CUCHILLO. Madrid, 9-7-2011.




Cuchillo en HD.

Entrar ayer noche en el auditorio del recinto del Conde Duque fue como entrar en una dimensión de alta definición: el radar de los sentidos disparado, la percepción acentuada, los poros de la piel totalmente dilatados; todo era poco para absorber lo que allí se estaba cociendo. En esa sala diáfana y distinguida de asientos mullidos, en ese pulcro escenario de música erudita, sobre unas tablas exigentes, y ante un público experimentado, los Cuchillo perpetraban su asalto definitivo a la capital. Los Veranos de la Villa, siempre a la altura, nos dio ayer la oportunidad de disfrutar de una de las bandas más prometedoras del panorama musical español, uno de los directos más interesantes que actualmente podemos ver y exportar. Cuchillo es una amalgama de influencias, oportunamente destiladas, que se articulan en una especie de rock fílmico, experimental, folk y psicodélico. Hipnotizan, evocan y enganchan.

La primera vez que su disco Cuchillo me acompañó en mis quehaceres, apenas profundicé en mi observación. Me atreví a recomendarlo, atribuyéndoles ciertas semejanzas a Tool, lejanas y sutiles, por supuesto, pero esa común envoltura oscura, de arpegios narcóticos y notas circulares existe; y los Cuchillo la mostraron ayer a modo de bienvenida. 'Sombra y Mar', la canción que abre su Ep Duat, abrió también el recital. Tras una alargada intro, de guitarras bajo el sol de Calexico, nació el canto monacal que tanto me recordó a Fleet Foxes la primera vez que lo oí; y en seguida se blandieron las baquetas, las guitarras. En seguida, la versión más concreta y material de Cuchillo, la más enérgica y desafiante, afloró como si esa fuera su habitual naturaleza. Y no era más que el principio.

Lo que al principio era un dúo, el de Israel Marcos (guitarra y voces) y Daniel Domínguez (percusión), se ha transformado en trío con la incorporación de Henrik Agren, un pintoresco músico noruego que tocó la segunda guitarra, el teclado y el piano, entre otras cosas, envuelto en un chaleco que no encaja en el siglo XXI. Peores eran los pantaloncitos vaqueros del batería, pero sus buenas artes con baquetas (de tres y cinco tipos), panderetas y demás castañuelas de conchas de mar, así como el suave contoneo de su forma de tocar, hicieron que los ignorásemos rápidamente. Israel Marcos iba impoluto. Su camisa blanca relucía como en el anuncio del mejor detergente, la pluma colocada en su guitarra parecía la de un ave imperial, y en general, por su actitud y la extremada calidad de todo lo que hizo, cualquiera pensaría que lleva media vida subido a un escenario.

De todas formas, el concierto de ayer no estaba concebido como algo normal o convencional. La perfección y pulcritud estética, la diáfana ordenación de acordes, decorado e iluminación, las camisas y el piano de cola, eran el maquillaje adecuado para que aquello quedara registrado en video. Era su definitiva puesta de largo, grabada en absoluta intimidad: en la que da un público pasmado por la retahíla de cosas asombrosamente bien hechas con las que Cuchillo no dejó de honrarnos. A parte de sus temas más reconocibles, nos regalaron el anticipo de cuatro de las nuevas piezas de lo que será su segundo Lp, uno de ellos interpretado en Madrid por segunda vez ante el público: “fresquito”, se atrevieron a decir. Y aunque el fallo fuera insignificante y rápidamente corregido, incluso previsto por el indiscutible Marcos, demostraron ser un poquito humanos, gracias a Dios.

El tiempo con los Cuchillo parece correr en círculos. El concierto no duró más de hora y media, pero los minutos fueron densos y de una textura que nos permitió disfrutar de cada uno de sus segundos como si fueran semanas. 'Cuando Te Canto', 'Black And White Numbers' y 'Come With Me', hacia la mitad del recital, fueron auténticos ejercicios de experimentación del rock: afloraron los pequeños instrumentos, los delicados detalles, el bamboleo diluido de las guitarras sobre ritmos hondos y esféricos, y la psicodelia limpia y sana. De repente pensé que estos chicos nada tenían que envidiar a Grizzly Bear o a Beach House. Marcos samplea su propia voz, y la guitarra, como haría también más tarde en 'Breathing Again', la última antes de la pausa, y en 'Último Silencio': ultimísima canción. Incluso, entre tanta experimentación folk, me pareció entender su rollo moroone como un acercamiento al 'Kashmir' de Led Zeppelin en 'Come With Me'. En cualquier caso, por momentos, solo le faltaba a todo aquello la presencia de un chamán, de un viejo brujo o de un jefe indio, invocando a los dioses y a los muertos.

Una de las grandes virtudes de Cuchillo, ahora que les he visto en directo, es que resulta que sus discos no son más que un bosquejo de lo que luego son capaces de hacer sobre un escenario, un boceto de cualidades con pulso de cadáver que obtiene vida, se levanta y anda, solo cuando la cita es el directo. Sobre las tablas estos chicos pueden transformar los temas a su antojo, matizándolos y enriqueciéndolos una barbaridad. Así es como hicieron del 'Ultimo Silencio' el más atronador de los finales; al más puro estilo Godspeed You! Black Emperor: describiendo el apocalipsis, y después el nuevo orden. Cuesta creer que sean solo tres. Tres hombres para hacer música, con la propiedad de quien expresa estados puros de ánimo.

La imagen, por momentos, parecía no ser real: demasiado perfecta, demasiada definición; demasiado ambiente pintado por y para la música del trío. Las cámaras vigilaban, los objetivos enfocaban sin dolor, y ellos hicieron más de lo que tenían que hacer. Todos salimos en el vídeo con la boca abierta, con los ojos cerrados de nuestra imaginación, libre y campante por lo irreales palacios de sonido de Cuchillo. Todos menos ellos, firmes y seguros como estatuas de canon clásico; en paz con su música, y con un público que, con el tiempo, se rendirá como a la peor de las epidemias, al misterioso encanto del post-rock más interesante de nuestro panorama musical. Lo que vimos en el auditorio del recinto del Conde Duque es, sin más, el mejor directo que un grupo español puede ofrecernos en la actualidad. Y lo vimos en HD.

ORNAMENTO Y DELITO. Madrid, 8-7-2011.




Ornamento y Delito en la Costello, pero no lo digas muy alto.

Quedarse en Madrid en verano no está tan mal, siempre lo he dicho. Aún no está la población diezmada, como lo estará en agosto, cuando aparcar en la calle a la que vas no será, en absoluto, misión imposible. Como suele ser habitual, la oferta cultural veraniega de la capital no va a dejarnos huérfanos de buenos momentos, y ya está en marcha. Ayer po la noche, por ejemplo, pudimos asistir, aunque fuéramos solo el medio centenar que éramos, al concierto en la Sala Costello de Ornamento y Delito. Porque no todo va a ser el San Francisco de Asis de Messiaen y Mortier, el Festival de Teatro de Almagro, o el FIB. La pequeña cultura, si se me permite la expresión, la de los clubes, la de los cines al aire libre cuando cae la noche, y la de todos los libros, series y películas que vemos atrincherados en casa hasta que el sol se larga; esa pequeña cultura, doméstica, personal e íntima, también se mueve en verano.

Si tuviera que definir el concierto del viernes con una sola palabra, usaría timidez. Ornamento y Delito son un grupo de cuatro, pero solo Gari, el guitarrista, teclista y cantante, sobresale y da algo de juego. De entre un público en que se hallaban conocidos de la banda salió en un momento la petición de que sonaran clásico, a lo que Gari, con una sonrisa clara, respondió con un seco no. Rompecabezas De Moda Y Perfección Moral, y parte del material nuevo que están preparando para su siguiente Lp, iban a ser el menú de una sesión que duró algo menos de hora y media.

