CANDIDATOS A MEJOR DISCO NACIONAL E INTERNACIONAL DE 2011



Después de darle muchas vueltas, de escuchar y reescuchar discos y canciones, aquí os presento las listas de candidatos al mejor disco nacional e internacional del año 2011! Podéis votar si os apetece, vuestra opinión será tenida en cuenta, pero en mi mente ya voy vislumbrando la clasificación definitiva...!

MIS 10 CANDIDATOS AL MEJOR DISCO NACIONAL DEL AÑO:

- AMARAL 
- ANTÒNIA FONT
- DISCO LAS PALMERAS!
- EL COLUMPIO ASESINO
- EXTREMODURO
- LOS ETERNO
- MANEL
- NUDOZURDO
- ODIO PARÍS
- OSO LEONE

MIS 50 CANDIDATOS AL MEJOR DISCO INTERNACIONAL DEL AÑO:

- ANNA CALVI
- THE ANTLERS
- ATLAS SOUND
- BATTLES
- THE BLACK KEYS
- BON IVER
- THE DECEMBERISTS
- DESTROYER
- EMA
- ESBEN AND THE WITCH
- EXPLOSIONS IN THE SKY
- FEIST
- FINK
- FLEET FOXES
- FLORENCE + THE MACHINE
- GIRLS
- GIVERS
- THE HORRORS
- I BREAK HORSES
- JAMES BLAKE
- THE JOY FORMIDABLE
- JUSTICE
- KATE BUSH
- LITTLE BARRIE
- LOW
- M83
- MOGWAI
- MY MORNING JACKET
- NEON INDIAN
- NICOLAS JAAR
- THE PAINS OF BEING PURE AT HEART
- PATRICK WOLF
- PJ HARVEY
- PS I LOVE YOU
- PURE X
- RADIOHEAD
- THE RAPTURE
- REAL ESTATE
- ST. VINCENT
- STILL CORNERS
- TV ON THE RADIO
- UNKNOWN MORTAL ORCHESTRA
- THE VACCINES
- VERONICA FALLS
- THE WAR ON DRUGS
- WASHED OUT
- WHITE DENIM
- WU LYF
- YOUTH LAGOON
- YUCK

THE ANTLERS



Miradas de amor desde la distancia.

Son curiosos los razonamientos automáticos que procesa nuestra mente a veces. Como las que genera la mía cuando escucha algo nuevo, relacionando al grupo con el sello y viceversa. En ocasiones (luego generalmente voy descubriendo que no tengo razón), como en el caso de Matador y Esben and The Witch, me pregunto por qué una grande le da esa oportunidad a unos raros desconocidos; y en otras, como en el caso de The Antlers y Frenchkiss Prod., no puedo evitar pensar que es como cuando un equipo pequeño ficha a un genio del fútbol, hasta ahora desconocido, y lo da a conocer al mundo, disfrutando de su presencia mientras aguarda el inevitable momento en que venga uno grande y se lo lleve. Porque esta banda, después del BURST APART, ya no puede pasar más desapercibida.

Peter Silberman es el responsable directo de este proyecto de Broocklyn que a mí, personalmente, me tiene loquito últimamente. Practican un delicado pop-rock independiente, ligeramente alternativo, y un poquito post-algo: una música muy identificable (me niego a decir catalogable, aunque lo sean), pero con una personalidad clara y bastante particular. Recuerdan un poco a Piano Magic y a The National, pero en general, y pese a no resultar en absoluto inclasificables, a quien recuerdan en todo momento es a ellos mismos. The Antlers es de esas bandas que mientras las oyes eres, en todo momento, plenamente consciente de a quién estás escuchando y por qué. Pero no busques motivos de escaparate, no muestran a gritos o con luces de neon su bandera: te van conquistando con la insistencia de las caricias que siempre son bien recibidas. Hay mucho amor en la voz herida de Silberman.


JAMES BLAKE + JAMIE WOON + JAMIE XX. Barcelona, 8-12-11.



La Jaime's Nuit.

“Házmelo duro, James. Como a ti te gusta: seco, intenso y sin dilaciones; pero házmelo con amor”. Eso pensé anoche durante el concierto del señor Blake, mientras entendía, con la clarividencia de quienes asisten a una revelación sagradas, por qué este chico es uno de los personajes musicales del año. Es la electrónica del sentimiento, la sesión sentimental. La apuesta de Razzmatazz para su 11º aniversario fue de repóquer en la noche de ayer: reunió, en un show dinámico y amistoso, a Jamie Woon, James Blake y a Jamie XX, miembro de The XX, que actuó solo como Dj ya pasadas las 2am. Tres de los productores más influyentes de la electrónica del momento: lo mejor del panorama post-dubstep actual.

Con gente así el éxito estaba asegurado: crearon un espectáculo musical, calculado al milímetro, que medía las pulsaciones del público, y las traducía en rítmica aplicada amplificada. El plan era el de un concierto de endurecimiento paulatino, con repechos contundentes de subidas inesperadas, y preciosos valles, creados por el ritmo de la electrónica blanca, iluminados para las preciosas voces de Woon y Blake. Pero cuando nos quisimos dar cuenta aquello había dejado de ser un concierto, se activó la estética Dj y Blake, de nuevo, pinchó durante una hora larga. Dudo que la causa fuera el leve retraso que todo el show llevó, pero el caso es Jamie XX se incorporó al espectáculo antes de tiempo para hacer una impresionante batalla de Djs con el protagonista de la fiesta. Un colofón que aún le dejó margen para aventurarse por la electrónica más dura.

