PRÓLOGO DEL PRIMAVERA SOUND 2012



PRIMAVERA SOUND 2012. PRÓLOGO: The Wedding Present y The Walkmen.

Pese a que desde el inicio del mes de mayo ha habido ya conciertos, en clubs y bares de toda la ciudad, hoy día 30 ha comenzado de verdad el San Miguel Primavera Sound en Barcelona, edición 2012. Y lo ha hecho regalando una tarde-noche de conciertos en el Arco del Triunfo, gratuitos y abiertos a cuanto público se acercase, y una serie de conciertos en las dos salas de Apolo. Para ir abriendo boca antes de las sucesivas sobredosis que nos esperan en los próximos cuatro días, me he acercado solo un rato a la alargada y habilitada plaza que hay, a modo de bulevar, entre los dos sentidos del Passeig de Lluís Companys. El menú incluía a No More Lies, Jeremy Jay, The Wedding Present, The Walkmen y a los Black Lips, pero me contentaba con ver a los tres últimos.

Llegué antes de que Jeremy Jay, un joven californiano de lo más indie, acabase su concierto. Al frente de una banda que parecía algo tímida, e interpretando canciones de cierta delicadeza floral, el cantautor resonó un poco hueco en un escenario tan grande, vacío y diurno. Lo mismo le habría pasado a The Wedding Present, probablemente, si no llevaran 25 años subidos a las tablas. Los de Leeds forman parte de una época que, en cierto modo, ya pasó: suenan irremediablemente a clásico de los ’90. El parón de casi 10 años (1996-2005) terminó siendo una transición demasiado dura para la banda, que ya nunca volvió a ver los números y el éxito de la que fue su década. La formación que acompaña a David Gedge no tiene ya nada que ver con la que empezó, así que ninguno de los miembros salvo el líder y compositor fueron responsables de la creación de su álbum más aclamado, el que además venían a interpretar: Sea Monster (RCA, 1991).

Es innegable que el sonido resultante del trabajo de The Wedding Present tiene bastante de carismático, pero también es verdad que su efecto se disuelve a medida que avanza su repertorio. Su post-rock de antaño se ha transformado en una música a la que le cuesta resultar sorprendente, poco rupturista; y la actitud que reina y transmiten, aunque vital y, por momentos, bastante enérgica, aqueja cierta nostalgia incurable. No obstante, estuvieron a la altura de las expectativas del público, haciendo gala de una seriedad y un saber hacer bastante notables.

Las expectativas, en este caso mías personales, con respecto a The Walkmen, por otra parte, se cumplieron también medianamente: lo que pasa es que no eran muy altas ya de por sí. Y no es que su concierto fuera malo, que no lo fue, pero desde la publicación de su segundo álbum, Bows + Arrows (Record Collection, 2004), todo lo que hace esta banda norteamericana me parece un puedo y no quiero. No termino de encontrar la garra que exhibían en aquel Cd, con The Rat a la cabeza, como si aquel sprint inicial les hubiera permitido pedalear a la deriva por el resto de sus carreras. Con todo, los Walkmen tienen una base correcta de música inspirada que les basta para pisar siempre terreno firme, para hacer que la lúcida voz de Hamilton Leithauser llegue a la altura desde la que ha de ser lanzada al público. Protagonizó el concierto el cantante, engalanado con camisa, americana, y una pose siempre fotogénica, dando la impresión de que han alcanzado una categoría o un estatus en el mundillo de la música que les permite evitar mancarse las manos: y creo que es justo ahí de donde no se saca la garra necesaria para convencer, al menos, a quien escribe.

Y como en los aperitivos uno no ha de llenarse demasiado el estómago, archivado ya lo visto, emprendí el camino a casa en bici sin acabar de escuchar a The Black Lips. Desechados los Beach Fossils y el plan de Apolo por aforo completo, The Wedding Present y The Walkmen, dos grupos de pelotón, de los que no hacen un festival pero sí le dan cuerpo, fueron suficiente para la primera noche de festival. A partir de mañana abre sus puertas el recinto de los 10 escenarios en el Fórum, y la agenda no será tan lineal como la de hoy. Espero que los platos principales den un salto de cualidad con respecto a los aperitivos, y que haya conciertos de los que hacen saltar las lágrimas. 

Fotos de Pablo Luna Chao.

SIGUR RÓS

 


¿Amanece o anochece?

Llevaba tiempo esperando poder decir lo siguiente: ¡Sigur Rós han vuelto! Cuando hace apenas dos años anunciaron que se tomaban un descanso indefinido, para centrarse en sus carreras en solitario, jamás imaginamos que necesitarían tan poco tiempo para darse cuenta de lo huérfanos que nos dejaban a todos sus seguidores. Es como si últimamente hubieramos tenido que aprender a dormir solos por las noches, sin el cuento o la canción de cuna con la que nos criaron nuestros padres. Pero ahora, como venidos de un largo viaje que se antojaba solo de ida, vuelven el calor de sus manos a arroparnos, el sosiego de su voz a embelesarnos, y su contar melódico y nostálgico a conducirnos, envueltos en paz y harmonía, a donde solo la imaginación y la magia reinen sobre mi mente.

Los islandeses siempre han sido un grupo diferente, una banda a parte. Con una sensibilidad especial, y un inalterable fondo de bondad absoluta, siempre han parecido de otro planeta: los protagonistas, quizás, de una mitología tan del norte que pertenece a las estrellas. Serían la leyendo de quien creó de la oscuridad la luz, de quien le dio voz al silencio, de quien armonizó el cielo con la tierra, el fuego y el hielo, y la noche y el día. Sigur Rós no podían nunca pasar inadvertidos: hegemónicos sobre el post-rock, el space-rock y el dream-pop del siglo XXI. 

Ahora han vuelto y percibimos ciertos cambios: transformaciones naturales que se han ido produciendo a fuego lento, y que ahora se muestran orgullosamente enunciadas. VALTARI no tiene el fresco verdor de otros discos, ni la tensión ni el ritmo de galope; no tiene el desarrollo apocaliptico que nos hizo estremecer en obras pasadas. Pero en el poso de su sonido se nota todo eso, interiorizado y fusionado en sus entrañas. Se entrevén, más allá de la apariencia harmónica y casi tántrica del nuevo disco, todas las etapas y estratos que han conducido a Sigur Rós al punto exacto musical en el que se hallan. Y como no podía ser de otro modo con gente así, el ciclo de los islandese remite a un lugar muy familiar para todos, cerca de sus orígenes.

