MUMFORD AND SONS (Babel, 2012)



Los banjos al poder.

Puede que los que hayan visto Deliverance (John Boorman, 1972) me entiendan. Yo me crié escuchando en cada viaje, en el coche de mi padre, el famoso Dueling Banjos de Arthur 'Guitar Boogie' Smith que aparece en el filme; así que tal vez no sea del todo imparcial al reseñar este segundo álbum de Mumford and Sons, Babel (Island, 2012), ya que el sonido del banjo me transporta a lugares especiales de mi memoria. Y no precisamente a las pantanosas riberas de la cuenca central y sur del Mississippi, de donde es originario el folk que practica esta banda del oeste de Londres. Porque el mundo global de nuestros días permite eso, entre otras cosas no tan enriquecedoras: que el folklore personal de cada uno pueda componerse de piezas de variada procedencia cultural; demostrando que el arte y la cultura no entienden de nacionalismos ni patrimonios de mira estrecha y horizonte corto.

Ben Lovett (voces, teclado, acordeón, batería), Winston Marshall (voces, banjo, dobro), y Ted Dwane (voces, contrabajo, batería, guitarra) no son hijos de Marcus Mumford (voz principal, guitarra, batería, mandolina), pero pensaron que el nombre, a modo de antigua empresa familiar, pegaba con la filosofía del grupo. Mumford ya se había dado a conocer entre la comunidad folk del oeste de Londres, haciendo de batería para Laura Marling en su inicios (2006-8); y fue precisamente a través del mánager de ésta, Adam Tudhope, como se puso en marcha el proyecto de Mumford and Sons. Sin embargo, antes de firmar con Island Records (filial de Universal), y de tener a Markus Dravs (que había trabajado recientemente con Björk, Coldplay o Arcade Fire) de productor para su álbum de debut, el cuarteto se lo curró girando por media Inglaterra, madurando su sonido, y editando algún que otro Ep. 

En octubre de 2009 vio por fin la luz Sigh No More (Island, 2009), pero la impresinante extensión de su popularidad vendría generada más adelante, desde principios de 2011, cuando actuaron en la ceremonia de los Grammy. Pese a no ganar ninguna de las dos nominaciones (Mejor Artista Nuevo y Mejor Canción de Rock, por Little Lion Man), interpretaron el single The Cave, y compartieron escenario con The Avett Brothers y con el mismísimo Bob Dylan, con quienes tocaron Maggie's Farm. Dylan declaró, además, que Mumford and Sons era una de sus bandas favoritas del momento. Así es como han conseguido ser el primer grupo británico, desde Coldplay, que vende más de un millón de discos en EEUU; aunque aquellos no lo hicieron con su primer trabajo. Pero lo que es indudable es que una banda de estas características, hace 10 o 15 años, no habría funcionado como ahora.

Vivimos el boom de un fenómeno que solemos denominar como neo-folk, una suerte de revisión de las formas musicales tradicionales, modernizadas y revalorizadas, y manteniendo una estricta fidelidad con el espíritu ancestral; un fenómeno que, en otros estilos, no forzosamente cercanos geográficamente, ha propiciado también el nacimiento y éxito de bandas como Fleet Foxes, The Black Keys, Beirut, Iron and Wine, Kings Of Leon, The Tallest Man On The Earth (en plan solitario), M. Ward, Siskiyou, The Decemberists, los mismos Calexico, o aquí en la península, Manel o Los Evangelistas, por poner algunos ejemplos. Aunque referentes a dos mundos tan alejados como son la vieja Louissiana y los bosques húmedos y frondosos de la costa del Pacífico norte, y pese a una evidente diferencia en la tendencia estilística de fondo, el paralelismo con Fleet Foxes es evidente: el mismo halo de expectativa envolvió el lanzamiento del segundo trabajo de éstos últimos, Helplessness Blues (Sub Pop, 2011) el año pasado, como el que ha acompañado durante 2012 toda información sobre el Babel de Mumford and Sons, la esperada confirmación de su supuesta excelencia (por mucho que le moleste a Ben Lovett).

Más que un disco continuista, considero que Babel es incluso un paso hacia atrás en la naturaleza del sonido de Mumford and Sons y su evolución. Diría que por una parte, la instrumental, se acercan más a la ortodoxia del country, y por otra, al pop posmoderno, en la estructura y en la abierta narración melódica. Pese a resultar un disco abundante, demuestran una pizca menos de capacidad compositiva y de versatilidad y relieve morfológicos. Casi me pegaría más éste como su disco de debut, y Sigh No More una leve apertura de su sonido; o tal vez es que siguen escarbando en las raíces, asidos al cabo comercial del aire liberal de las formas del pop. En cualquier, caso está clara la apuesta de Mumford and Sons: reforzar el atractivo efecto de su sonido acústico, apoyado más que nunca en el banjo, las guitarras circulares y un ritmo cabalgante; y valerse de estructuras más directas, que facilitan la creación de la atmósfera de épica, leyenda y pasión, en desarrollos que van siempre hacia arriba.

En ese sentido, las canciones del Babel resultan algo parecidas entre sí: da igual cómo empiezan, porque siempre acaban con el cambio de tono de la voz de Mumford en el último estribillo, con arreglos de viento y una aceleración de intensidad, más que de ritmo, que haría que hasta el más escéptico del plantea creyera en algo grandioso por un momento. Así funcionan, al menos, Lover Of The Light, Whispers In The Dark, I Will Wait, Holland Road, Lover's Eyes, Broken Crown, Below My Feet...incluso Ghost That We Knew, desde un plano más lento y acústico, donde se oye el movimiento y el latir de los dedos. No es de extrañar, por tanto, que incluyeran una versión de The Boxer, de Simon and Gartfunkel, que tan bien se adapta a esa estructura. Estribillos gloriosos en un énfasis ensalzado de vitalidad y sensación de libertad perfilada en el horizonte de poniente.

Pero nada de esto impide que el Babel sea un gran disco: Mumford and Sons tienen argumentos de sobra para repetir fórmula y seguir extasiando a público y crítica. No solo por su virtuosismo instrumental (todos se intercambian todo en directo), o por el impagable acento de liderazgo justiciero de la voz de Mumford: los apoyos corales, la autenticidad de su entusiasmo rítmico, el respeto por la tradición literaria anglosajona reflejado en sus letras y la pureza de los orígenes culturales a los que hacen constante homenaje son algunos de los otros elementos que hacen grandes a esta banda. Y todos están presentes en este Babel que tanto va a dar que hablar, pese a que en otros aspectos haya ciertas limitaciones. Imprescindibles, por otra parte, en directo: en verano, en el Optimus Alive, fueron de lo mejorcito.

También disponible en Alta Fidelidad.


ABSYNTHE MINDED



En las pelis siempre dicen, con razón: '¡sé tú mismo!'

En el verano de 2006 me fui con unos amigos hasta Bélgica para ver en directo a Tool, Mogwai, Sigur Rós, Muse, Placebo, y a Depeche Mode, entre otros, que se reunían en el Rock Werchter. Nos propusimos, como cualquier pandilla de novatos, escuchar todos los grupos del cartel antes de ir, y obviamente, empezamos por la A. Así que ni siquiera conocí a Absynthe Minded por haber ido a su país a escuchar música, sino por una mera coincidencia de nomenclatura. Como es lógico, no pasamos de la B, y por supuesto tampoco vimos todo lo que nos habíamos propuesto: al fin y al cabo, era un festival. Pero al menos conocimos al grupo local más prometedor de aquel entonces, y tuvimos la oportunidad de verlos en directo en uno de sus primeros grandes momentos como banda. Tras haber editado dos Cds, parecía que se preparaban para su expansión por Europa, pero al final ésta siempre se ha pospuesto; tal vez hasta ahora.

