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RICHARD HAWLEY. Barcelona, 26-10-2012.



No es lo mismo planear que volar.

Richard Hawley está cabreado. No es que se note en su música, que en directo roza la perfección, pero a tenor de comentarios suyos en recientes entrevistas, y de los que hizo anoche en la sala Apolo, sobre todo en relación a las clases pudientes y a su responsabilidad en esta crisis, se diría que ha empuñado la guitarra, ahora más que nunca, para denunciar la injusticia social con mayor furor. Nacido en la minera ciudad de Sheffield en 1967, vivió en primera persona la reconversión industrial y el paro de los ’80 en su país, que tuvo uno de los epicentros más conflictivos precisamente en su ciudad (quién no recuerda Full Monty). Todos le hemos presentado como el gentleman del rock británico, pero en realidad es un contestatario.

Ayer en Barcelona se expresó en esa nueva faceta suya, que le ha llevado, entre otras cosas tal vez más importantes como son el respeto y la devoción del público, a ser candidato al prestigioso Mercury Music Prize británico. Porque Standing At The Sky’s Edge (Parlophone, 2012) ha marcado realmente un punto de inflexión en la carrera de Hawley. Al margen del reconocimiento, su sonido ha ganado en fibra y corpulencia, al tiempo que ha abandonado, en gran medida, su característica entonación crooner: solo en la voz, en esa cavernosa y cautivadora voz que resuena en su propio cuello, se mantiene el imprinting de cantautor a lo Dean Martin. Bueno, y en su aspecto: porque Richard Hawley es un macarra de la vieja escuela, de la de los ’50-’60.

Con chupa lisa de cuero, abrochada casi hasta arriba, tejanos oscuros, botas de piel negra, los restos bien conservados de lo que en su día pudo ser un lustroso tupé, gafas de pasta y un pendiente muy brit en la oreja izquierda, se presentó ayer noche el ex de Pulp ante una abarrotada y satisfecha sala Apolo, en un concierto impecable organizado por la promotora Live Nation. Y a parte de combativo, estuvo hablador, gracioso y enérgico; y todo ello se notó en su música, además del tremendo amor que le pone en su ejecución. Porque Hawley es de esos tipos que, habiendo tratado siempre a la música como si ésta fuera su reina, ahora reciben de ella la gratitud que merecen sin tan siquiera tener que pedirlo. Por eso, quizás, ha despuntado su figura justo ahora: solo porque él lo ha querido así.

Oyéndole en directo mezclar, por ejemplo, Soldier On, logrando que solo el aire acondicionado perturbase el silencio, con Leave Your Body Behind You, paradigma de su nuevo sonido, entendemos que hasta ahora solo ha estado agazapado: que aunque siempre haya dicho lo mismo, tal vez ahora lo está gritando. Para eso se rodea de una banda que le da verdadera consistencia y vertebración, y no el simple arropo de temas como la vieja Hotel Room. Ésta fue interpretada en tercer lugar, tras abrir el concierto con la stoner Standing At The Sky’s Edge y Don’t Stare At The Sun, quedando patente que todo el abanico del de Sheffield se abriría sin complejo alguno, para regocijo del variado público barcelonés. Tocó casi entero su último trabajo, intercalándolo en el bloque central con temas del Truelove’s Gutter (Mute, 2009), haciéndonos flotar a todos.

Entre Remorse Code, una baladaza de diez minutos de su penúltimo Cd, el planeo pre-psicodélico de Time Will Bring You Winter y el encarado guitarreo de Down In The Woods, nos debimos acercar a la experiencia del austriaco ese que ha saltado desde la estratosfera, pero a la inversa. Porque no es lo mismo planear que volar. En esa tríada final, Hawley desvela toda su evolución reciente: del crooner flotante y resguardado tras la pose, al aguerrido guitarrista de cuero, comprometido y cañero; rebosante de materia, de platos y bombos en la batería, y de resonancia en las cuerdas vocales graves. Pero como a pesar de todo sigue siendo un tío galante y nostálgico, volvió en los bises para cerrar con su versión más clásica: Lady Solitude y The Ocean.

