disco. La misma textura, el mismo ritmo, el juego de voces indolentes que despliega Gari, el guitarreo clavado en el segundo adecuado. Todo sonó como si les hubiéramos dado al play, como si fueran un reproductor de audio mp3. En ese sentido, nada sorprendentes. No me gusta cuando un grupo te da en concierto estrictamente lo que uno espera escuchar. Tocaron bien su música en meseta: sin una sola subida de tono emocionante, ni un segundo de más de esa apatía que les aboca a la oscuridad.

Por otra parte, las cuatro o cinco canciones nuevas que presentaron, de un disco que esperan sacar este mismo año, parecieron anticipar un leve cambio en sus formas musicales. Puede que es su próximo trabajo veamos entrar más luz por las rendijas de su alicatado estilo; tal vez la paleta de colores admita más tonalidades, o eso me pareció al escuchar sus novedades. Canciones con la personal impronta de Ornamento y Delito, pero con un leve soplido de aires renovadores. El cuarteto vasco-madrileño ha venido demostrando, durante sus cinco años de vida, que sus nuevos trabajos siempre aportan algo nuevo.

Rompecabezas De Moda Y Perfección Moral les ha colocado ya en un lugar privilegiado dentro del panorama nacional. Pasito a pasito, y con la timidez por bandera, Ornamento y Delito sigue creciendo. Aunque el concierto del viernes no fuera en absoluto inolvidable, fue agradable ver en petit comité a una banda que, si sigue por el mismo camino, atraerá a muchísimo más público dentro de unos años. Personalidad no les falta; solo, tal vez, creérselo un poquito más.

SONO, LA NOCHE ALTERNATIVA DE ESTRELLA GALICIA. Madrid, 6-7-2011.




SONO. La noche alternativa de Estrella Galicia.

“En actividades de cualquier género, especialmente culturales, es aquello que se contrapone a los modelos oficiales comúnmente aceptados”. Así define la RAE el término ‘alternativo’, y si tenemos en cuenta la coincidencia con el concierto de los Foo Fighters, el miércoles noche, entenderemos por qué SON, la promotora de conciertos de Estrella Galicia, bautizó su evento en el Teatro Lara con el sugerente nombre La noche alternativa de Estrella Galicia. SONO: un sueño, el de una noche de verano en Madrid. Y resultó ser, en efecto, algo más que una simple noche de conciertos. Cataloguemos o no lo que sonó en el Teatro con la etiqueta de música alternativa, lo que está claro es que el modelo de directo que allí experimentamos, y con el que nos sorprendieron, es innovador y novedoso o, al menos, poco habitual. Un concierto convencional (The High Llamas), un espectáculo músico-tribal (Esben & The Witch), una sesión de sombras analógicas (The Suicide Of Western Culture), y otra, la de una reciclada EME Dj, que se intercaló con los conciertos mientras todos cenábamos.

Y es que por momentos pensé que la música estaba siendo lo de menos. Porque señores, todo aquello fue organizado por gallegos, y como es norma entre ellos, de su casa los invitados no salen con hambre. Mejillones, empanada de xoubas, salpicón de marisco, presentado en una ingeniosa tarrina, chupitos de gazpacho y ajoblanco, jamón (del bueno), panes, brochetas de fruta en sopa de naranja aromatizada con vainilla, tarta de almendra con inyección de crema de orujo…y muchas, pero que muchas cervezas. En la noche alternativa, créanme, se vieron más Estrellas en el interior de Lara que en el firmamento acalorado de la noche de Madrid. La excusa, por buscar alguna, pudo ser el lanzamiento, hace ya unos meses, de Estrella Artesana, una cerveza de menor graduación, especial para las comidas, en cuya creación ha colaborado nada menos que Pepe Solla, seguramente la figura más importante de la nueva gastronomía gallega, y nacional. Entre The High Llamas y Esben & The Witch se destapó la verdad de La noche alternativa: todo aquello era un cóctel encubierto, y con muy buena música.