No es que VALTARI sea un volver a empezar, una vuelta al principio, pero sí se respira esa misma suspensión en la nada que se apreciaba en el Von: una nada llena de detalles como surgidos de la inercia y del caos puesto en paz, observado lenta y apaciblemente. Hay, frente a su primer disco, una mayor capacidad de síntesis, de silencio y suavidad. Y aunque rítmicamente sea, como aquel, mucho más monótono que los demás álbumes, la riqueza compositiva de melodías y texturas supera con creces la que aquel disco áspero, denso y desafiante con el que se presentaron al mundo. 

Es como contraponer el alba con el atardecer: inconfundibles entre ambos, no son más que el sol puesto en el mismo ángulo. Sigur Rós hace que nos dé igual si empiezan o acaban, si es el principio o el fin de algo; hacen que, sin más, te detengas un instante y observes qué hay afuera, ahí, frente a tí, a tu alrededor. El cromatismo característico de los islandeses, en este como en sus mejores trabajos, nos recuerda una vez más que el hogar de cada uno es uno mismo, y que aunque el mundo es grande y asusta, es precisamente ahí donde radica la magia de estar vivo. 

Desgranar VALTARI es como descorrer vestidos de seda en busca de un secreto que reluce en el fondo del armario. Puede que la tensión y el gótico de anteriores etapas haya menguado, pero parece que su paso por el barroco ha concluido, dejando atrás esa fase, orquestal y florida, que representa en la carrera de Sigur Rós el Með Suð I Eyrum Við Spilum Endalaust. Canción a canción encontramos siempre una contención natural a los sentimientos que, en anteriores trabajos, se expresaban con más aínco e intensidad. Pero transmiten todo el proceso de lucha y contradicción dialéctica interna que han sufrido para llegar hasta aquí. No habrá momentos de éxtasis más allá de Varúð o Rembihnútu, y sin la grandilocuencia de antaño. Ni voz en las últimas canciones, como ese final anticipado al que solo ellos saben poner música. 

Tal vez haya gente que crea que este disco solo vale para echarse la siesta, y no hace falta que le augure dulces sueños, porque estoy convencido de que los tendrá. Y más que dulces, los tendrá plateados, y de ese azul tan poco carnoso al que han vuelto los islandeses. Después de su exito por todo el mundo, su florecimiento cuando Jonsi buscaba en solitario, y después de la promoción que hicieron con Heima e Inni, esta vez sí, Sigur Rós han vuelto...a casa.

Os dejo el documental Heima, que es una joya.

CERRADO POR VACACIONES (16/04 - 16/05)

Este blog permanecerá cerrado durante el próximo mes. Quedarán aparcadas sus actividades hasta mediados de mayo debido a que me voy de viaje a Mozambique.

Me voy con mi novia aquí:



A ver a este tío:


A la vuelta vendré con fuerzas suficientes para empezar la temporada de festivales europea, con el Primavera Sound y el Optimus Alive en el horizonte, además de conciertos como el de Portishead, Tortoise, Bon Iver, y un (espero) larguísimo etcétera.

THE XX



En este caso sí: es oro, y reluce.

A estas alturas no voy a descubrirle a nadie esta banda: fueron el pelotazo británico de 2009, ganadores del Mercury Music Prize de 2010 y, hoy por hoy son uno de los mejores reclamos que cualquier festival podría tener. Ya todos saben que The XX son Romy Madley Croft, Oliver Sim y James Smith (también conocido como Jamie XX), tres veinteañeros que se conocieron en la londinense Elliott School (cuna de Burial y de Hot Chip) hace algunos años, que al editar hace 3 su álbum de debut fueron recibidos al nacer por los brazos abiertos del éxito. Ni siquiera es fácil especificar qué género fue el que revitalizaron con su XX, porque lo que hacen es tan atractivo como insólito. Electrónica indie, downtempo, post-punk minimalista: es realmente complicado ponerle adjetivos a la música que hacen los chicos de The XX.

Hoy por hoy ya todos conocemos y reconocemos su sello, su inconfundible morfología musical: su sonido resulta el paradigma de hasta dónde ha llegado a inculcarse la electrónica en casi toda producción musical contemporánea: sutil pero determinante, resulta hoy un elemento ineludible para seguir innovando y descubriendo nuevas fórmulas. Enmarcable en una línea que empieza en el Kid A de Radiohead, y cuya última parada fue el Lp de debut de James Blake, la electrónica de The XX parece tener algo de genético, y se transforma en algo más que un simple lenguaje: es la capacidad creadora de Jamie Smith, la facultad divina de manipular una realidad, sonora, pero igualmente palpable.

Porque en realidad, la base de The XX es la combinación de dos voces, una guitarra cruda de distorsión hueca, y un bajo capital, con el moldeado electrónico y rítmico que le da constantemente Smith desde el fondo: un matiz determinante, una ingeniería silenciosa pero gigantesca que ha erigido un hermosísimo y sólido palacio de cristal. De aristas elevadas y luminosas, el espacio que levantan los británicos parece fruto de la magia y la sencillez, pero la laboriosidad con que se engarzan cada compás uno con otro, cada ritmo con el siguiente, cada nota con su reflejo en el eco, y cada tema con el que va después, solo puede ser obra de un visionario y de un superdotado para la composición y la producción. Juegan, además, con una vocación ochentera y post-rockera, tendente a la oscuridad, mezclada con los solemnes reflejos de luz que entran desde unos puntos de fuga siempre elevadísimos. Nadie hace estructura de techos tan altos como los que nacen del sonido de The XX.

XX es uno de esos excepcionales Cds con plena coherencia interna: puedes escucharlo de principio a fin sin pestañear, y cuando termina aún te quedas con ganas de ponerlo otra vez desde el principio. Tiene un clarísimo leitmotiv y no se aleja de él ni un instante; orbitando a su alrededor siempre a la misma velocidad de crucero, con variaciones imperceptibles y graduales que generan suaves cambios de tiempo y temperatura. Y la constante es ese ritmo downtempo, esas voces desnudas que brillan en la oscuridad, las guitarras de una cuerda que marcan ellas solas el pulso, el eco modulado y dominado por Smith, y ese sonido que transpira de la soledad y el silencio y se transparenta, dibujando los pliegues delicados de ese cuerpo que hay debajo que no se ve ni se oye, pero se intuye. Porque The XX son otros que hacen pura metonimia musical.

