ALT - J



Rebelión en la granja.

Una de los cosas más alucinantes de este An Awesome Wave de Alt-J es que, según va avanzando el Cd, se te va haciendo más y más difícil, cuando no imposible, definir qué estilo de música hacen estos chavales. Hacia la mitad del disco ya nos tienen en jaque; pero cuando acaba te das cuenta de que poco importa ese detalle de nomenclatura. Como su nombre: Alt-J; o el triángulo, o la delta, ¡o qué se yo! Lo realmente importante es que suenan de maravilla, hagan lo que hagan y se llamen cómo se llamen. Son de Cambridge, son cuatro, y van a ser casi seguro la revelación del año en el panorama indie.

An Awesome Wave es uno de los mejores álbumes de debut que recuerdo, tal vez, desde el Funeral de Arcade Fire, o desde el xx de The XX. 14 canciones, incluyendo tres interludios y una intro con bastante contenido, que forman un todo muy compacto, definido y, aunque parezca una contradicción, enormemente variado en su morfología exterior. Imposible acotar etiquetas a su sonido amplio y de cuidada varticalidad, pero campean con elegancia y seguridad por zonas cercanas a un trip-hop de luz y techo abierto, llegados desde áreas alternativas y acústicas del pop-rock más musical y colorido, pero siempre con un ritmo básico y una esencia vocal más propia de ese raggae de tapicería rústica y étnica que, en ocasiones, ha practicado Ben Harper. Por supuesto hay neo-folk del bueno, del camuflado entre cuerdas y voces, y también hay electrónica, en esencia, por esa constante tratamiento del beat, siempre marcado y nunca excesivamente rápido, que apoyan en una gama instrumental que reúne piano, bajo, unas guitarras y un teclado siempre deliciosos y, por supuesto, en una batería precisa, ágil y comprometida con la estructura de cada canción.

Alt-J sorprende al mundo con un disco, valga la redundancia, enteramente musical, donde no especulan ni una nota, donde derraman pasión, canralidad y una extremada y depurada atención por los detalles constantemente. Cada canción tiene algo que la hace especial, diferente, y a la vez necesaria dentro del organismo vivo que es el An Awesome Wave. Un disco mágico y fantástico, colorido y cavernoso, de piel suave y fresca como el tacto de la arena de las playas en la noche; donde no puedes dar nada por sentado, ya que en cada canción rompen sus propios moldes y se disparan en diversas direcciones: como si cada tema fuese la gestación de una pequeña mariposa musical. Un álbum de estados plenos de ánimo, con una vegetación floral que decora todo el trabajo con elementos extraidos de las cuatro estaciones, rezumando una humedad que huele a vida y a secreto bien guardado. Aunque por poco tiempo.

Porque esta gente tiene vocación de extrovesión: su música es el tipo de arte que surje por el impulso de agradecimiento ante un mundo que no para de asombrarlos y removerles su aguda sensibilidad. Es el fruto de quien sabe ver y ecuchar antes de expresarse: tal vez por eso suenen a tantos grupo a la vez, sin llegar a imitar ni a recordar a nadie en concreto. El principio, por ejemplo, podría haberlo firmado Piano Magic, con ese piano azulado, la distorisión melancólica, la batería concienzuda, borracha de vino tinto, y el encorvado lamento de Thomas mientras llueven los punteos. Una Intro que augura lo que luego no es: porque toda redención tiene un punto angustioso de orígen. Luego nos confunden con un Interdule I, a dos voces, con la métrica de un poema de Darío. Y por fin, con Tessellate parece que arranca definitivamente el Cd; todos suenan: batería de cálido beat, guitarras de agua, teclados y pianos cuan alfombras mágicas, y voces y alaridos de explorador frente a la hoguera. Todo con mucha clase.

Breezeblocks recoge el testigo ya con otra onda, construida entre la despreocupación caribeña, el tintineo y el redoble de ritmo de bajo, que se acaba imponiendo en uno de los pasajes más sorprendentes y pegadizos del Cd: "please don't go/ I love you so" rematan los Alt-J, haciendo del cubismo vocal un juego de niños bien criados. Puede que el estilo de la banda se sedimente mejor gracias a pacíficas oxigenaciones como el segundo interludio (Interlude 2), ya que apreciamos mejor tras él, en Something Good, la delicadeza de cómo meten un piano en escalera, una acustica africana en las cuerdas (también en las vocales), y como hacen confluir toda la instrumentación en ambientaciones y paisajes hermosísimos. También se hace notar más el silencio, justo en el corazón de disco, en Dissolve Me, logrando un hueco en el olimpo que ocupan los Fleet Foxes o Bon Iver con ese momento glorioso, hacia la mitad del tema, en que sositenen todo el Cd con un arco de voz.

Tal vez Matilda y Ms sean las canciones que menos llamarían la atención, pero en su modestia regalan pasajes de harmonía y, sobre todo, mucha de la riqueza de detalles con la que decoran cada compás. Ya siempre optimistas, siguen colgados del techo, recorriendo las cumbres que ellos mismos han constuido cantando. Desde luego, si el ritmo caracteriza el inicio sorprendente del Cd, el esfuerzo vocal lo hace en la segunda. Fitzpleasure, en su arrogancia, es el último coletazo rítmico: un beat elegante y encarado que revive el Cd cuando el viento ya ha cambiado. Porque de nuevo tras un liviano Interlude 3, Bloodflood huele ya distinto: a final, al recogimiento del atardecer, a los últimos pasajes de una historia asombrosa, colorida y emocionante que tiene que acabar; a esas despedidas y finales que hinchan el pecho pero oprimen la garganta. Taro es, por tanto, como la última mirada de regalo en la distancia: como el "Capitaaaaan" que gritó Dersou Uzala desde lo alto de la nieve cuando se separa de Arseniev. Lo que convierte algo especial en legendario; en inolvidable.

La última pista en una canción desnuda, acústica y en tono de folk matutino: Hand Made es lo que su nombre indica. Con ella se completa un Cd extraordinario que no pasará inadvertido en las listas de final de año. Por la grandeza del abanico de sonidos que demuestran, por su carácter y lo arriesgado del proyecto, por tenerlo tan jodidamente claro, y por tener un estilo tan insultantemente musical, de los que hacen honor al arte que representan, estos chicos de Alt-J van a estar en boca de todos, merecidamente, y siempre acompañados de alabanzas, sonrisas de alegría y el justo augurio de su éxito. Desde aquí le pido a grito a cualquiera de los promotores que trabajan en nuestro país que traigan pronto a estos chicos de Cambridge: su cotización se dispara, y pronto habrá tubas pidiéndolos como zombis por las calles. Y si no, al tiempo. 



NICOLAS JAAR. Barcelona, 16-09-2012



De cuando Apolo se rindió a los encantos de Nicolas.

No sé a qué iluminado escuché un día soltar la frase: “la música electrónica es como el sexo”. Podría afirmar, sobre todo después de asistir al concierto de ayer de Nicolas Jaar, que hay una importante dosis de verdad en esta afirmación, pero yo matizaría que en realidad solo la buena música electrónica se parece al buen sexo: candente, basada en una métrica cambiante, de intensas y múltiples velocidades, ha de ser sinónimo de conexión entre emisor y destinatario, ahondando en el deseo y la necesidad crecientes del siguiente cambio de ritmo, y contemporizando sutileza y contundencia en un mismo acto. Un concierto que fue seductor y elegante, sugerente y muy excitante. Pocas veces el objetivo de mi cámara me había parecido un elemento tan fálico, o me habían resultado tan claramente insinuaciones las rozaduras con... ¡Oh, cielo santo: es un tío el que me toca por detrás!

En realidad viene a ser nimia la diferencia entre un concierto y una sesión a estas alturas, y más, a los niveles de excelencia en los que se mueve Nicolas Jaar. Con poco más de 21 años, no solo se le puede considerar un niño prodigio por su carrera en la adolescencia, o por su fantástico primer Lp: ha confeccionado también un directo para quitarse el sombrero. ¡Qué polvazo, Nicolas! Las bases de las canciones que hay en su disco sirven de lejana línea melódica para unas estructuras que se enarbolan más allá de lo binario, y se rellenan con algo más que sonidos programados. Porque Jaar ha concebido un directo en el cual su electrónica, explotada y orquestada a la perfección desde el mínimal hasta el techno, se confabula con un saxo y una guitarra eléctrica para destrozar definitivamente las fronteras imaginables entre las etiquetas y los géneros musicales.