Abrieron el concierto con 'Loca Por Ti', y lo clausuraron con 'La Policía'. 'Beñat', 'La Cita' y, por supuesto, 'Madrid', no faltaron en el setlist. Eran, seguramente, las canciones más deseados, y sonaron prácticamente idénticas a como las oímos en el disco. La misma textura, el mismo ritmo, el juego de voces indolentes que despliega Gari, el guitarreo clavado en el segundo adecuado. Todo sonó como si les hubiéramos dado al play, como si fueran un reproductor de audio mp3. En ese sentido, nada sorprendentes. No me gusta cuando un grupo te da en concierto estrictamente lo que uno espera escuchar. Tocaron bien su música en meseta: sin una sola subida de tono emocionante, ni un segundo de más de esa apatía que les aboca a la oscuridad.

Por otra parte, las cuatro o cinco canciones nuevas que presentaron, de un disco que esperan sacar este mismo año, parecieron anticipar un leve cambio en sus formas musicales. Puede que es su próximo trabajo veamos entrar más luz por las rendijas de su alicatado estilo; tal vez la paleta de colores admita más tonalidades, o eso me pareció al escuchar sus novedades. Canciones con la personal impronta de Ornamento y Delito, pero con un leve soplido de aires renovadores. El cuarteto vasco-madrileño ha venido demostrando, durante sus cinco años de vida, que sus nuevos trabajos siempre aportan algo nuevo.

Rompecabezas De Moda Y Perfección Moral les ha colocado ya en un lugar privilegiado dentro del panorama nacional. Pasito a pasito, y con la timidez por bandera, Ornamento y Delito sigue creciendo. Aunque el concierto del viernes no fuera en absoluto inolvidable, fue agradable ver en petit comité a una banda que, si sigue por el mismo camino, atraerá a muchísimo más público dentro de unos años. Personalidad no les falta; solo, tal vez, creérselo un poquito más.

SONO, LA NOCHE ALTERNATIVA DE ESTRELLA GALICIA. Madrid, 6-7-2011.




SONO. La noche alternativa de Estrella Galicia.

“En actividades de cualquier género, especialmente culturales, es aquello que se contrapone a los modelos oficiales comúnmente aceptados”. Así define la RAE el término ‘alternativo’, y si tenemos en cuenta la coincidencia con el concierto de los Foo Fighters, el miércoles noche, entenderemos por qué SON, la promotora de conciertos de Estrella Galicia, bautizó su evento en el Teatro Lara con el sugerente nombre La noche alternativa de Estrella Galicia. SONO: un sueño, el de una noche de verano en Madrid. Y resultó ser, en efecto, algo más que una simple noche de conciertos. Cataloguemos o no lo que sonó en el Teatro con la etiqueta de música alternativa, lo que está claro es que el modelo de directo que allí experimentamos, y con el que nos sorprendieron, es innovador y novedoso o, al menos, poco habitual. Un concierto convencional (The High Llamas), un espectáculo músico-tribal (Esben & The Witch), una sesión de sombras analógicas (The Suicide Of Western Culture), y otra, la de una reciclada EME Dj, que se intercaló con los conciertos mientras todos cenábamos.

Y es que por momentos pensé que la música estaba siendo lo de menos. Porque señores, todo aquello fue organizado por gallegos, y como es norma entre ellos, de su casa los invitados no salen con hambre. Mejillones, empanada de xoubas, salpicón de marisco, presentado en una ingeniosa tarrina, chupitos de gazpacho y ajoblanco, jamón (del bueno), panes, brochetas de fruta en sopa de naranja aromatizada con vainilla, tarta de almendra con inyección de crema de orujo…y muchas, pero que muchas cervezas. En la noche alternativa, créanme, se vieron más Estrellas en el interior de Lara que en el firmamento acalorado de la noche de Madrid. La excusa, por buscar alguna, pudo ser el lanzamiento, hace ya unos meses, de Estrella Artesana, una cerveza de menor graduación, especial para las comidas, en cuya creación ha colaborado nada menos que Pepe Solla, seguramente la figura más importante de la nueva gastronomía gallega, y nacional. Entre The High Llamas y Esben & The Witch se destapó la verdad de La noche alternativa: todo aquello era un cóctel encubierto, y con muy buena música.

Los conciertos, de todas formas, y aunque en absoluto fueron lo de menos, resultaron un tanto extraños. El orden lógico de las cosas hizo que The High Llamas abriera la noche, con su sonido apacible, con su público particular; Esben & The Witch, el principal motivo de mi asistencia, nos pilló a todos con la digestión a medio hacer, y la atmósfera que crearon, sobrecogedora por momentos, pareció más una pesadilla, con espectacular banda sonora, eso sí, que la apacible noche de verano que veníamos viendo hasta entonces. Lo de EME Dj, entre tanto camarero de etiqueta que no paraba de sacar comida y cervezas, también resultó chocante, aunque sorprendentemente estimulante y bueno. Y para rematar una noche insólita, alternativa si se quiere, dos sombras invadieron lo que quedaba del Teatro, ya a eso de las 2, para regalarnos una electrónica épica, galáctica e infinita. Eran The Suicide of Western Culture.

High Llamas, al margen de gustos, tocó fenomenal. Sean O’Hagan, su líder, y antiguo integrante de Stereolab, tiene tablas de sobra sobre un escenario. Nada que ver con aquello: lleva 20 años con esta banda, y hace una música que puede transportar a un distraído oyente a la época del primer rock inglés, de aquel pop-rock inocente, alegre y despreocupado que los Beatles popularizaron. Las melodías, el tono, el xilófono, el banjo, la edad media de los seis músicos y las leves pinceladas de folk clásico americano que exhibieron, hablan de una banda que no se rinde a la modernidad. Y en ese sentido, me extrañó verles en La noche alternativa.

Pero la verdadera buena noticia de la noche del miércoles, al margen de las tres horas íntegras de Foo Fighters, al otro lado de la Castellana, fue el debut en España de Esben & The Witch. El trío de Brighton estuvo espectacular, muy por encima de mis expectativas. Tras la decepción que sufrí con Warpaint en el Primavera Sound, temía que estas nuevas bandas que considero hijas del Third (de Portishead), fueran solo mérito de buen estudio, producto de producción. La intensidad del concierto, el sonido denso y potente, y la tremenda caracterización de cada una de las canciones, en seguida, me hicieron comprender que Esben & The Witch son una realidad; con atmósfera de mal sueño, de onírica trascendencia, pero real, al fin y al cabo.

Presentaban Violet Cries, su álbum de debut, editado a finales de enero por el prestigioso sello independiente Matador Records; y se presentaban ellos. Resulta  fascinante ver a estos chicos hacer música. Alrededor de un timbal y de un simple plato, aporreados sin piedad, y siempre sobre bases de samplers y sonidos oscuros, tres cuerdas ceden al baile del post-rock, al embrujo de un trip-hop caducado, entrecortado, y más tétrico que nunca.

Los tres viven su propio concierto, su particular ceremonia entorno al fuego redentor de la música: Thomas Fisher toca la guitarra y prepara las bases y Daniel Copeman, con la melena tapándole toda la cara, guitarrea al más puro estilo shoegaze, y participa, junto a su atractiva compañera, en una básica percusión, con auténticos tintes de tenebrosa espiritualidad. Y Rachel Davies, la bajista hechicera de la banda, entre percusión y cuerda, demuestra tener la voz bien puesta. Aferrada al micro con la teatralidad de Beth Gibbons, acorde al espectáculo escénico de la banda entera, despliega un torrente perfecto y poderoso, un tono que se halla entre la firmeza y la seguridad, y la el más absoluto terror por la natural incertidumbre de nuestra vidas mortales.

El primer single, 'Marching Song', 'Warpath' y 'Eumenides', canción con la que cerraron el show, en una apoteosis de percusión final, sonaron especialmente bien. Cualquiera diría que hacen los músicos hacen poco sobre el trasfondo de la base, pero rasgar unas cuantas cuerdas, y aporrear un plato y un simple timbal, a veces, puede resultar un ejercicio de auténtico hipnotismo musical. Y cuando eso pasa, resulta fascinante. A ver cómo se portan en otro tipo de escenario; a ver qué hacen en el Paredes de Coura.