Pero aunque la tendencia estuviera clara desde el principio, pudimos los menos fiesteros disfrutar de la calidez asombrosa de Jamie Woon. El gran atractivo del post-dubstep radica en que ahora toda la rítmica y el método se sintetiza (de síntesis), y se pone al servicio de otros estilos que entran en el dubstep como una daga ardiendo en mantequilla. Se limpian sus estructuras, se derrite lo innecesario, y solo queda un pop, un soul, un R&B profundísimos, movidos por la métrica electrónica intuitiva, blanca y silenciosa que practican y dominan estos jóvenes británicos. Woon es el más soulero, se siente muy cómodo con una guitarra entre manos, usando su voz como si fuera en volandas sobre esa tela magnética y suave que crea con las bases.

Porque lo de James Blake va más allá. ¿Es la electrónica sentimentalista del británico una rara avis en el panorama musical posmoderno, o es el nacimiento del suelo que pisará el soul del siglo XXI? Entendiendo el género ya no solo como un estilo musical, sino como esa capacidad de crear música con alma, música libre, y hacer que brote como de forma natural. El soul de los ’60 tuvo el entorno adecuado, su momento de liberación, y ahora, con la revolución electrónica, parece que la música ha encontrado otro hábitat apropiado para desarrollarse sin barreras ni ataduras.

Pero lo que hace Blake, subido a un escenario, es follar con casi toda la historia de la música moderna. A modo grupo, acompañado de una batería y un guitarrista y asistente rítmico, el menor de los tres Jaimes cantó, tocó el teclado, jugó con su voz y los samplers y, en general, con el libido de los asistentes. Hay una evidente carga erótica en su música, y más si la interpreta en directo: la hay en sus silencios cantados, en sus intensidades y contundencias, y en la sensibilidad manifiesta que hubo en todo momento, incluso en los más duros. “Házmelo fuerte, James, pero con amor”.

Es su versión live Blake compaginó la pasión de la música viva, con la fría precisión del amante implacable, el alma soulera, popera y glamurosa de la música de intérprete y micro, con la mortífera puntería digital de la base electrónica. Acabó como lo haría el mismísimo Elthon John, solo frente al piano, en la intimidad de una sala repleta de fans. Pero un minuto antes había empezado a anticipar la sesión que tenía preparada para su versión Dj. Dejó claro que desde cualquier esquina de su disco, desde cualquier pasaje, es capaz de escaparse, ya sea en dirección al tecno y al dubstep más puro, o hacia géneros más melódicos y tradicionales, aunque en su boca suenen a total renovación.

Después, cuando se puso a los platos la cosa ya cambió. Fue una de las sesiones de electrónica más espectaculares y limpias que he escuchado: desde una inspiración más bien rapera y basada en el R&B, Blake Dj movió a la sala al ritmo que exhala el último trabajo de Jamie XX, pero a golpe de pedrada pulida. Y cuando éste subió al escenario, compartieron mesa durante una gloriosa hora en la que volaron los vinilos (Cds en el caso de Blake) a modo de improvisación. La calidez del menor de los Jaimes, tendente siempre al recurso vocal, contrastó al principio con lo que hacía el mayor; pero tras unos estiramientos, de texturas firmes e incontestables, el señor  Smith procuró dar un pasito más allá hacia el profundo abismo de la electrónica de garito. Cualquier atisbo de soul se extinguió con el avanzar del metrónomo.

Me fui de Razzmatazz hacia las 3:30, dejando a Jamie XX a los mandos de todo el asunto. La Noche de los Jamies seguía, y el 11º aniversario de la sala parecía, más que nunca, una gran fiesta. Un cumpleaños que ha tenido durante este último mes a invitados tan de excepción como The Horrors, Washed Out, The Drums, James Holden, The Rapture o los mismos Smashing Pumpkins: un lujazo de cartel que solo nos lleva a una conclusión: ¡Larga vida a Razzmatazz!

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

MY MORNING JACKET


Empieza a ser habitual que grandes bandas consolidadas compren iglesias en sus pueblos para convertirlas en estudios de grabación. No creo que el oído humano esté preparado para apreciarlo de primeras, pero lo cierto es que las casas de Dios han sido siempre lugares donde la música se manifiesta de manera especialmente sobrecogedora, grandiosa, y tremendamente poderosa. Los últimos en seguir esta extraña costumbre han sido los norteamericanos My Morning Jacket. Se podría pensar que la voz de Jim James solo cabe en edificios de ese calado, de tan imponente porte como el que tienen las iglesias; pero en realidad es en la voz de Jim James donde cabe todo Dios.

