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CALEXICO. Barcelona, 11-11-2012



Una casa de puertas abiertas.

Repasando esta mañana los motivos por los cuales el concierto de anoche de Calexico en la sala Apolo me pareció tan sobresaliente, me he dado cuenta de que, en el fondo, tampoco me sorprendieron tanto. Pero no porque esperara más de ellos, sino por todo lo contrario: de Calexico ya no sorprende la asombrosa capacidad cinemática, estilística y de hacer de la música el arte del encuentro entre gentes y culturas distintas; ni la extraordinaria variedad de instrumentos que complementan al dúo original, en continuas explosiones étnicas y rítmicas; ni, por supuesto, el impresionante peso que tienen Convertino y Burns, veterano cada uno en su papel, sobre el escenario. Por eso verlos en directo, por fin, más que admiración o sorpresa, lo que genera es algo parecido al cumplimiento de un sueño recurrente, tantas veces idealizado, que se hace realidad tal y como siempre lo habíamos imaginado: familiar, pero igualmente maravilloso.

Debe ser así cada vez, ya que la casa de Calexico está allá donde van, porque es la música misma; y siempre tendrá las puertas abiertas para convidados sonrientes. Ayer montaron una noche espectacular, de plena conexión con un público entregado, incluyéndonos a todos en una comunidad, la suya, que cuenta con amigos y colaboradores en cada ciudad que pisan. Compartió escenario con ellos Amparo Sánchez, por ser Barcelona, e interpretaron canciones juntos que forman parte de la historia de ambos. Dejaron ver, además, como buenos anfitriones de un hogar como el suyo, todos los rincones de su obra, y presentaron lo justo de su último trabajo, Algiers (ANTI-, 2012), perfectamente diluido en un repertorio mucho más amplio y ambicioso basado en el abanico de ritmos que tan bien dominan, desde lo alto de la América hispanohablante, los de Tucson.

Pioneros en la re-conceptualización del folk desde mediados de los ’90 (sin incluir su etapa en Giant Sand), Convertino y Burns han hecho carrera al borde de la frontera más extensa del mundo, demostrando en cada trabajo su ascendencia anglosajona, su admiración por la cultura mejicana, y una capacidad sincrética difícilmente comparable, incluso dentro del panorama neofolk. Tal vez porque, en cierto modo, esta banda no atiende solo a las tradiciones musicales que conoce, sino que intenta remontarse y reunir a toda la familia descendente de la música española, de la criolla desarrollada en cada sitio conquistado, reconquistado y mezclado, en el interior de su propio sonido: en el salón de un hogar que siempre se mueve al ritmo patriarcal de John Convertino, y bajo el acogedor tono de voz de Joey Burns.

Ayer montaron y abrieron la Casa de Calexico en el escenario de la sala Apolo, en un concierto organizado por Live Nation, y teloneado por Blind Pilot, unos amigos de Oregón con los que, ya en los bises y a viva voz, interpretó Burns Look At Miss Ohio, de Gillian Welch. Fue, con toda certeza, el momento emotivo más íntimo de la noche. Porque el resto, 20 canciones repartidas en dos horas, fueron pura extroversión. Y no solo porque en el setlist no quedara apenas hueco para el tipo de balada bajo el sol del desierto de Calexico, al margen de Para, hacia la media hora, y de The Vanishing Mind, con la que acabaron el concierto. Sino porque tal vez sea imposible o contradictorio emitir un sonido eminentemente solitario (el de canciones como Black Heart o Fortune Teller, por ejemplo, que sí sonaron en Madrid), con tanta gente, y tan buena, en el escenario. Es demasiado buena la compañía como para que pasen inadvertidos, así que, ¿para qué esconderlos? ¡Qué pasen todos y sean protagonistas!

Porque lo de Calexico es otra historia: del dúo original se ha conformado una banda estable, pero además, lo han hecho desde una concepción totalmente orquestal que ya se respiraba en los Cds. Puede que todo parta de una batería, una voz y una guitarra acústica, con una gran composición en bruto, pero se le suman nada menos que un contrabajo, un xilófono de los que tienen tubos por debajo, cientos de teclados, eléctricas, españolas, un acordeón, maracas, una steel guitar que maneja Jairo Zavala (de DePedro y Vacazul) como si hubiera nacido en Arkansas, y ese par de trompetones que tan bien remarcan el carácter festivo y de celebración que propuso ayer Calexico. Abrieron con Epic, pero en seguida demostraron por dónde querían ir: a través de Across The Wire, de Minas de Cobre y, en un final que podía haberse dilatado horas, con Alone Again Or, Puerto y Güero Canelo, hacia la gran orquesta del mestizaje. Incluso en la vertiente rumba-funk-rock de Crystal Frontier, en los bises, con un Zavala estelar.