Anoche, en la abarrotada sala Apolo, y Primavera Sound mediante, este joven medio chileno medio norteamericano, hijo de una celebridad artística, se doctoró con nota; aunque no solo él. Nos hizo el amor. En prácticamente dos horas de espectáculo Nicolas reconstruyó parte de su incipiente obra, reformulándola en bloques de 20-30 minutos, iniciados siempre desde los escombros de algún sentimiento profundo y de iluminación tenue y queda. No obstante, el desarrollo posterior de cada parte, donde podían sonar reconocibles ciertos temas o no, fue como una sucesión de imágenes íntegramente sonoras  de construcciones arquitectónicas potentes y estilizadas, que levantaba in situ  con la ayuda de Dave Harrington y Will Epstein. Harrington, el guitarrista, deslumbrante de principio a fin, sostuvo casi en todo momento el discurso humanizado, que puede también emanar de la electrónica a veces, con punteos y riffs cercanos al space-rock, una presencia a lo M83, e incluso con simples rasgueos perfectamente amoldados al ritmo que marcaba Jaar.

La presencia de Epstein era más previsible, pero no por ello menos deslumbrante. Aportó esa leve estética étnica que decora el espacio que crea el maestro y lo ilumina: fue igualmente necesario para la argumentación del doctorado de Nicolas Jaar. Además, ambos parecen estar en sintonía con él en el aspecto electrónico, pues pulsaban más botones, pedales y teclas de Mac, que de saxo y que de cuerdas de guitarra. Tal vez sea por todo esto por lo que el concierto, en mi opinión, bajó ligeramente el nivel cuando, en uno de los bloques, se quedó solo el chaval ante el caldeado y sobreexcitado público de Apolo. Aunque siguió siendo categórico, los cambios en la marea de ritmos y las  intensidades resultaron más como la utilización de un recurso que como el verdadero fluir de pasiones en que se ha de basar, en mi opinión, el buen sexo...digo, la buena música electrónica.

Con todo, fue un conciertazo sin paliativos. Tuvimos incluso en honor de escuchar el reciente remix que ha hecho Jaar de Cherokee, el tema que abre el decepcionante Sun de nuestra idolatrada Cat Power (a quien, por cierto, veremos pronto por Barcelona gracias a Primavera Sound). También oímos la versión reconstruida y reformulada de Space Is Only Noise If You Can See, de Too Many Kids Finding Rain In The Dust, y de Keep Me There, entre otras delicias sonoras que, si bien se basaron en ciertos pasajes de ciertas canciones del disco, nada tienen que ver con aquel adorador del silencio que se destapó a principios del año pasado como una de las grandes promesas de la electrónica con un Cd de corte minimalista. El único pero fue que su voz, en los pasajes cantados, no se escuchaba demasiado. Ahora, tras verle y sentirle en directo, me doy cuenta de que hay que ser realmente bueno para rellena el espectro que va desde ahí al techno; y hacerlo encima como quien le hace bien el amor a una sala entera. Y Nicolas Jaar lo es realmente.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

UNICORNIBOT. Barcelona, 08-09-2012.



El coloquio incesante de cuatro entes.

Según Wikipedia, las matemáticas son una ciencia formal que, partiendo de axiomas y siguiendo el razonamiento lógico, estudia las propiedades y relaciones entre entes abstractos como los números, las figuras geométricas, y los símbolos. Del mismo modo, y siempre desde la misma fuente, el math rock se caracteriza por la complejidad de sus ritmos y lo raro de sus estructuras, maneja espacios y tiempos extremos. De todo esto, para describir la música y la personalidad grupal de Unicornibot, la última gran aportación al rock progresivo nacional, me quedo con que son el resultado de las propiedades y las relaciones entre cuatro entes abstractos, que empuñan instrumentos de plomo. Entes carburantes a base de licor café, enmascarados en plata, provenientes de las Rías Baixas.

Los Unicornibot son profetas en su tierra. Implicados en la reforestación cultural de la capital pontevedresa, son participantes del Liceo Mutante, un centro cultural auto-gestionado que el pasado 27 de Julio cumplió un primer y exitoso año de vida. Pero su trascendencia ha rebasado este año las fronteras de Galicia, y tras la edición de su segundo Lp, Dalle! (Matapadre, 2012), y un concierto en el trampolín del Primavera Sound, parecen estar preparados para dar el salto definitivo del panorama regional al nacional. Esta semana han iniciado una gira de casi dos meses por el noreste peninsular y el sur de Francia, y ayer sábado se dejaron ver por la sala Sidecar de Barcelona, gracias a la promotora local To Be Confirmed.

En faena este cuarteto gallego de math-rock-progresivo le da sentido a la definición que preside este artículo: despliegan complejidad rítmica, estructuras raras y enrevesadas, y un manejo del tiempo y del espacio extremo, unido a un vertiginoso virtuosismo instrumental. En ese sentido, su música es el resultado de las talentosas propiedades y capacidades de las que hacen gala estos extravagantes entes abstractos y enmascarados, relacionándose entre sí. Es decir: los Unicornibot son un incesante coloquio a cuatro bandas entre un bajo, dos guitarras, y una batería apabullantes. De la estirpe de Don Caballero o Battles, esta formación se diferencia de otras bandas relevantes del panorama post-rockero instrumental nacional como Toundra, por un uso casi lúdico y aparentemente gratuito de esas virtudes. Como si todo fuera una broma, una exageración perpetuada hasta donde llegue.

La pequeña y estrecha gruta que conforma la sala Sidecar se llenó de público y del estruendo que emanaba de la banda, perfectamente coordinada en torno a la poderosa batería de martillo y sudor. Guillermo García, a parte de guiar la cuadrícula laberíntica por la que han de moverse, veloces, los dedos de sus compañeros sobre sus respectivas cuerdas instrumentales, hace las veces de agarrotado y explosivo director de orquesta, todo en uno, con sus movimientos eléctricos y precisos sobre la endurecida batería que posee, una y otra vez, incansablemente. Dieron un concierto monolítico, porque en su directo recorren una y otra vez los mismos pasillos entrelazados, con callejones, requiebros y bifurcaciones, amurallados de piedra en grandes bloques; pero lo hacen obteniendo cada vez una ruta distinta hacia la única salida, pero siempre sobre el mismo suelo.

Unicornibot es de esas bandas que no dependen de un hit, de las que poco importa el setlist que hayan escogido: su fórmula, como en las matemáticas, es infalible y recurrente. Ayer tocaron 16 canciones en una hora, sin ofrecer tregua ni descanso alguno, demostrando el poco cariño que le tienen a la pausa y al silencio. No obstante, en un recital desarrollado en un ambiente tan familiar, arropados por la amplia colonia gallega de la ciudad condal, no podía faltar el tiempo para los agradecimientos, los reencuentros, para la subida de los más fieles al escenario, e incluso para las felicitaciones: las de David Tombilla, el fotógrafo oficial de la banda, que estaba de cumpleaños. Toda una fiesta, regada con el mejor licor café de todas las comarcas de Pontevedra; y un monumento a la contundencia hecho desde la humildad y el sobreesfuerzo desmesurado.

Fotos de Pablo Luna Chao. Inspiradas en el trabajo de David Tombilla

También disponible en Alta Fidelidad.

CAT POWER (Sun, 2012)



Lamentablemente...

Lamentablemente, el Tramp de Sharon van Etten es el disco que esperaba de Cat Power; y no el Sun. Tras más de cuatro años de silencio, y casi siete sin material nuevo propio, Chan Marshall ha vuelto, con un cambio radical de look, estético y musical, que no termina de convencerme. Y lo dice alguien que vendería muy barata su alma a quién fuese necesario para poder dedicarme el resto de la eternidad a servir de muso para esta magnífica cantautora nacida en Atlanta, Georgia, hace ahora 40 años. Mucho han cambiado las cosas en el panorama musical desde mediados de la década pasada, mucho ha cambiado el público, y, en cierto sentido, parece que Cat Power ha perdido un poco su lugar, ocupado ahora por una pléyade de artistas de nueva generación que, en verdad, y de forma irreversible, parecen haber heredado su esencia.

Lamentablemente, no es la Cat Power íntima, desnuda y orgullosamente decadente del Moon Pix, su primer disco con Matador Records, allá por 1998: en mi opinión, su mejor obra. Ni la glamurosa dama de un folk sureño visto desde la ventana de un apartamento en NYC, o desde la ventanilla de uno de esos enormes coches americanos tipo Cadillac, descapotable en las secundarias, como lo ha sido en el resto de su carrera. Ni siquiera destaca por los pasajes entremezclados de rock y piano propios del You Are Free (2003) o del The Greatest (2006). Carece incluso de aquel acento de elegancia con el que impregnó, e hizo suyas para siempre, las canciones del Jukebox (2008), ese delicioso álbum de versiones.