Porque Absynthe Minded han seguido trabajando duro su sonido desde entonces, madurándolo, aunque siempre haya sido adulto y muy serio, y curándolo en su propio estilo con elegancia y complacencia. Con un primer Cd, Acquired Taste (Keremos, 2004), sorprendente, juguetón, fresco y ecléctico; una canción, My Heroics, Part 1 (del segundo Cd, New Day [Keremos, 2005]), nombrada por los oyentes de una cadena de radio como la mejor canción belga de la década; y un cuarto Cd, Absynthe Minded (AZ  [Universal], 2009) que arrasó en los Premios de la Industria Musical Belga de 2011, los de Gante ya debería haber rebasado las fronteras de Europa o, por lo menos, haberla conquistado sin contestación alguna. La ofensiva definitiva ha de ser As It Ever Was (AZ [Universal], 2012), su quinto disco, editado en mayo, y la consecuente gira de presentación que llevan en proceso prácticamente desde entonces.

La banda gira en torno a Bert Ostyn, a su voz aterciopelada y vital; al sonido acústico de su guitarra, del violín de  Renaud Ghilbert y del contrabajo de Sergej Van Bouwel; al acento elegante, clásico y de buena educación que le otorgan éstos, junto con el hammond de Jan Duthoy; y a la batería, ya siempre en clave pop-rockera, de Jakob Nachtergaele. Todo esto da como resultado un sonido amable y característico, con sello propio, que aunque se haya movido hasta hace poco por los circuitos del panorama independiente, no tiene nada de alternativo. Todo lo contrario: Absynthe Minded logra esa tonalidad neutra, en paz con el mundo que les rodea, propia del mejor pop-rock anglosajón de tendencia folk. Con una personalidad musical cada vez más depurada y definida, reclaman su lugar entre los legítimos herederos de los años ’60 y ’70, junto a bandas como The Wallflowers, la Dave Matthew’s Band o The Shins.

Lo hacen mediante un disco, As It Ever Was, que mantiene la fórmula, y que contiene ya pasajes o fraseos que solo pueden sonar a ellos mismos: como por ejemplo el estribillo de You Will Be Mine, o la espectacular Crosses, con el as en la manga del violín, en clave gipsy, a máxima potencia. En general es un muy buen disco, con una producción (en la que ha colaborado Adam Samuels) y una riqueza y elección de ritmos y sonidos impecables. Pese a abrirse con el que ha sido su primer single, Space, una destacada y fuerte balada con la que combatir la amargura, el disco no resulta en absoluto un descenso.

La vitalidad y el ritmo de As It Ever Was, canción que da título al álbum, la sensación de libertad que otorga How Short A Time, reforzada por teclado y guitarras acuosas y acústicas, el sorprendente final de la popera Fighting Against Time, y el extravagante intento de electrónica (con octopad incluido) de Little Rascall, sostienen la primera mitad del Cd. Pero si por algo destaca este As It Ever Was es porque por fin, como decía antes, empiezan a sonar a ellos mismos; y las mejores muestras de ello se hallan en la segunda mitad del disco. A parte de las ya mencionadas, Only Skin Deep, con el delicioso planear del violín, o 24 7, de aliento ascendente, tienen el inconfundible aroma de Absynthe Minded, con melodías y frases musicales solo concebibles a lomos de la voz de Ostyn.

Pero el mundo de la música a veces es injusto con grandes artistas y gente trabajadora, humilde y con modales (musicales y generales). Así que tal vez no sea tampoco con este quinto Cd con el que Absynthe Minded se popularicen como merecen. No obstante, han marcado un punto de inflexión en su carrera, que hará que si no despegan definitivamente, se haga oficial su entrada en la lista de célebres desconocidos, de joyas que pasan inadvertidas por el gran público. El mes que viene tocan en Barcelona: un bonito reencuentro para algunos, y la oportunidad, para otros, de conocer a uno de los fenómenos más interesantes y populares de Bélgica, pero, sobre todo, para hacerles justicia y escuchar música de la buena.

También disponible en Alta Fidelidad.


MANU CHAO. l'Hospitalet, 11-10-2012



El esperanto musical.

Me alegra comprobar que aún no soy lo demasiado adulto, ni estoy demasiado atrapado en la rutina y el apolillamiento como para rechazar una invitación para un concierto clandestino, camuflado e inesperado de Manu Chao en l'Hospitalet del Llobregat. Porque hay que dejar espacio en la vida para lo imprevisto. Pero por otra parte también he podido comprobar, atónito, que con 51 años en sus huesos, sigue teniendo más aguante y más fuelle que yo. Se presentó como suele hacer habitualmente en Barcelona: con otro nombre (Atomik Pardalets), sin publicidad de ningún tipo, con unas entradas baratas que se venden casi exclusivamente en el bar Mariachi, pero eso sí, con toneladas y toneladas de energía. 

Consecuente con un estilo que practica desde hace más de un cuarto de siglo, Manu Chao llenó la sala Salamandra con gente de todo tipo, y repasó, en el caos de una noche de fiesta sin principio ni final, una carrera que, aunque parezca haber frenado un poco, ha dejado huella en millones de personas de los cinco continentes. Anunciado para las 21h, debió empezar hacia las 22,30, pero cuando a la 1am nos marchamos de allí, no tengo la certeza de que aquello hubiera acabado. En un infinito derroche de fuerza, entrega, y de repetición y dilatación de sus grandes clásicos hasta convertirlos en una interminable pista de punk-rock rumbero, el franco-gallego-vasco (y catalán de adopción) se despedía y volvía una y otra vez, interpretando y reenganchando temas de nuevo, como si toda su carrera fuera una inmensa canción de más de tres horas, y como si cada minuto fuera a ser el último. 

Poco importó si ésta la tocó, o si aquella ya había sonado antes: porque Manu Chao, a parte de un puñado de canciones que conquistaron medio mundo en la década pasada, es un músico de filosofía y sentimiento, más que de hits y canciones bandera, que aunque también las tiene, se diluyen en una marejada catártica continuada que, como si fuera una bola de nieve bajando la ladera de una montaña a toda caña, siempre acaba en el tipo de rock mestizo que hacía con su hermano a finales de los '80 en Francia con Mano Negra. 

Pero Manu Chao evolucionó desde aquella época; viajó, se mezcló, aprendió músicas y culturas de todas partes, y se convirtió en algo más que un músico y líder de un movimiento socio-musical (aunque nunca asumiera el rol público y publicitario) de apertura al mestizaje: es, de alguna manera, el creador de una especie de esperanto musical en el que tiene cabida casi cualquier expresión cultural sonora, estilo tradicional o tendencia musical del mundo sincrético. Desde unas partituras simplistas, sinceras y casi dadaístas, su música siempre ha aceptado la adopción de formas que van desde el rock y el punk más sucio hasta la rumba y el son de Jalisco, pasando por variantes del ska y del raggae, y a veces incluso todo mezclado. Un ejemplo de la verdadera integración cultural, que aunque siempre es bueno tener en cuenta, lo es más en días  como hoy, en los que aún se celebra nuestra desastrosa llegada a América. 