Los conciertos, de todas formas, y aunque en absoluto fueron lo de menos, resultaron un tanto extraños. El orden lógico de las cosas hizo que The High Llamas abriera la noche, con su sonido apacible, con su público particular; Esben & The Witch, el principal motivo de mi asistencia, nos pilló a todos con la digestión a medio hacer, y la atmósfera que crearon, sobrecogedora por momentos, pareció más una pesadilla, con espectacular banda sonora, eso sí, que la apacible noche de verano que veníamos viendo hasta entonces. Lo de EME Dj, entre tanto camarero de etiqueta que no paraba de sacar comida y cervezas, también resultó chocante, aunque sorprendentemente estimulante y bueno. Y para rematar una noche insólita, alternativa si se quiere, dos sombras invadieron lo que quedaba del Teatro, ya a eso de las 2, para regalarnos una electrónica épica, galáctica e infinita. Eran The Suicide of Western Culture.

High Llamas, al margen de gustos, tocó fenomenal. Sean O’Hagan, su líder, y antiguo integrante de Stereolab, tiene tablas de sobra sobre un escenario. Nada que ver con aquello: lleva 20 años con esta banda, y hace una música que puede transportar a un distraído oyente a la época del primer rock inglés, de aquel pop-rock inocente, alegre y despreocupado que los Beatles popularizaron. Las melodías, el tono, el xilófono, el banjo, la edad media de los seis músicos y las leves pinceladas de folk clásico americano que exhibieron, hablan de una banda que no se rinde a la modernidad. Y en ese sentido, me extrañó verles en La noche alternativa.

Pero la verdadera buena noticia de la noche del miércoles, al margen de las tres horas íntegras de Foo Fighters, al otro lado de la Castellana, fue el debut en España de Esben & The Witch. El trío de Brighton estuvo espectacular, muy por encima de mis expectativas. Tras la decepción que sufrí con Warpaint en el Primavera Sound, temía que estas nuevas bandas que considero hijas del Third (de Portishead), fueran solo mérito de buen estudio, producto de producción. La intensidad del concierto, el sonido denso y potente, y la tremenda caracterización de cada una de las canciones, en seguida, me hicieron comprender que Esben & The Witch son una realidad; con atmósfera de mal sueño, de onírica trascendencia, pero real, al fin y al cabo.

Presentaban Violet Cries, su álbum de debut, editado a finales de enero por el prestigioso sello independiente Matador Records; y se presentaban ellos. Resulta  fascinante ver a estos chicos hacer música. Alrededor de un timbal y de un simple plato, aporreados sin piedad, y siempre sobre bases de samplers y sonidos oscuros, tres cuerdas ceden al baile del post-rock, al embrujo de un trip-hop caducado, entrecortado, y más tétrico que nunca.

Los tres viven su propio concierto, su particular ceremonia entorno al fuego redentor de la música: Thomas Fisher toca la guitarra y prepara las bases y Daniel Copeman, con la melena tapándole toda la cara, guitarrea al más puro estilo shoegaze, y participa, junto a su atractiva compañera, en una básica percusión, con auténticos tintes de tenebrosa espiritualidad. Y Rachel Davies, la bajista hechicera de la banda, entre percusión y cuerda, demuestra tener la voz bien puesta. Aferrada al micro con la teatralidad de Beth Gibbons, acorde al espectáculo escénico de la banda entera, despliega un torrente perfecto y poderoso, un tono que se halla entre la firmeza y la seguridad, y la el más absoluto terror por la natural incertidumbre de nuestra vidas mortales.

El primer single, 'Marching Song', 'Warpath' y 'Eumenides', canción con la que cerraron el show, en una apoteosis de percusión final, sonaron especialmente bien. Cualquiera diría que hacen los músicos hacen poco sobre el trasfondo de la base, pero rasgar unas cuantas cuerdas, y aporrear un plato y un simple timbal, a veces, puede resultar un ejercicio de auténtico hipnotismo musical. Y cuando eso pasa, resulta fascinante. A ver cómo se portan en otro tipo de escenario; a ver qué hacen en el Paredes de Coura.

La noche la cerraron los chicos de The Suicide of Western Culture, una pareja de misteriosos personajes encapuchados: dos sombras sobre una gran mesa llena de aparatos electrónicos procedentes de otra época, incluso de otra galaxia. Los amantes de Boards of Canadá, Neu! o Crystal Castles, habrían disfrutado con ellos. Electrónica contundente pero diáfana, pesada pero a la vez muy volátil, como si no le afectara esa irremediable fuerza de gravedad que a los habitantes de la Tierra nos mantiene encerrados en el limitado y, a veces, aburrido suelo.