No obstante, no resulta casual que empezaran y acabaran como lo hacen en su último trabajo. Lo tocaron de manera esencial, escogiendo muy bien qué temas y cuándo ponerlos; integrando a la perfección, por ejemplo, Maybe On Monday entre Sunken Waltz, Two Silver Trees, Victor Jara’s Hand y All Systems Red, varillas maestras del abanico de sonidos de Calexico. O Para, justo después de que Amparo les ayudase con Roka y Muchacho, antes de Minas de Cobre, y de que volviera la ex de Amparanoia a cantar Inspiración. Pero en absoluto el concierto se centró en Algiers: fue la expresión más festiva e incisiva del alma visible de la banda, tirando de grandes hitos del Carried To Dust (Quarterstick, 2008), del Garden Ruin (Qaurterstick, 2006) y el Feast Of Wire (Quarterstick, 2003), e incluso del The Black Light (Quarterstick, 1998).

Demuestran, ante todo, mucha complicidad. Entre todo ellos, con sus invitados y colaboradores, y tratan de establecerlo también con el público. En su repertorio había espacio para el lucimiento de todos los instrumentos; y así, a la hora de presentar Burns a su banda, los aplausos se repartieron equitativos entre todos ellos. Pero de aquel alma visible del que hablaba antes, o de ese hogar acogedor que propician entre todos, sobresale callada la figura perenne de John Convertino. Omnipresente en el pulso de cada punteo o lamento de steel, y en cada ritmo, sea de donde sea, dirigió este auténtico conciertazo desde el ángulo derecho del escenario, siempre cerca de Burns. Son los responsables de una música que le ha dado a las fronteras un significado completamente distinto: el de la unión. Hasta bendijeron a una pareja (pensamos que) en luna de miel que se acercó al escenario, invitándolos a champán. El mundo sería un lugar mucho más armonioso y alegre si fuera siempre un concierto de Calexico.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Escucha el setlist (casi entero) del concierto en Spotify.

O Míralo aquí!)

LOTUS PLAZA (Barcelona, 07-11-2012)



Como una fábrica de tejidos.

Resulta curioso lo poco identificables que son, por lo general, los componentes de los grupos, incluso los de los más icónicos, cuando no les vemos en su contexto habitual. Probablemente si nos cruzáramos por la calle a Robert Smith nos daríamos cuenta; pero la cosa cambia, y es normal, si se trata de, yo que sé, del batería de Sigur Rós, o del bajista de Radiohead, o del de Wilco. E incluso en su contexto natural, como un escenario, muchas veces ni siquiera nos vale con sus nombres de pila. Habría que tener mucha memoria, más allá de las fijaciones concretas, que existen. Por ejemplo, si nos dicen que Lockett Pundt da un concierto, es probable que nos quedemos igual que si nos dicen Fulanito Pérez; si te dicen Lotus Plaza, el nombre de su nuevo proyecto, ya puede que te suene un poco; pero ahora, si te dicen que es el otro guitarrista de Deerhunter, el que no es Bradford Cox, entonces vas corriendo porque piensas que se pueden acabar las entradas.

Pero no fue así. Tal vez por la concurrencia de conciertos (The Walkmen, Boys Noize, Blind Melon...), o quizá por lo extremadamente anti-mainstream del evento, recluido en la pequeña sala La[2] de Apolo, que ni siquiera dio visos de llenarse. Primavera Sound preparó esta noche íntima con Lockett Pundt, mientras mantiene el suspense sobre el substituto de Cat Power, cabeza de cartel retirada del mismo tras semanas de rumores, a un mes escaso del Primavera Club: fue sin duda el tema de conversación de todos los corrillos. Y así, en un ambiente extraño dentro del relax, tras la apertura de Gabriel y Vencerás, Lotus Plaza presentó ante el público barcelonés su segundo trabajo, Spooky Action At A Distance (Kranky, 2012), en un concierto denso y frágil a la vez.

Dicen que Pundt se ha quitado el miedo escénico, pero difícilmente podrá deshacerse de su aspecto de chico bueno: lidera un grupo de cinco que parece recién salido de la clase de química, con jersey de rayas, bien peinado, cara de no haber roto un plato en su vida; y anillo de casado a los 30. Es la parte pulcra y ordenada de Deerhunter. Anoche, en un directo pop-noise total, demostró cómo crea esa capa de espesa guitarra, translúcida y brillante, y cómo la deja crecer en la inercia, sin llegar a tocar ni un pelo la psicodelia, el caos o el desorden más mínimo. Domó un sonido que puede llegar a ahogarse en sí mismo, limó estridencias constantemente y completó el itinerario debido en cada canción, pero no logró imponerse sobre el escenario y las circunstancias. Resultó, pese a la condensación y al correcto funcionamiento de la música propiamente dicha, un directo un tanto frío, además de corto.

De su amigo Cox se le han pegado cosas. Coexisten en universos paralelos, afinados en la misma frecuencia, aunque Pundt no parece tan versátil a la hora de sumar notas y melodías a esas bases atmosféricas que tan plenamente domina. Reconocemos en Lotus Plaza el mismo discurrir que Deerhunter sí tiene y Atlas Sound no. Pero esa aceptación del feísmo y de la imperfección que se permite en Lotus Plaza, cantando como le viene, no casa con la imagen que da de chico bueno con pánico al ridículo. Es curiosa la especie de sana necesidad musical que se tienen el uno del otro, al rededor de la banda nodriza, sin que eso afecte a sus respectivas personalidades creativas; la de Pundt es innegable, pero le falta bastante carisma.