CIRCUITALS es el sexto álbum de la banda de Kentucky, y con cada disco llegan más alto en las listas de venta de todo el mundo. Poco a poco van enamorando, con ese estilo de rock sano, vigoroso e íntimo a la vez, colorido y lleno de vida: un rock con los ojos bien abiertos, capaces de apreciar todo lo bello que el mundo nos ofrece cada día. My Morning Jacket es como un buen tipo, como un gran tipo; sería de esas personas llenas de bondad, absolutamente incapaces de la más mínima maldad, que solo reparten buenas intenciones; de las que te fías conociéndolas de un día.

Z es, seguramente, su mejor disco hasta la fecha. Ningún otro me parece tan completo y equilibrado. Este CIRCUITALS, pese a ser, como siempre, un trabajo muy correcto de la banda de James, no me parece de esos discos que los dejas correr en tu reproductor: sobresalen temazos, y corre el riesgo de acabar siendo recordado simplemente por haberlos contenido, y no por formar parte de un todo imparable, coherente y firme. En general, opino que el disco se sustenta en dos piezas iniciales gloriosas, Victory Dance y Circuitals, y un par de temas hacia la mitad que hacen que el descenso hacia el final no sea una cuesta en picado: Holding On The Black Metal y First Light. Curiosamente, es ese hasta ahora inédito deje soulero de hombretón negro el que termina por salvar el Cd. Pero claro, ¿quién es el iluso que aún espera encontrar un disco de folk cuando abre la caja de My Morning Jacket?

No sería justo decir que el resto de las canciones son malas. Todo lo que hace esta banda es envolvente, detallista y cálido, como un salón con chimenea, alfombras gruesas, madera y mantas; como un fuego que chisporrotea mientras el otoño avanza tras los fuertes muros de piedra. You Wanna Freak Out tiene, además, el brillo colorido de la luz pasando pura por las cristaleras de su iglesia; Slow Slow Tune y Movin' Away esa calma nostálgica de los viajes de vuelta. Y no digamos Wonderful (The Way I Feel), que nace de un arpegio cantado en soledad, para acabar siendo, esta vez sí, un pequeño hit de granero. The Day Is Coming y Outta My System, para mi gusto, encajan un poco peor: prometen más de lo que luego dan (o quizá es la injusta maldición de las canciones que van después de los temazos).

Merece mención especial, de todas maneras, el espectacular inicio del CIRCUITALS. Son 13 minutos exactos de tremendo rock: de ese que no tiene apellidos, pero que es capaz de detener unos segundos el movimiento de La Tierra cuando suena en directo en algún punto del planeta. Dondante seguirá siendo indiscutiblemente la mejor canción de My Morning Jacket, pero Victory Dance y Circuitals se le han acercado bastante.

La primera tiene un poquito de lo mejor de Pearl Jam y bastante de esa capacidad que tiene Coldplay para emocionar explícitamente. Empieza extraña, con el canto de dos pájaros (JJ y una guitarra), y un teclado que comienza marcando el camino. Al poco entran la batería y el bajo para poner orden, y conducir el tema siempre hacia arriba, siempre hacia adelante. La guitara empieza a lijar sobre el insistente carril del teclado, cada vez más fuerte, más profundo, y pronto romperá el huevo y saldrá a volar, en un punteo que llega ya cuando el tema ruge y alcanza su nivel de progresión más elevado. Miento, porque después aún queda ese tremendo redoble que en directo debe poner patas arriba toda la santísima creación del Señor.

Circuitals, la canción que da título al álbum, aunque me guste unas décimas menos que la anterior, es una de esas pistas que se rayan en pocos días, un hit indiscutible. Teniendo en cuenta de donde viene, es como el triunfo de la primavera sobre el duro invierno; es la delicia de ver una flor naciente abriéndose poco a poco, creciendo hasta llegar sana a su máximo esplendor. Es una oda a esa fuerza de la vida que es capaz de abrirse paso siempre entre la muerte.

Con tan tremendos chutes al principio es normal que el resto del disco no parezca estar a la altura. Y no está, desde luego, a la altura de estas dos piezas iniciales, pero sí con respecto a su evolución discográfica en los doce o trece años que llevan tocando. Con CIRCUITALS debe pasar como con la heroína, que nunca un viaje será igual que el primero: siempre andarás buscando, como el pobre yonki de las esquinas, tu Riding The Dragon particular. Pero ni Victory Dance ni Circuitals vuelven a sonar.

BATTLES. Barcelona, 30-11-2011



Creo que mis tímpanos se han declarado en rebeldía; mis oídos no me hablan, y todo por culpa del concierto de ayer de Battles. Hubo momentos en los que estuve tan pegado a la batería de John Stainer que la caja de resonancia era mi propia gran boca abierta; y hubo otros en los que estaba tan cerca del teclista y guitarrista Ian Williams que me cayó alguna de las cientos de miles de millones de gotas de sudor que saltaron de su cabeza al ritmo del impecable sonido de la banda. También pude observar la magia constructiva de Dave Konopka, el otro guitarrista, mientras no paraba de mezclar y samplear sus propias notas.

Porque lo de Battles es pura frontalidad musical, un implacable muro de contundencia incansable, en absoluto monolítico, que parece el resultado plástico de una colorista y speedica fórmula matemática loca. Aunque la música en el fondo siempre sea eso, geometría de notas, tonos y ritmos, lo que me apasiona de Battles es que, con su descaro, transforman ese lenguaje cuasi aritmético, mientras le brindan un poderoso homenaje, en otro mucho más sencillo, casi diría que primario; instintivo, animal, brutal.