Por eso, entre otras cosas, es complicado distinguir hits que sobresalgan sobre los demás; da la impresión de que cada canción supera a la anterior, y que esa, la que suena en ese momento, sea cual sea, es la mejor del Cd. Pero es que además, es el todo lo que nos gusta, y las canciones son esas pequeñas partes que nos muestran. Es la metonimia: la parte por el todo. Creo que una de la cosas por las que gusta tanto este XX es precisamente porque resulta un discurso único subdividido en 11 piezas que encajan a la perfección, que forman un todo al que no le falta ni le sobra una sola nota. Canciones unidas por un parentesco clarísimo que va más allá del estilo y de la mente que las concibió.

Por elegir un algún momento que me sobrecoja especialmente, mencionaré ese ya mítico inicio de Intro, con guitarra y teclado nomás, un bombo digital: la primera palabra, sin letra, de un discurso tan íntegro como atractivo. O la segunda parte de la intimísima Heart Skipped A Beat, cuando gotea un teclado en arpegio, desde el helado techo alto hasta el oscuro suelo de mármol ligero, mientras crece el dúo de voces y la base de cuerdas. O la enigmática Fantasy, con ese canto entre la niebla, y ese único punteo final escalofriante. O la distorsión hueca y metálica de Shelter. O Night Time, quizá la mejor de todas. Tal vez sea porque al ser de las últimas parece resumir todo lo dicho hasta ahora, pero si tuviera que quedarme solo con una de todo el disco, creo que me quedaría con esta.

Es posible que estos chicos estén ante uno de los retos más complicados que se han presentado en el mundillo de la música en los últimos años: superar el XX, o al menos estar un poco a su altura. Según tengo entendido, su segundo álbum verá la luz en breve, y no tendrá mucho que ver con su primer trabajo. Veremos si es un acierto o por el contrario se desvanece su encanto. Hagan lo que hagan, le han regalado al mundo una pieza única, una obra de arte de la electrónica y la música moderna.

ALABAMA SHAKES



Y el sol salió por Alabama.

Después del frío y oscuro invierno, de la intimidad y el recogimiento de las noches largas, siempre hay un disco que abre la veda de la primavera, de la extroversión y el colorido, uno que simboliza el inicio de la frescura renovadora, del renacimiento, y de la ilusión del volver a empezar. Luego puede que vengan más, o quizá es que simplemente nos sentimos atraídos por el primer sonido que pega con el sol, con los pantalones y las faldas cortas, con la playa o con el dolce far niente, pero como pasa con la pesca del primer atún rojo del año, siempre hay uno que marca el inicio; y suele ser el más grande y hermoso. Y en esta ocasión, la veda la han abierto los Alabama Shakes con su disco de debut BOYS & GIRLS.

De todas formas, opino que si este Cd se hubiera lanzado al mercado en pleno enero, hubieran dado igual las lógicas meteorológicas que aseguraban lluvias y mal tiempo, al menos, hasta marzo: el sol habría salido cada mañana desde Athens, Alabama para iluminar con su calor al planeta entero, convocado por el maravilloso rock-soul que hace este cuarteto. Pero al final se ha presentado ante el mundo en primavera, como hacen las flores, animadas por el astro rey. Ha brotado con fuerza, con un esplendor especial que lo hace tremendamente atractivo y hasta vicioso. Dura apenas 36 minutos, pero dudaría de la salud mental de aquel que, al descubrirlos, no se pase una hora, u hora y media, escuchándolos. No saturan porque cada tema es como un chapuzón en deliciosa agua pura, como el primero de cada verano; el único riesgo es acabar con la piel arrugada de tanta frescura.

BOYS & GIRLS es un discazo de soul fabricado con las armas del rock. Sin entrar en comparaciones, me resulta muy enmarcable en una corriente de música americana sureña que, tal vez solo durante los años de actividad de Janis Joplin, logró unir algunos de los elementos del soul más clásico, con otros relativos al folk y al southern rock. Ahora, con la influencia de formaciones como The Black Crowes, Kings Of Leon o The Black Keys en el horizonte, Alabama Shakes rescata ese genuino sabor a parrilla y libertad que tanto echamos de menos durante varias generaciones. La suprema y poderosa voz de Brittany Howard, que se desgarra y se recompone a su antojo, que sube y baja en volandas, cabalga ágil y sin montura sobre una base musical que parece hecha a su medida. No en vano, entre su voz, su guitarra, y el bajo de Zac Cockrell, nació este proyecto musical. Después se unieron el batería, Steve Johnson, y el guitarrista Heath Fogg: costaleros de la nueva diva del rock-soul americano.

Ben Tanner es un quinto integrante que se une a la banda como teclista para la grabación del álbum y para los conciertos: una aportación que resulta fundamental pues con él se desglosa un catálogo de elementos que remarcan la genética y el origen del sonido de Alabama Shakes, desde el teclado de ghospel de I Found You, a la pianola de saloon del medio oeste de Hang Loose. Eso sí, siempre con una vocación blusera muy al servicio del alma de cada canción: relanza finales apoteósicos como los de You Ain't Alone o Be Mine, verdaderos revivals de la esencia de la Joplin, y sostiene y contemporiza el pulso del esplendoroso lamento de Howard en éstas y en Heartbreaker. Esta aportación base, junto a un bajo en constante bamboleo, permite a las guitarras hilar muy fino: incluso en temas donde se nota menos, como Hold On o Boys & Girls, asumen el peso a base de pinceladas; con un fraseo seguro, alegre y ordenado en la primera, que abre el Cd en forma de impresionante mordisco, y dibujando un arpegio matutino en la segunda, que a parte de dar nombre al disco, aporta la necesaria pausa que toda buena experiencia debe tener. Son guitarras limpias, sin desperdicio alguno, que siempre acompañan desde atrás los cambios de ritmo e intensidad que ordena la jefa.