La noche la cerraron los chicos de The Suicide of Western Culture, una pareja de misteriosos personajes encapuchados: dos sombras sobre una gran mesa llena de aparatos electrónicos procedentes de otra época, incluso de otra galaxia. Los amantes de Boards of Canadá, Neu! o Crystal Castles, habrían disfrutado con ellos. Electrónica contundente pero diáfana, pesada pero a la vez muy volátil, como si no le afectara esa irremediable fuerza de gravedad que a los habitantes de la Tierra nos mantiene encerrados en el limitado y, a veces, aburrido suelo.

No obstante, noches como la del miércoles en el Teatro Lara, que aparecen en nuestro horizonte cultural y de ocio como por arte de magia, sorprendiéndonos y divirtiéndonos, son buen ejemplo de lo ilimitadas que son las cosas a nivel del suelo. Sobre todo cuando en medio de tanto asfalto, y de tanta meseta, acudimos a la casa de unos gallegos, que es lo que parece que es últimamente el Teatro Lara.

Fotos de Pablo Luna Chao.

THE KILIMANJARO DARKJAZZ ENSAMBLE

El horror de mi reflejo.

No sé si es conveniente explicar quién es esta gente, o mantener vivo el espíritu de su sonido dejándolos en un descriptivo anonimato, reduciéndoles a ese enigmático perfil con el que se autorretratan a través de la música. Pero al menos diré que The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble es una formación de origen holandés, que hace una especie de nu jazz, o acid-jazz extremo, o algo parecido al jazz electrónico, al downtempo, al trip-hop; tremendamente experimental, en cualquier caso. Podría ser la exageración de la Cinematic Orchestra, o un acto de puro vanguardismo musical, pero de lo que no cabe duda, una vez escuchado su HERE BE DRAGONS, es de que el magnetismo de la oscuridad seguirá atrayendo al ser humano por toda la eternidad.

Diré también que son un sexteto de músicos no demasiado convencionales, con una serie de inquitudes y cualidades artísticas que son el alma y el trasfondo del grupo. El proyecto nace a principios de la década, pero no se completa su formación hasta 2008, cuando se embarcan en la producción de HERE BE DRAGONS, el tercer trabajo bajo tan fascinante nombre; el primero de larga duración. En 2011 han vuelto con From The Stairwell. Y poco más de su curriculum, la verdad. El resto es todo pura traducción de lo que oigo.

La instrumentalización clásica deformada es una de las constantes de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble: hacen de su jazz algo que no parece merecer ser parte de la sociedad. Parece la banda sonora del vagar de un monstruo cualquiera, encapotado, culto e injuriado, que sortea las luces de candil entre las nebulosas calles nocturnas de Londres. Un Londres victoriano, para más señas. El saxo nos habla de un solitario y su locura, de un retrato desfigurado en el espejo. Pero al final, canciones como la dulce Seneca nos hacen dudar: la imagen, y el monstruo que vemos reflejado pueden ser solo producto de nuestra mente, del ojo que mira muy adentro de su propia mirada.


Otra constante es la rítmica de largo recorrido, de evolución celular gradual. Siempre dentro de la oscuridad, el downtempo y el trip-hop aparecen como un rayo de expresionismo pseudoabstracto entre afinaciones y sonidos impresionistas, siempre teñidos de la elegancia y el señorío de instrumentos mimados en blanco y negro. The MacGuffin es el único tema que apuesta por un ritmo y una evolución más propias del post-rock instrumental (en una micro aproximación al universo Godspeed You! Black Emperor), con lo que elevan la mirada al mismo cielo al que miran quienes hacen space-rock o drampop, por ejemplo.

La inyección transversal de la electrónica es, sin duda, otra de las características más destacadas de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble, no solo por la rítmica anteriormente mencionada, sino también por la acidez con la que infectan ese jazz, tan desvencijado que da pena mirarlo, ya desde Lead Squid. Es la caducidad manifiesta de la convención musical: un nuevo juego en el que todo vale. El predominio electrónico es la droga a través de la cual transforman la realidad en deformada visión del mundo, el alucinógeno que hace crecer al monstruo entre las arrugas de nuestra faz, el cristal caleidoscópico que hace casi desaparecer todo vestigio de clasicismo, aunque siga ahí.

La voz femenina que aparece en Embers (que se acerca peligrosamente a Portishead), Mits Of Krakatoa y Siroco, solo puede conducirnos al pecado: una femme fatal que se mueve al ritmo lento y saturado de 2046, y que huele a las flores que olían a desastre en Perdición. Los violines que la acompañan, y que suenan solos en Caravan!, además, nos remiten inmediatamente a una lugar muy poco concreto del Mediterráneo oriental, casi como si quisieran hacernos ver, de manera elegante pero soberbia, que el embrujo de The Kilimanjaro Darkjazz Ensamble puede llevarnos, a través de las luces de la oscuridad, a donde les de la real gana llevarnos.

En noches de soledad, son la banda sonora de cuantos hayan perdido algo alguna vez en la vida, de quienes no caen en la nostalgia, no imaginan un pasado que ya no existe, pero caminan noctámbulos, escurridizos y olvidados, por el desértico camino de sus vidas. Sin embargo, a la luz de la cordura, son lo que anda buscando todo aquel que siempre busca algo. Son la respuesta del mañana a la pregunta que los viejos no se atreven a imaginar. Un acto puro de irreverencia vanguardista.



WILD BEASTS



Pop perfumado y con pedigree.

Hace justo una semana asistí al Día de la Música en el Matadero; solo el sábado. Iba para ver a The Pains of Being Pure at Heart y, sinceramente, me llevé una pequeña decepción. Al grupo más prometedor del momento se le vieron cosas buenas, pero también bastantes otras por mejorar; aunque siempre teniendo en cuenta las enormes espectativas que generan. De todas formas, Wild Beasts se encargó de darnos la de arena (o la de cal, nunca he entendido cuál es mejor): un concierto sensacional, el mejor de la noche, absolutamente sorprendente para todos aquellos que, como yo, conocíamos a esta banda desde hace poco, desde la publicación de su tercer álbum, Smother, el pasado mes de mayo.


Como preparación para el festival escuché su segundo trabajo, TWO DANCERS, y casi sin tiempo para fijarme, ya me llamó la atención. El concierto ha dado pie a una escucha más atenta, y es puro deleite.Su primer disco, Limbo, Panto, queda muy lejos del nivel que exhiben los de Leeds en sus siguientes Cds, modulando su extrema musicalidad hasta alcanzar el equilibrio perfecto. Un pop sofisticado y con pedigree.

Si tuviera que compararlos con alguien (cosa a la que nadie me obliga; en realidad me encanta), o hablar de los ingredientes que este sonido posee, diría tres nombres: Arcade Fire + Sigur Rós + Vampire Weekend. No obstante, quiero dejar claro que, como ocurre a veces en la mezcla de colores, en este caso las influencias evidentes dan como resultado un producto que casi nada tiene que ver con las bandas mencionadas. La vocación fuertemente artística, casi barroca, esa retórica casi de musical, e incluso la pose de Hyden Thorpe (con un aire a Win Buttler), recuerdan a los canadienses; también por la calidad de su sonido. Los agudos sobre una profundidad luminosa podrían acercarse a lo último de los islandeses; y esa capacidad de hacer sencillo lo articulado, o el ritmo sin complejo alguno, me recuerdan a los neoyorquinos.

Pero ese glamour que inunda todo el TWO DANCERS es totalmente de cosecha propia, al igual que el particular acento que proporciona la voz sobre las guitarras, cristalinas y claras, la infinidad de texturas y colores son capaces de crear, o el aire de homenaje a Queen, o al mismísimo Sinatra, son producto de una personalidad musical importante. Wild Beasts, con este Cd, se ha hecho un hueco en el panorama del pop independiente a base de derrochar personalidad compositiva y estética. Entre la extravagancia de temas como The Fun Powder Plot o Underbelly, la épica íntima de Two Dancers I, la extrovertida de Hooting & Howling, All The King's Men o Throught The Iron Gate, y los temas de dreampop moderno a lo Blonde Redhead tipo We Still Got The Taste Dancin' On Our Tonques o This Is Our Lot, construyen un disco redondo, pulido y de aspecto totalmente renovador; probablemente el pop más cuidado y perfumado del planeta.

