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SHARON VAN ETTEN (Madrid, 27-09-2012)



La oscuridad nos permite divisar estrellas que siempre han estado ahí.

En teoría, es físicamente imposible ver nacer una estrella. Aunque eligiéramos un espacio negro del cielo, lo mirásemos fijamente durante un buen rato, y de pronto, como por arte de magia, se encendiera una pequeña lucecita, un minúsculo punto brillante, sabríamos que no es más que la noticia, con tal vez cientos de años luz de retraso, del verdadero nacimiento de la lejana estrella. O como pasa con Sharon van Etten: ¿Cuándo consideramos que nació la estrella, su estrella? ¿Al nacer ella? ¿Al empezar a cantar y tocar? ¿Al ser descubierta y empujada por la pléyade de amigos con los que se codea? ¿O tal vez cuando acumule un número mínimo de conciertos como el que dio anoche en el madrileño Teatro Lara? Es posible que un requisito indispensable sea que ella misma se lo crea, y que se vea como parte del star-system del indie-folk. Pero por mí, aunque siga toda la vida siendo tímida, cercana y tan humilde, Sharon van Etten es ya una de las grandes.

Lo ha conseguido por el camino correcto: paso a paso, sin hacer demasiado ruido, y despuntando con un tercer disco, editado ya con Jagjaguwar, cuando lo que todos esperábamos era el ansiado regreso de Cat Power. Tramp (Jagjaguwar, 2012) contiene ya material serio, con el que preparar conciertos suntuosos y emocionantes como el de ayer. Era el segundo de una gira que empezó el miércoles en Lisboa, y que la llevará, hasta el próximo enero, por gran parte de Europa, Norteamérica, e incluso a Australia. Y era, además, la primera vez que tocaba en Madrid. Mañana lo hará en Valencia, y el sábado en Barcelona. Tal vez por todo ello empezó un poco nerviosa, y aunque no titubeó ni un instante, se mostró tal y como debe ser: modesta, natural, comprometida con su música y con ganas de hacerlo bien. Personificando esa fragilidad, mansa y sin embargo inexpugnable, que tanto la caracteriza musicalmente.

El de anoche en el teatro Lara fue uno de esos típicos conciertos, sencillos pero redondos, que suele organizar la promotora Son de Estrella Galicia. Sharon se sintió a gusto; excelentemente bien acompañada por una banda de tres, con batería, bajo, teclado y refuerzos de guitarra y de voz constantes, Van Etten pudo arropar su ya de por sí autosuficiente fuerza vocal, completando un sonido, el del Tramp, con atractivas subidas y bajadas de tono y de intensidad. Porque la de Jersey, en efecto, quiso mostrar todo el prisma de luces que la iluminan al crear música, pero además, siempre desde el optimismo. Así, dio comienzo al recital con All I Can y Warsaw, interpretando el pop y el rock, con ese acento folk metropolitano que casi solo ella le sabe dar, desatado después con Save Yourself

Puede que hasta Magic Chords muchos no reconocieran a la Sharon van Etten del último disco: más curtida y umbría, es capaz, con canciones así, de tocar fondo anímicamente, y transformar la experiencia en una elegante procesión de luces y sombras; brillantemente interpretada por una voz que llenó el teatro, y nos erizó a todos en nuestras butacas. A partir de entonces, en la segunda mitad del concierto, Van Etten ganó la poca seguridad que le faltaba, agarró su carácter como bandera, y empezó a demostrar de verdad la madera de estrella que tiene, o que ha tenido siempre. Se marcó un solo inédito, con una guitarra acústica y una voz que hipnotiza, rellenando ella sola todo el escenario. Y cuando volvió su grupo, la temperatura ya había cambiado. Porque puede que haya más pasión en lo que hace esta chica cuando en su vida no luce el sol.

No quiero desearle el tormento a mis artistas favoritos solo para que compongan más y mejor, pero en cierto modo bendecimos todos aquellos tropiezos que, tras superarlos y digerirlos, dieron origen a temas como Give Out o Serpents, tocadas seguidas cerca del final. La primera sonó espectacular, con batería, guitarra y voces reforzadas, y en un tono aún más carnal que el que presenta en el Cd. Y la segunda, un auténtico temazo, con la energía y la intensidad de quien aún se siente fuerte tras el enésimo desplome. Sharon es delgada, aparentemente frágil, blanquita, y cuando habla, que lo hace mucho, irradia una simpatía casi cándida, pero por dentro es de un material duro y resistente, de las que saben absorber los golpes, aprender de los errores y transformarlos en algo bueno.

