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OPTIMUS PRIMAVERA SOUND. Porto. Día 2




OPS2012. Día 2: Linda Martini, We Trust, Yo La Tengo, Rufus Wainright, The Flaming Lips, Codeine, Wilco, Beach House y M83

La segunda jornada del Optimus Primavera Sound de Porto ha sido un rotundo éxito. Si ayer recelaba de las posibilidades ambientales y musicales que este festival podría llegar a tener, hoy me tengo que corregir debido a algunas de las actuaciones más antológicas que he visto en mucho tiempo. Y no solo porque el público al final respondiera, o por la sucesión de bandas exquisitas, sino también por el gran sonido, por la adecuada elección de escenario para cada banda, y porque no tienes la sensación, como sí pasa en el San Miguel Primavera Sound, de que te estás perdiendo a más bandas de las que ves. No hay agobios de ningún tipo: da tiempo a casi todo, nada se llena hasta la bandera y, en general, se disfrutan los conciertos con una dosis más de sosiego, que se agradece.

Además, la tarde noche fue a más, siempre a más. Hasta acabar en aquel lugar tan alto y alejado que últimamente se confunde con la banda francesa de mismo nombre: en M83. Y partiendo de un par de bandas locales que, aunque no congregaron a mucho público, sí parecen tener cierto peso en el panorama nacional portugués. Linda Martini y We Trust no tiene nada que ver, solo que ambas beben de influencias muy reconocibles y loables. Mientras los primeros podrían pasar por aprendices de Incubus, pero con un sonido más apelmazado y mucho menos elástico, We Trust destila, simplemente, una buena educación musical. No sabría decir qué grupos escuchan ellos, pero sí que son buenos, y que de ellos han captado sus secretos y su esencia.

El público fue llegando a eso de las 19h, puntuales para ver a Yo La Tengo. En comparación con Barcelona, el concierto de los de Jersey de ayer fue de tintes más duros, más noise, shoegaze y sucio. Fue más rudo, más directo, aunque reservaron esos momentos en los que Ira Kaplan acostumbra a experimentar con su guitarra. Un directo en el que cada canción parecía construida a partir de las ruinas de la anterior, una vez derribada a base de distorsión desmelenada. Acabaron, sin embargo, en acústico, interpretando deliciosamente My Little Corner Of The World, con extra de silbidos, demostrando que son capaces de ahondar en dos facetas bien distintas. Yo La Tengo construye melodías con el material con el que se hacen los clásicos, pegadizas, y con ese toque de genialidad que a veces se extrae de lo sencillo, pero por lo general se dedican después a corromperla, a viciarla, convirtiéndola en un desequilibrio con propiedades emancipadoras.

El concierto de Yo La Tengo dejó satisfecho al público, que comentaba mientras se alejaba hacia otro objetivo que había sido, hasta ese momento, uno de los mejores directos del festival. Los norteamericanos nunca fallan. De ese modo uno podía permitirse tranquilamente no asistir al concierto de Rufus Wainright, y perdido el de The War On Drugs por causa de las primeras coincidencias, no quedaba otra que esperar a una de las más difíciles elecciones que el programa, ya con cuatro escenarios, planteaba a los asistentes: The Flaming Lips o Codeine. Yo me introduje en el foso de los primeros, a escasos metros de Wayne Coyne, para sacar fotos, porque aunque no pensara quedarme mucho rato, resulta espectacular el pifostio que montan: un espectáculo de luces, confetis, humo, gente disfrazada encima del escenario, globos enormes que el frontman explotaba con la punta de su guitarra haciendo volar aún más confeti: lo que se dice un show.

Pero hay que tener el cuerpo preparado para actuaciones así: requieren del público una actitud activa, participativa y abiertamente receptiva; extroversión pura. Y cuando vi a Coyne metiéndose en una de esas bolas grandes de plástico para ir a caminar por encima del público, entendí que mi cuerpo lo que requería era lo contrario: la más absoluta introversión. Codeine era mi medicina. La reunión del trío neoyorquino ha sido una de las mejores noticias musicales del año, y solo en un puñado de conciertos se podrá ver a la que es y ha sido, probablemente, la banda más de culto de la escena slowcore: un animal en peligro de extinción, cuyo hábitat ha ido desapareciendo paulatinamente en los últimos años. Fue algo tan alejado y opuesto de Flaming Lips que hasta me da la risa: apenas unos cientos de asistentes, ritmos cadentes, voces monotónicas y lánguidas, y guitarras sedantes.