Lo mismo vale para la batería, rockera 100%, pero que parece agitarse y sonarse sola ante la vibración interna de Brittany Howard: se diría, si no fuera porque es pleno mérito del señor Johnson, que es una extensión, o una traducción rítmica del proceso que vive la cantante y guitarrista en cada canción. Su voz activa platos y redobles. 

Con todo se conforma un disco que vale la pena escuchar, que es capaz de curar, como lo hace el soul, sin material quirúrgico alguno, y de sacar al más timorato de su ya recalentada guarida invernal. La búsqueda de un hit que sobresalga claramente del resto nos hará reproducirlo una y otra vez, para darnos cuenta al final de que no hay rendija por donde hincarle el diente si queremos comérnoslo a pequeños bocados: BOYS & GIRLS de Alabama Shake es un disco que se engulle de un solo mordisco.

EL COLUMPIO ASESINO. Barcelona, 06-04-2012.



El Columpio Asesino: el todoterreno de la música española.

Pocas discotecas ofrecen lo que Razzmatazz: hay numerosas salas, a gusto de todos, con música de casi todos los palos, y hasta un espacio para que el fumador y los demás asistentes desahoguen algunos de sus vicios nocturnos. Además, en veladas como la de ayer, viernes santo, regalan actuaciones de excepción que amenizan y complementan el trabajo de los Dj residentes. Anoche los invitados de honor eran los navarros El Columpio Asesino, una de las bandas más destacadas del último año en el panorama musical nacional: su cuarto álbum, Diamantes, valorado por muchos como el mejor disco de 2011, les ha colocado al frente de esta nueva generación de artistas y grupos que, ahora sí, están significando el verdadero despegue del movimiento indie en nuestro país.

La maquinaria de la fiesta no para en las noches de Razzmatazz, y el concierto se embutió entre temas pinchados de lo mejor del rock alternativo y sesiones de electrónica: el entorno propicio para que el sonido de El Columpio Asesino se manifestara de la manera que lo hizo. Los de la comunidad foral no saben qué son las medias tintas; enemigos de la famosa gama del gris, son radicalmente blanco y negro: un sonido de rock estridente, recto y diagonal, que basa su particularismo en la riqueza rítmica tribal conductora, el acompañamiento primario y crudo de dos guitarras y un bajo, siempre desafiantes, teclados y vientos rompedores que se clavan a fuego en las viciadas melodías, y un juego de voces tan desvergonzado y agudo que hasta pincha.

No obstante, con un público diluido entre la sólita masiva afluencia a Razzmatazz de una noche de viernes, y debido a que prácticamente tocaron de 3 a 4 de la mañana (poco y tarde), costó mucho encontrar la atmósfera adecuada para un concierto. Dudo que aquellos que acudieron a la sala sin saber quiénes eran esos Columpio Asesino, salieran de ella sabiéndolo. Espero equivocarme, pero creo que su aparición en el escenario fue más un detalle de la noche, que el elemento esperado por la mayoría. Con todo, los navarros cumplieron y ofrecieron solo lo más contundente de su repertorio, en una batería indiscriminada de sobreexcitación instrumental y fórmulas musicales de ataque premeditado: Corazón Anguloso, On the Floor, Vamos y, por supuesto, Toro, las más destacadas, sonaron corrosivas y rebosantes de esa adrenalina envenenada que tanto caracteriza el sabor de sus discos.


Mención aparte, dentro del planteamiento de El Columpio Asesino, es la presencia y aportación de Álvaro Arizaleta, batería y vocalista, que encarna la figura del santero loco que manipula toneladas de sustancias tóxicas con sorna y soberbia, desprendiendo furia y poder en un ritual intensísimo de magia musical negra y primitiva. En directo se entiende que todo en El Columpio Asesino es acompañamiento del ritmo, y que el esqueleto de su sonido se sustenta en las extremidades de Álvaro, y en un nutrido grupo de cuerdas, algunas vocales y otras en forma de guitarras y teclado. Los otros cuatro integrantes de la banda, desde la sombra de una iluminación críptica y básica, interpretaron su papel en la ceremonia, clamando venganza frente a las horas muertas del silencio.

Los navarros son todoterreno. Ajenos a las condiciones del lugar donde han de tocar, mostraron ayer una preparación envidiable para llenar de ritmo y de contundente contenido musical una sala como la grande de Razzmatazz. Con muchísima personalidad, una inclinación evidente a la desvergüenza punk, y una capacidad de calentamiento espectacular, El Columpio Asesino respira a pleno pulmón los aires de liderazgo de una generación que vive de las referencias eclécticas que ofrece la red y su libre albedrío. 

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad .

LOS EVANGELISTAS



Doce escalones que miran al cielo.

Me resisto a pensar que éste pueda ser un disco para iniciados. Es verdad que cuando Enrique Morente murió, en aquel lluvioso otoño de 2010, muchos le lloramos y auguramos que nunca nadie nos haría sentir como nos había hecho sentir él; y es verdad. Pero también es cierto que para todos los que nos derretimos escuchando el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick una y otra vez, este álbum resulta un regalo que parece proceder de las nubes. Por eso, el HOMENAJE A ENRIQUE MORENTE del supergrupo Los Evangelistas, es un Lp especial. Los responsables de esta obra de arte son Antorio Arias, de Lagartija Nick y J, Florent y Enric Jiménez, de Los Planetas, con la aprobación y colaboración de miembros de la familia Morente. La continuación de la gran obra, la herencia del genio: la escalera que conduce al inmortal Enrique.

Pero para quien no esté iniciado en la obra de cantaor granadino, y más concretamente en su álbum Omega, diremos que marca un hito insalvable en el flamenco: trabajado y editado con la banda de rock gaditana Lagartija Nick, y versionando poemas de Lorca y canciones de Leonard Cohen, el Cd recrea la unión perfecta y eterna de ambos géneros, teñida a veces con la luz y el ritmo apocalíptico de la poesía del '27, y otras con la elegancia de bailarín de vals del judío de Montrèal. En mi modesta opinión, el mejor disco de la historia de la música contemporánea española. Tal vez la puerta a la traición, o quizá a la apertura conceptual del flamenco: un género eminentemente conservador... hasta el Omega.