Dejó, eso sí, una ventana abierta a la luz al final del concierto: I’m Wrong y, tras la pausa, Love More, sellaron la paz con su estado de ánimo, que ya empezaba a ser consciente del placer que había sido para todos los asistentes el poder verla en directo, y tan de cerca. Sharon van Etten se distingue, en mi opinión, por un carácter auténtico, por una visión del folk muy liberada, y por esa nota distinta con la que siempre nos sorprende. Pero ayer, además de tablas en proceso de mejora destacable, demostró también que sabe dirigir a una buena banda: los de ayer eran músicos de primera, y si la Van Etten estuvo a la altura, es que de verdad la podemos considerar como una nueva estrella del firmamento independiente. Y no ha hecho más que empezar.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Escucha el setlist del concierto en Spotify.
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DESTROYER. Madrid, 19-07-2012



Respirando al ritmo de Bejar se vive más.

Daniel Bejar es Destroyer. Con el apoyo de una banda sensacional de músicos que siguen su compás, este canadiense que se acerca a los cuarenta, con más de una veintena de discos a la espalda, asume todo el peso compositivo y la dirección de un proyecto que, aunque pase por personal, depende del buen hacer y el buen entendimiento de una buena cantidad de músicos de escuela. Un nombre que resulta extremadamente poco apropiado: Bejar y el sonido que manifiesta son de naturaleza pacífica y holgada, contemplativa, incapaz de gestos bruscos y, por supuesto, de cualquier acción o sonido destructor o estridente.

Anoche, en el inmejorable escenario del madrileño Teatro Lara, y gracias al siempre excelente trabajo de la promotora SON, de Estrella Galicia, Destroyer presentó fragmentos inolvidables de su variada y prolífica obra, amenizando la calurosa noche en la capital. Bejar sigue siendo pieza básica en The New Pornographers, quizá su grupo más conocido, y sigue colaborando con otros colectivos canadienses como Swan Lake o Hello, Blue Roses, pero es con los Destroyer con quien más cómodo se siente. Con camisa de cuadros, su característico pelo rizado, la barba, y una actitud relajada, se pasó buena parte del concierto sentado en el suelo, con el micro en una mano, y usando la otra para llevarse a la boca deliciosos tragos de Estrella. Apenas 12 temas, pero una muestra sincera y amable del tipo de inquietudes musicales que recorren las venas de Daniel Bejar.

No ha de ser un tipo corriente: respira distinto, tiene su propio ritmo interno, exteriorizado a través de sus canciones con Destroyer, una esencia de sombra de palmera, de intro de vacaciones en el mar, y un ligero reflejo de oscuridad en su semblante y en su aire distraído. Canta casi como si no diera valor a lo que hace: solo por pura expresión artística, sin pretensiones más allá del desahogo y la libertad creativa. Ni siquiera parece adscribirse a ninguna corriente estilística de manera definitiva: lo irreversible no tiene cabida en su obra, fruto de una mente capaz de aceptar contradicciones y autocorrecciones de rumbo. Sus discos difieren bastante entre ellos, pero suelen ser compactos y altamente coherentes. El último, Kaputt, de hecho, cuenta con un importante leitmotiv instrumental, de vientos, que en opinión de muchos críticos, ha terminado de convertir a Destroyer, definitivamente, en uno de los grupos más valorados del panorama independiente canadiense y, por tanto, internacional.

Dedicó más o menos la mitad del repertorio precisamente a este último trabajo, contando con un trompetista que mezclaba su propio instrumento electrónicamente, y otro músico que, aparte de dominar el saxo y la travesera, tocó en un par de temas una extraña flauta electrónica de lo más sofisticada. Los vientos del Kaputt. Una trompeta siempre lejana que tiñe toda la composición de nostalgia y amena felicidad recreada; y un saxo lleno de glamur, vestido de blanco inmaculado, que ayudó a llenar la sala de los buenos recuerdos que a todos nos vinieron a la cabeza al sonar Kaputt, el single que da título al Cd, Chinatown; o, con ayuda esta vez de la travesera, al sonar Suicide Demo For Kara Walker. Todo al compás de un fuego lento, pero ligero y volátil como el vuelo de un ave que planea disfrutando de su plena libertad.