Lotus Plaza desplegó anoche toda la gama de materiales textiles en la textura de las capas resultantes de un bajo, un teclado, una guitarra que casi redobla al primero, y otra, la de Pundt, que planea con punteos básicos, repetitivos, y de pincelada gorda. Su destacada aportación al sonido de la banda consiste en ese firme discurrir sedoso, casi líquido, que puede ser concreto y directo como en White Galactic One o Stranger, o que puede alargarse diez minutos como en Come Back, temas con los que abrió el recital. Podría decirse que su música es la sonoridad pacífica de una corriente de agua, de un torrente que baja lento, en apariencia, pero que esconde fuertes mareas por debajo de la superficie. Tal vez apreciable solo por aquellos que perderían una tarde entera viendo transcurrir la vida en la orilla de una río.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

GODSPEED YOU! BLACK EMPEROR. Barcelona, 31-10-2012



Esto no es una crónica.

Hace unos años leí en un artículo completísimo de El País Semanal que aun a estas alturas de la historia se puede considerar que al rededor del 95% de la población mundial es, de algún modo, creyente de alguna religión o practicante de un sistema de creencias colectivo. El ateísmo sigue siendo una extraordinaria rareza, y el proceso de secularización, anunciado ya por Maquiavelo en el siglo XVI y casi certificado por Nietzsche en el XIX, o es una es una gran falacia, o su ritmo es tan lento que apenas ha avanzado en cinco siglos. El humano es un ser creyente por naturaleza, o al menos tiende a buscar cobijo para su alma mortal bajo algo inmenso que le supere y que sea eterno. Y aunque no sean más que creaciones o proyecciones suyas, los Dioses o las fuentes de fe a las que se venera, no dejan de adquirir verdadera entidad: son reales e inconmensurables.

Puede que la mayoría de los que asistimos ayer al concierto de Godspeed You! Black Emperor en la barcelonesa sala Apolo nunca hayamos participado en una misa, o en una ceremonia de cualquier religión, al menos creyéndonoslo; pero reconocemos su poder de sugestión, ya que, en cierto modo, tuvimos también nuestra propia liturgia. Los canadienses no son una banda al uso: 8 músicos, 0 micrófonos, un sexteto de cuerda electrificada y dos baterías; un sonido que lleva al extremo el concepto de post-rock instrumental progresivo, y que consigue hipnotizarnos en directo como si estuviéramos viendo la revelación. Si los discos de Godspeed You! Black Emperor son como libros sagrados, de lectura ritual íntima, sus conciertos son ceremonias que celebran el misterio.

Podía cuadrar todo a la perfección en una profecía maya: luna casi llena, noche de Halloween, año 2012, y los Godspeed You! Black Empeor que vuelven a los escenarios, y con disco nuevo. Parece la última señal que anuncia el apocalipsis: hoy podría ser el último día de muertos. De modo que la noche prometía. El halo de desconocimiento y excepcionalidad que envuelve a este colectivo canadiense provoca que el público respete sus tiempos, su nula interacción con el público a nivel personal y que se sienta parte integrante de un acto conjunto de sometimiento a algo más grande. Pienso que ellos mismos re rinden ante lo que son capaces de crear, y así en la música, a modo de iglesia, nos unimos todos: predicadores y nosotros, simples devotos, rehuyendo ellos el protagonismo.

Dead Rat Orchestra fueron los teloneros, y tras unos buenos 5 minutos de sonido en frecuencia descorcha-chakras, que ya era parte del concierto, los Godspeed You! Black Emperor fueron apareciendo poco a poco sobre un escenario lleno de instrumentos, pedales y conexiones de todo tipo. Ellos mismos habían afinado previamente, y lo habían dispuesto todo en semicírculo, de cara al público pero ignorándolo. Y entonces empezó todo. Personalmente no me importó lo que tocaron, ni voy a decir que esto o lo otro sonó mejor o peor, sencillamente porque me sobrecogieron, y mi opinión está alienada. Pero fueron 2 horas de increíble éxtasis musical, un derramamiento orquestal de progresiones, armonías y un constante homenaje al caos, observado en su esencia, y traducido a un lenguaje métrico monumental y terriblemente profundo.

Tampoco creo que haya que ahondar demasiado en quiénes son, ya que se mantienen al margen de la farándula de la mercadotecnia. Solo importa que dan voz a dos bajos, tres guitarras, dos baterías, un violín y un contrabajo (uno de los bajistas), y que sus canciones, de 15 minutos de media, parece que nacen en las nebulosas del Big Bang para morir más allá del fin de la raza humana, cuando el universo se disuelva lánguido en sí mismo. Y nos dejamos arrastrar por sus subidas y bajadas, confiando en ellos como Dante en Virgilio para visitar los infiernos, luego el purgatorio y, con un poco de suerte, para salir de Apolo como quien asciende al paraíso: en una nube, y repleto de una rebosante y agridulce sensación de fe y esperanza.