Lamentablemente, solo hay un tema que me recuerda ligeramente a esa pedazo de artista, Cherokee, aunque ya presenta algunos de los síntomas del deterioro estilístico de Chan Marshall. Cuando conseguí descargármelo hace unas semanas, pese a que en teoría salía a la luz el 3 de Septiembre, casi desee, al principio, no haberlo escuchado, que no hubiera salido. Una sensación agridulce me invadió con su primer y mejor tema: la guitarra y el piano con que empieza saben a gloria, después de tantos años sin verla, sin oírla, pero aunque luego melódicamente resulte un tema enormemente atractivo, ese ritmo programado de base que suena en el estribillo nos descubre a una Chan Marshall con la que, por primera vez en nuestra larga relación, no me sentaría a contarle mis cosas, mis intimidades; como sí hacíamos antes.

Lamentablemente, ese es solo uno de los síntomas, pero no el único. Se ha distanciado del público, mostrando una imagen menos humana, más corporativa: resulta que al cambiar de look da la sensación, precisamente, de habérselo creado, de haberse fabricado o impostado un estilo, cuando antes lo tenía por defecto, natural, inherente y coherente a su forma de tocar, de ser y de componer. Hay como una especie de máscara, algo que esconde y aleja a la verdadera Chan Marshall de nosotros. Pero hay más. Muchas veces ese algo es uno o varios elementos instrumentales, generalmente rítmicos y electrónicos, que parecen desubicados intentos de actualización, o de rejuvenecimiento: como el de Los lunes al sol que se tiñe el pelo y se pone la ropa de su hijo, que además le enseña informática. En Sun, en Real Life y en Manhattan, resulta evidente, aunque esta última tenga un aire mucho más desmaquillado.

Lamentablemente, en ese sentido, parece que le han crecido los enanos, que se le han subido a las barbas sus discípulas: la pléyade de nuevas reinas del rock, que a la sombra de su influencia, han ido aportando elementos al dogma que ahora, la propia Cat Power, no parece ser capaz de interiorizar y expresar, aunque lo intenta. Su faceta rockera, por ejemplo, recuerda ahora despiadadamente a St. Vincent, sobre todo en Ruin, con ese disparatado pianito agudo del principio, los bajos bien marcados, los requiebros de batería y guitarra, y esa distorsión tan chiclosa. O adolece de aquella plástica curvada, que tanto la caracterizaba (y que, sin ir más lejos, salva Cherokee), en Silent Machine y en Peace And Love. Me parece básica y un tanto primaria; como en 3, 6, 9, en tono pop, que demuestra que cuando se ha perdido la chispa creadora, lo sencillo vuelve a resulta sencillista.

Lamentablemente, apenas podemos rescatar un par de momentos más, a parte de la canción que abre el Cd, al menos en mi opinión. En su brevedad, Always On My Own nos recuerda a la Cat Power sincera y minimalista, intensa y precaria a la vez en su utilización del rock como forma de expresión. Y Human Being, tal vez el tema que mejor encarna esa nueva versión de sí misma que pretende crear en Sun, cercano al sonido lacado de Massive Attack en 100th Windows, que sí posee esa fuerza subcutánea, inherente en esa parte de la partitura que no se escribe que tienen las mejores canciones de la anterior Chan Marshall. Nothin But Time, por otra parte, la larga canción de casi 11 minutos que casi cierra el Cd, parece un derroche excesivo de una misma composición, que, si bien recorre aquellos paisajes sureños llenos de negras gordas en iglesias protestantes, parece ya un atisbo del pasado algo desfasado: poco acorde con el resto del disco y su intención.

Lamentablemente, tal vez no haya una nueva Chan Marshall del todo. Quizá el problema es que en estos largos años de pausa y desconexión la norteamericana no se ha reciclado plenamente. Como eso que siempre pensamos que impide el teletransporte: la reconfiguración molecular. Cat Power se ha vuelto a formar, pero las piezas no encajan como antes: aún quedan rémoras, antiguas virtudes desaparecidas, nuevas facetas en las que no convence, una mezcla incompleta, una fórmula que no funciona. Parece haberse quedado, anclada y mal formada, a medio camino entre una versión de sí misma que ha querido dejar atrás, sin demasiado éxito, y otra modernizada que no acaba de encajar con su personalidad nostálgica. No obstante, mantendremos ciertas esperanzas hasta que la podamos ver en directo: uno de mis sueños, y ahora un triste examen a la nueva personalidad de Chan Marshall. Nuestra querida Chan Marshall.




LOWER DENS (Nootropics, 2012)



Madurar engorda.

Hace cerca de dos años vaticiné que Lower Dens sería un grupo de los grandes, que crecería disco a disco regalándonos canciones inolvidables en un futuro próximo. Su primer álbum, Twin-Hand Movement, publicado en verano de 2010, a parte de obtener críticas muy favorables, les proporcionó un material con el que no han parado de girar durante estos dos años, madurando su sonido hasta convertirlo en algo sólido y más bien duro, consistente. Les vi en concierto aquel invierno de 2010, en la carismática Sala Moby Dick de Madrid, y el pasado mayo en el Primavera Sound; y lo primero que se me pasó por la cabeza fue que habían engordado. Nootropics es el resultado material de ese proceso de madurez prematura (valga el oxímoron): no sé si hacia adelante, pero es el paso en la dirección que todos esperábamos, a tenor de lo escuchado en su ópera prima.

Es posible que la propia Jana Hunter haya ganado también unos quilitos: aunque la música sea básicamente la misma, con un estilo muy marcado desde el principio, el acento de inestabilidad de su primer trabajo, de desequilibrio y de angustiosa necesidad de exteriorizar un discurso plagado de sentimientos contradictorios, pegaba a la perfección con su apariencia desgarbada: aquella figura raquítica de mirada afilada, aferrada siempre a su guitarra, se movía más ágil, de día y de noche, siempre como huyendo de algo. Esa sensación de inestabilidad y desequilibrio parece haber desaparecido: Hunter camina con paso más firme, decidida, consciente ya de cuál es el canal de comunicación entre su interior y el resto del mundo. Ha engordado, y Lower Dens, aunque haya perdido agilidad, ha duplicado su corpus, su materia y su presencia.

Nootropics presenta, además, ciertas diferencias con respecto al primer álbum de esta banda de Baltimore, a nivel instrumental y estructural. Formalmente, como ya he dicho, me parece igualmente sobresaliente, por el tufo insoportable a ellos mismos que posee en todo momento, aunque con menor versatilidad. Pero es más calmado, entre otras cosas, porque creo que carece de esa necesidad de hacerse oír de la que hablaba antes, y nos mantiene en sedación constante, bajo una complicada y tosca argamasa instrumental y melódica. Hunter, en ese sentido, se abandona bastante al teclado, a lo Victoria Legrand, dejando a las cuerdas formar una tela de araña que, a la postre, hace las veces de suelo con mayor firmeza que cuando su guitarra dirigía la melodía con mayor protagonismo.

En cualquier caso, destaca por encima de todo el resto del Cd Brains, el primer single, con ese insistente y coordinado cabalgar de batería y guitarra, que va abriéndose e incluyendo a los demás instrumentos, hasta alcanzar, en su lógica y propia evolución, una intensidad hasta ahora nunca vista en Lower Dens; al menos no tan cocida a fuego lento: sólida, densa y pacientemente. El teclado va ganando protagonismo y la voz de Hunter sale reforzada tras un primer tema, Alphabet Song, donde recuerda, quizá demasiado, a Beach House. Pero la densidad y la ligera monotonía anestésica se muestran tras Stem, la versión agilizada del hitazo: en Propagation, una dilatada y cinemática canción saturada, con transparencias hermosas por donde pasear nuestros oídos, plagadas de guitarras que gimen en la madrugada. Una monotonía que bien podría acompañar largos paseos nocturnos, en la soledad de un invierno húmedo y tranquilo.

La apuesta por la reiteración empieza a parecer un tanto obsesiva en Lower Dens cuando comienza Lamb, tema de estructura a planta circular, con claraboya central. Pero la base queda y de rítmica casi minimalista permite el primer gran lucimiento vocal de Jana Hunter, con cierta voluntad de protagonismo. Candy, a continuación, sí marca un punto más encarado, más dinámico, aunque sea en un claro picado, menos monótono, pero siempre desde la saturación y la intensidad. En ese aspecto, el momento más complicado del Cd es Lion In Winter pt. 1: un ejercicio de experimentación instrumental sin dirección alguna. Ahora, superado ese momento, el disco nos regala aún dos buenas piezas: Lion In Winter pt. 2 y Nova Anthem. La primera es quizá la versión más pop-playera de Lower Dens, pero con acabados, enlaces y arreglos bastante ingeniosos: ideal para acabar los conciertos dejando sabor a esperanza. Y Nova Anthem, que es el segundo y más grande lucimiento vocal de Jana Hunter, que emana de una bonita torre plateada y afilada erigida desde los cimientos a base de un ritmo casi digital y un teclado clerical.