Cuando pensábamos que Low era el único gobernante vivo del género, la reaparición de Codeine representa un hito nostálgico importante: no es que parezca un género muerto, pero sí una rareza de otros tiempos, que casi nadie ya elige como forma musical de futuro. En cualquier caso, la intensa latencia de energía que guardan bajo su apariencia apacible y calma, nos habla de un contenido emocional bastante más sincero y bien planteado que el de otros grupos que, como los Flaming Lips, por ejemplo, resulta sospechosamente demasiado explícito. El concierto de Codeine, en mi opinión, ha sido uno de los más bonitos y especiales de todo el fin de semana, al menos hasta ahora: rico en esa íntima calidad que solo tienen unos pocos, muy pocos; cada vez menos.

Ni siquiera el conciertazo que dio Wilco después hizo que olvidara la experiencia con Codeine. Tweedy y compañía, al igual que en el Primavera de Barcelona, e imagino que igual que siempre, estuvieron radiantes. Su música, allí en directo, suena a cosas muy bien dichas, con todas las palabras, modales y convencimiento necesarios. Wilco fluye de una manera que, al contrario de lo que pueda parecer, me parece profundamente terrenal, como si hace tiempo hubieran aceptado sus pecados, y ahora fuesen más libres y buenos. Con una calidad asombrosa en todo lo que hacen, y una presencia absolutamente monumental, los de Illinois tienen gran facilidad para ganarse al público, ya sea abriendo con Art Of Almost, interpretando increíblemente bien Impossible Germany, o con un glorioso punteo de 10 minutos de Nels Cline: lo hacen todo con una brillantez y una aparente sencillez, que hasta parece fácil ser Wilco.

Con tres guitarras, y otras tantas para cada uno de los guitarristas, muchas veces parece que sus canciones son líneas de punteos que se encuentran, se separan para viajar  por leves instantes a lugares preciosos de este mundo, y que luego se reencuentran, enriquecidas y curtidas por la mera capacidad de movimiento y observación. Da la sensación, además, de que Wilco nos enseña cosas, de que hay cierta sabiduría en el contenido de su música: es un discurso que rebasa los idiomas, los acordes, los metrónomos; parece la voz de la experiencia, hablándote íntima y personalmente, calmándote de preocupaciones inútiles. Creo que si todo viviéramos dentro de un concierto de Wilco, nadie tendría miedo, y seguramente acabarían las guerras, los abusos y las hambrunas de amor que enferman este mundo.

Pero la noche aún seguiría yendo a más, como si cada grupo ensalzara al siguiente, presentándonoslos en volandas sobre su propio éxito. Después de Wilco asistimos, probablemente, al que quedará en la memoria como el mejor concierto del Optimus Primavera: Beach House. Eso sí, empezaron tras unas insufribles pruebas de sonido que no deben producirse en un festival de tal magnitud. Legrand y Scally estuvieron igual de inmóviles y crípticos que en Barcelona, pero lograron un resultado eminentemente mejor que en aquel escenario alejado del Fòrum, que tan mal sabor de boca me dejó. Cayeron las barreras, la distancia menguó, y el sonido de los de Baltimore se materializó de una manera intensa, acogedora y ciertamente sobrenatural.

Beach House, con un setlist calcado al de Barcelona, repasando su exitoso último Cd, Bloom, exhalaron calidez a raudales, como si tocaran desde el interior de la cueva de sus propias almas. No hubo la linealidad perfeccionista y distante del concierto de Barcelona: había algo vivo en su música, respirando, tratando triunfalmente de asomar la cabeza; y los ritmos, texturas y capas de que se compone su sonido, pudieron apreciarse clara y deliciosamente, uno a uno: como si cada nota y cada pasaje ambiental de su dream pop sintético fuese una caricia distinta sobre la tez de quien más lo necesita. Cristalinos, densos y gestionando la tensión atmosférica, lograron los Beach House detener el tiempo en el escenario Palco Club; sin duda, uno de los grandes aciertos de la organización, ya que, si bien la afluencia masiva hizo que casi se desbordara el reducido lugar, su forma de gruta posibilitó que el sonido de los de Baltimore sonara como realmente debe sonar: sublime.