HOMENAJE A ENRIQUE MORENTE llega 18 años después de aquel hito, en el que por supuesto también participó Antonio Arias. La madurez de aquella herencia ha eclosionado ahora en un trabajo muy serio, poderoso y señorial, carnal, emocionante y repleto de cariño y profunda admiración: es un monumento esculpido en música a la memoria del Maestro, con el material y las herramientas que él mismo inventó. Solo le falta, para ser ya perfecto, que el mismísimo Enrique Morente hubiera grabado las voces.

La fórmula es sencilla, pero funciona: ha nacido de ella un organismo vivo y complejo, marcado a fuego por el destino del flamenco, pese a que su cuerpo nos engañe y nos haga creer que es de rock. Todos los temas menos uno, El Loco (distinguible por el ritmo acelerado), son versiones de canciones de Morente, y entre todas forman un todo tan compacto y bien estructurado que solo al final deja alguna rendija por donde poder escapar: el sonido del disco te atrapa y no te deja respirar, de principio a fin, sin bajones ni treguas. Son doce piezas grandes de piedra perfecta, pulida con la rugosidad del cante popular, que nos acerca al imborrable recuerdo del genio. Desde el principio salen a la luz los elementos de la fórmula: guitarras que hablan de fondo con su distorsión, que son telones llorosos que surgen de lo profundo, que se rasgan, aúllan, y lo oscurecen todo, con el regusto a post-rock y post-punk que, de seguro, ni siquiera el Maestro supo que aplicaba. Una batería de bombo y timbales hondos, pausada pero implacable, y platos brillantes que iluminan la tragedia con el blanco andaluz de las farolas; testigos de la calle.

El cuerpo casi me obliga a describir qué es lo que siente, porque algo activa dentro de mí, algo que no creo que tenga demasiado que ver con el hecho de ser español: nunca he reconocido en mi interior los paisajes sureños que tanto han inspirado al folklore nacional; ni la idiosincrasia del flamenco. Pero este sincretismo activa en mí el misterio del credo que nunca tuve, aún siendo hijo de la Contrarreforma. 

Detrás de este HOMENAJE A ENRIQUE MORENTE hay una producción impecable que hace que, por una parte, resulte un corpus homogéneo, y por otra, que parezca que cada canción es única en su especie. El disco se abre casi como se abría la Misa Flamenca del Maestro, con un Gloria que parece provenir de las mismas puertas del más allá, desde lo más profundo de la fe, desde el mismo miedo al apocalipsis que hace que todas las generaciones de los hijos de Dios le cantemos, desesperados, una y otra vez. El ritmo de bombos galopantes, y de guitarras plañideras, son el primer chute de esta droga. ¡Y cómo se enlaza con Decadencia! Con una guitarra colgada de las cuerdas más sagradas, con el eco de una distorsión que son la traducción del silencio eterno del poeta. 

El disco está lleno de momentos de extraordinaria calidad, de situaciones musicales inolvidables, de descripciones largas y ricas de una atmósfera que se sostiene increíblemente más de lo que en apariencia se podría. En Un Sueño Viniste, por ejemplo, tiene hasta la desfachatez de parecer una pieza de rock progresivo, aunque la intensidad y la tensión no claudiquen ni un segundo. También Encima De Las Corrientes, pero a estas alturas del disco uno es casi drogadicto de Morente, y ya no nota las diferencias terrenales de unos temas que son lluvia de gracia divina. Ésta empieza con un cante ondulado temeroso del mañana, con un punteo cenital, y con unos ecos que marcan, triste y amenazadora, una melodía que sobrevolará, cuan ave rapaz en cacería, al bajo, vigilando que no se le escape. Al escucharlo, pienso que es de los mejores temas del Cd. 

Pero luego llega Delante De Mi Madre, y me rompe. Me rompe Carmen Linares, y es una de las sensaciones más bonitas que mi cuerpo es capaz de sentir: el desprendimiento de uno de los muros que encierra nuestros corazones. Y esos últimos gritos de guitarra logran sobrepasarme y desbordarme. En Yo Poeta Decadente todo me sabe a la misma gloria que la del principio: las cuerdas colgadas que gritan y se rasgan, los ecos descriptivos y asesinos, esas voces (ahora la de Soleá Morente) que hablan directamente al cielo, hacia su público más admirado, y esos mismos ritmos hieráticos que inundan el disco de soberana trascendencia. Sin tregua, sin dejar de oír a Soleá, entramos en la estela decadente de La Estrella, precipitándonos por las laderas de la inmortalidad siguiendo el más bello de los cortejos fúnebres que se le han hecho nunca a nadie: uno que, básicamente, está hecho del material con el que nos hablaba el Maestro. 

Ahora bien, cuando el ritmo cambia en El Loco, el embrujo se esfuma: despertamos para despedir al genio con los ojos bien abiertos, mirándole de frente, con lágrimas en los labios, pero no en los ojos, para que las miradas sean fuertes como lo fueron sus palabras, y largas como las noches que no regaló bajo su manto, y profundas y sinceras como las cascadas de voz que le salían del estómago. Amante es todo eso, traducido en un puñao mísero de notas, y Alegrías De Enrique son las risas de después. El embrujo se da cerrado, y Donde Pones El Alma parece, por fin, el primer día después de su muerte: el liberador momento en que ya solo sonríes cuando visita tu mente; aunque haya dolor, algo se ha conciliado entre él y el recuerdo del genio. 

Sin ningún tipo de miramientos me atrevo a decir que HOMENAJE A ENRIQUE MORENTE va a ser el disco nacional del año. Muy, pero que muy bien lo tiene que hacer alguien si quiere desbancarlo. Queda mucho año aún por delante, pero lo que este álbum contiene ni siquiera se puede cuantificar con palabras ni cifras. Es, sencillamente, una obra de arte.

LOW. Barcelona, 27-03-2012.



Porcelana irrompible. Rindiéndole culto a Low.

Hay una cosa que no se debe hacer nunca: correr porque llegas tarde a un concierto de Low. El contraste puede matarte. Y no es que las pulsaciones de pronto se rebajen en picado por aburrimiento o por somnolencia, sino que la habilidad que tienen para controlar el tempo hace que todo parezca ir a cámara lenta, y hasta a los corazones les da tiempo a observar y a deleitarse con ellos entre latido y latido. Además, tienen también la asombrosa capacidad de ponerle música al silencio, de crearlo, practicarlo y manipularlo a partir de un sonido muy personal y característico que define a la perfección el concepto slowcore, por lo que se oían hasta los jadeos de quien había llegado tarde. Pero el trío de Minnesota, aunque parezca mentira, reserva toneladas de emoción y pasión bajo esa superficie calma y rendida a la quietud. Y aunque a estas alturas no tengan que venir a demostrar nada, ayer en la barcelonesa Sala Apolo expusieron sus sobresalientes credenciales.