No especulan un solo instante ni con el tiempo ni con la distancia: son aquí y ahora, y mientras están, lo son con una intensidad que asusta. Stainer golpea su batería como si dependiera de su fuerza que el universo no se despegase por los bordes. Usando y destrozando sus baquetas por los dos lados, el de Baltimore es un verdadero espectáculo: empapado en sudor, y encogiendo su enorme figura frente a su instrumento, parece el ser humano más concentrado y entregado a algo que pueda existir jamás. No parece una máquina, da la razón a los luddistas: un ser humano al 100% siempre será mejor.

En la disposición frontal que adoptan en directos como el de ayer de la sala Apolo, destaca que Stainer esté en el medio, flanqueado por dos personajes (antes fueron un cuarteto) que se dedican a colorear la barbarie de ritmo que él plantea. A su derecha Williams, un personaje bailongo de bigotes americanos, de esos que se precipitan comisuras abajo, que es capaz de tocar dos teclados a la vez, mientras puntea una guitarra muy elástica. Y a su izquierda Konopka, un hombre que hace del concepto de guitarra rítmica un arte de la mecánica y el ensayo. Hacen un trío de atropellada perfección: el cerebro debe ser Konopka, Stainer es el brazo ejecutor, y el bueno de Williams, el más hablador, ha de ser las piernas de este organismo bailable que es Battles.

No es una banda que se caracterice por la sutileza, pero sí hay sitio para exuberantes matices, dado que los espacios creados por la estructura son amplios, y las pinceladas que componen sus melodías de vertiginosa escalinata son cortas y rápidas. Por eso el público disfruta toquen lo que toquen, porque no hay desperdicio en todo el rato que dura su recital: lo llenan todo, y ni siquiera crees que te dé tiempo a asimilarlo todo, ni en su conjunto, ni al detalle. Pero ha sido tal la avalancha, que sales tú igual de empapado de Battles, que los Battles de su propio sudor. No obstante, sí se notó una efervescencia especial cuando sonó Atlas, seguramente su tema más emblemático.

Pero tampoco va a ser grupo de un solo tema, es más: sus directos son tan compactos que, aunque haya pasajes más reconocibles o admirados que otros, sea el setlist que sea, parece todo compuesto de seguido, como si en una sola tarde, de una sentada, atropelladamente pero de manera precisa, hubieran compuesto todos los temas; enlazados entre sí uno detrás de otro, como si fueran un todo radical de sonido, matemáticas y ritmo. Es la fórmula de Battles.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

PRIMAVERA CLUB (Barcelona). DÍA 4 Y FINAL



SÁBADO 26 DE NOVIEMBRE. DÍA 4 Y FINAL.

Desde el principio sabíamos que el día más duro iba a ser el viernes, y que una vez pasada la etapa reina, el final del Festival ya sería mucho más tranquilo y sosegado. No obstante, aún quedaba buenas excusas para acercarse a alguno de los recintos, pero ante la (bendita) sobredosis de música en directo que sufrí la noche del viernes, opté por asistir solo a la sesión nocturna de la Sala Apolo. El menú: Superchunk, Com Truise y James Lavelle. Ignoraba entonces que ese, el del genio creador del selo Mo’ Wax, iba a ser mi último concierto en esta edición del Primavera Club, pues ayer domingo finalmente no pude asistir a ninguno por fuerzas mayores; lo siento fundamentalmente por los Autumn Comets y por EMA, pero otra vez será: uno de los atractivos de este festival, de hecho, radica en saber que los grupos que ves, seguramente, darán tanto de que hablar que puedes contar con la certeza de volver a verlos pronto, y probablemente en escenarios aún más grandes.

Con todo, mi última jornada en el Primavera Club no fue en absoluto decepcionante. Era difícil, si no imposible, superar en calidad y cantidad a la anterior noche, pero aún quedaban algunas sorpresas por darse a conocer. No fueron, obviamente, los veteranos Superchunk, que dieron un concierto de esos en los que la tregua está vetada, y el decaimiento proscrito. La banda de Mac McCaughan repitió su fórmula de guitarreos incesantes y ritmos calientes con ciertas inercias que limitan su abanico de sonidos. De todas formas, el público disfrutó de lo lindo en las primeras filas, porque todas las canciones aportan la misma cantidad de adrenalina vitaminada a quien se acerque lo suficiente. El problema es que da la sensación de que en pocos minutos lo han mostrado ya todo, cuando en otros conciertos cortos parece que apenas ha dado tiempo a vislumbrar la punta del iceberg del sonido de bandas más interesantes. Pienso en Sleep ∞ Over, Still Corners y Unknown Mortal Orchestra fundamentalmente.