Ni siquiera tiene excesivo protagonismo a nivel musical en el escenario: se dedica a tocar una guitarra, flanqueda por bajo, eléctrica y batería, que parece más bien anecdótica, mientras en verdad asume el papel de carismático rey de ceremonia, saltando, animando y agarrando la música por los cuernos, como si en ese momento fuera el hombre más feliz de la tierra. Comprometido siempre con causas que lo merecen, parece como si utilizara su magnético tirón para montar espectáculos de esta índole de vez en cuando, disfrutando con ello, para recaudar algo de dinero para luchar contra ésta o aquella injusticia: ayer, los 10$ que costaba la entrada se destinaban a la causa saharaui. No obstante, resulta curioso que aún alejado de los circuitos comerciales, ni siquiera le hace falta su nombre para mover lo que mueve, lo cual resulta admirable. 

Después de casi tres horas, y sin la certeza absoluta de que no siguen aún ahora tocando en la Salamandra, se puede decir que el concierto se había transformado en una especie de sesión del espíritu de Mano Negra, aderezada por la aparición de varios colaboradores eventuales, uno de ellos portugués y otro chileno. Con sus músicos de siempre, amigos de toda la vida, y la sintonía exaltada de Radio Bemba a todo trapo, Manu Chao parecía resistirse al cansancio, y fue el público el que empezó a marcharse de manera escalonada. El sábado repite en la misma sala, con el mismo nombre de camuflaje, y con las entradas agotadas ya desde hace días. No repetiría, sobre todo sabiéndolo de antemano, pero ¡qué bien sienta de vez en cuando dejarse contagiar por las vibraciones de Manu Chao! Sobre todo si hasta tres horas antes no tenías ni idea de que eso podía pasar...

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad. 

CUCHILLO. Barcelona, 10-10-2012.



Contemplando a Cuchillo.

La última vez que vimos a Cuchillo en su casa, en Barcelona, les daba en la cara un potente sol de junio, casi completamente horizontal, que bañaba de luz una plaza del Poble Espanyol que más tarde, ya bajo las estrellas, albergaría a Beth Gibbons y a los Portishead. En aquella ocasión, la tremenda expectación por los de Bristol nubló a los elegidos locales, que presentaron tímidamente parte de su recién estrenado segundo Lp, Encanto (Limbo Starr, 2012), ante el escaso y distraído público que iba llegando. Pero ayer, tras regresar de una breve gira por Noruega, Estados Unidos y Méjico, volvían a una sala de la condal, esta vez para ser los únicos protagonistas. Así, dentro del Budweiser Live Circuit, y gracias a la colaboración con éstos de la sala Music Hall y del sello Limbo Starr, los Cuchillo abrieron su mini-gira por la península con un discreto concierto. El 19 estarán en Girona, el 20 en Valencia y el 25 en Madrid.

Está claro que una sala pequeña es el hábitat climatizado para que la fórmula de Cuchillo funcione en su máxima potencialidad. Recuerdo haberla presenciado, en los Veranos de la Villa de 2011, cuando tocaron en el perfecto auditorio del Conde Duque. Pero ayer, pese a que todos los astros se alineaban en el cielo, creo que no vimos la mejor versión de este interesante y prometedor dúo reconvertido a trío. No faltó calidad, ni las finas y delicadas salpicaduras decorativas habituales: arreglos de flauta, teclado, y hasta saxo; ni faltó el juego de intensidad y dilatación, de concreción y dispersión que surge de un setlist bien orquestado. Quizá, exigiéndoles tal vez demasiado pronto un paso hacia el frente, necesitan un punto más de efectismo: les falta pisar más fuerte, gritar más alto, y sacarle más partido a las virtudes que saben que tienen.

Porque el atractivo de Cuchillo no ha de limitarse solo a su gran capacidad de ambientación. En su dispersión armónica y de intención cinemática, más presente en su segundo Cd, optan por unos desarrollos más bien paisajísticos; pero en realidad, supongo que todos queremos recordar y evocar los caminos que hemos recorrido en la vida, o en un momento dado, y no solo acordarse de un simple y vago paisaje, más o menos cambiante. El verdadero carácter del trío, en mi opinión, lo encontraremos entre las progresiones fatalistas (y hasta toolianas) del Duat (Limbo Starr, 2010), y el enganche de su melódica soleada, presente en su álbum de debut, Cuchillo (Sinnamon, 2008). Ayer en la Music Hall intercalaron lo viejo entre lo nuevo, pero todo sonó un poco como cuando nos dejamos llevar, y simplemente miramos por la ventanilla del pasajero.

Solo cuando enlazaron Sombra y Mar, Come With Me y Breathing Again, al poco rato de haber comenzado, y con La Hierba, ya a modo de cierre, marcaron realmente territorio en un escenario, y ante un público, que no les debió suponer un reto especialmente complejo. No es que el Encanto tenga un sonido débil, pero es más frío y estático, por lo que las piernas flaquearon cuando abandonaron aquel tono fronterizo y tan desafiante, de corte desértico, serpenteante y tostado, propio de su trabajo pasado; y eso fue la mayor parte del concierto. La dulzura y la armónica conjunción de instrumentos fueron las notas dominantes, pero no son suficientes si en verdad lo que se quiere es apostar, arriesgar y destacar.

En cualquier caso, la proyección de Cuchillo está fuera de toda duda: con una propuesta diferente dentro del panorama indie de nuestro país, estos chicos gozan de un amplio margen, ya no de mejora, sino de evolución. Da la sensación de que aún andan removiendo ingredientes, sentimientos y músicas bien diversas en sus interiores, como quien gesta tempestades para luego engendrar un algo grandioso y definitivo. Pero mientras eso no termina de ocurrir, nos seguiremos contentando con asistir a conciertos de atmósfera contemplativa y distendida como el de ayer, donde llegaron incluso a versionar a capella a David Crosby.

Israel Marco a la guitarra, Dani Domínguez a la batería y Henrik Argen con guitarra y tecalado conforman ahora mismo Cuchillo, pero contaron ayer con la colaboración de Rhys Pyefinch al saxo, en Navega y en La Hierba, acabando el recital con una pequeña apoteosis instrumental. Un concierto que tuvo momentos de especial interés acústico, sobre todo cuando Marco empuñó una guitarra viejísima, de los ’60, Domínguez un udu (instrumento esférico de percusión africano), y Agren una enigmática caja de madera para interpretar, de manera absolutamente desnuda, Algo Mejor.

En poco más de una hora, tal vez cansados, y desde luego no al 100%, los Cuchillo finiquitaron un recital que, pese a todo, resultó compacto y bastante sólido: con un sonido sin perfiles ni perímetros fijos, la personalidad de este trío sueco-barcelonés reside en la construcción de un lenguaje de modales aseados y cuidadas descripciones ambientales. Y desde luego, esa es la mejor base para edificar un proyecto que, en mi opinión, ha de destacar en el panorama musical nacional. 

Fotos de Pablo Luna Chao.


También disponible en Alta Fidelidad. 

CALEXICO (Algiers, 2012)


Volver a casa.