Ocho músicos hacen posible que la delicada estructura y el elegante revestimiento de Kaputt quede en directo con el mismo acabado, pero tal vez más mérito tenga aún la sutil adaptación que hicieron de sus temas antiguos a la última inquietud de Bejar, más encarrilada hacia el glam-pop sintetizado que hacia el pop-folk, personal e intransferible, que practicaba con más frecuencia en el pasado. Pero este personaje no se desprende de los estilos, los interioriza. Destroyer es hoy una amalgama de esencias que van y vienen, como ocurre en los mejores jardines, de manera delicada y natural. Y aunque puede que reine un aroma algo más revisionista, sobre todo en cuanto a los ritmos, y despegado en relación a lo que hace con otros grupos,  siempre es el mismo mundo visto por los mismos ojos, abstraídos pero bien abiertos.

El concierto que dieron ayer los Destroyer tal vez no entre en la categoría de los que utilizaré en las próximas semanas para dar envidia al personal, pero fue una muestra perfecta del portentoso talento compositivo y de los interiores musicales del fascinante mundo de Daniel Bejar. Texturas frescas para aliviar el calor a un público que disfrutó relajado en sus respectivas butacas; melodías refinadas y esbeltas, y un sonido general que en su sencillez, como pasa casi siempre con el agua pura, encierra el secreto del valor catártico que posee. Destroyer limpia por dentro, porque al ritmo de Bejar todo fluye mejor: respirando como él, seguro que se vive más.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Escucha el setlist del concierto en Spotify.
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ALABAMA SHAKES. Madrid, 18-07-2012.




Si no se cura con soul, es que no tiene arreglo.

Fernando Navarro escribía ayer en El País que los chicos de Alabama Shakes dieron el salto a la fama gracias a que el reputado blogger Justin Cage recomendó alguna de sus canciones en su Aquarium Drunkard. No me quiero ni imaginar el tamaño de la desgracia que habría sido el que esto no hubiera llegado a ocurrir: ahora mismo nadie hablaría de ellos, no serían la gran novedad renovadora del soul-rock americano, y no habríamos tenido la oportunidad de verlos en directo en nuestro país. Seguirían con sus trabajos de cartera, técnico de veterinaria, y de pintor, tocando de vez en cuando en clubs y locales del norte del Estado de Alabama versiones de Otis Redding y Chuck Berry sin que el gran público llegara a tener nunca la oportunidad de escucharlos. Pero sobre todo, no habríamos tenido el inmenso privilegio de conocer la impresionante voz de Brittany Howard.

Ayer, en la célebre Sala El Sol de Madrid, y gracias al sello y promotor de conciertos barcelonés Houston Party, los Alamaba Shakes dieron un conciertazo en toda regla. Se colgó el cartel de no hay entradas, y el público abarrotó, entusiasmado, de la primera a la última fila, saltando, bailando y sonriendo por el chute de energía que es siempre el buen soul en directo. Gente de todas las edades, aunque mayoritariamente en la treintena, que disfrutó con los gritos, los gestos, los contoneos y guitarreos de Brittany, y que se contagió de ese espíritu tan pleno y rebosante de musicalidad, poder de evasión y autoafirmación que posee el auténtico soul. Porque si hay algo que esta música no es capaz de curar, es que de verdad no tiene arreglo.

Y como lo que nos preocupa a todos últimamente no parece tener, en efecto, visos de arreglarse en un futuro cercano, a parte de la movilización o la acción contestataria solo nos queda utilizar espacios como la hora y media de actuación que los de Athens (AL) nos regalaron ayer para evadirnos, desahogarnos o, simplemente, para disfrutar del arte musical. Se nota, desde luego, que Howard los utiliza para expresar toda la pasión y el desenfreno que lleva dentro, y para honrar a sus raíces musicales sureñas, con influencias que van desde Elvis y James Brown a Aretha Franklin o Charles Bradley, pasando por supuesto por Sister Rosetta Tharpe, y de Janis Joplin a The Black Keys, pasando por los White Stripes, Kings Of Leon y, de seguro, por un sinfín de bandas y sonidos locales y paradigmáticos del rock sureño norteamericano. Alabama Shakes no se sale nunca del mapa, y recorre todas las influencias mencionadas sin excesiva mezcla ni pretensiones alternativas o innovadoras para con el género. Genuino sabor tradicional para mitigar todo tipo de ardores.