Cuidado, de todas formas, con abusar de este Cd. Es como abusar de la comida china: al final puede llegar a empalagar. Tanto condimento sabroso sacia hasta el apetito del más glotón. El Smother, problemente, tiene menos grasa. Pero sin duda, todas las artes musicales, todos los ingredientes de la cocina de Wild Beasts, están expuestas en el maravilloso TWO DANCERS: un disco indispensable para todos los amantes del dream pop, que casi siempre es independeiente.




NUDOZURDO



Lo he comprobado: la mejor manera de aficionarte a un grupo es difrutando en uno de sus conciertos. Escuchar sus discos previamente, pero no demasiadas veces, y que te convenzan con un directo inmaculado. Así es como me he hecho fan, estos últimos días, de Nudozurdo: la banda madrileña que llevaba años esperando. A última hora del jueves me ofrecieron ir como fotógrafo del Fanzine Radar al concierto, y quedé atrapado en el magnetismo de Nudozurdo, creo que para una buena temporada.

No es una novedad: nació hace casi diez años y en seguida se hicieron con un premio que les permitió grabar un primer disco (Nudozurdo, 2002; reeditado por Everlasting Records en 2010). Desde 2005, la banda, con miembros variables al rededor de Leo Mateos, trabajó en SINTÉTICA, que no vería la luz hasta 2008 por diversos problemas. Finalmente Everlasting lo produjo en el estudio californiano JJ Golden; reeditó su primer álbum, e hizo, con su último trabajo, Tara Motor Hembra (2011), que el nombre de Nudozurdo empezara realmente a trascender.

SINTÉTICA es disco fantástico, creo que el que más me gusta: normal, si pensamos la de tiempo que tuvieron para darle vueltas y más vueltas. Así han logrado ese sonido macerado, estable y concreto. Es un álbum con mucho poso, denso y removido con mucha calma. Un sonido pretendidamente oscuro, que se mueve siempre entre el susurro y el grito desde el suelo, que vive anclado al sedante tono de voz de Mateos, duro y sensible a la vez, eficaz. Un sonido que cabalga de noche por valles cercanos al pop alternativo y al post-rock. A veces me parece una magistral mezcla entre Los Suaves y Piano Magic, creo que sobre todo en El Hijo de Dios. Luego, puestos a buscar influencias, o grupos que se dan un aire, esta banda me suena un poco a Interpol, a The National, tiene algo de Doves, Calla, Mogwai, The Cure, y hasta de Joy Division. Y, por qué no, una brisilla a A Perfect Circle y Tool.

Pero todo eso lo que hace es conformar un sonido de gran personalidad, y bastante particular aunque accesible. Pese a las tinieblas predominantes, la música de Nudozurdo está abierta, no es un muro de sonido, ni un enigma indescifrable; es más, su música es como un misterio del que nos dan alguna pista. Es como cuando contestamos "nada" a un "qué te pasa", y en realidad queremos que pregunten de nuevo, y contarlo todo con sollozos y detalles. Y esto se respira en todo el Cd casi por igual, porque es un disco sólido y compacto, de esos que puedes escuchar de principio a fin, y además vuelves a darle al play. La atmósfera no cambia, no decepcionan; y es en directo cuando te sorprenden.


Personalmente opino que las mejores canciones están al principio. Mil Espejos es todo un hit, de los que se piden desde el público con insistencia; Negativo, un tropel de buenas intenciones; Ganar o Perder es una de esas baladas slowcore, ácida y sincera; y Kamikaze es un temazo alternativo con final apoteósico. Ha Sido Divertido me recuerda un poco a los Héroes del Silencio, pero los punteos están tensados a la altura exclusiva de Nudozurdo. Ido podría ser de Yndi Halda o de Explosions in the Sky; y Otra Vez, una canción fruto de la ensoñación y de una borrachera bohemia, sin pelos en la lengua.

No hay que tener un Master para darse cuenta ahora de que este grupo tiene futuro, porque su presente ya es digno de mención. Salta a la vista que conciertos como el que vi en la RocKitchen ya se les quedan pequeños, aunque sean tremendamente seductores en las distancias cortas. Su tercer Cd, Tara Motor Hembra no debe haber sorprendido a los expertos, pero sí debe haber sido la puerta de entrada de mucha gente al interesante sonido de Nudozurdo: una banda fundamental en el actual panorama musical madrileño. Si yo fuera al FIB...



PRIMAVERA SOUND 2011: PORQUE HAY COSAS DIFÍCILES DE DIGERIR.



Elegí el Primavera por su cartel, cuando todavía estaba a medias. Elegí bien la compañía, el alojamiento, la ropa de la maleta. Elegí y confeccioné mi propio calendario, elegí los grupos, las expectativas. Y elegí, finalmente, cumplir mi propio programa en solitario, sin esperar por la cerveza de un colega, las ganas de ir al baño de otro, y las eternas discusiones de grupo de amigos que no saben si ver a Deerhunter o a Explosions in the Sky. Elegí el individualismo para no perderme detalle, y el resultado fue una ruta musical a la carta, completa, que sació completamente mis aspiraciones.

JUEVES 26.05

Con pulsera en muñeca, y la tarjeta monedera inútilmente llena de dinero, empezamos a movernos por el recinto del festival: un inmenso parque a las puertas del mar, en el mismo comienzo de la Diagonal barcelonesa. Apenas pudimos disfrutar de un tema de Toundra, de ese concentrado y enigmático ensimismamiento musical que practican. Triángulo de Amor Bizarro tocaba pronto, a las seis: la hora de la merienda. Fue extraño ver a los vigueses a plena luz del día, vestidos casi de playa; además, el ambiente que generó la poca afluencia de público resultó un poco chocante en el enorme escenario San Miguel. Aún así, los gallegos presentaron su último trabajo, Año Santo, con la misma contundencia a la que nos tienen acostumbrados. Guitarras en ráfagas de fortísimo orvallo eléctrico, voces insolentes, desafiantes, y una batería de guerra que, como siempre, se acelera: los clásicos elementos de un notable Triángulo de Amor Bizarro en directo.

Las gestiones de infraestructura personal ocuparon un buen rato hacia el final de la tarde: Of Montreal y Moon Duo sonaron de fondo mientras tanto; mientras aumentaba el ir y venir de los recién llegados. Y al caer el sol sonó hip-hop en el Ray-Ban. Big Boi reunió a un buen número de personas, tanto dentro de su escenario, como en el público, un tanto desconectado más allá de las primeras filas. Sir Licious Left Food…The Son Of Chico Dusty sonó como tenía que sonar, entre la retórica old-school y la rudeza y voracidad del directo de NTM. Pero era solo hacer tiempo hasta la aparición del gran Nick Cave y sus Grinderman.



Luego hay caminatas que realmente merecen la pena. Como la que nos dimos un montón de afortunados con destino al escenario Llevant pasada la medianoche; el premio: un concierto espectacular de los Interpol. Empezó como son ellos, ordenaditos y cerebrales: repasaron los mejor de su carrera alternando, casi milimétricamente, canciones de su último álbum, Interpol, del Antics, y del Turn On The Bright Light, seguramente lo mejor, en este orden, de la banda neoyorquina. Abrió Success; cerró Obstacle 1; entre medias, todos y cada uno de los temas, interpretados al detalle, con una personalidad abrumadora. Banks hizo lo que quiso con nosotros, y dio un recital monstruosamente bueno. Narc, C’mere, la intrigante The New, los cambios de ritmo entre Evil, Lights y Take You On A Cruise, The Heinrich Maneuver, única canción del Our Love To Admire, y el redoble final con Slow Hands, Not Even Jail y Obstacle 1, fueron momentos absolutamente apoteósicos. Interpol demostró el jueves que su estancamiento compositivo nada tiene que ver con la inmensa calidad que están alcanzando encima de los escenarios.