No obstante, noches como la del miércoles en el Teatro Lara, que aparecen en nuestro horizonte cultural y de ocio como por arte de magia, sorprendiéndonos y divirtiéndonos, son buen ejemplo de lo ilimitadas que son las cosas a nivel del suelo. Sobre todo cuando en medio de tanto asfalto, y de tanta meseta, acudimos a la casa de unos gallegos, que es lo que parece que es últimamente el Teatro Lara.

Fotos de Pablo Luna Chao.

THE KILIMANJARO DARKJAZZ ENSAMBLE

El horror de mi reflejo.

No sé si es conveniente explicar quién es esta gente, o mantener vivo el espíritu de su sonido dejándolos en un descriptivo anonimato, reduciéndoles a ese enigmático perfil con el que se autorretratan a través de la música. Pero al menos diré que The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble es una formación de origen holandés, que hace una especie de nu jazz, o acid-jazz extremo, o algo parecido al jazz electrónico, al downtempo, al trip-hop; tremendamente experimental, en cualquier caso. Podría ser la exageración de la Cinematic Orchestra, o un acto de puro vanguardismo musical, pero de lo que no cabe duda, una vez escuchado su HERE BE DRAGONS, es de que el magnetismo de la oscuridad seguirá atrayendo al ser humano por toda la eternidad.

Diré también que son un sexteto de músicos no demasiado convencionales, con una serie de inquitudes y cualidades artísticas que son el alma y el trasfondo del grupo. El proyecto nace a principios de la década, pero no se completa su formación hasta 2008, cuando se embarcan en la producción de HERE BE DRAGONS, el tercer trabajo bajo tan fascinante nombre; el primero de larga duración. En 2011 han vuelto con From The Stairwell. Y poco más de su curriculum, la verdad. El resto es todo pura traducción de lo que oigo.

La instrumentalización clásica deformada es una de las constantes de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble: hacen de su jazz algo que no parece merecer ser parte de la sociedad. Parece la banda sonora del vagar de un monstruo cualquiera, encapotado, culto e injuriado, que sortea las luces de candil entre las nebulosas calles nocturnas de Londres. Un Londres victoriano, para más señas. El saxo nos habla de un solitario y su locura, de un retrato desfigurado en el espejo. Pero al final, canciones como la dulce Seneca nos hacen dudar: la imagen, y el monstruo que vemos reflejado pueden ser solo producto de nuestra mente, del ojo que mira muy adentro de su propia mirada.


Otra constante es la rítmica de largo recorrido, de evolución celular gradual. Siempre dentro de la oscuridad, el downtempo y el trip-hop aparecen como un rayo de expresionismo pseudoabstracto entre afinaciones y sonidos impresionistas, siempre teñidos de la elegancia y el señorío de instrumentos mimados en blanco y negro. The MacGuffin es el único tema que apuesta por un ritmo y una evolución más propias del post-rock instrumental (en una micro aproximación al universo Godspeed You! Black Emperor), con lo que elevan la mirada al mismo cielo al que miran quienes hacen space-rock o drampop, por ejemplo.

La inyección transversal de la electrónica es, sin duda, otra de las características más destacadas de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble, no solo por la rítmica anteriormente mencionada, sino también por la acidez con la que infectan ese jazz, tan desvencijado que da pena mirarlo, ya desde Lead Squid. Es la caducidad manifiesta de la convención musical: un nuevo juego en el que todo vale. El predominio electrónico es la droga a través de la cual transforman la realidad en deformada visión del mundo, el alucinógeno que hace crecer al monstruo entre las arrugas de nuestra faz, el cristal caleidoscópico que hace casi desaparecer todo vestigio de clasicismo, aunque siga ahí.

La voz femenina que aparece en Embers (que se acerca peligrosamente a Portishead), Mits Of Krakatoa y Siroco, solo puede conducirnos al pecado: una femme fatal que se mueve al ritmo lento y saturado de 2046, y que huele a las flores que olían a desastre en Perdición. Los violines que la acompañan, y que suenan solos en Caravan!, además, nos remiten inmediatamente a una lugar muy poco concreto del Mediterráneo oriental, casi como si quisieran hacernos ver, de manera elegante pero soberbia, que el embrujo de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble puede llevarnos, a través de las luces de la oscuridad, a donde les de la real gana llevarnos.