Presentaban el que es su álbum de debut, Boys & Girls, editado y distribuido desde abril en Estados Unidos por ATO Record, el sello de Dave Matthews (en el Reino Unido por Rough Trade), y lo presentaron como dios manda: al completo. Uno a uno fueron cayendo los temas que el público reconocía: Goin’ To The Party y Hold On, a modo de intro, o Heartbreaker, Boys & Girls y Be Mine, hacia el ecuador del recital, cuando el caldeado ambiente incitaba ya a Brittany a abrirse y explayarse en canal. Pero hubo hasta 8 temas que imagino que casi nadie conocía, que fueron casi igualmente bien recibidas: porque el atractivo de esta música reside, entre otras cosas, en el espíritu que subyace en todas y cada una de las canciones, si se es auténtico, claro. Por eso importa poco la morfología del tema, frente a la capacidad, más o menos extensible en el tiempo, de movilizar el ánimo del público, y de poner los locales patas arriba con la garra y la energía que, en efecto, sí puso el cuarteto (quinteto en directo) de Alabama.

Mención aparte merece quien lidera esta fantástica banda: entre un batería (Steve Johnson) que golpea sin piedad, un bajo (Zac Cockrell) ancho, barbudo y fiel, otra guitarra (Heath Fogg) compañera con quien revolotear, y un teclado (Ben Tanner) para los directos, la figura de Brittany Howard destaca sobre manera. Además es de las que presenta a su grupo. Abarca todas las miradas, y cada uno de sus gestos parece salir de su interior sin que ella se dé ni cuenta. Dirige, toca, canta y se rompe la voz una y otra vez, renaciendo cada vez con el nervio a tope y la seguridad de que es más fuerte que cualquier viento que intente derribarla. Fue un huracán con vozarrón de negra, de potente y espaciosa caja de resonancia, que pasó por la Sala El Sol haciéndola territorio suyo con la aprobación unánime de todo el público.

Alabama Shakes volverán a Madrid dentro de no mucho, y no les valdrá con este reducido aunque carismático emplazamiento: es perfecto para una actuación de debut y consagración en la capital, como así ha sido, pero el éxito imparable que les acompañará siempre, mientras mantengan este nivel, hará que pronto necesiten el doble de espacio para meter en sus conciertos a los nuevos seguidores, que caerán como fruta madura en plena temporada, y a los que a esas alturas seamos ya adeptos. Aunque teniendo en cuenta la cantidad de material nuevo que presentaron anoche, no sería de extrañar que antes saliera a la luz otro trabajo de estudio: las expectativas, desde luego estarán bien altas. Eso sí, esperemos que para entonces las cosas tengan ya un poco más de arreglo para todos.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.


DEER TICK. Madrid, 23-03-2012.



El auténtico sabor del rock a la brasa.

Creo que hay alguna cadena de hamburgueserías que tiene como lema algo así como “el auténtico sabor americano”: el regusto a brasa en la carne, o el potente olor a salsa barbacoa, acompañados de la arquetípica figura del cowboy solitario, por ejemplo, nos hacen pensar a todos automáticamente en el característico aroma estadounidense. Su anuncio bien podría llevar la música de Deer Tick, una banda de Proividence, Rhode Island, que ayer golpeó con fuerza las tablas de la madrileña Sala Marco Aldany (antiguamente Sala Heineken, y más aún, Sala Arena). El quinteto, configurado en torno al guitarrista y cantautor John McCauley, hace un folk con indiscutible morfología de rock, y forman parte de una última generación de artistas (no solo norteamericanos) que, en los últimos diez o quince años,  han revalorizado la música de sus ancestros locales, y la han presentado al mundo de manera renovada y más subjetiva que nunca. En la era del neo-folk global, Deer Tick representan el auténtico sabor americano.

Y no es que no haya, en el panorama independiente o mainstream, formaciones más ortodoxas en lo que se refiere a elementos propios y hasta únicos de la música tradicional de Norteamérica, pero teniendo en cuenta la extensión y variedad social del país, sería una locura pretender hacer o encontrar una música que abarcase toda esa vasta cantidad de culturas sonoras. Deer Tick, en ese sentido, ni siquiera parece hablarnos de un lugar concreto dentro de ese entramado, recurriendo o presentando características determinadas de una u otra tradición local: un folk sin domicilio fijo, podríamos decir. Pero precisamente por eso, también podríamos pensar que las raíces a las que hace referencia este reciente fenómeno musical, no están tan ancladas a la tierra como a la colección de discos de sus protagonistas creadores. Unas raíces y una colección que deberíamos denominan como pan-norteamericanas.