De vuelta al escenario San Miguel, cansado de la sobreexcitación de los neoyorquinos, asistí sentado en el césped al espectáculo de The Flaming Lips, una banda que aunque no la conozcas en exceso, te hace vibrar, y te hace partícipe de su emoción y de su fuerza. Pero ha sido muy largo, y mañana lo será aún más. Me voy a casa con Slow Hands pegada a la mente.

VIERNES 27.05

Casi sin tiempo para descansar, fui despertado por mi preciosa anfitriona con la noticia del desalojo de los Indignados de Pl. Catalunya. Y para allá que nos fuimos. Tanto ayudar a la reconstrucción provocó que descartara a The Tallest Man On The Earth, y que llegara tarde a ver a M. Ward. Lo poco que vimos, antes de encaminarnos al Llevant, fue suficiente para comprobar lo bien que se mueve este californiano adoptado por Oregon en un gran escenario como es el San Miguel. Su esencia, a raudales, inundó la segunda tarde del Primavera de guitarras españolas, acústicas, de arreglos florales que a muchos nos hicieron pensar, relamiéndonos de gozo, en los Fleet Foxes, y como no, de su deliciosa voz susurrante. Hasta nos regaló una versión de Roll Over Beethoven de Chuck Berry. Costaba irse de allí…



…Pero a mitad del camino hacia el Llevant, M. Ward se va archivando en la memoria, y The National empieza a resonar en mi imaginario selectivo. Escenario lleno, ambiente nocturno, levemente caldeado: las condiciones perfectas para que los de Cincinati partan la pana. La presencia de dos vientos otorgó al concierto una profundidad que nos envolvió a todos de principio a fin; Berninger, además, no parecía estar de humor, y se aferraba al vino lo mismo que a esa voz tan privilegiada que tiene. Fieles a sí mismos, desarrollaron su música sin sobresaltos, pero con las cuerdas siempre bien tensas. La comisura, no obstante, duró poco: Start A War y Anyone’s Ghost, y en seguida dos platos fuertes: Mistaken For Strangers y Bloodbuzz Ohio. Con Slow Show ya nos habían conquistado. The National se marcaron un concierto de esos en los que solo se te ocurre dejarte llevar y disfrutar. Un repertorio centrado en sus dos últimos trabajos, High Violet y Boxer, donde tampoco faltaron All The Wine o Mr. Novembre, que además contó con la aclamada colaboración de Sujfan Stevens (en Afraid Of Everyone y Terrible Love): 17 canciones que convirtieron en eternas e inolvidables.



Volver del escenario Llevant al menos posibilita el tener un rato para uno mismo, para pensar en el próximo objetivo, para repasar el cronograma, para resolver la eterna duda entre Deerhunter y Explosions in the Sky, para evaluar el estado de tu cuerpo en relación a las necesidades más básicas…Todo interrumpido por la impulsiva decisión de última hora de echarle un vistazo a Low. Los de Minnesota aportaron la pausa que necesitaba, el componente slowcore que no puede faltar en el Primavera, y lo hicieron con esa inmaculada calma, con esa perfecta paciencia, con esa intranquila quietud que caracteriza su sonido. Durante su sigiloso espectáculo disfruté del regocijo de la intimidad y, sobre todo, pude decidir finalmente por cual iba a ser mi próximo destino: el escenario Ray-Ban; razón: Explosions in the Sky.

El cuarteto de Austin, bandera tejana en ristre, al contrario que Low, aportó energía pura: un chorreo de post-rock instrumental tremendamente inspirador, pulcro y celestial. Estuvieron simpáticos, hablando ese español tan gracioso de los sureños, haciendo referencia a la Spanish Revolution al finalizar su turno, y muy modestos al pretender, solamente, desatar explosiones en el cielo. En su repertorio solo cupieron 6 canciones: tres de su último álbum, Take Care, Take Care, Take Care, dos del penúltimo, All Of A Sudden I Miss Everyone, y una del The Earth Is Not A Cold Dead Place; probablemente lo más directo y potente de sus últimos trabajos. Explosions in the Sky demostraron en todo momento un dominio abrumador del tempo y de la distorsión, montaron un sonido claro, luminoso y tremendamente esperanzador. Supieron, en definitiva, transformar ese ambiente en un inmenso abrazo musical, lleno de detalles y emociones. Uno podría interpretar que nos mandaban a casa, que nos deseaban dulces sueños, pero supongo que no obviaban la calidad del resto de intérpretes que aún quedaban por salir a escena. Porque al acabar el sortilegio de los Explosions, y cuando las piernas más atestiguaban el cansancio, me di cuenta de que empezaba Pulp en cuestión de minutos.



El show de Jarvis Cocker fue estelar. El escenario San Miguel se quedó enano, y yo aproveché lo desmesuradamente expansivo que fue el concierto para relajarme en el césped, y dejarme seducir por, los hasta ahora desconocidos para mí, Pulp. Porque un festival como el Primavera Sound sirve también para esto: para conocer en su estado puro a artistas que, por hache o por be, no has tenido el tiempo o la fortuna de escuchar antes. Conocía de oídas a este grupo, y muchas de las canciones que sonaron, auténticos himnos, plenamente interpretados por su frontman, me sonaban a rabiar. Las buenísimas sensaciones que transmitieron harán, con toda certeza, que empiece a consumir, uno tras otro, los múltiples trabajos de Pulp. Me dejaron tan satisfecho y animado que, aún siendo ya las 3 de la mañana, decidí darme una vuelta a ver qué estaba haciendo Jamie XX, y ya quisieran muchos garitos sonar así alguna de sus noches. Camino a la salida también me detuve a degustar un poco de Battles, pero las tímidas gotas que empezaron a caer, y la idea de una caminata pasada por agua hasta un metro no abarrotado, me convencieron para emprender la marcha. Caminata al metro, visita fugaz a Pl. Catalunya, y grata sorpresa al llegar a mi hospedaje.

SÁBADO 28.05

Llegó el gran día. El día en que el fútbol y la música, dos de mis grandes pasiones, colapsarían exactamente a las 20:45, hora Champions. Al parecer, PJ Harvey pidió por favor a los organizadores no coincidir con el choque, y así fue: recordaré su concierto como la mejor de las celebraciones de mi vida como aficionado. Pero no fue fácil combinarlo todo, en el día de mayor complicación para el ajuste del programa, el día con más conciertos en mi agenda.

Lo malo de días así es que corres el riesgo de ver medios conciertos, de andar de escenario en escenario a toda prisa sin apenas tiempo de fijarte y disfrutar, y de ejercitar tu cuerpo, sin habértelo propuesto, más que en todo el año. Esto último ocurre cuando, como fue mi caso, tienes que ir al escenario Llevant hasta cuatro veces; total: unos 8 km. En cualquier caso, entré de cabeza a Yuck, una de las promesas del indie, o del pop, o del pop-grunge, o de la etiqueta donde queramos meter a estos chicos. Estuvieron más que correctos en la escasa media hora que tocaron, muy desenvueltos. Realmente no hay muchos sonidos que deban escucharse en concierto a la luz del sol, pero este fue uno de ellos. Get Awat y Operation, probablemente sus dos mejores temas, sonaron seguidos, y sonaron a gran concierto, la verdad.



La primera vez que fui al Llevant esa tarde fue para llevarme una gran decepción: a Warpaint se le hizo grande el escenario, y demasiado complejo su sonido para interpretarlo a pelo, sin el estudio de grabación de por medio. Las chicas están un poco verdes para tocan en tamaño emplazamiento, su sonido quedó desubicado, desenfocado: claramente preparado para lugares cerrados, de techo bajo y atmósfera fosca. De modo que tocó deshacer el camino y dirigir mis pasos al escenario San Miguel, donde ya se preparaba uno de los platos fuertes de esta edición, los milagrosos Fleet Foxes. Porque lo de esta banda de Seattle es un constante frotarse los ojos, una absoluta incredulidad: en cualquier momento se correrá la cortina y veremos al mago, y su enorme equipo de ingenieros musicales, moviendo los hilos de esas máquinas que se hacen llamar Fleet Foxes. Con el sol poniéndose tras el escenario, en una tarde deliciosa de temperatura tenue, los padrinos del neo-folk dieron un repaso intenso, primero al Helplessness Blues, y luego a su asombroso álbum de debut, en un concierto de esos que querrías anclar a la memoria para poder revivirlo una y mil veces. Lástima que los nervios por la final empezaran a hacer mella en mí y en mi atención.