En noches de soledad, son la banda sonora de cuantos hayan perdido algo alguna vez en la vida, de quienes no caen en la nostalgia, no imaginan un pasado que ya no existe, pero caminan noctámbulos, escurridizos y olvidados, por el desértico camino de sus vidas. Sin embargo, a la luz de la cordura, son lo que anda buscando todo aquel que siempre busca algo. Son la respuesta del mañana a la pregunta que los viejos no se atreven a imaginar. Un acto puro de irreverencia vanguardista.



WILD BEASTS



Pop perfumado y con pedigree.

Hace justo una semana asistí al Día de la Música en el Matadero; solo el sábado. Iba para ver a The Pains of Being Pure at Heart y, sinceramente, me llevé una pequeña decepción. Al grupo más prometedor del momento se le vieron cosas buenas, pero también bastantes otras por mejorar; aunque siempre teniendo en cuenta las enormes espectativas que generan. De todas formas, Wild Beasts se encargó de darnos la de arena (o la de cal, nunca he entendido cuál es mejor): un concierto sensacional, el mejor de la noche, absolutamente sorprendente para todos aquellos que, como yo, conocíamos a esta banda desde hace poco, desde la publicación de su tercer álbum, Smother, el pasado mes de mayo.


Como preparación para el festival escuché su segundo trabajo, TWO DANCERS, y casi sin tiempo para fijarme, ya me llamó la atención. El concierto ha dado pie a una escucha más atenta, y es puro deleite.Su primer disco, Limbo, Panto, queda muy lejos del nivel que exhiben los de Leeds en sus siguientes Cds, modulando su extrema musicalidad hasta alcanzar el equilibrio perfecto. Un pop sofisticado y con pedigree.

Si tuviera que compararlos con alguien (cosa a la que nadie me obliga; en realidad me encanta), o hablar de los ingredientes que este sonido posee, diría tres nombres: Arcade Fire + Sigur Rós + Vampire Weekend. No obstante, quiero dejar claro que, como ocurre a veces en la mezcla de colores, en este caso las influencias evidentes dan como resultado un producto que casi nada tiene que ver con las bandas mencionadas. La vocación fuertemente artística, casi barroca, esa retórica casi de musical, e incluso la pose de Hyden Thorpe (con un aire a Win Buttler), recuerdan a los canadienses; también por la calidad de su sonido. Los agudos sobre una profundidad luminosa podrían acercarse a lo último de los islandeses; y esa capacidad de hacer sencillo lo articulado, o el ritmo sin complejo alguno, me recuerdan a los neoyorquinos.

Pero ese glamour que inunda todo el TWO DANCERS es totalmente de cosecha propia, al igual que el particular acento que proporciona la voz sobre las guitarras, cristalinas y claras, la infinidad de texturas y colores son capaces de crear, o el aire de homenaje a Queen, o al mismísimo Sinatra, son producto de una personalidad musical importante. Wild Beasts, con este Cd, se ha hecho un hueco en el panorama del pop independiente a base de derrochar personalidad compositiva y estética. Entre la extravagancia de temas como The Fun Powder Plot o Underbelly, la épica íntima de Two Dancers I, la extrovertida de Hooting & Howling, All The King's Men o Throught The Iron Gate, y los temas de dreampop moderno a lo Blonde Redhead tipo We Still Got The Taste Dancin' On Our Tonques o This Is Our Lot, construyen un disco redondo, pulido y de aspecto totalmente renovador; probablemente el pop más cuidado y perfumado del planeta.

Cuidado, de todas formas, con abusar de este Cd. Es como abusar de la comida china: al final puede llegar a empalagar. Tanto condimento sabroso sacia hasta el apetito del más glotón. El Smother, problemente, tiene menos grasa. Pero sin duda, todas las artes musicales, todos los ingredientes de la cocina de Wild Beasts, están expuestas en el maravilloso TWO DANCERS: un disco indispensable para todos los amantes del dream pop, que casi siempre es independeiente.