El descubrimiento fue otro, y tiene nombre de celebridad: Com Truise. He de reconocer que iba sin tener absolutamente ninguna idea de lo que era esto, pero cuando te fías de una productora, o de una promotora como Primavera Sound, puedes ir tranquilo a casi cualquier cosa. El escenario lo ocupaba una extraña pareja: un hombre pinchando a la derecha, mezclando y haciendo electrónica, y otro al fondo tocando la batería. La propuesta estaba clara: electrónica con base instrumental. Después me enteré que la pareja era en realidad un solo tío, Seth Hayle, el que pinchaba, y que el batería debía acompañarle en las giras. Lástima, porque creo que es el mejor batería que he visto en mi vida; al menos técnicamente. Una batería tipo Battles. Su pegada, seca y aritmética, casi informática, era milimétricamente igual una a la otra. Digo que Com Truise es un solo tío porque ese batería no era humano.

Después, su música tiene algo inusual y atractivo, pero no sabría decir el qué. Visto en directo, su aspecto transmitía lo mismo que Jay y Bob el Silencioso: la capacidad de dibujar con pinceladas aparentemente absurdas, un universo entero lleno de jugo y juego. La música de Hayle tiene el sello de sus ideas imprimida en cada nota. Ideas sencillas, con un punto infantil ochentero, pero con coherencia y empaque, y articuladas con la laboriosidad del artesano. La electrónica de Com Truise parece incluso analógica, es una mecánica abierta en la que uno entra sin dificultad, y se mueve como si caminara a través de esas ruedecitas que hay dentro de los relojes. Es como la música mejorada de un videojuego retro. Pero todo un descubrimiento, y una experiencia en directo.

Mi último objetivo del sábado era comprobar qué iba a sonar exactamente de UNKLE. El representante era célebre, nada menos que James Lavalle, creador del sello Mo’ Wax con tan solo 18 años, y productor de joyas como el …Entroducing de Dj Shadow. Pero quien esperase, como yo, algo de aquel fantástico Psyence Fiction, que editó en 1998, saldría decepcionado. No hay duda que el gusto musical de este productor ha dado importantes frutos a la música electrónica, y era evidente también que el hombre es un profesional de la marcha, de las sesiones y del rollo electrónica-garito. Pero su repertorio se hizo entrecortado, con demasiados momentos de inesperados frenazos y subidones algo descafeinados. Tampoco el público parecía responder como era debido. Más allá de las primeras filas, donde el panorama no era mucho más alentador, se generalizaba el murmullo de las conversaciones. Las copas le empezaban a ganar la partida a la cerveza, y el ambiente, de pronto, dejó de ser el de un concierto.

Me fui de Apolo más que satisfecho el sábado noche. Saciadas con creces todas mis expectativas, y sabiendo por seguro que ya nada me seguiría sumando en calidad, di por cerrada la cuarta jornada. Sin saberlo había dado por cerrado el Festival entero, pero en realidad desde el viernes noche esta en paz conmigo mismo. Conocía a pocos grupos antes de que comenzara, y ninguna me ha decepcionado lo más mínimo; es más, sigo opinando que muchos van a dar el pelotazo en breve. Pero lo mejor, como en cada edición que organiza Primavera, es que sales con el bolsón lleno de nuevos sonidos que antes no podías ni imaginar, nuevos grupos que te han conquistado donde más lo valoramos los buenos consumidores de música: en el escenario, donde se forjan las verdaderas leyendas.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Playlist del Primavera Club 2011 en Spotify.

PRIMAVERA CLUB (Barcelona). DÍA 3




VIERNES 25 DE NOVIEMBRE. DÍA 3

Y al tercer día llegó la tralla. Quien fuera un poco ambicioso podía disfrutar de unos 8 conciertos, repartidos, esta vez sí, por todas las sedes que se han prestado a participar en el Festival. Metros, taxis, transbordos imposibles para cambiar de sala en tiempo record: esto ya sí era el Primavera Club. Una jornada dura e intensa, pero muy bien recompensada. Vimos, en mi opinión, varios de los mejores conciertos del Festival. Algunos sorprendieron, muchos no defraudaron, pero otras lo que hicieron fue destrozar la pana.

Mi jornada de 9 horas comenzó en la sala Moog, viendo a Los Eterno. Es una auténtica delicia entrar en el mundo que crean estos cuatro músicos, cargado de extraños pasajes de rock jazzístico instrumental, intrigantes y sigilosos, fabricados con una soltura abrumadora. Daba pena ver a solo 20 o 30 espectadores en un concierto tan bueno, pero Los Eterno son capaces de transmitir y regalarnos, a cada uno de nosotros, una procesión musical que va por dentro. Poco importa que seamos 20 o 2000: en sus recitales solo están ellos y tú, y esa bonita sensación de mañana tranquila, de esas en las que te puedes parar a mirar cómo se eleva el humo del café, mientras el mero hecho de poder pensar en ti mismo te hace feliz. Presentaron en sociedad su primer trabajo, Eterno Saludo Musical, como si fueran piezas de tetris, cambiando de instrumentos como si fuera fácil moverse en el pequeño escenario de la sala Moog.