Abrieron el concierto rindiéndose homenaje con Monkey y Silver Rider, dos de los temas más queridos de su álbum más apreciado, The Great Destroyer, y un largo escalofrío recorrió la sala. Cuando Alan Sparhawk empezó a susurrar las notas sentenciadas de la primera, antes incluso de que entrara la baqueta de bombo de Mimi Parker, todos intuimos que sería una noche especial. La fuerza, la delicadeza y la precisa profundidad que encierra el sonido de Low parecen como si una enorme y valiosísima vajilla de porcelana única estuviera en manos de un inmenso e hierático gigante de piedra. En seguida empezaron con la presentación de su último trabajo, C’mon, encadenando Nightingale y Try To Sleep: son banda de una sola capa, visceral y cruda,  casi minimalista, pero macerada a partes iguales en belleza y tristeza, donde el juego de voces del matrimonio Sparhawk-Parker puede recrear a su antojo ese relieve romántico que es a la vez tan sutil y tan drástico.

Con California cerraron el apartado The Graeat Destroyer, y poco después, con Witches, acabaron también las melodías abiertas de guitarra: tras el punteo y volviendo al sencillismo del arpegio, Sparhawk apagó el pedal de la distorsión de marejada, y le cedió el protagonismo a su mujer. Mimi Parker toca una batería sin bombo, pero golpea el timbal ahondando aún más allá. Especially Me es toda obra suya: la baqueta de escobilla, su voz potente, decidida y tranquila, la intensidad, bordada hasta el último detalle, y la tensión, mantenida hasta las últimas consecuencias, hicieron prescindible cualquier otro tipo de arreglo. Aún sin violines, el segundo escalofrío estaba asegurado. Difícil superar una primera parte así.

De hecho, la segunda mitad del concierto resultó algo menos emocionante. Aplanaron Sunflowers y Canada, presentándolas a una sola capa: esa que es cruda y que forman las voces, una guitarra de la que se oye sonar cada pelo de cada cuerda, una batería lenta y tenue, y un bajo continuo que siempre da la cara, ya sea en forma de teclado, o de bajo de toda la vida. Steve Garrington, el tercero en este trío, ganó protagonismo al piano cuando interpretaron You See Everything, pero el final del concierto estaba reservado a la versión más sigilosa e íntima de Low, por lo que Sparhawk y Parker volvieron a gestionar y a manipular el tiempo. Con Words, Shame y Murderer cerraron el espectáculo antes de la pausa, desatando gramos contados de energía desbocada: con Low siempre parece que mandan las mareas que hay bajo la superficie, como en el vasto océano, aún en una noche serena de luna llena.

Pero si uno se fija bien, y escucha atentamente canciones descomunales como Nothing But Heart, descubrirá que, aunque profunda, la capa de Low es líquida, cálida cuando no se hiela, y sobre todo transparente: incapacitados para el engaño, los de Minnesota repiten una frase hasta la extenuación, sin necesidad de estribillos y estrofas porque es así como han aprendido a expresarse. $20, tema con el que clausuraron el recital, tras un bis de dos canciones, fue el ejemplo perfecto. Sin espacio para trucos, poses, ni eyaculaciones musicales precoces, los señores de Low confían en la ebullición a fuego lento, en los sabores primarios y en el gusto por el detalle: no necesitan más que una frase, un arpegio o dos, y un ritmo básico y ancestral para construir temas incólumes que no se olvidan fácilmente.

El llenazo que registró ayer la Sala Apolo atestigua el aprecio especial que el público tiene por Low; por el valor que han demostrado siempre con su propuesta, por la humildad de su sonido, y por el perfeccionamiento técnico que han alcanzado, entre otras cosas. Porque una banda se convierte en grupo de culto cuando la escucha de sus discos y, sobre todo, de sus conciertos, adquiere algunas de las características de eso precisamente, de un culto espiritual. Llegará el día en el que el sacerdote de una religión aún no conocida ponga en la iglesia, a todo trapo, alguno de los discos de Low para cantar la misa a los creyentes. Y ese día, espero no tener que correr para llegar a tiempo.

Fotos de Pablo Luna Chao.


También disponible en Alta Fidelidad.

DEER TICK. Madrid, 23-03-2012.



El auténtico sabor del rock a la brasa.

Creo que hay alguna cadena de hamburgueserías que tiene como lema algo así como “el auténtico sabor americano”: el regusto a brasa en la carne, o el potente olor a salsa barbacoa, acompañados de la arquetípica figura del cowboy solitario, por ejemplo, nos hacen pensar a todos automáticamente en el característico aroma estadounidense. Su anuncio bien podría llevar la música de Deer Tick, una banda de Proividence, Rhode Island, que ayer golpeó con fuerza las tablas de la madrileña Sala Marco Aldany (antiguamente Sala Heineken, y más aún, Sala Arena). El quinteto, configurado en torno al guitarrista y cantautor John McCauley, hace un folk con indiscutible morfología de rock, y forman parte de una última generación de artistas (no solo norteamericanos) que, en los últimos diez o quince años,  han revalorizado la música de sus ancestros locales, y la han presentado al mundo de manera renovada y más subjetiva que nunca. En la era del neo-folk global, Deer Tick representan el auténtico sabor americano.

Y no es que no haya, en el panorama independiente o mainstream, formaciones más ortodoxas en lo que se refiere a elementos propios y hasta únicos de la música tradicional de Norteamérica, pero teniendo en cuenta la extensión y variedad social del país, sería una locura pretender hacer o encontrar una música que abarcase toda esa vasta cantidad de culturas sonoras. Deer Tick, en ese sentido, ni siquiera parece hablarnos de un lugar concreto dentro de ese entramado, recurriendo o presentando características determinadas de una u otra tradición local: un folk sin domicilio fijo, podríamos decir. Pero precisamente por eso, también podríamos pensar que las raíces a las que hace referencia este reciente fenómeno musical, no están tan ancladas a la tierra como a la colección de discos de sus protagonistas creadores. Unas raíces y una colección que deberíamos denominan como pan-norteamericanas.