Ignorando un poco la enervante canción final, In The End Is The Beginnig, que más bien parece un paseo por el oscurantismo de remordimientos más digeridos, nos queda un Cd irregular, aunque curiosamente monótono y pesado (ambos términos en el mejor de los sentidos), con dos o tres temas de verdadero peso, y con Brains como bandera. A Lower Dens, y a ningún grrupo debutante se le exige que todos los temas de su segundo álbum sean perfectos, como tal vez sí se les exige del primero para llamar la atención. Basta con que corroboren sus buenas maneras, sus estilo bien marcados y su futura proyección con una serie de temas que renueven nuestro oído, y no nos haga volver al primer trabajo. Nootropics es, por tanto, un Cd que les corrobora y que les hace avanzar, más maduros, en la dirección que todos esperábamos.





DJANGO DJANGO




¡Welcome to the jungle!

Hay discos que son como un veneno con efecto retardado. Cuando en abril escuché por primera vez el Django Django de Django Django, poco antes de emprender un largo viaje de un mes por Mozambique, me gustó bastante, aunque ya estaba distraído e impermeable ante la música nueva. Pero lo que no sabía es que me habían picado, y su efecto, aunque a largo plazo, ya estaba en marcha. A mi regreso, fue el primer disco que escuché; y a medida que ha avanzado el verano, un deseo creciente dentro de mí ha hecho que acudiera de nuevo, una y otra vez, al entramado rítmico y sonoro de esta ópera prima, como si fuera extendiéndose por mi cuerpo, como hace el veneno de los mosquitos más evolucionados, un picor sano a medida que me rasco, a medida que me introduzco más y más en el fascinante mundo de Django Django: una especie de Jumanji musical, extremadamente original, que rebosa calidad y frescura compositiva.

Algunos han clasificado a este cuarteto británico como art-rock, y aunque realmente se conocieron en la Escuela de Arte de Edimburgo, ellos mismos afirman desconocer el significado de esa etiqueta. Tal vez, puestos a inventar géneros, podrían englobarse en una escena ciertamente psicodélica, naturalista, con formato de synth-pop y ritmo electrónico de inspiración étnico-tribal de lo más colorista. Pero en lo referente al estilo, lo mejor será dejar la descripción en un simple eclecticismo de influencias claras, pasado por una batidora muy personal, y transformado en un engendro experimental con cara de pop, movimientos de electrónica básica, y cuerpo formado por elementos de todo tipo de músicas, como si la bestia se compusiera de partes de los cientos de animales que conforman la fauna de una jungla. Django Django es un coctel explosivo, con sabores del mundo entero, de hoy, de ayer y de mañana.

Se trata de un sonido verdaderamente arriesgado, donde los instrumentos se disfrazan de lo que no son, y los ritmos, aunque no en exceso acelerados, resultan siempre frenéticos y un pequeño acto de locura. Destaca, por encima de otras características, la preponderancia rítmica sobre unas melodías que, de sencillistas, pasan casi por infantiloides, inocentes, con un punto de ingenuidad que puede recordar desde a Pink Floyd, a la excentricidad casi dadaísta de Ariel Pink. Pero el ritmo es prioritario, básico (en ambos sentidos), primario y primitivo. Tribal, pero en el sentido tarzanesco de unos tipos siendo naturales, y un poquito selváticos y salvajes, haciendo música en bolas con lo que les ofrece la jungla. Y usan de todo: desde los famosos cocos, a un bombo, hondo y redondo, pasando por varios aparatos electrónicos, y teclados, bajos y guitarras, que muchas veces prestan más servicio al ritmo que a la melodía. Dicen que al principio apenas tenían con qué marcarlo, que incluso una vez perdieron los cocos y casi tienen que suspender el concierto, buscando la fruta por los markets de todo el pueblo. Pero la carencia, tal vez, proporcionó la riqueza.

Lo cierto es que el Django Django es un disco intrincado, con gran cantidad de recovecos y esquinas que conducen a lugares insospechados, con quiasmos y retruécanos musicales por doquier. Pero también es verdad que resulta, bien escuchado, un tanto irregular. Tal vez se deba a la esencia caótica de su espíritu musical. Pueden mantener nuestra atención activa durante los 48 minutos y 13 canciones, a través del sinfín de sonidos que surgen de la selva, pero cuando bajan el ritmo, en ciertas canciones centrales, su intensidad también se resiente. No obstante, nos regalan un inicio de Cd realmente acojonante. Introduction, con ese primer teclado básico que da inicio al ritmo, antes de que el bombo entre, y con ese segundo, bien encajadito en las cuadrículas rítmicas, como buenos británicos que son, anticipan lo que va a ser este viaje, ligeramante psicodélico.

Toda esa promesa se desata en Hail Bop y Default. En la primera, ácida y fresca a más no poder, aparecen también las voces en coro, que es otras de las particularidades de Django Django, recordándonos a la época de los cuartetos vocales (bom, boM, bOM, BOM), y el beat se abre en un horizonte ancho y muy bien iluminado. El track 3, Default, soltado a las primeras de cambio, enlaza con el cabalgar decidido del principio, completando un inicio para enmarcar. Una guitarra cruda comanda el ritmo, a base de rasgadas contundentes hacia arriba y abajo, y en el estribillo, voces mezcladas casi como si fuera beatbox, el tema se convierte en temazo.

Firewater es la primera tregua: asoma la acústica, las pulsaciones bajan, y la melódica manda, relajada, liviana y blusera, porque lleva el ritmo implícito. Acaba, en cierto modo, el hechizo del inicio. Waveforms retoma el ritmo medular del Django Django, con el aroma de siempre, y aunque de manera aislada podría resultar, probablemente, el otro hit del Cd, tras la tregua pierde capacidad de impacto. Zum Zum, sin embargo, sí logra llamarnos más la atención, con esa disparatada composición instrumental, el sencillismo exacerbado de la composición, y la franqueza de su estructura: una divertida pantalla del Donkey Kong Country 3. Justo en el ecuador del álbum, Hand Of Man hace de segunda tregua, acústica y pacífica, pero el álbum ya no se levantará nunca como antes.

La segunda mitad del Django Django de Django Django no está a la altura de la primera, pero demuestran que, pese a ser religionarios de una caja de ritmos bien acelerada, son capaces de dilatar y estirar la superficie melódica de sus composiciones, como si fuera una tela de licra ajustable, para adaptarla a diversas velocidades. Así, Love’s Dart y WOR, por ejemplo, aunque sobradamente contrarias en tempo, comparten la misma urgencia sedada. Ésta última, más en la línea regular, encajaría junto con las demás destacables, en una atolondrada banda sonora de peli de persecuciones de coches, tipo El mundo está loco loco. Storm y Life’s A Beach son otros ejercicios vocales y rítmicos, porque aunque lo mejor esté al principio, todo el Cd está impregnado con las mismas virtudes y características de riqueza decorativa.

El último tema de la línea más combativa de Django Django es Skies Over Cairo, con esa tópica melodía egipcia, y un teclado en su misma sintonía. Pero lo que realmente destaca es, nuevamente, esa rítmica tarzanesca: de pirámide a pirámide en liana, mientras los tambores resuenan al ritmo de un baile entorno a una olla con seres humanos que se salvan en el último momento, porque irrumpe Silver Rays, como si de una nave intergaláctica se tratara, para transformar el final de la historia en una imagen de depurada y cuidada jungla espacial, psicoactiva y tremendamente rítmica, que seguramente acabará entre lo mejor del 2012. Default, al menos para mí, es uno de los hits más grandes y pegadizos que se han visto en lo que va de año. La cita en directo: Dcode Festival; Madrid, mediados del próximo mes.


BEACH HOUSE



La misma piedra, más pulida.

A estas alturas del año ya podemos ir marcando en las quinielas de repaso de 2012 a Beach House como uno de los más claros triunfadores a nivel musical, sin miedo a equivocarnos. Su popularidad y cotización han ido irremediablemente hacia arriba desde que nacieron, hace ahora 8 años, y poco a poco se han ido envolviendo en un halo de excelencia solo comparable a las vitrinas de un museo. Tal vez sea ahí dónde deba estar este dúo de origen francés nacido en Baltimore, Maryland, sobre todo a tenor de las críticas escuchadas y leídas a propósito de su último trabajo, Bloom: su dream-pop barroco parece la rareza que todos estábamos esperando; la pieza de arte, ni muy clásica ni muy moderna, en la que todas las opiniones convergen, una diana de unanimidad. Pero se trata de un éxito esperado: de una colisión entre la escena indie y lo comercial que se veía venir desde lejos, como cuando los continentes chocan, a una velocidad colosalmente lenta pero inapelable. 