El de ayer era el último concierto de una gira británica y europea que empezó a mediados de septiembre. Tal vez, si se cumplen los pronósticos y gana el Mercury, esta sea la última gira no del todo multitudinaria que haga Richard Hawley. Al tiempo. Creí entender que dijo que cuando esté en Sheffield, dentro de una semana, paseando al perro bajo la incesante lluvia, se acordará del público de anoche; y de sus caras, y de la felicidad que emanaban (esto lo pienso yo). Es posible, pero lo que no pongo en duda es el hecho de que la gente que, en efecto, acudió ayer a la sala Apolo, no olvidará en semanas lo que allí aconteció. Incluso las teloneras estuvieron a la altura: el dúo acústico femenino Smoke Fairies nos deleitó durante la espera con un folk suave al estilo de Mazzy Star, dando comienzo a una velada que resultó completamente redonda. 

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

DJANGO DJANGO




¡Welcome to the jungle!

Hay discos que son como un veneno con efecto retardado. Cuando en abril escuché por primera vez el Django Django de Django Django, poco antes de emprender un largo viaje de un mes por Mozambique, me gustó bastante, aunque ya estaba distraído e impermeable ante la música nueva. Pero lo que no sabía es que me habían picado, y su efecto, aunque a largo plazo, ya estaba en marcha. A mi regreso, fue el primer disco que escuché; y a medida que ha avanzado el verano, un deseo creciente dentro de mí ha hecho que acudiera de nuevo, una y otra vez, al entramado rítmico y sonoro de esta ópera prima, como si fuera extendiéndose por mi cuerpo, como hace el veneno de los mosquitos más evolucionados, un picor sano a medida que me rasco, a medida que me introduzco más y más en el fascinante mundo de Django Django: una especie de Jumanji musical, extremadamente original, que rebosa calidad y frescura compositiva.

Algunos han clasificado a este cuarteto británico como art-rock, y aunque realmente se conocieron en la Escuela de Arte de Edimburgo, ellos mismos afirman desconocer el significado de esa etiqueta. Tal vez, puestos a inventar géneros, podrían englobarse en una escena ciertamente psicodélica, naturalista, con formato de synth-pop y ritmo electrónico de inspiración étnico-tribal de lo más colorista. Pero en lo referente al estilo, lo mejor será dejar la descripción en un simple eclecticismo de influencias claras, pasado por una batidora muy personal, y transformado en un engendro experimental con cara de pop, movimientos de electrónica básica, y cuerpo formado por elementos de todo tipo de músicas, como si la bestia se compusiera de partes de los cientos de animales que conforman la fauna de una jungla. Django Django es un coctel explosivo, con sabores del mundo entero, de hoy, de ayer y de mañana.

Se trata de un sonido verdaderamente arriesgado, donde los instrumentos se disfrazan de lo que no son, y los ritmos, aunque no en exceso acelerados, resultan siempre frenéticos y un pequeño acto de locura. Destaca, por encima de otras características, la preponderancia rítmica sobre unas melodías que, de sencillistas, pasan casi por infantiloides, inocentes, con un punto de ingenuidad que puede recordar desde a Pink Floyd, a la excentricidad casi dadaísta de Ariel Pink. Pero el ritmo es prioritario, básico (en ambos sentidos), primario y primitivo. Tribal, pero en el sentido tarzanesco de unos tipos siendo naturales, y un poquito selváticos y salvajes, haciendo música en bolas con lo que les ofrece la jungla. Y usan de todo: desde los famosos cocos, a un bombo, hondo y redondo, pasando por varios aparatos electrónicos, y teclados, bajos y guitarras, que muchas veces prestan más servicio al ritmo que a la melodía. Dicen que al principio apenas tenían con qué marcarlo, que incluso una vez perdieron los cocos y casi tienen que suspender el concierto, buscando la fruta por los markets de todo el pueblo. Pero la carencia, tal vez, proporcionó la riqueza.