Hay algo oscuro, poderoso y bestial entre las sombras que proyecta la música de Godspeed You! Black Emperor: algo que parece desenmascarar una dramática verdad que hay en todos nosotros, y en todo cuanto nos rodea. Parecen conectar con la frecuencia de lo inexplicable, y se postulan como nexo de unión entre el suelo y lo que hay más allá del cielo, en el profundo y silencioso abismo del universo, sirviéndonos en bandeja el misterio de la creación, de la existencia, y del inmenso poder que la música y el arte pueden llegar a transmitir. En los albores del Siglo XXI, algunos hemos cambiado a nuestros viejos Dioses de papel por las pequeñas e innumerables piezas de divinidad que son las obras de arte; y a los antiguos mesías por los artistas como Godspeed You! Black Emperor

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

TWIN SHADOW. Barcelona, 29-10-2012



Cuestión de gustos.

Una de las virtudes que más admiro del arte, y de la música en particular, es la inmensa diversidad de gustos que permiten. Cualquier razonamiento crítico o pretendidamente académico puede quedar desarticulado o invalidado con la simple frase “ya, pero me gusta/ya, pero no me gusta”, en sus dos vertientes aceptadas. Y punto. Porque aunque se agradezca una explicación argumentada, viene a ser como el “porque no” de las madres: categórico, algo que hay que respetar sí o sí, aunque no estemos de acuerdo. Luego lo que hacemos los que tratamos de transmitir objetivamente lo visto u oído en palabras, puede estar en sintonía o no con las opiniones de los demás, aunque en el fondo no deje de ser otra más; argumentada, en el mejor de los casos. 

Digo esto porque en ocasiones reseñamos conciertos donde notamos unanimidad en la valoración que el público asistente hace del mismo, y en otras, constatamos cómo a unos les ha gustado y a otros no. Y el concierto que dio ayer en la sala Apolo Twin Shadow, pertenece al segundo grupo. Aunque no deja de ser algo normal, algo que puede pasar, creo que sucede más, por ejemplo, cuando la banda o el sonido no están del todo cuajados o definidos: cuando parte del público, quizá, espera una cosa, y los demás otra. O cuando unos advierten carencias o insuficiencias, y otros las pasan por alto porque simplemente disfrutan con la música. Creo que las hubo, pero no contradeciré a aquél que se lo haya pasado bien.

El concierto lo organizaba Primavera Sound, tras haberlos traído ya a la edición del festival de hace dos años. Muchos venían a refrescar el buen recuerdo que dejó aquí entonces (yo, por el que me dejó ese mismo verano en el Paredes de Coura), y animados por el atractivo continuista de la fórmula de su segundo Cd, Confess (4AD, 2012). Twin Shadow gira en torno al guitarrista y vocalista dominicano (solo de nacimiento) George Lewis Jr., pero tras el pararrayos mediático que es su frontman, hay un grupo bastante interesante, aunque no peguen demasiado entre ellos. Y el tema funcionaba cuando Lewis interaccionaba bien con alguno o con todos los demás de la banda; cuando no quedaban huecos vacíos entre instrumento e instrumento.

Porque por momentos me pareció que el sonido estaba descompensado, que pesaban demasiado la guitarra, el bajo o la batería, y que en varias ocasiones, sobre todo en algunas de las canciones más destacables (como Slow o Castles In The Snow), la propia voz de Lewis quedaba sepultada por alguno de éstos. Increíblemente, ya que resulta quizá el elemento bandera de Twin Shadow. Cuando se le oyó cantar estuvo bien; y a la guitarra también; pero Andy Bauer, a la batería, estuvo sencillamente alucinante. Creativo, flexible y contundente, a la par que sutil y detallista, su aportación al sonido de la banda en directo solo es comparable a la labor estructural de las paredes de un templo como el Taj Mahal o la Basílica de Santa Sofía de Constantinopla. Más allá del magnetismo y la fotogenia de Lewis, mi concierto estuvo allá atrás.

Así que creo que en cierto modo adolecen de una ligera indefinición básica sobre si son un grupo de verdad, o solo una banda que acompaña a un tío con nombre de grupo. La personalidad de Lewis en el centro del escenario, cometarios y engreimiento a parte, es evidente, pero no me ha convencido como líder que favorece la cohesión de su banda: si los demás dan lo mejor de sí mismo, no parece que sea 100% en beneficio del colectivo. Falta compromiso; o eso me pareció leer entre los renglones mudos del pentagrama.