Ya solo con lo visto en las últimas horas podíamos irnos tranquilos, pero aún quedaba jugar a la grande, a la que Anthony González se dedicó a echarle órdagos continuamente. Oficiosamente cerraba la segunda noche, y aunque su concierto resultó ligeramente corto, apenas 50 minutos, fue del todo extraordinario. Al igual que ocurriera con Beach House en Barcelona, M83 tocó en el escenario Mini, y ahora opino que debió ser aquello lo que les impidió a ambos plantear un espectáculo tan completo como el de anoche. El francés, acompañado de unos músicos y showmans fabulosos, derrocha energía, de esa celeste y plateada que identificamos con el futuro tecnológico y más sofisticado. Se descubrió shoegazer, amante de rallar la realidad material de su propia electrónica, defensor del poder inalcanzable de una buena batería, y de la melódica galáctica, estratosférica y grandilocuente: de la que mira a las nubes y es capaz de escamparlas.

Lo que tiene la música de M83, además, es que resulta tremendamente fraternal. Da la sensación de que es un producto pensado desde un mañana superior, que nos ha de conducir hacia la salvación y la amistosa conjunción del hombre en el universo. Los teclados ochenteros reactualizados, y esa forma que tiene de introducir la guitarra y el rock de ciencia ficción en la electrónica de masas, hacen de éste un directo imprescindible, hoy en día, para entender de dónde y hacia dónde se mueven las grandes líneas de la música contemporánea. Sigo sin encontrar, de todas formas, esa rítmica de Malik y Herzog, que dice González que inspira últimamente su música. La contemplación no es propia de M83.

Hacía mucho tiempo que no me iba a la cama con una sensación tan maravillosa que proviniera de la música, pero la sucesión de bandas de anoche, y sus extraordinarios directos, hicieron que mi amor por la música se renovara, automáticamente, por uno cientos de años más. Yo La Tengo, Codeine, Wilco, Beach House y M83 son para mí, a partir de ahora, el paradigma de un buen programa musical sin opción al fracaso.

Fotos de Pablo Luna Chao. 

PRIMAVERA SOUND 2012. Día 1



PS2012. Día 1: Unicornibot, Archers Of Loaf, Afghan Whigs, Mazzy Star, Wilco, The XX, Spiritualized y John Talabot.

Ayer jueves se abrió el recinto del Fórum en Barcelona para una nueva edición del San Miguel Primavera Sound: música a raudales hasta el domingo, en un festival que con los años se ha venido erigiendo como uno de los más importantes del panorama independiente en Europa. El programa del primer día hizo que rápidamente olvidáramos el prólogo del miércoles del Arc del Triomf: las exigencias de movilización de un escenario a otro añaden un importante plus de fatiga, pero lo compensan nueve escenarios de impecable calidad de sonido, y un amplísimo abanico de posibilidades que, como siempre, generó grandes dilemas entre actuaciones que se solapaban. Este es el resumen de mis doce horas en el recinto.

Mi primer objetivo fue Unicornibot, el último pelotazo de la prolífica factoría gallega. Los de Pontevedra son un cuarteto instrumental potente y de calculada y precisa desmesura. Practican un math rock progresivo, donde cada nota forma parte de un todo intrincado, laberíntico y geométrico, muy deudor de Tool o Battles, pero con los dedos bastante más inquietos e imprevisibles. Con solo licor café como combustible, y unas ganas tremendas de sacar a borbotones la música que llevan dentro, los Unicornibot dieron un caudaloso concierto donde exhibieron gran parte de su segundo y último trabajo, Dalle! (Matapadre, 2012). Su música bien podría compararse a la arquitectura de alguna de las grandes civilizaciones de la antigüedad: maestros constructores, los gallegos también tienen esa innata habilidad para juntar enormes bloques de pesada piedra, y hacer que el resultado sea algo sencillamente monumental.