Lo cierto es que el Django Django es un disco intrincado, con gran cantidad de recovecos y esquinas que conducen a lugares insospechados, con quiasmos y retruécanos musicales por doquier. Pero también es verdad que resulta, bien escuchado, un tanto irregular. Tal vez se deba a la esencia caótica de su espíritu musical. Pueden mantener nuestra atención activa durante los 48 minutos y 13 canciones, a través del sinfín de sonidos que surgen de la selva, pero cuando bajan el ritmo, en ciertas canciones centrales, su intensidad también se resiente. No obstante, nos regalan un inicio de Cd realmente acojonante. Introduction, con ese primer teclado básico que da inicio al ritmo, antes de que el bombo entre, y con ese segundo, bien encajadito en las cuadrículas rítmicas, como buenos británicos que son, anticipan lo que va a ser este viaje, ligeramante psicodélico.

Toda esa promesa se desata en Hail Bop y Default. En la primera, ácida y fresca a más no poder, aparecen también las voces en coro, que es otras de las particularidades de Django Django, recordándonos a la época de los cuartetos vocales (bom, boM, bOM, BOM), y el beat se abre en un horizonte ancho y muy bien iluminado. El track 3, Default, soltado a las primeras de cambio, enlaza con el cabalgar decidido del principio, completando un inicio para enmarcar. Una guitarra cruda comanda el ritmo, a base de rasgadas contundentes hacia arriba y abajo, y en el estribillo, voces mezcladas casi como si fuera beatbox, el tema se convierte en temazo.

Firewater es la primera tregua: asoma la acústica, las pulsaciones bajan, y la melódica manda, relajada, liviana y blusera, porque lleva el ritmo implícito. Acaba, en cierto modo, el hechizo del inicio. Waveforms retoma el ritmo medular del Django Django, con el aroma de siempre, y aunque de manera aislada podría resultar, probablemente, el otro hit del Cd, tras la tregua pierde capacidad de impacto. Zum Zum, sin embargo, sí logra llamarnos más la atención, con esa disparatada composición instrumental, el sencillismo exacerbado de la composición, y la franqueza de su estructura: una divertida pantalla del Donkey Kong Country 3. Justo en el ecuador del álbum, Hand Of Man hace de segunda tregua, acústica y pacífica, pero el álbum ya no se levantará nunca como antes.

La segunda mitad del Django Django de Django Django no está a la altura de la primera, pero demuestran que, pese a ser religionarios de una caja de ritmos bien acelerada, son capaces de dilatar y estirar la superficie melódica de sus composiciones, como si fuera una tela de licra ajustable, para adaptarla a diversas velocidades. Así, Love’s Dart y WOR, por ejemplo, aunque sobradamente contrarias en tempo, comparten la misma urgencia sedada. Ésta última, más en la línea regular, encajaría junto con las demás destacables, en una atolondrada banda sonora de peli de persecuciones de coches, tipo El mundo está loco loco. Storm y Life’s A Beach son otros ejercicios vocales y rítmicos, porque aunque lo mejor esté al principio, todo el Cd está impregnado con las mismas virtudes y características de riqueza decorativa.

El último tema de la línea más combativa de Django Django es Skies Over Cairo, con esa tópica melodía egipcia, y un teclado en su misma sintonía. Pero lo que realmente destaca es, nuevamente, esa rítmica tarzanesca: de pirámide a pirámide en liana, mientras los tambores resuenan al ritmo de un baile entorno a una olla con seres humanos que se salvan en el último momento, porque irrumpe Silver Rays, como si de una nave intergaláctica se tratara, para transformar el final de la historia en una imagen de depurada y cuidada jungla espacial, psicoactiva y tremendamente rítmica, que seguramente acabará entre lo mejor del 2012. Default, al menos para mí, es uno de los hits más grandes y pegadizos que se han visto en lo que va de año. La cita en directo: Dcode Festival; Madrid, mediados del próximo mes.