Las ceremonias cambian. Antes, cuando comprábamos un Cd que acababa de salir, llegábamos a casa como con prisa, nos encerrábamos en la habitación, y, lentamente, tirábamos de esa cintita de plástico que nunca cumplía del todo bien su función de apertura-fácil, y se rompía. Entonces arrancábamos nerviosos todo el envoltorio de plástico, y sin siquiera tirarlo a la papelera (por aquél entonces casi nadie reciclaba), abríamos extasiados el recipiente de aquel preciado tesoro que era un Cd nuevo, original, por estrenar. Lo metíamos en el reproductor típico de la época, y le dábamos al play con el nerviosismo de quien entra en un examen que no se sabe muy bien. Ahora leemos en alguna red social que fulanito ha sacado (o incluso que va a sacar) disco, copiamos su nombre a golpe de ratón, lo ponemos en google, y al cabo de un rato ya podemos oírlo, en medio de una montaña de otros grupos a los que accedemos casi sin restricción alguna. Cuando hace unas semanas hice esto mismo con el Algiers (ANTI-, 2012) de Calexico, añoré de veras aquellas épocas ceremoniosas que ya nunca volverán (hasta que me pase al vinilo).

Porque Joey Burns y John Convertino, al margen de un par de bandas sonoras (Circo y The Guard), llevaban 4 años sin publicar nada nuevo, y eso es mucho tiempo; tanto, que merecería aquella ceremonia. Con este son ya 7 discos los que los contemplan, a parte de la extensa carrera que desarrollaron previamente en Giant Sand, desde mediados de los '80. Calexico no ha sido nunca una banda paralela: ha desarrollado un estilo y un sonido propios desde el principio, desde su primer álbum, Spoke (producido por el sello alemán Hausemusik en 1996, cuando de hecho aún se llamaban así, Spoke, y reeditado con el sello Quarterstick Records al año siguiente, cuando ya eran Calexico). Un estilo a medio camino entre el pop-rock indie del suroeste de los EEUU y el folk alternativo del norte de Méjico, de estética fronteriza y cinemática, pero con bastante más garbo que el spaghetti western. De gran carga emotiva, cada Cd de Calexico es una obra aparte, donde coquetean con géneros y tendencias dispares, pero remarcando siempre el de dónde son a fuego, como la marca de propiedad en la piel curtida de las reses.

Algiers responde perfectamente a la línea general del trabajo de la banda. Tal vez no sea el mejor, ni el más arriesgado, ni el más característico de sus Cds, pero transmite esa cálida y reconfortante sensación que se siente al volver a casa y comprobar que las cosas no han cambiado casi nada. En este caso, la casa de Calexico es el desierto de Sonora, el Bosque Petrificado y el Río Pecos: un terreno baldío bajo el sol y sobre el polvo del recuerdo de unos antepasados que no supieron nada de naciones o fronteras, pero que dejaron huella en lo cultural. Porque lo que siempre ha hecho esta banda es lo que ahora se alaba de otras como Fleet Foxes o Mumford and Sons: rescatar las raíces musicales de la propia tierra y darle vida mediante su reconceptualización. Nos hacen así partícipes de su propia cultura identitaria mestiza.

Da la sensación, en cualquier caso, de que la voluntad de exploración ha acabado en Calexico. Al menos en un sentido extrospectivo, o en relación a otras músicas no directamente emparentadas con sus genes. La experimentación ahora gira más sutilmente en torno a su propio universo, adentrándose más a un lado (No Te Vayas, Puerto y, en menor medida, Algiers) y a otro de la frontera. En cierto modo, parece la reflexión, introspectiva y cansada, de quien observa el fin de un camino, o de una separación, desde el borde del mar, donde el rumor eterno apacigua la tristeza, cicatriza las heridas y otorga calma y perspectiva a nuestras almas. Hay en Algiers un punto de fuga y de huida (sobre todo en Fortune Teller) que se adentra en el océano, hacia el oeste, hacia el ocaso, emocionante e intenso: muy de Calexico. Pero aunque la sombra que creen, en su incansable caminar (parece que hacia Comala), siguen entornando los ojos, pues se hallan bajo el mismo sol justiciero de siempre.

Algiers se mueve entre el típico medio-tempo de Calexico, un galope de poncho y arrastre, y la canción lenta, al fuego de la sedosa e invariable voz de Burns, con un ligero anestesiamiento progresivo, a la vez que también se permiten los pocos juegos con el verdadero son de Jalisco. Como siempre, los de Tucson logran narrar un relato de viajes casi al completo: describiendo la peregrinación por el desierto, la expiación a través de la música. Desde Epic a The Vanishing Mind, perdiendo fuerzas, pero ganando experiencia y sosegada sabiduría. Como la de los chamanes que se quedan ciegos. La primera, y Splitter, rebosan energía: de turbada decisión la que abre el Cd, como quien repite el mismo sacrificio, con oficio, una vez más; y de honrado entusiasmo la segunda, rozando el tipo de melodía más abierta y popera de la banda, cercana al Garden Ruin (Quarterstick Records, 2006).

Pero rápidamente llegamos al hueso del Cd, a la médula rítmica y al tono legendario, pero cubierto, que marca el destino de aquel viaje del que hablaba antes. Sinner In The Sea, con la acústica bien afilada, los punteos al atardecer, las trompetas en el eco, batería de palo y bajo pisando el suelo de fuego a tímidos saltos, se rompe a los dos minutos a base de piano y teclado, en un oscuro reflejo del caminante que, solitario, se acaba enfrentando en un narcótico descenso consigo mismo: nuestro único verdadero enemigo. Parece la primera noche del viaje; y Fortune Teller la primera mañana de después: cuando más claro se ve el horizonte, el punto de fuga. Guitarra, batería, y la voz de Burns ululando como el viento recio del alba, que nos empuja, en silencio, a seguir adelante. Pero el camino no es fácil, y la majestuosa aunque funesta Para, nos lo recuerda. Con arreglos de buen cine, con trompetas y violines que suben cuando hay que apretar el corazón, se presenta como la premonición de una desgracia que sobrevuela.

Algiers, el tema que le da nombre al Cd, y que es su epicentro, es una sonata instrumental, apoyada en acordeón, batería de feria ambulante, y en una guitarra que parece salida de una plaza cualquiera de toros de un desierto inanimado. Si concebimos el Cd como una travesía hacia el océano, hacia la salida, trazada justo sobre la frontera, con etapas en un lado y etapas en el otro, Algiers sería el funambulismo de intentar estar a la vez en uno y en otros, y también a la vez, en ninguno de ellos. Y Maybe Monday, en ese sentido, es la etapa en Arizona, pero con la amarga nostalgia de Méjico. Porque Calexico representa también esa cruel ambivalencia del sincretismo, que te hace sentir dividido en dos; la brecha del emigrante, de quien tiene una clara división en sus recuerdos y sus ancestros. Por eso se busca el consuelo del mar, porque siempre hay algo amado en la otra orilla.

Puerto, con su bilingüismo, letrístico e instrumental, parece entonces el inestable equilibrio de la fórmula mestiza, como en los mejores tiempos de Amparanoia, recordándonos que los genes castellanos se hallan por doquier. Con el ritmo más acelerado del Cd, es un tema de duelo bajo el sol del mediodía. A partir de ahí, en el último tercio del Cd, parece como si se hubiera perdido ese duelo, y la rendición, en lugar de ser amarga, fuera como una liberación. Better And Better es solo una voz, dos guitarras hermanadas, y una batería de pulso lento y tranquilo. Se vislumbra el final, y la claridad más allá del horizonte. No Te Vayas es la despedida definitiva de Méjico, y solo queda sentarse a la orilla y mirar el mar.