No describiré mis sensaciones como culé en lo relativo al partido; solo diré que no podía ir más contento de vuelta al escenario San Miguel, hacia las 22:30. PJ Harvey no esperó a nadie, empezó puntual como todos, y estuvo grande como pocas. El Let England Shake sonó junto a otros muchos hits de esta artista inconmensurable, de personalidad incalculable. El sabor que me dejó la inglesa en la boca habría sido del todo perfecto si no predominara en ésta el implacable sabor del hambre. Pero no había tiempo, y con el estómago vacío me encaminé, por tercera vez, al escenario Llevant. Aunque lo reconozco: por Mogwai me habría ido andando hasta el extremo opuesto de la Diagonal.



Porque los escoceses lo valen: ya son veteranos. Es la tercera o cuarta vez que los veo, y nunca habían estado tan colosales. Sorprendentes, maduros y muy comunicativos, presentaron más de la mitad de su último trabajo, Hardcore Never Die, But You Will, y completaron el repertorio con los mejores hits de su ya dilatada carrera. Así, no faltaron I’m Jim Morrison, I’m Dead, Travel Is Dangerous, Haunted By A Freak, Mogwai Fear Satan o Auto Rock en un concierto intensísimo y absolutamente abrumador. Varias veces felicitaron al público por la victoria del equipo de la ciudad, y en esta ocasión Martin Bulloch lució la zamarra del Barça, sin olvidar la bufanda de su bien amado Celtic de Glasgow. Pero pocos recordábamos ya la Champions, porque cuando Mogwai toca así, lo invaden todo, colonizan hasta la última de tus células sensitivas; puedes incluso reconocer el tacto de sus notas, su olor: ese perfume de sombrío post-rock, el aroma esperanzador de un apocalipsis liberador. Cuando Mogwai toca así, todo lo que haya fuera del recinto del concierto carece de sentido, pero en cambio tu existencia, la existencia en general, y la vida sobre la tierra, resultan engañosamente claras. No dieron mucha tregua, y el final, con la contundencia de Batcat, resultó un broche perfecto para una actuación sobresaliente.



Entre lo poco que mi cuerpo estaba dispuesto a escuchar ya se encontraban, por fortuna, Animal Collective y DJ Shadow. Asistí a los primeros tristemente sentado junto al obsceno camión de Jack Daniel’s, derrotado ya de tanta emoción. Alcancé a fijarme en el in crescendo de un concierto que acabó siendo un fiestón: una especie de sesión como salida de una frondosa jungla de sonidos que encandiló a un público entregadísimo. Y del segundo apenas vi el último tema, ya de garitazo, porque la organización, al parecer, lo adelantó media hora. Último paseo al Llevant prácticamente en balde. No obstante, el día había sido completo, y podía irme a casa tranquilo y satisfecho. “Tardaré varios días en digerir esto”, pensé mientras abandonaba el recinto. Y así ha sido. Lo único de lo que me arrepiento es el no haber ido el domingo al concierto de The Black Angels de la sala Apolo, pero preferí conocer Barcelona, y de la mejor manera posible. Lo siento por ellos; y también por Deerhunter, Belle & Sebastian, Caribou, Einstürzende Neubauten, Sujfan Stevens, Ariel Pink’s, The Album Leaf, The Fresh & Onlys, Twin Shadow, Cloud Nothing, Ornamento y Delito, por The Walkmen, por Las Robertas

BLOC PARTY



La tormenta perfecta.

Hace un par de semanas decidí darle una segunda oportunidad, tras años de por medio, a Bloc Party. Cayó en la conversación adecuada, con la persona adecuada: admirada e inagotable fuente de música, desconocida o ignorada por mí. Poner en duda el gusto que tenía hace apenas un año, me está resultando un ejercicio muy fructífero y enriquecedor últimamente. Con Bloc Party he tenido un primer instante de infinito entusiasmo, pero hay que estar el loro: esta banda tiene un límite clarísimamente marcado. Para mí, su carrera empieza y acaba en el SILENT ALARM.

Francamente, no me interesan sus siguientes Cds. No puedo hablar de un disco sin tener en cuenta aquellos que le precedieron, pero sí puedo obviar los que le siguieron. Este va a ser el caso. Repito: Bloc Party, para mi, se reduce al SILENT ALARM. Que no es poco.

Los primeros segundos del Cd son casi idénticos al de la monumental Limerick, tema que abre el Amanita de Bardo Pond. Pero en seguida nos damos cuenta, cuando entra en tropel la batería y, más tarde, el bajo, de que estamos ante un ejercicio de rock concreto: una marejada musical de constante y potente oleaje, de sorprendentes cambios, no te tono, ni de ritmo, sino de intensidad, donde quisiéramos zambullirnos una y mil veces. Es un disco hecho a base de chapuzones intensos de punk-rock revival al estilo del Reino Unido. Un disco que tiene la grandeza de la arquitectura del líquido: imprevisible, caprichosa y libre.

Por lo general, los temas presentan cierta progresión hacia el clímax, salvo en Helicopter y Pieces of Gasoline, que empiezan ya a tope desde el principio. También Luno, que ejemplifica mejor que ninguna otro de los secretos del sonido de este álbum: la conjunción básica de un bajo contínuo y una batería que no da pausa a la respiración. El temazo se lo marcan ellos dos; y las guitarras, muchas veces, parecen bajar del techo, como gélidas gotas de agua, como estalactitas vivas que acaban apoderándose de la canción entera; y de tu cuerpo. Luno es de los mejores ejemplos, pero casi todos los temas progresivos funcionan así. Positive Tension, She's Hearing Voices y Plans, o This Modern Love, The Pioneers y Like Eating Glass, aunque en éstas las guitarras entren primero, son claros ejemplo. Bajo contínuo más batería súper cañera y rica, y unas guitarras de precisas distorsiones, que terminan siempre en lo más alto.

Bloc Party tiene en este Cd el morboso atractivo de las tormentas de verano. Aquellas estalactitas, en ocasiones, se convierten en un goteo incesante, en una lluvia de punteos y rasgueos que, como en el abordaje del océano a cualquier barco, ataca por cualquier lado imaginable. Positive Tension es el mejor ejemplo de tempestad que proponen los de Londres: un orvallo que evoluciona adornando al bajo conductor, que termina convirtiéndose en un chaparrón de los de primavera, de los que te dejan ver el sol tras el nubarrón. Unas lluvias deliberadas que, al ritmo que impone la batería y su fuerte oleaje, baten sin piedad el casco de quien se embarque en la escucha de este SILENT ALARM. Porque las ráfagas de música no se acaban aquí: el temporal se desata tras cualquier esquina, en cualquier canción, ya sea a modo de estribillo (Like Eating Glass), en las variaciones, o a modo de culmen.

Bloc Party construye un Cd sobre la base del asedio al intruso, con la constancia de una naturaleza oceánica, sobrehumana, que intenta reducir al agente invasor, desplegando poderosamente toda la magia de su furia. Con la consistencia del agua, que ataca bajo cientos de formas distintas, desde todas direcciones, y con la virulencia de infinitas ordas de minúsculas gotas que se mueven al unísono, bajo la marcada y precisa dirección de un bajo contínuo y una batería sensacional. SILENT ALARM es uno de esos Cds que, si te gusta, lo vas a quemar, lo vas a rayar, lo vas a reescuchar, y nunca nunca te va a cansar. Son casi todo grandes hits; y, además, algunos tienen la fantástica virtud de hacernos revivir, una y otra vez, ese primer chapuzón del verano: aquel en el que realmente eres consciente de lo maravillos que es tener tu cuerpo empapado, rodeado de fantástica y refrescante agua pura.