Bloom ha sido un disco muy esperado, como si las predicciones y las lecturas de pájaros en el cielo hubieran anticipado el advenimiento del mesías hecho Lp. Reverenciado desde la primera nota escuchada, ha venido a materializar el mejor momento de la formación, resumiendo expectativas y capacidades en apenas 10 canciones, redondas y complementarias a la vez, que son ahora el paradigma más expresivo de lo que es el sonido de Beach House. Porque, en el fondo, no ha cambiado tanto. No ha cambiado nada; y no aportan nada nuevo, nada distinto: ni una nota fuera del guión. Bloom es más de lo mismo, pero más pulido, rozando la perfección. Los de Baltimore son como el artesano que, de tanto repetir una fórmula, acaban por dominarla y convertirla en arte. Al mirar atrás se nota la evolución, lenta y concienzuda, que ha transformado un bosquejo esquemático y más tosco, en una obra acabada y verdaderamente perfecta.

De todas maneras, sin entrar a valorar quién sería Mozart en esta ecuación, me planteo que hay, como en la historia de Amadeus, dos vertiente importantes en la creación artística: la que busca la perfección, lo sublime y, en última instancia, a Dios y a lo divino-espiritual; y la que existe por sí misma, por puro genio, por esa infinita y a veces caprichosa capacidad imaginativa del hombre, para recordarnos que es precisamente en nosotros donde reside la divinidad. Sí valoro a Beach House como a un Salieri en la ecuación, y hace tiempo que lo perfecto dejó de impresionarnos e interesarnos. Se puede acusar a Victoria Legrand y a Alex Scally de lineales, usando el Bloom, como cualquier otro Cd, de argumento, y probablemente lo verían como un halago. Muchos lo verían como un halago; y yo, en general, también. La atmósfera que generan con las capas instrumentales, de textura aterciopelada y densos cromatismos, es coherente y sin fisura alguna; el halo magnético que se crea hipnotiza, utilizando un ritmo invariable y la sedante voz de Victoria; y resulta que cada centímetro de música que de ellos se extrae podría reconocerse desde la Luna. Pero es la misma figurita de siempre, solo que con más oficio: la misma piedra, más pulida.

Bloom es la consecución de un ambiente que, de principio a fin, se hace dueño y señor de nuestra atención, y de nuestros sentidos. Tal vez la especialidad de esta pareja sea precisamente la ambientación y, cómo no, las texturas. Y en este último álbum han logrado, más que nunca, uniformizar y unir estos dos elementos, creando una atmósfera completa y, como decía antes, sin fisura alguna. En un inicio espectacular, basado en los teclados cardados, las baterías de bombo y timbal mudo, de platos que brillan, en adornos de guitarra y, naturalmente, en la voz especial de Victoria, plantean esa atmósfera, cuasi analógica, que si bien no decae en exceso en el resto del disco, sí es verdad que representa, seguramente, lo mejor del Cd. Entre Myth, Wild y Lazuli establecen la línea rítmica y el abanico instrumental y de sonidos que luego dominarán durante el resto de disco.

Con la inercia de tan impresionante inicio, parece como si Other People enganchara su melodía a la estela que dejan las tres primeras, y ya de por sí funcionara. En general ocurre lo mismo durante un buen rato, careciendo The Hours y Troublemaker, en cierto modo, de personalidad propia. Rendidas al embrujo general, al taumatúrgico ritual de reiteración barroca y preciosista que es el alma del Cd. Hasta New Year, la pista 7, donde vuelve la verdadera personalidad, con variaciones de intensidad y melódicas, ausentes desde la 3. O Wishes, con remarcadas líneas de fuga y una versión de Victoria de las que realmente enamoran. On The Sea, ya casi al final, queda como un puente al último suspiro, al último tema, donde finalmente se disipará toda la tensión estática, capilar y cardada, que generaba el campo magnético del Bloom. Esa que puede oírse al principio y al final de Irene.

Una pista oculta, llamada Wherever You Go, del todo distendida, cierra un Cd que sonará hasta la saciedad los próximos meses. Un Cd que catapultará a Beach House a un éxito comercial que, esperemos, sabrán gestionar. Un paso adelante en sus carreras. Los problemas puede que lleguen, si es que llegan (yo espero que no, sinceramente), por la necesaria y exigente fidelidad que requiere un estilo tan personal y perfeccionado. Mientras la frescura compositiva siga como hasta ahora, radiante, no habrá nada que temer, pero poco a poco parece que se cierran más puertas a influencias externas, y tal vez se hayan cortado las vías de escape de sí mismos, las vías de experimentación e innovación. Permanecerán fieles a su elección, hasta que se sature la atmósfera que creen. Hasta entonces, permaneceremos sedados por Beach House y su maravilloso Bloom.

Fotos de Pablo Luna Chao.


BON IVER. Barcelona, 27-07-2012



Las transalucinantes virtudes del increíble Bon Iver.

¡Bendita gloria la música! Bon Iver es gigantesco. Ayer dio en el Poble Espanyol de Barcelona uno de esos conciertos que te dejan sin palabras, y a la vez deseoso de compartir lo que has experimentado. Pero cualquier adjetivo o frase que engarce tratando de describirlo fielmente, me resultará repugnante al lado del delicioso recuerdo que aún permanece vivo en mi memoria. Fue un espectáculo sobrecogedor, intenso y tremendamente emocionante: una sinfonía constante, a 16 movimientos, brillante y redonda; 16 momentos únicos y gloriosos de rock orquestal. Sorprendentes en todo momento, Justin Vernon y compañía rebasaron con creces las ya de por sí altísimas expectativas, materializando una de esas noches que ya nunca se olvidan.

Dicen que las mejores cosas en la vida se hacen esperar, pero que una vez en marcha, los acontecimientos se suceden como si la excelencia formase parte de un devenir lógico y necesario. Y así fue la noche de ayer. Con un leve retraso rápidamente perdonado, y con la noche mediterránea cayendo y aliviando el bochorno veraniego que se había ido adueñando del cielo barcelonés durante la tarde, salió al escenario, pasadas las diez, la orquesta sinfónica moderna de Bon Iver: 9 tíos. A partir de ahí, dos horas de una música que para describirla habría que apropiarse de palabras inventadas como transalucinante, o establecer un rasero nuevo inalcanzable de perfección denominado boniveriano. Sus canciones, ya maravillosas y de una intimidad abanderada muy destacable en los Cds, explotan en directo; y aquello es una lluvia incesante de emociones, de belleza, y de algo que en la música se debe corresponder a la felicidad humana.

Sonaron sus dos discos casi al completo, pero la esencia se basó en el ritmo vital de su último trabajo, el alabadísimo Bon Iver. El paradigma de cómo nace y muere un disco, y de cómo se traslada al directo, dándole realmente vida a una música, y a una idea. Y así, sin pausa ninguna entre tema y tema, fueron desflorando la vida entera, dominando Vernon las fuerzas de la música como los dioses creadores dominan las de la naturaleza en los relatos fantástico-religiosos. Canciones que serán legendarias, parte del bagaje cultural clásico de las generaciones futuras, interpretadas todas de manera algo distinta, aunque siempre buscando lo sublime. Con más ritmo, más materia, con un cuerpo colosal, pero ágil, muy terrenal y sobre todo muy detallista, y una presencia multiplicada y elevada al cubo por el gran acompañamiento instrumental.

Porque si Justin Vernon ya impone, segregando genialidad manifiesta con su voz y su guitarra, la banda que lo acompaña demuestra ser absolutamente deslumbrante; y el resultado es un prodigioso directo, contundente y poderoso. Dos baterías hermanadas, que desdoblaban el universo en dos, para que pasara siempre limpia la gran voz de Vernon; y a parte de él, otros 6 músicos que se alternaban teclado, bajo, guitarras, violines, y múltiples vientos y percusiones menores siempre en grupo. Hasta la iluminación y el decorado resultaron sobresalientes, con telas rugosas de cálida presencia y extraños farolillos a baja altura. Una puesta en escena extremadamente ambiciosa, teniéndolo todo en cuenta.