No obstante, como he dicho al principio, creo que esta no es la única lectura posible de la noche. En general, al margen de meticulosidades que pueden olvidarse con un punteo acertado (que los hubo, y muchos) o un tema bien entonado, resultó un concierto intenso y vistoso. Su dream pop sintético sonó duro y fuerte, resultón para un baile entre la pose pseudo-rapera y el romanticón tipo latino norteamericano (Weeknd es el modelo canadiense, con mejor planta), que tan bien representa este George Lewis Jr., que aunque se permite poner en duda prematuramente la nacionalidad compatriota de un asistente, no tiene ni papa de castellano.

Fotos de Pablo Luna Chao.

Versión de Joan Carles Isern en Alta Fidelidad.

Escucha el setlist del concierto en Spotify.
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DJ SHADOW. Barcelona, 27-10-2012



En la noche, el fin justifica los medios.

El único consuelo que suele quedarnos cuando cambian el horario en octubre, dando carpetazo a todo lo que pueda recordarnos que un día hubo calor, playas abarrotadas y el rico dolce far niente del verano, es que, en verdad, aún no ha llegado el invierno. Pero es la confirmación del otoño: la puñetera lógica energética que hará que despidamos al día, a partir de ahora, y hasta finales de marzo, insoportablemente pronto. Y si además, como pasó ayer, resulta que sí hace una noche auténticamente invernal, el ultimísimo consuelo que puede ya quedarnos es el tener un gran plan (porque siempre es sábado) para sacarle partido a esa miserable hora de noche que ganamos. Por suerte, así era; y en Barcelona nos despedimos del verano como se merece: bailando en una sesión de excepción del mismísimo Josh Davis, más conocido como Dj Shadow.

El productor californiano es una eminencia en lo suyo, y la apuesta de Primavera Sound, como siempre, no podía apuntar más abajo. Pero ha pasado quizás demasiado tiempo desde que Davis pariera el Cd que le dio la vuelta a todo el panorama de la electrónica a mediados de los ’90, como para que alguien sea lo suficientemente iluso para creer que un concierto suyo puede sonar a algo parecido. Desde luego conserva muchas cosas, y por momentos se hizo bastante reconocible su sello durante el set, pero aquella etapa acabó hace años. Entroducing..... (Mo Wax, 1996) quedará como un hito, un referente: un punto de partida que tal vez se olvide cuando el hombre se retire. Pero con un material discográfico en clara recesión, por lo menos en cuanto a interés suscitado, y una mentalidad siempre abierta, innovadora y auto-reciclable, la única finalidad que parece que le queda a la música que crea en directo Dj Shadow es casi 100% el baile.

Entonces podríamos pensar que qué maquiavélico es este músico, porque en verdad el fin justificó los medios. El Dj Set que venía a presentar, 'All Basses Covered', pretendía ser un compendio de géneros musicales, confluyentes en las manos y el estilo de Dj Shadow, y con un nexo de unión: los bajos. De modo que durante más de una hora pinchó el californiano, y por sus platos y aparatos de producción pasaron, en efecto, desde el tance al hip-hop instrumental old-school, tocando muchos de los palos de la electrónica, y acabando incluso con unos minutos de drum'n'bass. Pero todo estaba enfocado al movimiento, al beat roto que evita la monotonía en el baile. Nadie esperaba menos, y el público estuvo efervescente durante toda la noche, excitado, y consciente del privilegio que es tener a uno de los mejores y más afamados Djs del mundo pinchando para ti.

Es difícil valorar musicalmente la ejecución del Set que propuso Davis al margen del efecto motor que obviamente provocó. Tal vez ocurra esto en la mayoría de las sesiones, pero en mi opinión es importante que podamos alcanzar a discernir entre lo que es material musical neto y el efectismo que nos invade en una pista de baile, como fue la sala Apolo anoche, cuando un experimentado Dj quiere enloquecer a su público. En este sentido, el concierto de Dj Shadow tuvo altibajos. Fue de menos a más, y pienso que solo impuso claramente su impronta en la última media hora. Tal vez me lo pareció porque Organ Donor, la única canción original, dejó un aroma clásico en es resto de la sesión; o tal vez fue porque, poco a poco, nos íbamos enterando del leitmotiv en que se basaba su Set.

Lo cierto es que puestos a buscarle coherencia interna al desarrollo que propuso Davis ayer en la sala Apolo, la encontrabas. No obstante, es probable que haya que ser un verdadero amante de la electrónica para entender esos matices, porque aunque formalmente resulte contundente, Dj Shadow es un productor muy sutil; adulto: no hace nada de manera explícita aunque lo parezca. En cualquier caso, su sesión empezó y acabó siendo dura, aunque cambiara la densidad por el ritmo; no mostró excesiva riqueza en el uso de la métrica del beat, y en general, dio la sensación de tener más recursos de los que estaba utilizando (abusó, en ocasiones, de la reiteración del mismo efecto o sonido). Fue siempre punzante, incisivo y directo, aunque por momentos (escasos) también plomizo.