DEAD MEADOW. Madrid, 5-5-2011.



Dead Meadow. Tres hombres y una botella de whiskey.

Los conciertos en la sala Moby Dick me encantan. A parte de tener casi siempre un impecable sonido de club, da la impresión de que los artistas se sienten cómodos, arropados y comprendidos en el escenario. Las dimensiones y la suave distensión del local permiten un ambiente de camaradería que, sin duda alguna, es una de las características básicas del tipo de conciertos que allí se ven. Poca gente, un escenario apenas elevado medio metro del suelo, y bandas jóvenes, prometedoras, y generalmente alternativas, pero con un pequeño núcleo de fieles seguidores. Spindrift y Dead Meadow aprovecharon ayer esa atmósfera especial de Moby Dick para repartir música americana en grandes y contundentes dosis; cada uno a su modo, pero ambos demostrando una fuerte personalidad.

Lo de Spindrift fue toda una sorpresa. Una curiosa combinación de personajes y sonidos invadieron la rítmica interna de cada asistente, pocos en un principio, hasta hacernos casi creer que aquella mítica sala de madera podía transformarse, a golpe de country psicodélico, en un saloon de baile al más puro estilo del midwest norteamericano. Tres de los cinco integrantes de la banda llevaban llamativos sombreros de cowboy, y su aspecto étnico delataba su proveniencia. Son californianos, pero su música remite a las mismas fronteras huidizas a las que canta Calexico, la voz de Sasha Vallely-Certik a la de Cat Power, pero sin sus tablas ni su afinación, y su universo estético al del spaguetti western de Ennio Morricone. Spindrift son como un soplo del desierto de Sonora, más cercanos a la cosmogonía del indio que a la del pionero colono; teñidos también de esa misma deformación psicodélica y escatológica presente en Dead Man (Jim Jarmusch). Practican, de hecho, un constante ejercicio de homenaje musical a toda esa narrativa fílmica del oeste, del mito caído del colono que reclamó su estado a Méjico.

Dead Meadow no tuvo tanta connotación étnica o cultural; en cambio gozó de mayor público, mayor protagonismo y algo más de tiempo. Es la primera vez que una gira los trae a nuestro país, y como buena banda indie, su debut en Madrid fue en un lugar donde pudieron sentirse como en casa. La hora y media de concierto dejó al público con la impresión de haber exprimido a tope el jugoso sonido de la banda; y con la sensación de haber asistido a uno de esos conciertos que, cuando vuelvan en unos años a La Riviera, recordaremos con el orgullo de quien les vio en la intimidad del desconocimiento masivo. Supieron llenar el espacio con su inmovilidad, con su críptica indolencia; y supieron transmitir, con un repertorio coherente y sin tregua, el estado anímico de Jason Simon: coordenadas básicas para la música de Dead Meadow.

El trío de Washington D.C emergió de entre el público cuando llegó su turno y, asidos a los mismos tercios de Heineken que sosteníamos muchos, dieron comienzo al recital. Los chicos de Dead Meadow se entienden en el escenario igual de bien que en los estudios de grabación, comparten una deliciosa dejadez, tan propia de la psicodelia como ajena de la auténtica música de raíz norteamericana. Comparten cierta insolencia y soberbia, en pose y expresión, que inunda su música de un particular, pausado y seguro sonido stoner. Poco importó el orden de las canciones que sonaron, o a cuál de sus cinco discos pertenecían los acordes y fraseos de bajo que se oyeron: de principio a fin sonó todo en un mismo tono, en una frecuencia melódica muy similar, pero rica e inspirada en la artesanía instrumental.

Para los más entendidos, no obstante, el setlist del concierto sació de sobra las expectativas: 'Heaven', 'Let’s Jump In', 'Ain’t Got Nothing', 'Whats Needs Must Be' o 'The Great Deceiver' sonaron con todo el poderío y la calma plomiza, lisérgica y letárgica, tan características de la banda norteamericana. Cada tema fue un amistoso y áspero mano a mano entre el bajo de Steve Kille y la guitarra de Jason Simon, siempre arbitrado por una percusión igualmente arrogante y provocadora. La personalidad de Mark Laughlin en la batería es tan básica en Dead Meadow como el suelo para la vida humana: resbaladiza, y con una métrica de puntillas, sostenida en los platos, siempre da la cara cuando tiene que asentar cimientos. Es como esos pocos pasos firmes que damos en la vida, seguros entre tanto camino inestable.

A medida que avanzaba el concierto, la botella de whiskey Jameson que compartía el trío iba vaciándose. Sin mezclas; duro, y a grandes tragos. Así es el rock de Dead Meadow: una poderosa forma líquida que endurece tus entrañas, para hacer que te creas más fuerte por fuera. El atractivo que tienen, y así lo demostraron ayer, reside en que en su naturalidad nos reflejamos todos de alguna manera. En el orden y el despliegue rítmico, a modo de alas de ave rapaz, de la percusión, en la difusión imprevisible de punteos y distorsiones, en los saltitos de Kille, pidiéndole batalla a su amigo y compañero de cuerdas, en la voz sin sobresaltos de Jason Simon, o en la cotidiana estética de su imagen: pelo liso sobre los ojos y barba. De lo que no me cabe ninguna duda es del hecho de que estuvieran como en casa: a parte de la botella de whiskey, era evidente que el guitarrista y compositor, el sobrino de David Simon, genio creador de la serie The Wire, llevaba su camiseta preferida. Algo roída y empapada de sudor, pues Dead Meadow lo dio todo en el pequeño escenario de la Moby Dick. Un concierto de rock de verdad.

THE BLACK ANGELS



Si tuviera que apostar, diría que estos chicos de The Black Angles formaron su grupito en 1969-70 y, accidentalmente, inventaron también una máquina del tiempo con la que viajaron hasta 2005. Con el paso de los años, y después de 3 discos, disimulan mejor; pero indudablemente su sonido es de una época que ya pasó hace mucho tiempo. De ser así, tendrían su mérito, pues habrían sido precursores, en cierto modo, de todo el movimiento Madchester, y del Brit-pop de los años '90.

The Black Angels son de Austin, Texas. Passover, DIRECTION TO SEE A GHOST, y Phosphene Dream son todo su trabajo: reminiscencia de una época donde el miedo no nos imedía soñar cada noche. Un sonido de vocación psicodélica, pero con la amabilidad y las buenas maneras de unos músicos muy lúcidos. The Black Angels son una especie de reencarnación de los Jefferson Airplane, pero pasado por la licuadora intelectual de principios del nuevo milenio. Y entre las más descaradas influencias, es inevitable nombrar a los Stone Roses, Kula Shaker, o The Charlatans. Suenan americanos, psicodélicos, tejanos, bluseros, pero también a la estilizada elegancia británica herencia de los Who, a ese ritmo irreverente, tan propio de los súbditos de su majestad.

Passover es un disco concreto de claras intenciones, compacto y aguerrido. Un sonido que solo carece de piedad. DIRECTION TO SEE A GHOST es el más experimental de los tres, elepicentro de mi pasión por esta banda, y Phosphene Dream, su último trabajo, el que van a presentar en el Primavera Sound, una evidente apertura, un sonido mucho más ligero y directo. Su tercer Cd aburre un poco, y eso que fue el primero que escuché. No, la esencia de esta banda reside en sus dos primeros trabajos, sin duda. DIRECTION TO SEE A GHOST destaca por el equilibrio perfecto entre esas dos referencias: el rock psicodélico americano de los '60-'70, y el brit-pop de principios de los '90. Frente al frontalismo del Passover, en el segundo Cd hay una aire más liberado, las notas se disparan en todas direcciones. Tiene muchísimo más contenido musical que los otros dos, desarrollos más largos, y adornos de presencia más intensa.