Antes de que se pusiera el sol tenía prevista seguir endureciendo mi piel con más piezas de rock candente, y la posibilidad de ver a los veteranos Archers Of Loaf, juntos de nuevo, sobre un escenario, se postulaba como la mejor opción. Da gusto comprobar cómo hay gente que envejece de manera tan inadvertida: los de Chicago tal vez entraron en hibernación a finales de los '90, y al despertar han mantenido intactas las aristas mansas de su indie-grunge. Pero aunque el estado físico e interpretativo de Erich Bachmann (guitarra y voz), Matt Gentling (bajo) y compañía no parezca resentirse demasiado por el declive del género al que pertenecen, sí se les nota ya un poco fuera de contexto. Su música es plenamente frontal y no parecen esconder o reservar nada para la sorpresa o para el trabajo de los ingenieros de sonido: un juego, el de la producción creativa, al que tal vez hayan llegado un poco tarde.

En ese sentido, los Afghan Whigs son un ejemplo justo de lo contrario: puede que su música también nos transporte a una época donde aún se permitía la canalización del romanticismo a través de la música y las baladas, pero se nota que la exploración musical de Greg Dulli, centrado ahora en The Twilight Singers, no ha cesado durante los más de diez años en los que la banda como tal no trabaja en el estudio. La esencia sigue siendo la misma que cuando se convirtieron en el primer grupo grunge de fuera de Seattle que firmaba con Sub Pop, con ese característico sello emocional, vehemente y por momentos ardiente. Tal vez por eso se han convertido en un grupo de culto durante su separación. Centraron la actuación en sus últimos tres álbumes: Gentleman (Elektra, 1993), el más celebrado y aplaudido, Black Love (Elektra, 1996) y 1965 (Columbia, 1998), dándole un mayor empaque y un revestimiento más preciosista a temas como Uptown Again o When We Two Parted con arreglos instrumentales in situ. Ésta última, junto a My Enemy, marcaron seguramente los momentos más altos de un recital que, con todo, ha significado un regreso más que digno de los Afghan Whigs a los escenarios.

La siguiente parada de mi ruta por la primera jornada de Primavera Sound era el concierto de Mazzy Star, otra vieja gloria de los '90 que nunca nos ha abandonado. Pese a que sus disco no se cuentan ni con los dedos de una mano, la banda liderada por Hope Sandoval ha seguido aumentando su volumen de fans debido, seguramente, a un sello vocal que no ha pasado nunca de moda: artistas como PJ Harvey, Cat Power o Leslie Feist han cosechado últimamente grandes éxitos, basados en elementos, en cierta medida, comunes a ellos. La cantante, severa y taciturna, dirige a su banda con miradas de acero y sentimientos muy profundos. Y pese a que comenzaron más fríos de lo cabía esperar, como preservando una distancia prudencial entre los sentimientos expresados en sus discos y el público, el concierto fue adquiriendo una forma, y desenterrando un contenido, que revelaron unas inquietudes musicales más alternativas, oscuras y conspicuas de lo que cabía imaginar por su trabajo de estudio. Los californianos fueron abriendo las esencias de la psicodelia, del country, del post-rock, y hasta del shoegaze sin previo aviso, como dejando caer chaparrones de intensa marea emocional tras un velo de cierto retraimiento.

Los que no dieron ni un solo síntoma de inhibición fueron los Wilco, minutos después en el escenario más grande. Porque lo de este grupo son palabras mayores: son una ofrenda de riqueza, naturalidad y brillantez puesta al servicio de la buena música. Tweedy y compañía dieron un concierto de los que hacen saltar las lágrimas, incluso las de quienes pensamos que sus discos, aunque sobresalientes, son un poquito aburridos. Saltaron al ruedo en semi acústico, enseñando las costuras que unen el sonido y la personalidad de cada integrante de la banda: al mirarlos uno solo puede pensar que tocar como lo hacen ellos debe ser lo más parecido a hacer el amor conjuntamente, a practicar una orgía de amor y arte a la vista de todo un mundo boquiabierto. Pero es que luego, con Art Of Almost, llevaron tan al extremo sus cualidades, en un fundido de distorsión y notas en picado, que parecía que podían abrir una brecha entre el público, como hizo Moisés con las aguas del Mar Rojo.