Había riesgo real de no salir de aquellos mundos; yo, al menos, no quería, pero el viaje a través de lo onírico tenía otra parada obligatoria: Still Cornars tocaban en el Casino del Poblenou, y hasta allí fuimos en taxi. La banda de Londres, pese a un incomprensible problema logístico (al parecer habían perdido material, y un miembro de la banda ni siquiera tocó), dio un concierto muy refinado y esperanzador. Lo cierto es que su dreampop suena más cálido aún en directo; de hecho, Tessa Murray tardó en calentar, pero cuando lo hizo, todas las miradas se lanzaron a tratar de desvelar el secreto que escondía tras esa aterciopelada y espesa melena rubia. El dulce atractivo y la sensualidad bien contendía de su voz se proyectan sobre el acompañamiento musical del resto de la banda de tal manera que parece que brotaron instrumentos a la vera de su llanto, como si un día las estrellas hubieran decidido que Tessa no volviera a cantar nunca sola.

Still Corners abrieron una noche espectacular en el Casino, aunque el orden no fuera el más acertado. Porque aunque Girls, probablemente, fuera la banda que más público atraería, después de St. Vincent no podía sonar nada más, porque conseguiría devaluarlo. Y así fue.

En un marcadísimo contraste estético con Tessa Murray, el atractivo y el carácter de Annie Clark rebasó todas las expectativas. St. Vincent es ella de una manera casi tiránica: tira de las riendas de la banda como la mejor de las amazonas, con rabia, con vocación de demoníaca y angelical estrella del rock. A lo mejor es que esta chica me pone, pero para mí, hasta ahora, no hay duda que ha hecho el mejor concierto de lo que va de Primavera Club. Solo PJ Harvey me ha hecho sentir así como espectador, y aunque la música de Clark sea más cañera y aún más deudora del sonido rockero de los ’90, va camino de llenar estadios, como hace Polly Jean, de enamorados espectadores. Presentó su último Cd, Strange Mercy, de manera casi íntegra, e incluso se marcó una versión de The Pop Group, en un setlist preparado para triunfar: St. Vincent sabe combinar las toneladas de energía y extroversión de, por ejemplo, Chloe In The Afternoon, con la preciosa y abierta intimidad de Champagne Year.

Para muchos puede que no fuera un descubrimiento, pero sorprendió lo maduro que está el producto, lo atronadora que es la forma que tiene de meterse al público en el bolsillo, y lo mucho que llena su sonido un emplazamiento tan exigente como es el Casino. Lo malo es que después de algo así, Girls nos pareció al principio una banda más, una entre las miles que hay como ellos. Pero no hicieron para nada un mal concierto, es más: demostraron que van camino de ser los próximo Kooks, o lo más parecido a Pavement desde Wilco o Real Estate. Pero daba la impresión de que su vocación traiciona a su origen, creciendo en una escena indie que pronto los verá partir hacia públicos más multitudinarios, menos exigentes, donde no les costará destacar. No obstante, Christopher Owens y Chet “JR” White, con una puesta en escena limpia y preciosista, demostraron una compenetración fuera de toda duda: se buscaban constantemente, se entendían, y hacían fluir su música, eso sí, con delicadeza y perfección. Grupos así de pulidos, con la escasa trayectoria que todavía llevan, no se ven todos los días. Pero no había manera: Annie Clark seguía en nuestros corazones (si fuera futbolista, jugaría en el Barça).

Y como todo ser humano necesita comer en algún momento a lo largo del día, decidimos entrar en Unknown Mortal Orchestra con el estómago lleno. Pequeño error, porque entramos con el show a medias, y no era de esos que te puedes perder. El trío encabezado por Ruban Nielson tiene un estilo muy particular, desmelenado con respecto al estudio, potente y contagioso. Sus melodías tienen algo de enrevesado y tortuoso: son como el camino difícil a una meta, cuando desechas las formas convencionales. En su sonido cabe algo de funky, todos los años ’70, y un ritmo envenenado que seduce con movimientos nunca vistos. Y no, no hay ninguna chica cantando, es que es así la voz de Ruban, un tipo neozelandés afincado en Portland que agarra la guitarra como si fuera un fusil, pero que sabe muy bien qué hacer con ella.

A partir de ahí, mi representación en el Festival fue circunstancial, poco más que presencial. Empezaba a sufrir un leve entumecimiento auditivo, y lo que vi de Stephen Malkmus and The Jicks apenas me pareció un indie paradigmático de obligada escucha a partir del próximo lunes. Reconocí en ellos fórmulas que me hicieron pensar en Yo La Tengo, y en consecuencia, en el próximo Primavera Sound. Era la hora de cambiar de tercio, y Shabazz Palaces se planteaba como la mejor alternativa imaginable. El veterano rapero de Seattle se ha reinventado en un estilo más oscuro y alternativo de lo que es habitual en el género, y pese a sufrir problemas técnicos y reunir a relativamente poca gente, mostró un directo muy seguro de sí mismo. No consiguió convencerme de que en algún caso pudiera considerársele como un nuevo gurú del hip-hop, pero se aventura por caminos que lo harán, con el paso de los discos, muy reconocible.