Pero todo disgusto es solo porque de Dj Shadow esperamos, sencillamente, lo mejor. En el fondo, al margen de quién fuera el artista que había detrás del sonido que hacía enloquecer, por momentos, al público de Apolo, lo cierto es que fue una hora y media de música electrónica en directo de altísima envergadura. Aunque muchas veces para entenderlo haya que fijarse en la reacción colectiva. Davis, además, estuvo agradecido, hablador y se notó la dedicación que le estaba poniendo a un Set calculado y bien montado. Por momentos, entendíamos que el mismísimo Dj Shadow estaba ahí, esforzándose de manera sincera y comprometida con la única finalidad importaba en aquel momento: bailar, disfrutar, y olvidarse durante unas horas de que el invierno ha llegado.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

RICHARD HAWLEY. Barcelona, 26-10-2012.



No es lo mismo planear que volar.

Richard Hawley está cabreado. No es que se note en su música, que en directo roza la perfección, pero a tenor de comentarios suyos en recientes entrevistas, y de los que hizo anoche en la sala Apolo, sobre todo en relación a las clases pudientes y a su responsabilidad en esta crisis, se diría que ha empuñado la guitarra, ahora más que nunca, para denunciar la injusticia social con mayor furor. Nacido en la minera ciudad de Sheffield en 1967, vivió en primera persona la reconversión industrial y el paro de los ’80 en su país, que tuvo uno de los epicentros más conflictivos precisamente en su ciudad (quién no recuerda Full Monty). Todos le hemos presentado como el gentleman del rock británico, pero en realidad es un contestatario.

Ayer en Barcelona se expresó en esa nueva faceta suya, que le ha llevado, entre otras cosas tal vez más importantes como son el respeto y la devoción del público, a ser candidato al prestigioso Mercury Music Prize británico. Porque Standing At The Sky’s Edge (Parlophone, 2012) ha marcado realmente un punto de inflexión en la carrera de Hawley. Al margen del reconocimiento, su sonido ha ganado en fibra y corpulencia, al tiempo que ha abandonado, en gran medida, su característica entonación crooner: solo en la voz, en esa cavernosa y cautivadora voz que resuena en su propio cuello, se mantiene el imprinting de cantautor a lo Dean Martin. Bueno, y en su aspecto: porque Richard Hawley es un macarra de la vieja escuela, de la de los ’50-’60.

Con chupa lisa de cuero, abrochada casi hasta arriba, tejanos oscuros, botas de piel negra, los restos bien conservados de lo que en su día pudo ser un lustroso tupé, gafas de pasta y un pendiente muy brit en la oreja izquierda, se presentó ayer noche el ex de Pulp ante una abarrotada y satisfecha sala Apolo, en un concierto impecable organizado por la promotora Live Nation. Y a parte de combativo, estuvo hablador, gracioso y enérgico; y todo ello se notó en su música, además del tremendo amor que le pone en su ejecución. Porque Hawley es de esos tipos que, habiendo tratado siempre a la música como si ésta fuera su reina, ahora reciben de ella la gratitud que merecen sin tan siquiera tener que pedirlo. Por eso, quizás, ha despuntado su figura justo ahora: solo porque él lo ha querido así.

Oyéndole en directo mezclar, por ejemplo, Soldier On, logrando que solo el aire acondicionado perturbase el silencio, con Leave Your Body Behind You, paradigma de su nuevo sonido, entendemos que hasta ahora solo ha estado agazapado: que aunque siempre haya dicho lo mismo, tal vez ahora lo está gritando. Para eso se rodea de una banda que le da verdadera consistencia y vertebración, y no el simple arropo de temas como la vieja Hotel Room. Ésta fue interpretada en tercer lugar, tras abrir el concierto con la stoner Standing At The Sky’s Edge y Don’t Stare At The Sun, quedando patente que todo el abanico del de Sheffield se abriría sin complejo alguno, para regocijo del variado público barcelonés. Tocó casi entero su último trabajo, intercalándolo en el bloque central con temas del Truelove’s Gutter (Mute, 2009), haciéndonos flotar a todos.

Entre Remorse Code, una baladaza de diez minutos de su penúltimo Cd, el planeo pre-psicodélico de Time Will Bring You Winter y el encarado guitarreo de Down In The Woods, nos debimos acercar a la experiencia del austriaco ese que ha saltado desde la estratosfera, pero a la inversa. Porque no es lo mismo planear que volar. En esa tríada final, Hawley desvela toda su evolución reciente: del crooner flotante y resguardado tras la pose, al aguerrido guitarrista de cuero, comprometido y cañero; rebosante de materia, de platos y bombos en la batería, y de resonancia en las cuerdas vocales graves. Pero como a pesar de todo sigue siendo un tío galante y nostálgico, volvió en los bises para cerrar con su versión más clásica: Lady Solitude y The Ocean.

