LA FUGA



El rock español ha gravitado, desde finales de los años '80, sobre dos pivotes forzados al entendimiento: el pop y el punk-rock revival. En la última década, a parte de la eclosión de pequeños y aislados proyectos más alternativos, se ha visto el definitivo despegue del primero de ellos, y un definitivo estancamiento del segundo. En ese caso, el rock español, en esta variante, no ha podido sobrevivir a la quizá demasiado exigente sombra de Heroes del Silencio y, sobre todo, de Extremoduro. CALLES DE PAPEL es una muestra de su última buena noticia: La fuga.

La propuesta de La fuga, como la de Marea, Los suaves, Leño o Reincidentes descansa, por lo general, en estructuras sencillas, livianas, pero de intensa púa, en una cañera sucesión de quintas, una batería sin excesos, básica, y en la linea que seapara la tenacidad de la testarudez, en el verso directo y punzante, en la descarnada lucha interior de la complejidad humana; el punk-rock revival de La fuga, sin embargo, tiene un tono de acercamiento al pop mucho mayor que sus predecesores: en la voz herida de Rulo, en la soledad aguda que esconden sus palabras, en sus limitadas aunque personales estructuras que no pueden ocultar al cantautor que lleva dentro. Es la desesperanzada e inútil brazada de un náufrago en medio del mar, carente de un verdadero movimiento musical en que resguradarse, en que influenciarse. Su disolución puede marcar el definitivo cierre de la adolescencia española, el fin tardío de un punk-rock, que parece que ya solo sobrevive en California, de la mano del sello Epitaph (el también llamado hardcore melódico).

CALLES DE PAPEL, no obstante, es un disco conceptualmente muy compacto. Bajo el limitado abanico de acordes, ritmos y efectos, de tonos y tonalidades de sonido, subyace un intenso grito de desacuerdo, de disconformidad, y de esa benévola displacencia que ha perdido Fito tras Platero y tú (aunque sin su sarcasmo, del cual tampoco hay ya noticias). Comparte, como la linea maestra del rock español, esa extraña sensación que todos hemos sentido alguna vez, de no pertenencia, de insensata pequeñez ante la inmensa maquinaria, ante ese gran todo que a veces representa al Estado, al futuro, o a la vida en sí misma.

Con el Agila, Extremoduro marcó la cumbre del rock español, allá por 1996. Dos años después se certificó la defunción de un movimiento musical que ha perdido fuelle y originalidad. Los grandes clásicos están en claro declive, y los jóvenes grupos, pese al persistente éxito de público, carecen de medios, de proyección internacional y de influencias suficientemente enrriquecedoras.

Los discos de La fuga quedarán en la memoria, quizás, como las últimas piezas de una época que ya ha pasado, piezas a las que volveremos los nostálgicos de vez en cuando. Porque el sonido de La fuga es, quizá ya a destiempo, la última propuesta de genuino rock español de los '90 (aunque ya no tan trangresivo como el de Roberto Iniesta).


Mi canción

Nunca máis

En vela

MONO



Los japoneses Mono se auto-definen como la banda sonora del fin del mundo, y no les falta razón. Desde este primer álbum, UNDER THE PIPAL TREE, hasta el Hymn to the inmortal wind, pasando por el proyecto electrónico ambiental junto a World's end girlfriend, esta banda ha seguido, sin desviación alguna, la más ortodoxa linea del post-rock instrumental, y ha sido fiel a un sonido estructuralmente poco complejo, pero estéticamente puro y conceptualmente bien definido. Mono es una de las fórmulas más exportables del rock japonés, una de las propuestas más detallistas de la escena a la que pertenecen: una apuesta segura para los fans de Explosions in the sky o Godspeed you! Black Emperor.