Tras mostrar en Woods, en solitario y a modo de intro, lo que podía hacer en directo con su propia voz, encadenó para entrar en materia las tres primeras canciones de su último álbum. Las primeras notas de Perth, esa guitarra, la voz, y la batería de batallón, a parte de encender el furor del numeroso público, anunciaban la primera explosión: porque en cuanto el tema se abre, todos los instrumentos y arreglos cobraron vida y revolotearon como pequeñas partículas de la creación, tan perfectas como el global al que pertenecían. Vientos, cuerdas y un ritmo basados en el doble bombo, que dieron paso sin pausa al dulce contoneo de Minnesota, WI, versionada con potencia y mayor intensidad. Lo mismo que Holocene, que logró elevar la vista de todo el público a lo más alto de sus sueños, todavía a salvo, en un inicio que se marcaba al ritmo del Bon Iver.

No solo introducían variaciones en los arreglos, o dejaban volar la imaginación instrumental hasta casi la aparente improvisación, sino que más de un tema sonó a otro ritmo, con más cantidad de sonido y riqueza decorativa, e incluso con añadidos extra que parecían ahí puestos de toda la vida: como si realmente su trabajo de estudio fuese un mero boceto de lo que luego desarrollan en directo; con fraseos, estrofas y orquestas extra. El final de Blood Bank: una probeta de punteos de guitarra y vientos; y Flume: la receta de cómo callar a 5000 personas, y al mundo entero, y de cómo rellenar de música una partitura semi-vacía, y cada molécula de aire que nos rodea. Resultaba, por tanto, casi más apasionante la incógnita de lo que haría Vernon con la siguiente canción, sobre todo, cuando se trataba de un antiguo tema, del For Emma, Forever Ago; más imprevisible. Y siempre, siempre, le hizo el amor a su canción; apasionadamente.

En ese sentido, Skinny Love, pasado ya el ecuador del recital, quedó memorable. Se le veían las venas a esa voz y a esa guitarra, y se oyó desde el silencio más sagrado, que lo mantuvieron imperturbable, hasta el último contacto de cada instrumento con el alma de su portador, en un final apoteósico y sorprendente. Y en Re:stacks volvió a bajar la marea, se quedó Vernon solo en el escenario, con la guitarra, y lo bordó como el cantautor que es, y que siempre llevará dentro. El final se avecinaba, anunciado por el teclado de Calgary, y las eléctricas sonaron más que nunca, siempre a doble batería, y con la poderosa y cristalina voz del responsable principal de todo esto capitaneándolo. E hicieron de su final casi una segunda parte, igualmente brillante. Beth/Rest, por último, con ese amargo sabor a despedida, tenía que sonar como cierre. Y flotó en el ambiente algo muy grande capaz de hermanarnos a todos frente a lo que estaba siendo una auténtica obra de arte.

Para el bis dejaron dos temas de su primer trabajo, cerrando definitivamente con For Emma, fabricada mediante la belleza de lo sencillo, y la perfección de la técnica más sobresaliente que he visto agrupada en mucho tiempo. Dejó a todo el mundo saciado, satisfecho y gratamente sorprendido. Casi nadie esperaba que fuese tan rematadamente bueno, él y la banda que lo acompaña. Los privilegiados asistentes de su concierto de anoche nos quedamos con una increíble sensación de paz interior, como la que deben sentir los creyentes ante los signos del advenimiento. Pero para mí, lo que hace es reforzar mi fe en algo aún más grande, algo tan sencillo como lo que es capaz de transmitir Bon Iver en directo: arte del bueno.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Escucha el setlist del concierto en Spotify.
O míralo aquí!)

OPTIMUS ALIVE 2012. Lisboa



Optimus Alive 2012. Resúmen: Refused, Snow Patrol, The Stone Roses, Justice, Zola Jesus, Death In Vegas; The Antlers, Mumford and Sons, Morcheeba, The Cure; Warpaint, Caribou, Radiohead y Metronomy

Este fin de semana se han juntado, en tres puntos costeros y separados de la península, tres festivales de los de primera categoría: el FIB, en Benicàssim, el BBK en Bilbao, y el Optimus Alive en Lisboa. Dos de ellos contaban, dentro de un cartel muy similar, con la hegemónica presencia de The Cure y Radiohead, por lo que en el tercero, es decir, en el FIB, se ha registrado una caída del 20% en los datos de asistencia con respecto a las ediciones anteriores.

Estuve en el Optimus Alive sin acreditación, pero no me moverán ánimos de venganza, ni enfados propios de un orgullo o un amor propio heridos cuando relate los puntos negativos que hemos padecido los asistentes al festival, los clientes, en realidad, de los promotores musicales que organizan el Optimus Alive. Al margen de lo estrictamente musical, hay determinadas cosas que fallaron, bajo mi punto de vista, y las voy a detallar a continuación:

-  La entrada al camping, con el quien tienen convenio desde hace años, el día anterior al comienzo del festival, es la más duradera que he hecho en mi vida: 5 horas, para movernos unos 70 metros. Una falta de previsión monumental. En general el problema de las colas fue constante, para todo menos para mear, todo hay que decirlo.

- Algo tendría que ver con eso el hecho de que vendieron un número ingente de entradas, por lo que el recinto, pequeño y en exceso ocupado, se quedaba todos los días aún más minúsculo. En mi opinión, los promotores han querido exprimir en demasía el "fichaje" de Radiohead, The Cure, The Stone Roses y Justice, los platos fuertes, y lo han hecho a costa de la comodidad de sus clientes, que en todo momento padecíamos las consecuencias.

- El recinto, además de pequeño y centralizado, tenía una cosa extraña: los tres escenarios estaban como en fila, el grande presidiendo y ocupando una buena mitad del recinto, y los otros dos, con su respectivo toldo y puestos en horizontal respecto al grande, pero colocados en su campo sonoro. Conclusión: en ningún momento podías dejar de oír música, ni siquiera en la zona de comer, entre el segundo y tercer escenario. A veces incluso tres conciertos a la vez, algo horrible.

- Por otro lado, el escenario que estaba en medio de los otros dos, era el de electrónica, por lo que había que pasar por él constantemente, con la aglomeración lógica respectiva, ya que también empezaban ahí las barras de Heineken, con sus colas correspondientes. Bienvenida siempre la electrónica, pero hay que saber lo que conlleva, y saber dónde ponerlo para evitar raves en medio del recinto.

- Por último, hay que decir que el sonido del escenario grande dejó, en bastantes conciertos, mucho que desear. Era como el Levant del año pasado, como el Mini de este año del Primavera Sound, y aunque estoy seguro de que rindió al máximo, no vale para las larguísimas distancias que se manejan en eventos tan concurridos. Solo se escuchaba bien en el trapecio que va desde el escenario a la torre de control de sonido. Además, cuando soplaba fuerte el viento marítimo, algo que repitió con frecuencia, se llevaba el sonido.

Por suerte, hubo un puñado de grupos que lograron, con sus directos, hacer que haya merecido la pena pasar el fin de semana en la capital portuguesa. Sobre todo el tercer día; sobre todo Radiohead, para qué nos vamos a engañar. A continuación haré una pequeña reseña de los conciertos más destacables, tanto para bien como para mal.

VIERNES 13 DE JULIO

Abrimos el festival con el pletórico concierto de Refused. La vuelta de los suecos a los escenarios ha sido una gran noticia para los amantes del hardcore, pero incluso para aquellos que ni de adolescentes disfrutaron con este estilo de música resultaría atractivo un directo suyo, aunque solo sea por el ímpetu que le echa Dennis Lyxzén a eso de cantar y de ser el frontman de un grupo de gran público. Un sonido de guitarras a borbotones, y una voz al servicio del mal. "Vivid siempre al límite, ¡sed salvajes!", venía a decirnos entre canción y canción, y también a través de todas y cada una de ellas, de sus movimientos y de sus gritos, uno de los cuales, sin el apoyo del micro, nos llegó en una ocasión en carne viva a más de 20 metros de su garganta.

De cerca el escenario grande no se oía mal, y los suecos le sacaron el máximo partido. Snow Patrol, por el contrario, permitió que comprobáramos que estando lejos, lo más normal en un festival de esta envergadura, el sonido llegaba plano y plastificado. Temimos por Radiohead, y mientras, Gary Lightbody deleitaba a su público particular con ese powerpop emotivo y de lágrima fácil que, sin embargo, ha ido ganando en talla y puesta en escena.

Y los peores pronósticos se cumplieron con The Stone Roses. 16 años después de aquel rotundo y detonante fracaso en el FIB del '96, los de Manchester se han vuelto a juntar para una gira que, a parte de llevarles de nuevo al lugar del crimen, les trajo por Lisboa este mismo fin de semana. Por lo que he leído, parece que allí se redimieron, pero desde luego en Optimus Alive, por lo menos en mi opinión, decepcionaron. Casi no considero un fallo el que la voz se oyera poco, porque Ian Brown desafinó constantemente. Más preocupado de la ropa que llevaba, quitándose y poniéndose la chaqueta sin parar, no alcanzó en ningún momento ese tono de despreocupada arrogancia pre-noventera de los inicios del brit-pop, en la era Madchester, que todos esperábamos.