Ayer presentaban el que es su cuarto disco en apenas cinco años: Divine Providence, a grandes rasgos, sigue la línea de sus anteriores trabajos, aunque el punto de fuga, al menos con respecto a The Black Dirt Sessions, se haya acercado bastante al espectador. En mi opinión, el tono más rockero que se respira en este último trabajo, y en consecuencia en el concierto de anoche, disminuye la riqueza de detalles plásticos y descriptivo-evocativos que focalizaban más su sonido hacia el folk pan-norteamericano al que venían derivándose antes. Aunque en absoluto hagan ahora otra cosa, sí es cierto que parecen haber abrasado más al fuego la carne de sus composiciones, o dejado demasiado bajo el sol el bote de barbacoa de su morfosintaxis instrumental. Ahora, cuando McCauley saca la voz, toda esta palabrería sencillamente sobra.

Curiosamente, tardaron en calentarse, como un insolado que tiene frío por el exceso de calor acumulado. Diría que hasta Clownin Around, la 9ª de 15 que tocaron, no disfruté verdaderamente del recital: no me caló profundo, por ejemplo, la nostalgia de Chevy Express, ni me transportó a ningún lugar especial Baltimore Blues No. 1. En realidad, el ritmo entrecortado y canalla de The Bump y Easy, temas con los que abrieron la velada, ya anticipaba el sonido general que caracterizó el resto del concierto: un rock para noches de alcohol y medida soberbia y desenfreno. De hecho, me atrevería a decir que McCauley da lo mejor de sí mismo con unas cervezas encima (como buen irlandés). Así, con eso de que la faceta vocal se repartía entre los cinco, logró pillarnos por sorpresa con su voz en los últimos 4 o 5 temas antes del corte: Funny World y, sobre todo, Christ Jesus, sonaron ya con más cuerpo y resultaron emocionantes.

Cabe destacar, por otra parte, la insistente aportación de un teclado blusero que ha ejercido en Deer Tick una apreciable influencia hacia el cuero y las barras de bar. Quizá por eso dio la sensación, durante el concierto, de que muchas mujeres allí presentes notaban sus oídos transformados, cada vez más, en verdaderas zonas erógenas, activas y bien acariciadas. También la espectacular batería de Dennis Ryan, miembro original del dúo embrionario de la banda, contribuyó a recrear la atmósfera de suelo pegadizo de bar, clavando al público y activando, entre los hombres, sobre todo, el gen canalla que todos hemos tenido alguna vez. Y, por supuesto, la notable comunión existente entre McCauley y Ian O’Neil, el otro guitarrista, ex de Titus Andronicus, también ayudó a que se creara una conexión adecuada entre la banda y su público.

Tal vez Deer Tick se preocupe demasiado en definir su estilo para permanecer y sobrevivir al vertiginoso ritmo de los acontecimientos en el mundo de la música, en la vorágine de bandas independientes y el libre acceso a todas ellas. A fuerza de querer diseñar un sonido propio, personal e imperecedero, quizá resulte ya un poco antinatural el último giro que le han dado a su música. Pero al menos siguen demostrando algo que es inherente a su condición: ese auténtico sabor del rock a la brasa.

Fotos de Pablo Luna Chao.

Escucha el setlist (parcial) del concierto en Grooveshark.

También disponible en Alta Fidelidad.

TINARIWEN. Madrid, 20-03-2012.



El interminable punteo itinerante.

Los tuareg son gente elegante. Forman, sobre sus desiertos y camellos, una estampa imponente que suele generar admiración y cierta envidia: son uno de los últimos símbolos de la libertad como forma de vida, reducto de una cultura ancestral. Pero hay que reconocer que sobre un escenario, blandiendo instrumentos con la pericia con la que lo hizo ayer Tinariwen en el madrileño Teatro Lara, no es muy habitual verlos. Forman una extraña imagen, exótica y poco convencional: el cuadro bien podría ser producto de una mente surrealista posmoderna fruto de la globalización, como si ahí arriba no tuvieran sentido, como si no fuera su lugar. Pero aunque no sea en absoluto verdad, lo cierto es que conservan la misma elegancia y el porte que exhiben es su hábitat común, alejándose completamente del canon estético de las estrellas de la música occidental.

Dicen, por otra parte, que esta formación de origen malí cambió en su día los rifles por las guitarras; que tras algunos años de lucha armada reclamando los derechos de su pueblo frente al gobierno central, celebraron la paz a principios de los ’90 abogando por la forma de difusión cultural y musical de las virtudes y los sueños de su gente. Mali: uno de esos increíbles casos desconcertantes de país tercermundista con una proyección artística descomunal y desmesurada. Pero Tinariwen no representa a Mali, sino al pueblo tuareg: los hombres azules del desierto; los nómadas del norte de África. Porque no hay mejor lucha que la dignificación de una idiosincrasia, una forma de vida y de una concepción del mundo que la que se hace a través del arte y la cultura popular.

Ayer, desde el Teatro Lara, y bajo la siempre impecable organización de Son, la promotora musical de Estrella Galicia, los Tinariwen nos transportaron a su hábitat con la elegancia y la nobleza de los de su pueblo, y con un lenguaje de persuasión lleno de vocablos que creemos patrimonio nuestro. Vinieron cinco, ataviados con la típica chilaba de tela de rey y el turbante hasta los ojos, y tocaron durante casi dos horas docena y media de sus canciones más conocidas y sobresalientes. El público, consciente del privilegio, respondió con entusiasmo y la misma admiración que provoca su estampa sobre sus camellos y desiertos. Músicos ampliamente admirados por el gremio occidental, que hacen una música sincrética entre su mundo y el nuestro.

Es un espectáculo basado en la cuerda, en las voces y en la adaptación del sentimiento del blues a la sonoridad del desierto. El constante intercambio de guitarras (española y bajo entre ellas) entre los miembros de la banda, afinadas en el tono natural del color del sol del Sahara, hace casi imposible reconocer al genio creador y compositor que ha hecho del sonido de Tinariwen algo completamente inconfundible: un punteo eterno y constante sobre una distorsión inexistente, y sobre las brasas crudas y ardientes de una base simple pero confortable, como las arenas del desierto que pisan en su infinito caminar. La rítmica, tribal y en general poco variada, permite que las cuerdas dialoguen entre sí, manteniendo una tensión y una melódica que podrían durar eternamente. Se suceden los riffs, los punteos lentos y rock-bluseros, llenos de seguridad, el rasgueo armónico de la guitarra acompañante, y la movilidad funky del bajo, que tan subliminalmente nos transporta a la métrica bereber, siempre en constante movimiento.