La verdad es que nada de estos tejanos tiene desperdicio. Cada disco tiene su valía, sus cualidades, su sonido redondeado y coherente. Pero entre ellos se pueden percibir pequeñas diferencias que nos hablan de un grupo en perpetua edificación. La psicodelia del DIRECTION TO SEE A GHOST, por ejemplo no es tan pura y libre en sus otros Cds, lo que hace de éste su trabajo más completo. Todos los temas superan los 4:30 minutos, y todos contienen diversos espacios musicales donde juegan con el blues de garaje, el poder manipulador anímico de los platos de una buena batería, y la movilidad apática derivada de la voz explayada de Alex Maas. El secreto de este álbum es la especie de onda expansiva en la que se manifiestan todas y cada una de las notas. A veces suenan más a The Verve, como en Doves o 18 Years, otras a Kula Shaker (en Deer-Ree-Shee), o en general, al pop-rock británico como In YOur Color, y otras veces reflejan la actualización de un sonido prototípico de los Jefferson Airplane, la Velvet Underground o The Jimmi Hendrix Experience (en el trasfondo de casi todos los temas, pero más especialmente en You On The Run, Science Killer, Mission District, Never/Ever, Vikings o la interminable Snake In The Grass).

The Black Angels difícilmente llegue al gran público. No es en absoluto una rareza; es más, es una mezcla de cosas que ya son, y suenan, clásicas. Pero aunque estén en una línea cercana, por ejemplo, a The Black Keys, o Black Rebel Motorcycle Club, The Black Angels representan el lado más oscuro y ácido del rock-blues alternativo y del folk sureño norteamericano, o la vertiente más psicodélica de aquel garage que, en el noreste, se desarrolló paralelo al movimiento grunge. De lo que estoy seguro es de que son buenos músicos, y por tanto imagino que gustarán mucho en directo. Eso sí, en festivales de música independiente, por el momento.





ARCHIVE



Breves coordenadas del género.

En los años '30 Marc Bloch y Lucien Febvre crearon en Francia una revista de Historia que resultó ser tremendamente revolucionaria. 'Annales' abogaba por un discurso histórico total, sin fragmentaciones. Atentaba contra el método alemán historicista que, atendiendo a una obsesiva y pulcra plasmación de los datos, dividía la historia en pequeñas cajoneras separadas que contenían la Historia social, la económica, la política, con la interior en un cajón, y la exterior en otro. Así tendemos a hacer aquellos que escribimos sobre musica: etiquetamos, clasificamos, y metemos en inmensos sacos todo sonido, elemento musical o artista que pase frente a nosotros, sin ningún tipo de contemplación. Justo o no, ése es el método que tenemos nostros para explicar y describir la música; y ellos, quizá en su obligación, han de huír del clasificado, renegar de la etiqueta impuesta, desencasillarse y evolucionar. Así nacieron términos como el de trip-hop.

Cuando me preguntan, suelo definirlo como un sonido que se hizo en Bristol entre 1994 y 1998 que, pese a no haber sido reconocido por sus supuestos progenitores, y haber desaparecido casi absolutamente, ha influido enormemente en importantes ramas de la música contemporánea. Portishead, Massive Attack y Tricky son la referencia indiscutible. Negándola en su momento, y abandonándola después, han hecho de esta música un lujo de existencias limitadas, una minúscula rareza irrepetible, completamente no-atemporal (que en este caso aumenta su valor), un híbrido genético musical alucinante, pero incapaz de dejar descendencia. Es, además, un magnífico y excepcional fósil guía que reconstruye las tendencias que confluyeron, a mediados de los '90, en principio, entre la música electrónica y el hip-hop.

Trip-hop de catálogo.

Archive, desconocido para mí hasta hace unos días, practicó trip-hop en sus inicios, pero como mandan los cánones del género, pronto lo abandonó. Darius Keller y Danny Griffiths son el núcleo de esta banda londinense que, formada en 1994 con la incorporación de la vocalista Roya Arab y el rapero Rosko John, editó un disco, LONDINIUM, y en seguida se disolvió. Otra rara avis. Nos dejaron, éstos cuatro músicos, un disco delicioso de auténtico y genuíno trip-hop. Keller y Griffiths, de todas formas, han dado continuidad al proyecto con otros colaboradores, sacando al mercado más de media docena de Cds más, eso sí, en otra linea musical. LONDINIUM es el disco (nunca mejor escrito, con mayúsculas).

El trip-hop de Archive no es como el de Massive Attack o Portishead: las mareas musicales encontradas no armonizan tan majestuosamente como en los padres del género. Las bases no resultan tan definitorias del tema; son más neutras, y permanecen un tanto camufladas bajo arreglos de tinte algo más clásico que en Portishead o en Massive Attack. El ritmo creado es el habitual downtempo del trip-hop y del acid-jazz: un latir elegante y accesible, pero preparado para ser lanzadera de un rapeo, con ligero acento africano-caribeño. Por otro lado, el juego vocalista combina el rap con la voz melódica femenina, más en la linea de Lamb que en la de Beth Gibbons, de manera un tanto segregada. En cierto modo parece como si todavía no hubieran tomado la decisión de qué vía escoger, como si su música avanzara con el pie sobre el freno, atenta y consciente de la cercanía de una bifurcación insalvable.

LONDINIUM, de todas formas, cumple con creces con la 1ª característica indispensable para hacer buen trip-hop: la elegancia. Nobleza de ambiente, ritmo lento pero seguro, henchido de brillantes y pulidos secretos, y una combinación vocalista que, pese a mi quisquillosidad desquiciante, es fantástica. El rap y la voz melódica se combinan a la perfección en So Few Words, Darkroom y el Last Five (caso aparte el de Londinium, que va más allá). Incluso en otros temas, cuando aparecen por separado, entonan el mismo juego: timbres dulces, calmados discursos, seducción lenta y encanto; pieles delicadas para un trip-hop de escaparate. Porque Archive da un poquito de todos aquellos elementos que, unidos como en una fórmula alquímica, hicieron posible que se hablara de este género, pero solo a modo de catálogo. Bases de hip-hop en downtempo, homenaje a los clásicos del jazz y del soul, acid-jazz (Headspace) y electrónica derivada, o atraída por, voces melódicas y seductoras (mejor si son femeninas), el imprescindible sombreado del rap, scratches, samplers, sintetizadores y, por supuesto, la innata elegancia necesaria.

Archive es genuíno porque no imita a nadie: es su trip-hop. En una linea muy cercana al dogma de Bristol, los de Londres son más hip-hop alternativo cuando rapea Rosko John, y más acid-jazz, con base en lugar de instrumentación (salvo en Headspace que sí es plenamente acid-jazz), cuando canta Roya Arab. El único pero es que el valle entre esas dos tendencias, ese utópico lugar que llamamos trip-hop, en Archive, resulta un tanto menos fertil. Por tanto, en mi opinión, el disco sube de nivel con los temas más raperos (más que con la aportación de la cantante). Entre otras cosas por ese tenue olor a Fugees que tanto me gusta del tema Londinium. Y del otro lado, de la ladera del acid-soul, destaca Nothing Else, que pese a sonar musicalmente más a Lamb o a la noruega Beady Belle, tiene ese encanto teatral que tanto caracteriza a Beth Gibbons.

LONDINIUM no tendrá la sólida definición interna del Blue Lines, del Dummy, del Maxiquaye, del Portishead, o del Mezzanine, pero conecta tanto genéticamente con ellos como yo con mis primos gallegos. Tienes la misma sensación de privilegio al escucharlo. La sutileza, el ritmo sofisticado, la selecta atmósfera, el estilo, son conceptos que Archive domina con esta primera formación. Lo que viene después me interesa como una décima parte. LONDIMIUM ha entrado en el aristocrático saco del trip-hop auténtico cuando ya casi lo daba por cerrado. Lo cual me lleva a la siguiente conclusión: puede que el trip-hop haya muerto a día de hoy (certificaron su muerte los propios creadores con el Third y el Heligoland), pero la arqueología musical todavía puede rescatarme algunas piezas hasta ahora desconocidas. Suerte que la música es infinita.