Falló en la voz, y como líder, porque la banda sonó despegada, como si cada instrumento grabase su pista correspondiente, en solitario y aisladamente, al margen de lo que hicieran los demás. No conectaron, por mucho que se esforzaran al final en mostrarnos su renacida buena relación con un abrazo múltiple. Pues no, no cuela. Porque aunque los instrumentos salvaran la papeleta, no por poner a cuatro tíos juntos en un escenario tocando lo mismo tienes a un grupo frente a ti. Una enorme decepción, la verdad.

El primer día fue, en realidad, muy decepcionante. Ni siquiera Justice, con su directo arrollador, pudo animarme del todo. Comparado con el concierto que vi en el Primavera Sound de Barcelona, los franceses estuvieron algo flojos en el Optimus. Abusaron quizás de la remezcla de D.A.N.C.E. y de Civilization y, tal vez por la hora, no se notó que la honda expansiva de su atronador sonido contagiara a las decenas de miles de personas como ocurriera en el cierre del festival de la Condal. Considero un grave error de programación colocarlos antes que a Death In Vegas, o de cualquiera: si tienes a Justice en el cartel, úsalo de cierre, a las 3 de la mañana. Porque el alcohol, mezclado con ellos, resulta un combustible que arde especialmente bien.

Con todo, fue un concierto voluptuoso y extremo, llevando, como les gusta a ellos, la electrónica a cotas de espectacularidad y radicalidad decibélica elevadísimas. Pinchan subidos a un muro de amplificadores, literalmente, y expanden su sonido a base de enormes y contundentes bloques de cemento armado o de granito. Con beats de grandes zancadas y estilo daftpunkiano, texturas industriales y un contenido melódico y prosaico mayor de lo esperado, todo al servicio de un ritmo binario aplastante. El problema, tal vez, es que cuando ya has visto lo que montan, lo que generan y esa increíble puesta en escena, las demás veces, al perder el efecto sorpresa, se rebaja el entusiasmo. La "primera vez" con Justice marca.

El big beat 4/4 con el que abrió Death In Vegas su concierto, con Your Lord My Acid, fue dar un paso atrás en la rítmica de la noche, pero musicalmente significó el comienzo de un concierto, el de los ingleses, muy intenso e hipnótico, aunque fuera a destiempo, prácticamente de cierre. Más instrumental y oscuro de lo esperado, pero sobre todo víctimas de una nefasta colocación horaria que puede arruinar el concierto de cualquiera: ya no solo es la hora, pues creo capaz a Death In Vegas de cerrar una jornada de festival por todo lo alto, sino porque después de Justice no puede sonar nada que no sea pura y fálica electrónica de garito.

Del mismo modo, resultó una pena que Zola Jesus coincidiera con los franceses, ya que su concierto, por lo poco que vi (apenas 3 o 4 temas), debió ser muy atractivo y el previo perfecto para Death In Vegas, y después Justice (en el festival perfecto de mi imaginación). La jovencísima Nika Denilova, nacida en Wisconsin hace poco más de 23 años, se presenta en directo con una banda de tendencia algo gótica, donde su voz, cristalina y completa, crece y lo domina todo. Se trata de otra de esas artistas de nueva generación que están renovando la escena dream pop, con elementos sonoros, compositivos e infraestructurales añadidos provenientes de la electrónica y de otros géneros modernos. Zola Jesus tiene personalidad y talento, un puñado de grandes temas, como Skin o Night, interpretadas el viernes, y un futuro muy prometedor por delante. Lástima que la inmensa mayoría del público miraba a la gran pantalla: no el el Optimus el mejor lugar para conocer nuevos valores.

SÁBADO 14 DE JULIO

La segunda jornada parecía, a priori, la más floja de las tres, y así fue. Con el aforo siempre en aumento, era la noche de Robert Smith y sus The Cure, que monopolizaron la velada con otro concierto de tres horas, como ya hiciera en Barcelona, y en Bilbao. Y al margen de los fans, la mayoría del público general acabó cansado de un repertorio que, por reiterativo, fue perdiendo su atractivo a medida que avanzaba el concierto. Además, otro de los atractivos del sábado, y del festival en general, Florence + The Machine, había cancelado su actuación por problemas de salud el mismo jueves por la mañana, de modo que la actuación de Morcheeba, sus sustitutos, fue acogida con resignación y poco entusiasmo.

Las buenas noticias escasearon el sábado en el recinto del Optimus Alive. Ni siquiera The Antlers, uno de mis objetivos principales, depositarios de mis esperanzas, estuvieron a la altura de lo esperado. En el palco Heineken, el secundario, los de Brooklyn protagonizaron un concierto corto y difuminado, de sonido cremoso y ritmos de bajo coste. Sin noticias de un mínimo de carácter y personalidad, se presentaron incapaces de mostrar capacidad alguna de sorpresa, y los temas que sonaron lo hicieron de manera plana y monótona, debilitando incluso el efecto de sus propios hits: ni Parenthess, ni I Don't Want Love ni Putting The Dog To Sleep resultaron en absoluto impactantes, o temas que hacen de un grupo algo especial. Nada: otra lástima.

Mumford and Sons, por el contrario, sí que lograron plantear un espectáculo vivo y dinámico, un concierto intenso y festivo, basado en las cuerdas clásicas de folk americano (pese a ser británicos), y en canciones capaces de calentar los ánimos de un público que ya empezaba a notar el frío levantarse y azotar en forma de fuerte viento lateral atlántico.  Mumford y compañía intercambian instrumentos como si aprender a tocarlos fuera fácil: mandolinas, contrabajos, banjos, piano, baterías y guitarras de todo tipo, para darle a su sonido el auténtico sabor del rock tostado bajo el sol del mundo rural. Presentaron temas del que hasta ahora es su único Cd, Sign No More, y tres o cuatro de un segundo que ya tarda en ver la luz. En estos tres años han ido construyendo un directo de constitución fuerte, seguros de sí mismos, y conscientes de cómo sacar de sí mismos lo máximo. Acabaron con Dust Bowl Dance y The Cave, de manera apoteósica, como cabalgando hacia el final feliz de una película de vaqueros de Londres.

Al ponerse el sol, en el recinto al pie de los últimos metros de Río Tajo, empezaba a calar el frío, debido principalmente a un viento maldito que provenía del mismísimo invierno. Las dos opciones para entrar en calor, procedentes de la mismo extinto panorama trip-hopero de mediados de los '90 británicos, parecían igualmente válidas: Tricky, presentando su mejor disco, Maxiquaye, y Morcheeba, la sustituta de rebote de Florence. Y teniendo en cuanta que mi primera y última experiencia con el de Bristol fue desastrosa, en el Cultura Quente de Caldas de Reis (Pontevedra) de hace 3 años, me decanté por la buena banda de Skye Edwards. Morcheeba estuvieron muy bien, radiantes y tranquilos como siempre han de estar, exhalando buen humor, elegancia y suficiencia con su trip-pop refinado e impecables acabados. Incluso dedicaron unos minutos a lamentar la ausencia de Florence, interpretando Skye un fragmento de una de sus canciones. Pero por muy estupenda que sea ella, y muy buena la banda que la acompaña, el público no era su público: era el frustrado de quien faltaba, y el impaciente de The Cure, que ya dominaba la escena tomando posiciones para la larga batalla.

Porque lo de Robert Smith volvió a ser una larga lucha por la supervivencia frente a un escenario: 3 horas y más de 30 canciones llegaron a colapsar a todo aquel que no fuera fan incondicional de la banda, diría yo que desde su misma fundación, allá por finales de los '70. No aguanté más de hora y media, porque entre el dolor de pies y el frío, mi cuerpo estaba a una canción de declararse en rebeldía. Temí de nuevo por Radiohead, sobre todo cuando comprobábamos que el viento tenía la poderosa capacidad de perturbar el sonido del escenario grande, si te encontrabas a una distancia considerable. El concierto descansó en la misma fórmula épico-gótica de moderada ejecución y grandilocuencia estática, propia de los museos de arqueología antigua, que utilizaron en el Primavera Sound. Un espectáculo inolvidable, para aquel que de principio hubiera estado dispuesto a verles durante tres horas.