Hush y The Vanishing Mind son el destino que se respiraba en el disco desde que empezó el viaje. Se impone el ritmo lento, la fijación de las guitarras, la claridad de la voz de Burns, que respira en cada bocanada, y esos arreglos sutiles que van creciendo en ambas, y que otorgan la fotografía de fondo de la película que nos han planeado, y que nos plantean siempre en cada disco. Algiers en seguida resulta familiar y cercano, porque son enteramente reconocibles y fieles a sí mismos. Cuidado hasta el mínimo detalle, es un trabajo hecho con cariño, que suena más a despedida que a llegada. O tal vez, no es más que el eterno y cíclico volver a casa.


SHARON VAN ETTEN (Madrid, 27-09-2012)



La oscuridad nos permite divisar estrellas que siempre han estado ahí.

En teoría, es físicamente imposible ver nacer una estrella. Aunque eligiéramos un espacio negro del cielo, lo mirásemos fijamente durante un buen rato, y de pronto, como por arte de magia, se encendiera una pequeña lucecita, un minúsculo punto brillante, sabríamos que no es más que la noticia, con tal vez cientos de años luz de retraso, del verdadero nacimiento de la lejana estrella. O como pasa con Sharon van Etten: ¿Cuándo consideramos que nació la estrella, su estrella? ¿Al nacer ella? ¿Al empezar a cantar y tocar? ¿Al ser descubierta y empujada por la pléyade de amigos con los que se codea? ¿O tal vez cuando acumule un número mínimo de conciertos como el que dio anoche en el madrileño Teatro Lara? Es posible que un requisito indispensable sea que ella misma se lo crea, y que se vea como parte del star-system del indie-folk. Pero por mí, aunque siga toda la vida siendo tímida, cercana y tan humilde, Sharon van Etten es ya una de las grandes.

Lo ha conseguido por el camino correcto: paso a paso, sin hacer demasiado ruido, y despuntando con un tercer disco, editado ya con Jagjaguwar, cuando lo que todos esperábamos era el ansiado regreso de Cat Power. Tramp (Jagjaguwar, 2012) contiene ya material serio, con el que preparar conciertos suntuosos y emocionantes como el de ayer. Era el segundo de una gira que empezó el miércoles en Lisboa, y que la llevará, hasta el próximo enero, por gran parte de Europa, Norteamérica, e incluso a Australia. Y era, además, la primera vez que tocaba en Madrid. Mañana lo hará en Valencia, y el sábado en Barcelona. Tal vez por todo ello empezó un poco nerviosa, y aunque no titubeó ni un instante, se mostró tal y como debe ser: modesta, natural, comprometida con su música y con ganas de hacerlo bien. Personificando esa fragilidad, mansa y sin embargo inexpugnable, que tanto la caracteriza musicalmente.

El de anoche en el teatro Lara fue uno de esos típicos conciertos, sencillos pero redondos, que suele organizar la promotora Son de Estrella Galicia. Sharon se sintió a gusto; excelentemente bien acompañada por una banda de tres, con batería, bajo, teclado y refuerzos de guitarra y de voz constantes, Van Etten pudo arropar su ya de por sí autosuficiente fuerza vocal, completando un sonido, el del Tramp, con atractivas subidas y bajadas de tono y de intensidad. Porque la de Jersey, en efecto, quiso mostrar todo el prisma de luces que la iluminan al crear música, pero además, siempre desde el optimismo. Así, dio comienzo al recital con All I Can y Warsaw, interpretando el pop y el rock, con ese acento folk metropolitano que casi solo ella le sabe dar, desatado después con Save Yourself. 

Puede que hasta Magic Chords muchos no reconocieran a la Sharon van Etten del último disco: más curtida y umbría, es capaz, con canciones así, de tocar fondo anímicamente, y transformar la experiencia en una elegante procesión de luces y sombras; brillantemente interpretada por una voz que llenó el teatro, y nos erizó a todos en nuestras butacas. A partir de entonces, en la segunda mitad del concierto, Van Etten ganó la poca seguridad que le faltaba, agarró su carácter como bandera, y empezó a demostrar de verdad la madera de estrella que tiene, o que ha tenido siempre. Se marcó un solo inédito, con una guitarra acústica y una voz que hipnotiza, rellenando ella sola todo el escenario. Y cuando volvió su grupo, la temperatura ya había cambiado. Porque puede que haya más pasión en lo que hace esta chica cuando en su vida no luce el sol.

No quiero desearle el tormento a mis artistas favoritos solo para que compongan más y mejor, pero en cierto modo bendecimos todos aquellos tropiezos que, tras superarlos y digerirlos, dieron origen a temas como Give Out o Serpents, tocadas seguidas cerca del final. La primera sonó espectacular, con batería, guitarra y voces reforzadas, y en un tono aún más carnal que el que presenta en el Cd. Y la segunda, un auténtico temazo, con la energía y la intensidad de quien aún se siente fuerte tras el enésimo desplome. Sharon es delgada, aparentemente frágil, blanquita, y cuando habla, que lo hace mucho, irradia una simpatía casi cándida, pero por dentro es de un material duro y resistente, de las que saben absorber los golpes, aprender de los errores y transformarlos en algo bueno.

Dejó, eso sí, una ventana abierta a la luz al final del concierto: I’m Wrong y, tras la pausa, Love More, sellaron la paz con su estado de ánimo, que ya empezaba a ser consciente del placer que había sido para todos los asistentes el poder verla en directo, y tan de cerca. Sharon van Etten se distingue, en mi opinión, por un carácter auténtico, por una visión del folk muy liberada, y por esa nota distinta con la que siempre nos sorprende. Pero ayer, además de tablas en proceso de mejora destacable, demostró también que sabe dirigir a una buena banda: los de ayer eran músicos de primera, y si la Van Etten estuvo a la altura, es que de verdad la podemos considerar como una nueva estrella del firmamento independiente. Y no ha hecho más que empezar.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

Escucha el setlist del concierto en Spotify.
(¡o míralo aquí!)

THE XX (Coexist, 2012)



El "titovilanovismo" musical.

Corren tiempos difíciles en el mundo occidental. En la carrera (Historia) estudié que durante el período derivado de la crisis del '29 hasta la 2ª GM, prácticamente el 75% de las democracias que por aquel entonces había en Europa y América acabó cayendo frente al avance de una u otra dictadura de corte totalitario. Y por lo general, las vías que utilizaron para tratar de salir de la crisis económica se basaron en mecanismos de control de la población y del trabajo novedosas, retorcidas y alarmantes, aunque quizá más adaptadas a la realidad. Incluso las democracias que sobrevivieron tuvieron que adoptar fórmulas y mecanismos revolucionarios para salir de aquel atolladero (como el New Deal en EEUU). Hoy en día, en cambio, parece que la receta que nuestras élites político-económicas están adoptando es todo lo contrario a 'rompedoras': es la era del continuismo. Entiendo que a quienes les ha funcionado la fórmula opten por esto, como el Barça con Tito Vilanova, o The XX con el Coexist (Young Turks, 2012). Pero este mundo no tiene arreglo si no nos replanteamos ya el modelo de funcionamiento y desarrollo.