El de ayer era el último concierto de una gira británica y europea que empezó a mediados de septiembre. Tal vez, si se cumplen los pronósticos y gana el Mercury, esta sea la última gira no del todo multitudinaria que haga Richard Hawley. Al tiempo. Creí entender que dijo que cuando esté en Sheffield, dentro de una semana, paseando al perro bajo la incesante lluvia, se acordará del público de anoche; y de sus caras, y de la felicidad que emanaban (esto lo pienso yo). Es posible, pero lo que no pongo en duda es el hecho de que la gente que, en efecto, acudió ayer a la sala Apolo, no olvidará en semanas lo que allí aconteció. Incluso las teloneras estuvieron a la altura: el dúo acústico femenino Smoke Fairies nos deleitó durante la espera con un folk suave al estilo de Mazzy Star, dando comienzo a una velada que resultó completamente redonda. 

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

NICOLAS JAAR. Barcelona, 16-09-2012



De cuando Apolo se rindió a los encantos de Nicolas.

No sé a qué iluminado escuché un día soltar la frase: “la música electrónica es como el sexo”. Podría afirmar, sobre todo después de asistir al concierto de ayer de Nicolas Jaar, que hay una importante dosis de verdad en esta afirmación, pero yo matizaría que en realidad solo la buena música electrónica se parece al buen sexo: candente, basada en una métrica cambiante, de intensas y múltiples velocidades, ha de ser sinónimo de conexión entre emisor y destinatario, ahondando en el deseo y la necesidad crecientes del siguiente cambio de ritmo, y contemporizando sutileza y contundencia en un mismo acto. Un concierto que fue seductor y elegante, sugerente y muy excitante. Pocas veces el objetivo de mi cámara me había parecido un elemento tan fálico, o me habían resultado tan claramente insinuaciones las rozaduras con... ¡Oh, cielo santo: es un tío el que me toca por detrás!

En realidad viene a ser nimia la diferencia entre un concierto y una sesión a estas alturas, y más, a los niveles de excelencia en los que se mueve Nicolas Jaar. Con poco más de 21 años, no solo se le puede considerar un niño prodigio por su carrera en la adolescencia, o por su fantástico primer Lp: ha confeccionado también un directo para quitarse el sombrero. ¡Qué polvazo, Nicolas! Las bases de las canciones que hay en su disco sirven de lejana línea melódica para unas estructuras que se enarbolan más allá de lo binario, y se rellenan con algo más que sonidos programados. Porque Jaar ha concebido un directo en el cual su electrónica, explotada y orquestada a la perfección desde el mínimal hasta el techno, se confabula con un saxo y una guitarra eléctrica para destrozar definitivamente las fronteras imaginables entre las etiquetas y los géneros musicales.

Anoche, en la abarrotada sala Apolo, y Primavera Sound mediante, este joven medio chileno medio norteamericano, hijo de una celebridad artística, se doctoró con nota; aunque no solo él. Nos hizo el amor. En prácticamente dos horas de espectáculo Nicolas reconstruyó parte de su incipiente obra, reformulándola en bloques de 20-30 minutos, iniciados siempre desde los escombros de algún sentimiento profundo y de iluminación tenue y queda. No obstante, el desarrollo posterior de cada parte, donde podían sonar reconocibles ciertos temas o no, fue como una sucesión de imágenes íntegramente sonoras  de construcciones arquitectónicas potentes y estilizadas, que levantaba in situ  con la ayuda de Dave Harrington y Will Epstein. Harrington, el guitarrista, deslumbrante de principio a fin, sostuvo casi en todo momento el discurso humanizado, que puede también emanar de la electrónica a veces, con punteos y riffs cercanos al space-rock, una presencia a lo M83, e incluso con simples rasgueos perfectamente amoldados al ritmo que marcaba Jaar.

La presencia de Epstein era más previsible, pero no por ello menos deslumbrante. Aportó esa leve estética étnica que decora el espacio que crea el maestro y lo ilumina: fue igualmente necesario para la argumentación del doctorado de Nicolas Jaar. Además, ambos parecen estar en sintonía con él en el aspecto electrónico, pues pulsaban más botones, pedales y teclas de Mac, que de saxo y que de cuerdas de guitarra. Tal vez sea por todo esto por lo que el concierto, en mi opinión, bajó ligeramente el nivel cuando, en uno de los bloques, se quedó solo el chaval ante el caldeado y sobreexcitado público de Apolo. Aunque siguió siendo categórico, los cambios en la marea de ritmos y las  intensidades resultaron más como la utilización de un recurso que como el verdadero fluir de pasiones en que se ha de basar, en mi opinión, el buen sexo...digo, la buena música electrónica.

Con todo, fue un conciertazo sin paliativos. Tuvimos incluso en honor de escuchar el reciente remix que ha hecho Jaar de Cherokee, el tema que abre el decepcionante Sun de nuestra idolatrada Cat Power (a quien, por cierto, veremos pronto por Barcelona gracias a Primavera Sound). También oímos la versión reconstruida y reformulada de Space Is Only Noise If You Can See, de Too Many Kids Finding Rain In The Dust, y de Keep Me There, entre otras delicias sonoras que, si bien se basaron en ciertos pasajes de ciertas canciones del disco, nada tienen que ver con aquel adorador del silencio que se destapó a principios del año pasado como una de las grandes promesas de la electrónica con un Cd de corte minimalista. El único pero fue que su voz, en los pasajes cantados, no se escuchaba demasiado. Ahora, tras verle y sentirle en directo, me doy cuenta de que hay que ser realmente bueno para rellena el espectro que va desde ahí al techno; y hacerlo encima como quien le hace bien el amor a una sala entera. Y Nicolas Jaar lo es realmente.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

ST. VINCENT. Barcelona, 20-06-2012.