Finalmente, entre Robert Smith, el frío, mis pies, y el ultimátum de mi cuerpo, decidí abandonar el recinto sacrificando la actuación de SebAstian: la ausencia de alternativas a The Cure acabó conmigo, y creo que con un buen número de asistentes, que otra vez habían abarrotado el pequeño recinto.

DOMINGO 15 DE JULIO

Por suerte casi todas las esperanzas y expectativas puestas en la última jornada se cumplieron, y con creces. No eran muchas, pero de elevada categoría: nada menos que Warpaint, Caribou, Radiohead y Metronomy. Después comentaré por qué la organización impidió que viéramos a SBTRKT.

Las chicas de Warpaint, que tocaron en el escenario secundario, el Heineken, aprovecharon su mejor sonoridad desde el fondo de la cueva, y dieron un concierto muy interesante. Proyectaron su dream pop de ascendencia experimental y trip-hopera de manera potente y decidida; entregándose en cada canción de manera íntegra y particular: un poco lo que no hicieron The Antlers 24 horas antes, en ese mismo escenario. Shadows, Undertow o Bees, algunos de los mejores temas de su álbum de debut, el valorado The Fool, sonaron con la intensidad y fastuosidad que hacen de una gran canción en disco, un hit en directo.

Las californianas parecen un pequeño y delicado organismo, blandito e vulnerable, pero que se defiende solo y acomete sus tareas con orgullo y decisión. Mención especial para Jenny Lee Lindberg, la bajista, ajena a la elegancia de sus compañeras, que proporcionó siempre una base firme sobre la que la banda desarrollaría luego sus juegos corales, sus texturas oníricas y su ritmo, siempre rico en detalles. A partir de ese primer buen sabor de boca, la noche iba a depender de Radiohead, y de la posición que se lograse obtener para su concierto, programado para las 22:30 en el escenario principal.

La buena noticia es que después de The Kooks, el escenario principal quedaría ocupado por Caribou, mientras se acercaba el momento de ver a las cabeza de cartel. El canadiense, convertido en cuarteto, deleitó al público con un directo muy sofisticado y limpio; algo corto en opinión de muchos: apenas una hora. Fue un calentamiento muy adecuado para lo que vendría después, pero en sí mismo también destacó por ese sello particular que Snaith le imprime a su música, a medio camino entre el space-rock y la electrónica indie, muy reconocible en vivo. Sonó el megahit Odessa, por supuesto, y acabaron con Sun, haciendo que el público, entre la expectativa y los nervios, se pusiera por fin en situación: una pena, porque cuando fuimos conscientes de que teníamos en frente a Caribou, y de que sería interesante aprovecharlos, se acabó, y empezó la espera real.

Y por fin, a las 22:30 de la noche portuguesa, dio comienzo el esperadísimo concierto de Radiohead. Diría que todo el festival estaba pendiente de ellos, los más de 50.000 asistentes; pero también pareció que toda Lisboa estuviera asomada a los balcones para recibir algo de su magia; toda Portugal; el mundo entero. Dio la sensación, durante las más de dos horas que duró el concierto, de que el mundo se paralizó para escucharlos, de que el sonido que emitían era el de la humanidad al completo: el grito de la Tierra, antes de desaparecer bajo nuestros pies. Porque aunque abrieron con Bloom, y con la faceta más electrónica de su genio, sintetizando guitarras en 15 Step y tirando de sus dos últimos Cds, el concierto se basó en una especie de viaje intergaláctico por toda su obra, de la mano de Thom Yorke, el mejor director de orquesta de la música moderna. Cuando sonó Weird Fishes/Arpeggi empezamos a entender y a vislumbrar hasta qué punto de emoción podía llegar este hombre: su voz se eleva sobre la creación, transmitiendo sentimientos como si un lazo nos uniera, a cada uno, con el interior de su más íntima espiritualidad.

El primer impacto con Radiohead, los primeros 7 temas, ya habrían sido suficiente para calificar el concierto de glorioso, pero fue justo entonces cuando pasó a otro nivel: Pyramid Song, con ese piano que te agarra la garganta por dentro, con esa cadencia majestuosa, tan humana como divina, nos hizo entender que la inmensa mayoría del público estaba, probablemente, ante el mejor concierto de sus vidas. Radiohead abre el universo en canal, y no dejan estrella alguna sin tocar. I Might Be Wrong, justo después, dura y desafiante, y Climbing Up The Walls, la favorita de los que más saben, completaron un cuarto de hora memorable, fraguado a base de Amnesiac y OK Computer: el lamento unánime de la Edad Contemporánea, llegando a su fin. Los de Abingdon son la mejor muestra musical, apreciable a través de su evidente evolución, del fin de una era y el inicio de otra: la Tecnológica. La Historia tardará en escribir sobre ello, pero Radiohead lo ha narrado a tiempo real: traductores del cambio global.

El concierto se hallaba en una fase más tranquila y trascendental, basada en la voz eterna de Thom Yorke, y en la inconmensurable guitarra de Johnny Greenwood. Nude nos terminó de desnudó a todos, pero Exit Music (For A Film) hizo llorar a más de uno. El epicentro del concierto fue la enorme emotividad que desprendieron, condicionados seguramente por la reciente muerte de Scott Johnson, técnio y amigo de la banda. Con Lotus Flower continuamos el viaje, y dejamos atrás una última media hora incomparable, indescriptible. Seguimos de galaxia en galaxia, de la mano de Thom, sobrevolando exitazo tras exitazo. There, There, otra poco esperada, sonó, como todas las demás antiguas, con leves modificaciones: actualizaciones que de por sí ya valen un concierto entero. Pero en la reinterpretación se mantiene imperturbable la esencia de cada canción. 

El primer final de concierto volvió al inicio del mismo: Feral y Bodysnatchers, una desde la electrónica y la otra desde el rock más puro, otorgaron ritmo de aterrizaje, y el vuelo intergaláctico pareció haber llegado a su fin. Pero tras el descanso, y de nuevo desde una rítmica tranquila y rebosante de paz y harmonía, siguieron transportándonos a planetas musicales hermosísimos que, aunque lejanos y desconocidos para el público, siempre resultaron increíblemente familiares. Su música es tan capaz de revestir tu alma, que en cualquier lugar del universo te sientes protegido y a salvo, aunque tristemente mortal. Con Lucky y Paranoid Android sonando en directo, uno se siente menos solo en el mundo.

Para un segundo bis dejaron Everything In Its Right Place e Idioteque, reinterpretadas y sobrecogedoras. El público estaba desbordado de sorpresas y temazos que a todos nos evocaban momentos intensos de nuestras vidas. Parecía un extra innecesario, pues ya hacía tiempo que éramos enteramente de Thom Yorke, que podía manejarnos a su antojo: ahora baila, ahora llora. Y aún tuvo tiempo para una última salida, entre el aplauso eterno del público y sus ganas de más. Street Spirit sirvió de cierre, desnuda completamente, como Thom, como nosotros ante su inconmensurable concierto. Tal vez el mejor que he visto en mi vida. No digo más. 

A partir de entonces tomé la determinación de no volver a escuchar música nunca más, para no borrar el recuerdo, aunque pronto falté a mi promesa. Entre el comentar el concierto, y que todos nos marchábamos del escenario grande a la vez, fue imposible llegar a ver SBTRKT: había que pasar forzosamente por la zona de los baños, das barras, y el escenario electrónico. De modo que dejamos el cierre del festival ya en manos de Metronomy, confiando en que merecería la pena esperar un par de horas, o hacer tiempo viendo a The Kills. Decidimos simplemente esperar. Y Metronomy mereció con creces la pena.

La banda inglesa de electrónica pop, formada en torno a Joseph Mount, fue la digna encargada de cerrar el festival con un concierto fantástico, rítmica y cromáticamente hablando. Muchos de los que los habían visto en el Día de la Música de Madrid se llevaron una grata sorpresa. Supieron recoger bien la difícil herencia de quien acaba de ver a Radiohead, e interpretaron su The English Riviera con bastantes puntos más de intensidad: más agitadas, pero con la misma esencia de melodías despejadas y directas, ricas en actitud. En seguida tocaron The Bay, su megahit, y Heartbreaker, y Corinne, brillantemente planteada. El concierto se movió siempre en la atmósfera de fin de fiesta que, aunque podría seguir hasta el infinito, decide acabar en todo lo alto, sin lugar al decaimiento. Loving Arm, y Radio Ladio, ya en modo fiesta pre-after, cerraron definitivamente el festival hasta una nueva edición. Muy alto el listón de las últimas horas de Optimus Alive: pero tal vez no compense.

Todas las fotos extraídas del Facebook oficial del Optimus Alive (salvo la de The Stone Roses. Fuente: In The Riff).

Escucha la selección de setlists del Festival en Spotify.