Ayer presentaban el que es su cuarto disco en apenas cinco años: Divine Providence, a grandes rasgos, sigue la línea de sus anteriores trabajos, aunque el punto de fuga, al menos con respecto a The Black Dirt Sessions, se haya acercado bastante al espectador. En mi opinión, el tono más rockero que se respira en este último trabajo, y en consecuencia en el concierto de anoche, disminuye la riqueza de detalles plásticos y descriptivo-evocativos que focalizaban más su sonido hacia el folk pan-norteamericano al que venían derivándose antes. Aunque en absoluto hagan ahora otra cosa, sí es cierto que parecen haber abrasado más al fuego la carne de sus composiciones, o dejado demasiado bajo el sol el bote de barbacoa de su morfosintaxis instrumental. Ahora, cuando McCauley saca la voz, toda esta palabrería sencillamente sobra.

Curiosamente, tardaron en calentarse, como un insolado que tiene frío por el exceso de calor acumulado. Diría que hasta Clownin Around, la 9ª de 15 que tocaron, no disfruté verdaderamente del recital: no me caló profundo, por ejemplo, la nostalgia de Chevy Express, ni me transportó a ningún lugar especial Baltimore Blues No. 1. En realidad, el ritmo entrecortado y canalla de The Bump y Easy, temas con los que abrieron la velada, ya anticipaba el sonido general que caracterizó el resto del concierto: un rock para noches de alcohol y medida soberbia y desenfreno. De hecho, me atrevería a decir que McCauley da lo mejor de sí mismo con unas cervezas encima (como buen irlandés). Así, con eso de que la faceta vocal se repartía entre los cinco, logró pillarnos por sorpresa con su voz en los últimos 4 o 5 temas antes del corte: Funny World y, sobre todo, Christ Jesus, sonaron ya con más cuerpo y resultaron emocionantes.

Cabe destacar, por otra parte, la insistente aportación de un teclado blusero que ha ejercido en Deer Tick una apreciable influencia hacia el cuero y las barras de bar. Quizá por eso dio la sensación, durante el concierto, de que muchas mujeres allí presentes notaban sus oídos transformados, cada vez más, en verdaderas zonas erógenas, activas y bien acariciadas. También la espectacular batería de Dennis Ryan, miembro original del dúo embrionario de la banda, contribuyó a recrear la atmósfera de suelo pegadizo de bar, clavando al público y activando, entre los hombres, sobre todo, el gen canalla que todos hemos tenido alguna vez. Y, por supuesto, la notable comunión existente entre McCauley y Ian O’Neil, el otro guitarrista, ex de Titus Andronicus, también ayudó a que se creara una conexión adecuada entre la banda y su público.

Tal vez Deer Tick se preocupe demasiado en definir su estilo para permanecer y sobrevivir al vertiginoso ritmo de los acontecimientos en el mundo de la música, en la vorágine de bandas independientes y el libre acceso a todas ellas. A fuerza de querer diseñar un sonido propio, personal e imperecedero, quizá resulte ya un poco antinatural el último giro que le han dado a su música. Pero al menos siguen demostrando algo que es inherente a su condición: ese auténtico sabor del rock a la brasa.

Fotos de Pablo Luna Chao.

Escucha el setlist (parcial) del concierto en Grooveshark.

También disponible en Alta Fidelidad.

TINARIWEN. Madrid, 20-03-2012.



El interminable punteo itinerante.

Los tuareg son gente elegante. Forman, sobre sus desiertos y camellos, una estampa imponente que suele generar admiración y cierta envidia: son uno de los últimos símbolos de la libertad como forma de vida, reducto de una cultura ancestral. Pero hay que reconocer que sobre un escenario, blandiendo instrumentos con la pericia con la que lo hizo ayer Tinariwen en el madrileño Teatro Lara, no es muy habitual verlos. Forman una extraña imagen, exótica y poco convencional: el cuadro bien podría ser producto de una mente surrealista posmoderna fruto de la globalización, como si ahí arriba no tuvieran sentido, como si no fuera su lugar. Pero aunque no sea en absoluto verdad, lo cierto es que conservan la misma elegancia y el porte que exhiben es su hábitat común, alejándose completamente del canon estético de las estrellas de la música occidental.