Mi último aliento lo reservé para Givers, y mereció la pena. ¡Qué energía desprenden estos muchachos de Louisiana! Son un quinteto multi-instrumentalista Y ultra-percusionista que no para de saltar y reír: se empujan, se tiran al suelo, ponen caras divertidas, y mientras tanto ofrecen un rock vitalista que hace bailar a las flores, imprevisible, despreocupado y siempre fresco. Recuerdan un poco a Arcade Fire, con ese acento folk que no sabes bien de dónde viene, y que probablemente se haya forjado en la carretera, como pasaba con los buenos juglares: aquellos que tan bien retrató Bergman en El séptimo sello. Givers darán mucho juego, prometen espectáculos de humor radiante. Ha sido, sin duda, otra de las grandes noticias de esta edición del Primavera Club. A mí, además, me infundió fuerzas extra necesarias para enfrentarme al largo camino a casa. Mañana más, no sé si mejor, pero seguro que habrá nuevas sorpresas.


PRIMAVERA CLUB (Barcelona). DÍA 2



JUEVES 24 DE NOVIEMBRE. DÍA 2

Segunda tarde-noche de actividad en el Primavera Club; más relajada incluso que la primera. La experiencia nos aconseja administrar bien las fuerzas para tantos días de conciertos, y para ayer, realmente, me marqué un único objetivo doble: dejarme arrastrar por la marea triposa, primero de Pure X, y después por la de Sleep ∞ Over. Dos bandas de Austin (Tejas) hermanadas por un semejante concepto musical, pero que mostraron dos directos bien distintos.

En los primeros corrillos vespertinos aún coleaba el nombre de Charles Bradley: las sonrisas se desplegaban orgullosas en aquellos que lo habían visto mientras trataban de transmitir algo de la magia vista en aquel negro que cambió los fogones por escenarios como el de la sala Apolo. Pero la cosa iba a ser bien distinta para mí en la segunda jornada de Festival: el epicentro de sonido por el que ayer me decanté fluctuó entre el dreampop experimental y el shoegaze electrónico, decelerado y cavernoso, que se diluye en el eco de su propia sombra. Una jornada, esta segunda, en la que también tocaron Capitán, Jeff The Brotherhood, The Pop Group y R. Stevie Moore

En total disfruté de poco más de una hora de música, pero bajo el encanto de semejantes bandas el tiempo se altera de tal manera que un tema te puede parecer un disco, y un directo de media hora una escasa toma de contacto. Con Pure X aún fue suficiente, porque como era de imaginar, en directo, sus notas se diluyen entre el humo y la nebulosa invadiendo hasta el último centímetro de sala, hasta las motas de polvo suspendidas en el vacío. Nate Grace toca la guitarra de manera lánguida y casi incorpórea, experimenta con su propio sonido con un aparato del que no se aleja demasiado, y canta con aquel hilo de voz, convertido en un lamento, tan característico de gente como Slowdive o Bethany Curve: un susurro granulado que tiene irresistiblemente al agudo para huir de la planicie. Con él iba también el bajista Jesse Jenkins y, dicen, que Austin Younhblood, el batería, pero casi nadie le vio entre tanta neblina descolorida y tan poca luz. Más tarde, eso sí, compartieron éstos dos últimos escenario con las chicas de Sleep ∞ Over, y entonces todo se aclaró un poquito.


A tenor de lo escuchado en sus respectivos primeros álbumes, todo hacía pensar que Pure X iba a ser un sonido algo más concreto que el de la banda de Steffanie Franciotti, pero fue justo lo contrario. Tampoco es que fuera el paradigma de la definición afinada y precisa, pero desde luego el de Sleep ∞ Over resultó ser un concierto mucho menos encriptado. El sonido poroso y pausado del Pleasure se transforma levemente para el directo, para exponer figuras musicales de un atractivo indudable, y bastante más definidas. Curiosamente, al contrario que con Pure X, parece más fácil la escucha de esta otra banda de Austin en concierto que dándole al play en nuestros reproductores.

 Franciotti es una mujer peculiar, de larga melena rizada, caderas poderosas y un delicado rostro que esconde una tremenda pasión por lo que hace; canta como desde otra dimensión, como si su cuerpo estuviera aquí, pero su alma, el origen de toda la música que crea, estuviera a cientos de años luz. Un sonido espectral que, sin embargo, contrastaba bastante con la estética medio hortera y extravagante de, al menos, las dos chicas de cabecera. Porque junto Steffanie Franciotti, que tocaba el teclado, se movía la guitarrista Christine Aprile, de reciente incorporación al proyecto: dos figuras que no podían ser más distintas. Eran como el Boo bueno y el Boo malo del final de Dragon Ball, pero sin duda es una pareja que dará mucho que halar de aquí en adelante.

Para sorpresa de todos, el conciertazo que estaban dando las Sleep ∞ Over se cortó en seco, cuando más cálido era el ambiente. Pocos nos explicábamos por qué solo habían tocado media hora, y salimos de allí con demasiado tiempo de espera hasta el próximo concierto. Así de malacostumbrados estamos; así de bien nos han malacostumbrado los de Primavera Sound. Una cena un poco extensa, una desconexión demasiado larga, y a la vuelta al Festival ya nos encontramos con el primer cartel de aforo completo. Finalmente sí pudimos ver un poco al señor Moore, y otro poco a The Pop Group, pero a mí, al menos, la tropa de Austin me había marcado ya el camino a casa, y me sugerían que lo hiciese levitando.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Playlist del Primavera Club 2011 en Spotify.