Dejaré fútbol y política para otra. En lo que respecta a The XX, el caso es que Romy, Oliver y Jamie acaban de editar su esperadísimo segundo álbum, y lo han hecho con mucha clase: dejándolo colgado en streming la semana previa para que todo el mundo pudiese oírlo y enviárselo a otro ser de este solitario planeta. Varios de los temas, además, habían sido ya presentados al público durante el verano, en la temporada de festivales (aquí, en la Península, en el Primavera Sound y en el Optimus Primavera de Porto). Será, con toda seguridad, uno de los álbumes más reseñados del año; y, como pasó con los móviles en aquella Navidad de '99, será ahora cuando por fin The XX se introduzca en cada casa. Y en cada iPod, y en cada oreja de cada habitante de La Tierra. Ofrecen en él algo muy similar al sonido que les catapultó al éxito precoz, sintetizado y magistralmente conceptualizado en el ya célebre xx (Young Turks, 2009). Coexist es, por tanto, un ejercicio de claro continuismo, y también el cumplimiento del deseo de millones de fans que le pedían al cielo que los XX no cambiasen nunca.

Yo fui uno de esos fans. Por momentos, durante los dos conciertos que he visto de ellos este verano, cuando presentaban lo nuevo, he dudado que pudieran mantener la fidelidad a un sonido tan perfectamente marcado como el que emana de su primer trabajo, pero creo que en líneas generales lo han conseguido con Coexist. Ni lo superan ni lo igualan, pero sí se parece bastante a lo que todos queríamos. Me pregunto, sin embargo, hasta cuándo les durará la frescura y la dosis mínima de originalidad si se siguen manteniendo en el acotado espectro musical que define su trabajo. Tal vez vayan explorando poco a poco desde las pequeñas  y sutiles diferencias que ya apreciamos ahora, a la espera de hacia dónde las mareas estéticas y estilísticas de la música decidan llevarles. Porque si algo tienen The XX es que son actuales, modernos, una innovación en pleno proceso: tal vez el funesto y vacío reflejo y el eco musical de una era, la tecnológica, que hemos inaugurado sin apenas ser conscientes.

Pero admitámoslo: el xx es un disco irrepetible, probablemente uno de los 10 mejores de la década pasada, así que por mucho continuismo que haya en su segundo trabajo, llaman poderosamente la atención las pequeñas diferencias, porque lo son con respecto al canon, a la perfección. En primer lugar está claro que los espacios creados son más abiertos (una pista: la portada blanca frente a la negra del anterior álbum), de techos más liberados y una planta menos gótica e intimidatoria. Obviamente, el sonido se sigue caracterizando por eso mismo: por la techumbre de aristas que dibuja Romy con su guitarra, con la misma guitarra, los suelos que crea Oliver con el bajo, y el espacio resultante que rellena metonímicamente Jamie desde la electrónica. En ese sentido, en segundo lugar, creo que el todo que se intuye bajo el silencio y el mínimal es menos concreto y depurado: un discurso ligeramente menos homogéneo, claro y monolítico. El leitmotiv se difumina.

Porque aunque el dúo de cuerdas y voces, y su eco reflejado en los aparatos de Jamie sigue siendo el hilo conductor, hay una leve ampliación de recursos sonoros, e incluso rítmicos en el Coexist (en tercer lugar; y segunda pista: la X de la portada contiene colores derivados de la deformación del negro). Que está muy bien, pero es una apertura con respecto al sonido totalitario del xx. Es un poco lo que me temía: que desbarataran esa sensación diáfana de feng sui musical decorando en exceso los espacios tan brillantemente creados. Por otra parte, hay que decir que los famosos fraseos de guitarra de Romy, tan mesiánicos, únicos y gemelos al mismo tiempo en el xx, resultan un tanto menos originales esta vez: son lo mismo, pero no son iguales. Digamos que en general dicen más o menos lo mismo (aunque observado bien vemos que es algo menos que más) pero utilizando más material música, más discurso, más palabras, más notas. Y eso, teniendo en cuenta la filosofía artística de The XX, creo que es un importante pero.

Destacan además varias canciones, cosa que no pasaba antes. Reunion, por esa utilización del hang (aunque pueda ser ficticio), por la evolución interna del ritmo, y por las pinceladas gordas y finas de Jamie. Missing, porque es, probablemente, la única canción realmente arriesgada del Cd: distinta, pero el paso que tal vez esperábamos de verdadera confirmación. De las pocas que cabría bien en el xx. Ahora sabemos que el límite está en su primera obra, porque el Cd no marca la tendencia infinita que, en concreto, sí tiene Missing. Chained, Sunset, Tides y Swept Away le dan un pulso más al ritmo, aunque no parezcan muy razonados o pensados los momento de meter semejantes variaciones métricas. Que tampoco están mal. Son, además, los temas que más se calcan de la sombra de los temas de su anterior obra: como si bastara con remezclarles el ritmo para darle continuidad al asunto.

En resumen, opino que las pequeñas diferencias sí que son capaces de romper un poco el encanto del concepto musical que The XX presentó al mundo con su ópera prima. Sorprendentemente, no porque hayan optado por un cambio brusco de dirección, todo lo contrario: precisamente por mantenerse en una línea continuista es por lo que se desenmascaran tan bien las sutiles diferencias que, por fuerza, ha de haber entre dos discos a los que quieras llamar con nombre diferente, y que decepcionan un poco. No obstante, como es obvio, si presenta un alto porcentaje de ingredientes en común, y los mecanismos que hicieron de xx una obra a emular, es normal que el resultado, aunque en mi opinión levemente peor, sea bastante sobresaliente. Seguirán siendo, de todas maneras, los mismos románticos post-modernos, de la era digital, que imaginan el medievo, la era del gótico, como un lugar solitario y lúgubre, pero increíblemente fantástico. Y así lo transmiten: un lugar para evadirse y para soñar.

Fotos de Pablo Luna Chao (tomadas en el Primavera Sound y en el Optimus Primavera de Porto).

También disponible en Alta Fidelidad.


ALT - J



Rebelión en la granja.

Una de los cosas más alucinantes de este An Awesome Wave de Alt-J es que, según va avanzando el Cd, se te va haciendo más y más difícil, cuando no imposible, definir qué estilo de música hacen estos chavales. Hacia la mitad del disco ya nos tienen en jaque; pero cuando acaba te das cuenta de que poco importa ese detalle de nomenclatura. Como su nombre: Alt-J; o el triángulo, o la delta, ¡o qué se yo! Lo realmente importante es que suenan de maravilla, hagan lo que hagan y se llamen cómo se llamen. Son de Cambridge, son cuatro, y van a ser casi seguro la revelación del año en el panorama indie.