Dicen, por otra parte, que esta formación de origen malí cambió en su día los rifles por las guitarras; que tras algunos años de lucha armada reclamando los derechos de su pueblo frente al gobierno central, celebraron la paz a principios de los ’90 abogando por la forma de difusión cultural y musical de las virtudes y los sueños de su gente. Mali: uno de esos increíbles casos desconcertantes de país tercermundista con una proyección artística descomunal y desmesurada. Pero Tinariwen no representa a Mali, sino al pueblo tuareg: los hombres azules del desierto; los nómadas del norte de África. Porque no hay mejor lucha que la dignificación de una idiosincrasia, una forma de vida y de una concepción del mundo que la que se hace a través del arte y la cultura popular.

Ayer, desde el Teatro Lara, y bajo la siempre impecable organización de Son, la promotora musical de Estrella Galicia, los Tinariwen nos transportaron a su hábitat con la elegancia y la nobleza de los de su pueblo, y con un lenguaje de persuasión lleno de vocablos que creemos patrimonio nuestro. Vinieron cinco, ataviados con la típica chilaba de tela de rey y el turbante hasta los ojos, y tocaron durante casi dos horas docena y media de sus canciones más conocidas y sobresalientes. El público, consciente del privilegio, respondió con entusiasmo y la misma admiración que provoca su estampa sobre sus camellos y desiertos. Músicos ampliamente admirados por el gremio occidental, que hacen una música sincrética entre su mundo y el nuestro.

Es un espectáculo basado en la cuerda, en las voces y en la adaptación del sentimiento del blues a la sonoridad del desierto. El constante intercambio de guitarras (española y bajo entre ellas) entre los miembros de la banda, afinadas en el tono natural del color del sol del Sahara, hace casi imposible reconocer al genio creador y compositor que ha hecho del sonido de Tinariwen algo completamente inconfundible: un punteo eterno y constante sobre una distorsión inexistente, y sobre las brasas crudas y ardientes de una base simple pero confortable, como las arenas del desierto que pisan en su infinito caminar. La rítmica, tribal y en general poco variada, permite que las cuerdas dialoguen entre sí, manteniendo una tensión y una melódica que podrían durar eternamente. Se suceden los riffs, los punteos lentos y rock-bluseros, llenos de seguridad, el rasgueo armónico de la guitarra acompañante, y la movilidad funky del bajo, que tan subliminalmente nos transporta a la métrica bereber, siempre en constante movimiento.

Resulta indisociable por completo su naturaleza tuareg del sonido que emiten sus entrañas: la inercia a los coros, al canto comunitario que ensalza y alienta la dignidad de su pueblo, contrasta con el valor que le dan a la expresión individual: casi como si se turnaran escrupulosamente, uno a uno, los cuatro guitarristas empuñaron su instrumento para llenar el pequeño teatro de la baja Malasaña del sonido, el sabor y el olor de la sangre azul del desierto del norte. Cantaron también por turnos, bajo el manto envolvente del turbante, y hasta bailaron, transmitiendo e incitándonos al amor y al respeto de su pueblo y su forma de vida. Sus letras, cargadas de sentido y mensaje, cabalgan como los jinetes bereberes en sus nobles corceles dorados, sobre el siempre ondulado punteo de la guitarra solista, duce del sonido de Tinariwen.

Puede que el cromatismo y el tono de sus canciones se repita en exceso para más de una noche fuera del desierto, pero no hay duda de que su atractivo puede con las fronteras de todo el mundo. Podría pensarse que oída una canción, oídas todas, pero al menos en dos horas no se rompe el hechizo que provoca el trotar, liberado y amante de su tierra, de unos dedos itinerantes sobre el mástil de una guitarra sólida y ardiente; ni el que provoca un sonido que vale mil imágenes del vasto desierto africano. La excepción de un concierto así, la emocionante estética étnica de los miembros de la banda y el calor que generaron en una noche que acabó en lluvia, fueron la despedida perfecta a un invierno occidental seco que, una vez más, hace que pensemos que el desierto se acerca cada vez más: tal vez, en unos años, llegue hasta nosotros, y todos volvamos a ser nómadas.


Fotos de Pablo Luna Chao.

Escucha el setlist (parcial) del concierto en Spotify.

También disponible en Alta Fidelidad.