Jeff Tweedy, elegantísimo con sombrero blanco y chaqueta de hombre de costa, curtido y satisfecho, me llamó la atención, claro: con esa voz que parece la de un joven de 20 años, y con esa delicadeza que tiene al decir las verdades. Pero aluciné con Nels Cline. El hombre conoce la guitarra que toca mejor que cualquier otra parte de su cuerpo, y además de puntear de manera gloriosa en Impossible Germany, entre otras, manejaba ciertos hilos electrónicos y dejaba escapar los granos precisos en cada distorsión. He comprobado, por tanto, que es cierto eso que dicen de que los conciertos de Wilco son un caso a parte: su directo supera con creces, para mi gusto, al material ofertado en sus discos. Demuestran ser unos músicos de primer orden, y que son capaces de lograr algo francamente difícil, pero que se da en ocasiones: que mientras estás en un concierto suyo no existe para ti otro grupo en el planeta.

Eso ocurre hasta que tu mente vuelve a pisar la tierra y te das cuenta de lo que viene a continuación: The XX, y en el escenario más alejado, el Mini. Su concierto registró una afluencia masiva, como los abanderados de la música nueva más vanguardista que son. Su fórmula: un sonido minimalista y de arquitectura espaciosa que abre claraboyas en la nocturnidad más sugerente que se recuerda, quizás, desde Portishead. Romy Madley Croft, a la guitarra, Oliver Sim al bajo, y Jamie Smith, con un armamento espectacular de aparatos electrónicos, presentan una imagen que tiende a la simetría, al orden y a una elegante discreción. Pero su sonido, además de transmitir todo eso, funciona también de sofisticada fuente de liberación para el público, que se siente libre bajo el cielo estrellado, mientras ellos lo tienen bajo los pies (pantallas de móviles, cámaras, iPods, etc).

Bajo y guitarra a dúo, como las voces de sus portadores. Nunca hablan todos a la vez, los cuatro, pero comparten exactamente el mismo discurso: espacios abiertos, pinceladas firmes, cuerdas tensas y luces que dan sosiego y confianza para cuando nos toca caminar solos por la vida. Un discurso, además, que está íntimamente armado por el costurero mayor del Reino, Jamie XX, en un esfuerzo encomiable de sutileza y de interpretación de unas partituras que, de no ser por el peso de las bases que aporta, se volarían y acabarían perdiéndose en el oscuro firmamento como un globo desprendido de la mano de algún niño. Con todo, fueron de menos a más, con algún acople malsonante y un nervio que todavía no está hecho a prueba de bombas. Presentaron su ya célebre XX (Young Turks, 2009), y lanzaron alguna pieza de lo que será su segundo disco, que pronto verá la luz. Temas con algo más de decoración, pero con el mismo perímetro y material con el que han erigido su monumental buena fama. The XX tendrá mucho que demostrar en su próximo trabajo, pero obras como la Intro de su primer disco, o Night Time, dos de las canciones más aclamadas anoche, son difícilmente repetibles.

Los londinenses nos regalaron uno o dos momentos de esos que recuerdas años más tarde: se fueron entonando; y, sin que nos diéramos cuenta, lograron extraer de nosotros toda la energía empática que les hacía falta para sentirse cómodos del todo. El problema es que, por lo menos a mí, me dejaron sin un ápice de fuerza para seguir moviéndome por el recinto y, además, prestar atención. Me dejé ir en Spiritualized, que fue un espectáculo precioso, ejempo de cómo el fluir de la música puede integrarse en la musculatura de un cuerpo. Y mi percepción solo logró convencer a mi mente de que retuviera el fantástico juego vocal que ofreció el cantante en compañía de dos mujeres del gospel. Después, como buscando un chute de energía en la música electrónica de baile, me acerqué a la sesión/concierto de John Talabot, el fenómeno del deep house español, uno de los artistas nacionales más exportables y exportados últimamente. El barcelonés, acompañado de otro músico con el que compartía mesa y aparatos, estuvo todo lo contundente que cabía imaginar. Una montaña de decibelios puestos al servicio de un montón de piernas aún con ganas de moverse. Pero lo que fueron las mías, en cuanto Talabot echó el cierre, solo pudieron ya dirigirse hacia un lugar: mi casa. 

Fotos de Pablo Luna Chao.