An Awesome Wave es uno de los mejores álbumes de debut que recuerdo, tal vez, desde el Funeral de Arcade Fire, o desde el xx de The XX. 14 canciones, incluyendo tres interludios y una intro con bastante contenido, que forman un todo muy compacto, definido y, aunque parezca una contradicción, enormemente variado en su morfología exterior. Imposible acotar etiquetas a su sonido amplio y de cuidada varticalidad, pero campean con elegancia y seguridad por zonas cercanas a un trip-hop de luz y techo abierto, llegados desde áreas alternativas y acústicas del pop-rock más musical y colorido, pero siempre con un ritmo básico y una esencia vocal más propia de ese raggae de tapicería rústica y étnica que, en ocasiones, ha practicado Ben Harper. Por supuesto hay neo-folk del bueno, del camuflado entre cuerdas y voces, y también hay electrónica, en esencia, por esa constante tratamiento del beat, siempre marcado y nunca excesivamente rápido, que apoyan en una gama instrumental que reúne piano, bajo, unas guitarras y un teclado siempre deliciosos y, por supuesto, en una batería precisa, ágil y comprometida con la estructura de cada canción.

Alt-J sorprende al mundo con un disco, valga la redundancia, enteramente musical, donde no especulan ni una nota, donde derraman pasión, canralidad y una extremada y depurada atención por los detalles constantemente. Cada canción tiene algo que la hace especial, diferente, y a la vez necesaria dentro del organismo vivo que es el An Awesome Wave. Un disco mágico y fantástico, colorido y cavernoso, de piel suave y fresca como el tacto de la arena de las playas en la noche; donde no puedes dar nada por sentado, ya que en cada canción rompen sus propios moldes y se disparan en diversas direcciones: como si cada tema fuese la gestación de una pequeña mariposa musical. Un álbum de estados plenos de ánimo, con una vegetación floral que decora todo el trabajo con elementos extraidos de las cuatro estaciones, rezumando una humedad que huele a vida y a secreto bien guardado. Aunque por poco tiempo.

Porque esta gente tiene vocación de extrovesión: su música es el tipo de arte que surje por el impulso de agradecimiento ante un mundo que no para de asombrarlos y removerles su aguda sensibilidad. Es el fruto de quien sabe ver y ecuchar antes de expresarse: tal vez por eso suenen a tantos grupo a la vez, sin llegar a imitar ni a recordar a nadie en concreto. El principio, por ejemplo, podría haberlo firmado Piano Magic, con ese piano azulado, la distorisión melancólica, la batería concienzuda, borracha de vino tinto, y el encorvado lamento de Thomas mientras llueven los punteos. Una Intro que augura lo que luego no es: porque toda redención tiene un punto angustioso de orígen. Luego nos confunden con un Interdule I, a dos voces, con la métrica de un poema de Darío. Y por fin, con Tessellate parece que arranca definitivamente el Cd; todos suenan: batería de cálido beat, guitarras de agua, teclados y pianos cuan alfombras mágicas, y voces y alaridos de explorador frente a la hoguera. Todo con mucha clase.

Breezeblocks recoge el testigo ya con otra onda, construida entre la despreocupación caribeña, el tintineo y el redoble de ritmo de bajo, que se acaba imponiendo en uno de los pasajes más sorprendentes y pegadizos del Cd: "please don't go/ I love you so" rematan los Alt-J, haciendo del cubismo vocal un juego de niños bien criados. Puede que el estilo de la banda se sedimente mejor gracias a pacíficas oxigenaciones como el segundo interludio (Interlude 2), ya que apreciamos mejor tras él, en Something Good, la delicadeza de cómo meten un piano en escalera, una acustica africana en las cuerdas (también en las vocales), y como hacen confluir toda la instrumentación en ambientaciones y paisajes hermosísimos. También se hace notar más el silencio, justo en el corazón de disco, en Dissolve Me, logrando un hueco en el olimpo que ocupan los Fleet Foxes o Bon Iver con ese momento glorioso, hacia la mitad del tema, en que sositenen todo el Cd con un arco de voz.

Tal vez Matilda y Ms sean las canciones que menos llamarían la atención, pero en su modestia regalan pasajes de harmonía y, sobre todo, mucha de la riqueza de detalles con la que decoran cada compás. Ya siempre optimistas, siguen colgados del techo, recorriendo las cumbres que ellos mismos han constuido cantando. Desde luego, si el ritmo caracteriza el inicio sorprendente del Cd, el esfuerzo vocal lo hace en la segunda. Fitzpleasure, en su arrogancia, es el último coletazo rítmico: un beat elegante y encarado que revive el Cd cuando el viento ya ha cambiado. Porque de nuevo tras un liviano Interlude 3, Bloodflood huele ya distinto: a final, al recogimiento del atardecer, a los últimos pasajes de una historia asombrosa, colorida y emocionante que tiene que acabar; a esas despedidas y finales que hinchan el pecho pero oprimen la garganta. Taro es, por tanto, como la última mirada de regalo en la distancia: como el "Capitaaaaan" que gritó Dersou Uzala desde lo alto de la nieve cuando se separa de Arseniev. Lo que convierte algo especial en legendario; en inolvidable.

La última pista en una canción desnuda, acústica y en tono de folk matutino: Hand Made es lo que su nombre indica. Con ella se completa un Cd extraordinario que no pasará inadvertido en las listas de final de año. Por la grandeza del abanico de sonidos que demuestran, por su carácter y lo arriesgado del proyecto, por tenerlo tan jodidamente claro, y por tener un estilo tan insultantemente musical, de los que hacen honor al arte que representan, estos chicos de Alt-J van a estar en boca de todos, merecidamente, y siempre acompañados de alabanzas, sonrisas de alegría y el justo augurio de su éxito. Desde aquí le pido a grito a cualquiera de los promotores que trabajan en nuestro país que traigan pronto a estos chicos de Cambridge: su cotización se dispara, y pronto habrá tubas pidiéndolos como zombis por las calles. Y si no, al tiempo. 



NICOLAS JAAR. Barcelona, 16-09-2012



De cuando Apolo se rindió a los encantos de Nicolas.

No sé a qué iluminado escuché un día soltar la frase: “la música electrónica es como el sexo”. Podría afirmar, sobre todo después de asistir al concierto de ayer de Nicolas Jaar, que hay una importante dosis de verdad en esta afirmación, pero yo matizaría que en realidad solo la buena música electrónica se parece al buen sexo: candente, basada en una métrica cambiante, de intensas y múltiples velocidades, ha de ser sinónimo de conexión entre emisor y destinatario, ahondando en el deseo y la necesidad crecientes del siguiente cambio de ritmo, y contemporizando sutileza y contundencia en un mismo acto. Un concierto que fue seductor y elegante, sugerente y muy excitante. Pocas veces el objetivo de mi cámara me había parecido un elemento tan fálico, o me habían resultado tan claramente insinuaciones las rozaduras con... ¡Oh, cielo santo: es un tío el que me toca por detrás!

En realidad viene a ser nimia la diferencia entre un concierto y una sesión a estas alturas, y más, a los niveles de excelencia en los que se mueve Nicolas Jaar. Con poco más de 21 años, no solo se le puede considerar un niño prodigio por su carrera en la adolescencia, o por su fantástico primer Lp: ha confeccionado también un directo para quitarse el sombrero. ¡Qué polvazo, Nicolas! Las bases de las canciones que hay en su disco sirven de lejana línea melódica para unas estructuras que se enarbolan más allá de lo binario, y se rellenan con algo más que sonidos programados. Porque Jaar ha concebido un directo en el cual su electrónica, explotada y orquestada a la perfección desde el mínimal hasta el techno, se confabula con un saxo y una guitarra eléctrica para destrozar definitivamente las fronteras imaginables entre las etiquetas y los géneros musicales.