El diablillo de Annie.

Esta semana van a pasar por Barcelona dos iconos musicales femeninos de contrastada tradición, y uno que está naciendo: por una parte la reina del pop comercial, Madonna; por otra, la madre y dueña del trip-hop, Beth Gibbons, cerebro de Portishead; y por otra, Annie Clark, cantante, guitarrista y líder de St. Vincent. Ésta última, tras su exitoso paso por la edición más reciente del Primavera Club, allá por noviembre, actuará también en Madrid en el festival del Día de la Música de Heineken. Y a partir de entonces ya será imposible mantenerlo en secreto: Annie Clark es la bomba, y siempre estará a punto de estallar.

Anoche en la Sala Apolo, ante un reducido pero entregado público acalorado, St. Vincent despertó más de un ánimo del abotargamiento propio de un verano precoz. Porque la banda es una batería correcta y compacta, un moog disparatado pero selecto, un teclado de extraño glamour y, sobre todo, una fiera con guitarra y voz entre manos. Clark atrae y lo abarca todo: es un imán para las miradas y el prisma por el cual pasa todo sonido que exprese la banda. Traduce, con su cuerpo fino y estilizado, la perfecta conjunción del rock más canalla y sucio, del pop más purpúreo y femenino, y de la electrónica más simple y efectista. Pero además, con su presencia, energética y explosiva, y la seriedad con que planta su figura en el escenario e interpreta sus canciones, logra un efecto deslumbrante, musical y visualmente.

La tejana segrega un poderoso atractivo ambivalente: inocente y salvaje al mismo tiempo. Anoche reinó claramente, victorioso sobre su hombro izquierdo, el diablillo de Annie, y perpetró un setlist con una sola tregua, Champagne Year, hacia la mitad del recital. Si en algo recuerda esta chica a los primeros años de PJ Harvey, a parte de en la voz, es en esa característica bipolaridad controlada y fértil, que hace que sea capaz de componer orfebrerías arboladas como Surgeon, y hacer que suenen, precisamente, justo antes de la tregua. Sorprendente y brillante en todos sus actos, en sus pasitos de geisha robótica hacia adelante y hacia atrás, en los espasmos de su cuerpo, más allá de esas largas piernas de pluma, y en todas y cada una de las distorsiones que manejaba con pies y manos, y que rasgaba con uñas y dientes.

No tiene aún 30 años, pero va camino de convertirse en una personalidad musical de referencia y primer orden, si no lo es ya. El carácter que imprime a sus temas es como un sello de garantía de propiedad, personal e intransferible, que se manifiesta en directo con una base instrumental necesaria, que sirve de colchoneta donde la tejana, en efecto, lleva a cabo sus saltos, piruetas y mortales, como guitarrista y como intérprete. Annie Clark, y St. Vincent por extensión, deben mucho al rock sucio y ruidoso derivado del punk que se escuchaba en los ’90, pero con la destreza y la firmeza propias de una domadora ágil de leones, la norteamericana ha bordado acabados de punto y estampados, en los bordes espinosos de sus propias melodías. Veneno y antídoto, en una misma copa.

Fue un directo potente, sugerente, sexy y carnal, como es ella. Se hizo su voluntad, y entre las durezas de su pop-rock estridente y agudo, fue confesando una a una sus intimidades y sus propias tentaciones. Se vació. No dejó nada en la recámara, y prácticamente nos tocó entero su último trabajo, Strange Mercy. Hay quien la tocó a ella, además, ya que antes de la pausa para el bis, entre la versión del tema de The Pop Group, She Is Beyond Good And Evil, y el recientemente editado track Krokodil, Annie se tiró al público (en sentido no del todo literal). Llegó a cantar totalmente erguida, agarrada de los tobillos por el público, elevada y reverenciada como la nueva diosa que se aloja en el Olimpo.

No sé dónde los mete, pero esta chica tan finita se zampa los escenarios. Allí arriba transforma esa carita de buena chica, mansa y sencilla, en un semblante y una pose de fiereza, garra y ahínco, con arranques igualmente intensos de dulzura y contracción. Anoche cabía, y muy bien, su sonido en la Sala Apolo; también su público, por desgracia, que no la llenó. Pero ella no cabía ni de lejos: como Daryl Hannah en Attack of the 50 Ft. Woman, Annie Clark sobresalía de las instalaciones, y quedaron los asistentes en las primeras filas, a los pies de unas quilométricas piernas que no parecían tener fin. Solo que desde la cima de su grandeza, delicada y estirada, salían chispazos punzantes de pop-rock refinado y erizado. 

Fotos de Pablo Luna Chao.


También disponible en Alta Fidelidad.