PRIMAVERA CLUB (Barcelona). DÍA 1



MIÉRCOLES 23 DE NOVIEMBRE. DÍA 1

Primer día de Primavera Club, el más liviano de la semana. De hecho, ayer ni siquiera había que coger el metro: todo, los 5 conciertos que daban el pistoletazo de salida al Festival, se repartieron entre La2 y la sala principal del Apolo; y lo mismo sucederá hoy. Para el fin de semana quedan los platos más fuertes, las agendas llenas de horarios, nombres y flechas, y el estresante correcalles de cambiar de sala a contrarreloj. Ayer era un día para entrar en calor; para recoger la pulsera y el horario oficial, para ir marcando la hoja de ruta y, sobre todo, para tomar las primeras cañas con quien el destino te hubiera asignado como compañero de festival.

Coincidiendo con el arranque del Barça en San Siro, es decir, con un poco de retraso sobre lo pactado, se puso en marcha la nueva entrega otoñal del Primavera Sound. El escenario grande abrió con los Tigercats, pero decidimos apostar por el producto nacional y fuimos a hacer bulto a Villarroel. El cuarteto barcelonés anda algo corto de carisma: insegura y tímida, la banda nos dejó ver solo un poquito del encanto que tiene su rock sedoso y blando. Un pop elegante al que le faltaron tablas y la desenvoltura mínima que tienen aquellos grupos que sí se lo creen. El público, además, seguía llegando a cuentagotas.

A quien no le faltó soltura, sin embargo, fue a Little Barrie. El trío de Nothingham sonó compacto y directo; sonaron cañeros y canallas, con un marcadísimo acento brit-rocker, cocido en garaje, de botas de punta y chupa. Su estilo, echándole imaginación, respondería a la atómica mezcla de Black Rebel con, por ejemplo, los Kula Shaker, Supergrass, o los mismísmos Stone Roses. La formación destaca por el contraste: el inmovilismo del bajo y la pinta y el trabajo totémico del batería hacen que la vista se vaya, irremisiblemente, hacia Barrie Cadogan, un cantante y guitarrista que, si no ha vivido los ’70, al menos, una anterior reencarnación suya apuesto a que sí. Lo malo es que viéndoles ahí, a uno se le antojaba bajarlos a la sala 2, a un hábitat más íntimo y acorde del que sí disfrutaron los Veronica Falls.

Como era de esperar, a medida que avanzaba la noche los conciertos registraban una mayor afluencia. Y de entre todos los grupos de ayer, seguramente Veronica Falls era el más esperado. Con el poquito material que hasta ahora han editado, cualquiera diría que este cuarteto londinense lleva años tocando; es más, podría pensarse que nos hacía una visita, a través del tiempo, una de aquellas míticas bandas de los últimos ’80 y primeros ’90 que lograron popularizar la oscuridad del shoegaze en el Reino Unido. Su álbum de debut tiene detalles que recuerdan a Pale Saints, pero no parece que entre las capas de guitarras y bajo haya tanta profundidad. Sus melodías esconden la necesidad implícita de sustentarse en un ritmo atropellado y simple, aquel que se ganó a pulso el paradójico apelativo de pop-punk.

Pero los Veronica Falls son humildes: no rebuscan donde no sabrían encontrar. Ayer Roxanne cantó con esa educación naturalista que tanto gusta, hablándonos de tú a tú, demostrando que en la música, muchas veces, tan solo es cuestión de voluntad. Y no es que cante mal, de hecho las voces, a veces en dúo con James, el otro guitarrista, son el destello de escape en la melodía, el elemento diferenciador y más identificativo de la banda.  Detalles que convierten simples canciones en hits demandados por el público. Anoche, sin ir más lejos, el grupo accedió a tocar Misery a petición única de una chica de la primera fila.

Otra cosa bien distinta era lo que se cocía en la sala principal del Apolo. Salir de Veronica Falls para meterte en el concierto de Charles Bradley era hacerle un flaco favor a los ingleses. La voz de Roxanne era un hilillo de agua de grifo en la memoria comparada con el torrente negro y áspero de este cocinero norteamericano reconvertido a músico a sus más de 60 años. Con una presencia imponente, una estética anclada a una época que ya pasó, pero que nunca pasará de moda, y una banda que ya la quisiera para sí Eli ‘Paperboy’ Reed, Bradley nos enseñó qué es eso del soul. Viéndole cantar solo podía pensar en cómo serían los conciertos de Marvin Gaye, Wilson Pickett o Aretha Franklin. Gargantas infinitas donde se cura todo el dolor de la estirpe negra.

Y el soul de Charles Bradley es de esos que te llegan. Son eternas declaraciones de amor verídicas; sus canciones son una mirada sincera que te dice que te ama al minuto de haberte conocido. Son una sonrisa encantadora que exhala seguridad y confianza. Y esto ya casi nadie se lo quiso perder. El cierre del primer día de Primavera Club no pudo ser mejor: negros que cantan como solo ellos saben, metros que llegan puntuales, y una cena ligera y temprana a la que poder aferrarse para que el sueño no venza a esa impagable y confusa sensación de satisfacción e ilusión. Satisfacción por lo visto, e ilusión porque aún no hemos visto nada. O casi nada. 

Fotos de Pablo Luna Chao.