Anoche, en la abarrotada sala Apolo, y Primavera Sound mediante, este joven medio chileno medio norteamericano, hijo de una celebridad artística, se doctoró con nota; aunque no solo él. Nos hizo el amor. En prácticamente dos horas de espectáculo Nicolas reconstruyó parte de su incipiente obra, reformulándola en bloques de 20-30 minutos, iniciados siempre desde los escombros de algún sentimiento profundo y de iluminación tenue y queda. No obstante, el desarrollo posterior de cada parte, donde podían sonar reconocibles ciertos temas o no, fue como una sucesión de imágenes íntegramente sonoras  de construcciones arquitectónicas potentes y estilizadas, que levantaba in situ  con la ayuda de Dave Harrington y Will Epstein. Harrington, el guitarrista, deslumbrante de principio a fin, sostuvo casi en todo momento el discurso humanizado, que puede también emanar de la electrónica a veces, con punteos y riffs cercanos al space-rock, una presencia a lo M83, e incluso con simples rasgueos perfectamente amoldados al ritmo que marcaba Jaar.

La presencia de Epstein era más previsible, pero no por ello menos deslumbrante. Aportó esa leve estética étnica que decora el espacio que crea el maestro y lo ilumina: fue igualmente necesario para la argumentación del doctorado de Nicolas Jaar. Además, ambos parecen estar en sintonía con él en el aspecto electrónico, pues pulsaban más botones, pedales y teclas de Mac, que de saxo y que de cuerdas de guitarra. Tal vez sea por todo esto por lo que el concierto, en mi opinión, bajó ligeramente el nivel cuando, en uno de los bloques, se quedó solo el chaval ante el caldeado y sobreexcitado público de Apolo. Aunque siguió siendo categórico, los cambios en la marea de ritmos y las  intensidades resultaron más como la utilización de un recurso que como el verdadero fluir de pasiones en que se ha de basar, en mi opinión, el buen sexo...digo, la buena música electrónica.

Con todo, fue un conciertazo sin paliativos. Tuvimos incluso en honor de escuchar el reciente remix que ha hecho Jaar de Cherokee, el tema que abre el decepcionante Sun de nuestra idolatrada Cat Power (a quien, por cierto, veremos pronto por Barcelona gracias a Primavera Sound). También oímos la versión reconstruida y reformulada de Space Is Only Noise If You Can See, de Too Many Kids Finding Rain In The Dust, y de Keep Me There, entre otras delicias sonoras que, si bien se basaron en ciertos pasajes de ciertas canciones del disco, nada tienen que ver con aquel adorador del silencio que se destapó a principios del año pasado como una de las grandes promesas de la electrónica con un Cd de corte minimalista. El único pero fue que su voz, en los pasajes cantados, no se escuchaba demasiado. Ahora, tras verle y sentirle en directo, me doy cuenta de que hay que ser realmente bueno para rellena el espectro que va desde ahí al techno; y hacerlo encima como quien le hace bien el amor a una sala entera. Y Nicolas Jaar lo es realmente.

Fotos de Pablo Luna Chao.

También disponible en Alta Fidelidad.

UNICORNIBOT. Barcelona, 08-09-2012.



El coloquio incesante de cuatro entes.

Según Wikipedia, las matemáticas son una ciencia formal que, partiendo de axiomas y siguiendo el razonamiento lógico, estudia las propiedades y relaciones entre entes abstractos como los números, las figuras geométricas, y los símbolos. Del mismo modo, y siempre desde la misma fuente, el math rock se caracteriza por la complejidad de sus ritmos y lo raro de sus estructuras, maneja espacios y tiempos extremos. De todo esto, para describir la música y la personalidad grupal de Unicornibot, la última gran aportación al rock progresivo nacional, me quedo con que son el resultado de las propiedades y las relaciones entre cuatro entes abstractos, que empuñan instrumentos de plomo. Entes carburantes a base de licor café, enmascarados en plata, provenientes de las Rías Baixas.

Los Unicornibot son profetas en su tierra. Implicados en la reforestación cultural de la capital pontevedresa, son participantes del Liceo Mutante, un centro cultural auto-gestionado que el pasado 27 de Julio cumplió un primer y exitoso año de vida. Pero su trascendencia ha rebasado este año las fronteras de Galicia, y tras la edición de su segundo Lp, Dalle! (Matapadre, 2012), y un concierto en el trampolín del Primavera Sound, parecen estar preparados para dar el salto definitivo del panorama regional al nacional. Esta semana han iniciado una gira de casi dos meses por el noreste peninsular y el sur de Francia, y ayer sábado se dejaron ver por la sala Sidecar de Barcelona, gracias a la promotora local To Be Confirmed.

En faena este cuarteto gallego de math-rock-progresivo le da sentido a la definición que preside este artículo: despliegan complejidad rítmica, estructuras raras y enrevesadas, y un manejo del tiempo y del espacio extremo, unido a un vertiginoso virtuosismo instrumental. En ese sentido, su música es el resultado de las talentosas propiedades y capacidades de las que hacen gala estos extravagantes entes abstractos y enmascarados, relacionándose entre sí. Es decir: los Unicornibot son un incesante coloquio a cuatro bandas entre un bajo, dos guitarras, y una batería apabullantes. De la estirpe de Don Caballero o Battles, esta formación se diferencia de otras bandas relevantes del panorama post-rockero instrumental nacional como Toundra, por un uso casi lúdico y aparentemente gratuito de esas virtudes. Como si todo fuera una broma, una exageración perpetuada hasta donde llegue.

La pequeña y estrecha gruta que conforma la sala Sidecar se llenó de público y del estruendo que emanaba de la banda, perfectamente coordinada en torno a la poderosa batería de martillo y sudor. Guillermo García, a parte de guiar la cuadrícula laberíntica por la que han de moverse, veloces, los dedos de sus compañeros sobre sus respectivas cuerdas instrumentales, hace las veces de agarrotado y explosivo director de orquesta, todo en uno, con sus movimientos eléctricos y precisos sobre la endurecida batería que posee, una y otra vez, incansablemente. Dieron un concierto monolítico, porque en su directo recorren una y otra vez los mismos pasillos entrelazados, con callejones, requiebros y bifurcaciones, amurallados de piedra en grandes bloques; pero lo hacen obteniendo cada vez una ruta distinta hacia la única salida, pero siempre sobre el mismo suelo.

Unicornibot es de esas bandas que no dependen de un hit, de las que poco importa el setlist que hayan escogido: su fórmula, como en las matemáticas, es infalible y recurrente. Ayer tocaron 16 canciones en una hora, sin ofrecer tregua ni descanso alguno, demostrando el poco cariño que le tienen a la pausa y al silencio. No obstante, en un recital desarrollado en un ambiente tan familiar, arropados por la amplia colonia gallega de la ciudad condal, no podía faltar el tiempo para los agradecimientos, los reencuentros, para la subida de los más fieles al escenario, e incluso para las felicitaciones: las de David Tombilla, el fotógrafo oficial de la banda, que estaba de cumpleaños. Toda una fiesta, regada con el mejor licor café de todas las comarcas de Pontevedra; y un monumento a la contundencia hecho desde la humildad y el sobreesfuerzo desmesurado.

Fotos de Pablo Luna Chao. Inspiradas en el trabajo de David Tombilla. 

También disponible en Alta Fidelidad.