Resulta indisociable por completo su naturaleza tuareg del sonido que emiten sus entrañas: la inercia a los coros, al canto comunitario que ensalza y alienta la dignidad de su pueblo, contrasta con el valor que le dan a la expresión individual: casi como si se turnaran escrupulosamente, uno a uno, los cuatro guitarristas empuñaron su instrumento para llenar el pequeño teatro de la baja Malasaña del sonido, el sabor y el olor de la sangre azul del desierto del norte. Cantaron también por turnos, bajo el manto envolvente del turbante, y hasta bailaron, transmitiendo e incitándonos al amor y al respeto de su pueblo y su forma de vida. Sus letras, cargadas de sentido y mensaje, cabalgan como los jinetes bereberes en sus nobles corceles dorados, sobre el siempre ondulado punteo de la guitarra solista, duce del sonido de Tinariwen.

Puede que el cromatismo y el tono de sus canciones se repita en exceso para más de una noche fuera del desierto, pero no hay duda de que su atractivo puede con las fronteras de todo el mundo. Podría pensarse que oída una canción, oídas todas, pero al menos en dos horas no se rompe el hechizo que provoca el trotar, liberado y amante de su tierra, de unos dedos itinerantes sobre el mástil de una guitarra sólida y ardiente; ni el que provoca un sonido que vale mil imágenes del vasto desierto africano. La excepción de un concierto así, la emocionante estética étnica de los miembros de la banda y el calor que generaron en una noche que acabó en lluvia, fueron la despedida perfecta a un invierno occidental seco que, una vez más, hace que pensemos que el desierto se acerca cada vez más: tal vez, en unos años, llegue hasta nosotros, y todos volvamos a ser nómadas.


Fotos de Pablo Luna Chao.

Escucha el setlist (parcial) del concierto en Spotify.

También disponible en Alta Fidelidad.

AIR



Tal vez, a aquellos grupos o artistas que en su momento revolucionaron la música, o que aportaron algo nuevo a algún género o estilo, se les presuponga siempre una excelencia que, muchas veces, hace que seamos injustos con ellos. Es posible que por eso muchas de las mayores referencias de determinados movimientos musicales hayan sido de carrera corta: pienso en Nirvana, en los Sex Pistols y en Joy Division, por ejemplo, pero hay infinidad de casos más. Efímeros y fulgurantes como estrellas fugaces, no llegaron a probar las aguas estancadas del atasco creativo, del no poder superar sus pasadas obras maestras, o del sentir agotamiento en los filones y las fuentes inspiradoras que hacían, en otros tiempos, fluir su música ante el asombro de un público que, entonces, les daría la espalda. Pienso que muchas veces las expectativas, sobre todo aquellas creadas por pelotazos anteriores, son el mayor obstáculo al que tiene que enfrentarse una banda a la hora de editar un nuevo trabajo. Y creo también que Air, con el lanzamiento del que es su séptimo trabajo de estudio, LE VOYAGE DANS LA LUNE, es un poco víctima de esto mismo.

Porque, como se suele decir, si este álbum lo hubiera sacado un grupo debutante, otro gallo cantaría: las críticas y la aceptación habrían sido mucho más amistosas. Pero claro, Air no son, ni mucho menos, un grupo debutante; si lo fueran, de hecho, tampoco tendrían un público al que defraudar o satisfacer: no tendrían un público propio y fiel, su público. A un grupo consolidado, a alguien que es capaz de hacer, en un momento determinado, un Moon Safari o un Talkie Walkie, se le presuponen una categoría creativa, una calidad técnica y unas infraestructuras instrumentales y de producción por encima de la media; y claro, cuando de pronto sacan algo que no está la altura de sus mejores obras, el público se decepciona y le da la espalda. Pero claro, aquí no se trata de vivir de las rentas: muchas veces los fans preferimos largas etapas de silencio a la edición mecánica de material, como si el arte se pudiese adaptar a la insensible maquinaria fordiana. Y si no, al ejemplo de Portishead me remito.

ÓLAFUR ARNALDS. Barcelona, 11-03-2012.



El príncipe de los dedos de cristal helado.

Un proverbio islandés dice: “llegarás a tu destino aunque viajes muy despacio”, pero los músicos de allí deben hacer otra lectura, algo así como: “harás mucho ruido aunque toques con dulzura”. Eso, o es que la musicalidad que se cultiva en la isla tiene, de alguna manera, y en casi todas sus variantes y mejores ejemplos, las mismas raíces congeladas que dan flores y frutos de cristal. Se podía palpar el silencio ayer en Apolo durante el concierto de Ólafur Arnalds, mientras sus composiciones se derramaban sobre el público, cómodamente sentado, como si de una sigilosa e imparable nevada se tratara: poco a poco, el mínimal neoclasicista del joven compositor y pianista islandés fue cuajando en una sala en la que se podía oír hasta el crujir del suelo. Aunque, en realidad, desde el principio ya nos había conquistado.

Fueron sus modales impolutos, su derrotada timidez y, sobre todo, la simpatía y la interactuación con el público lo que nos hizo suyos en seguida. Antes de presentar a sus acompañantes, dos vientos de un extraordinario talento, Arnalds nos pidió que cantáramos una nota que él nos proponía; nos grabó, nos sampleó, y nos usó como base para una improvisación que sirvió de perfecta introducción. Porque por capacidad, pudo haber montado un espectáculo sin partitura previa, pues parece poseer una destreza especial para crear a partir de la nada; no obstante, repasó lo mejor de una carrera que, aunque todavía corta (cuenta con apenas 25 años), resulta ya fulgurante y tremendamente prometedora. Presentó su último trabajo, Another Happy Day, su primera BSO, entre pinceladas de lo mejor de su obra en una hora y media de concierto que dejó al descubierto su inconmensurable valor artístico, y su natural destreza para acercar lo clásico a lo moderno, y la electrónica al neo-clásico.