El disco de debut de esta banda comienza con una tímida guitarra en cascada, con el eco del delay; poco a poco se incorpora una desvergonzada batería de largo desarrollo, un contundente y edificante bajo, y otra guitarra, cargada de toneladas de distorsión. Karelia - Opus 2 es un ejercicio de rock progresivo crudo, directo y con una clásica cadencia que ensalza la coordinada y sorprendente segunda explosión de electricidad (allá por el minuto 7). Es la versión más paradigmática y, a la vez, extrema de Mono: una auténtica pasada en directo.

La mitad de las canciones del UNDER THE PIPAL TREE duran más de 9 minutos, una práctica que, de hecho, irá a más durante los casi diez años de carrera de esta banda de Tokyo. Todas son instrumentales al 100%, pero, en general, solo algunas parecen estar cargadas de verdadera tensión. Mono hace discos con livianas llanuras y escarpados picos de sonido. Por eso, en cierto modo, reflejan un poco nuestra propia actividad vital, que combina momentos de extrema agitación y cócteles de pasión, con otros de pesada calma y sedante conformismo. Al menos 4 de las canciones de este Cd (Kirelia - Opus 2, The kidnapper bell, Jackie says y Error #9) tienen una estructura de máxima progresión, que permite alcanzar momentos de amplios, distorsionados y abismales guitarreos, acompañados siempre de armónicas melodías, un constructivo bajo y una expresiva batería que huele a sacrificio humano y dolor.

La expresión del post-rock instrumental tiende siempre a la nostalgia, a la silenciosa melancolía y, en el caso concreto de Mono, a la cálida y digna soledad de una tarde oscura de invierno. Suena al pálido color azulado del hielo en la ventana, al inmaculado gris del cielo en un campo empapado de escarcha; pero también a la rojiza sensación de paz que desprende el fuego, en el interior de una casa, suena a la entrañable y cálida imagen que nos sugiere a cada uno nuestro hogar cuando estamos lejos. Puede que no derrochen creatividad en la estructura de sus composiciones, pero éstas están siempre adornadas con texturas puras, sinceras e inequívocas. Mono es un frío torrente de pasión, canalizado a través de una técnica y una producción muy cuidadas.

UNDER THE PIPAL TREE es el primero de 5 discos de estudio que han consagrado a esta banda como una de las más importante dentro del post-rock instrumental y, quizá, como el grupo actualmente más conocido fuera de Japón. No defraudará a los amantes de este estilo de música, tan melódico y armónico como enérgico y contundente; tan detallista como shoegaze.



TIRED PONY



El concepto 'supergroup' no es nuevo, pero está de moda: una formación de artistas, conocidos ya por su pertenencia a grupos con fama y renombre, una banda compuesta por músicos de otros grupos que, pese a lo que pueda pensarse, no generan una simple suma matemática de sonidos ya practicados, sino una puesta en común, un nuevo viaje, una apuesta que va más allá de la básica mezcla química de notas y pedales. Desde Cream, en los años '60, a los últimos nacimientos como Atoms for peace, el nuevo proyecto de Thom Yorke, Monsters of folk o The Dead weather, pasando por los ya míticos A perfect circle, Zwan, Raconteurs, Audioslave, o el colectivo Broken sociel scene, el concepto supergroup ha generado siempre gran espectación, a la par que grandes espectativas. Tired pony, en ese sentido, es un disco que merece la pena escuchar.

THE PLACE WE RAN FROM es un proyecto que gira entorno a Gary Lightbody, líder de Snow patrol, y a su amor por el country. Le acompañan Richard Colburn, batería de los Belle & Sebastian, Peter Buck de R.E.M., Iain Archer, Scott McCaughey, Troy Stewart y el afamado productor irlandés Jecknifer Lee (U2, R.E.M., Editors, Bloc party, etc). Una mezcla tal vez demasiado británica para el 'country-tinged' que pretenden hacer. Porque lo cierto es que, en este caso, Tired pony sí parece una continuación de Snow patrol, una leve variación con aires de mayor madurez, pero poco más.

Las canciones más 'americanas' (si no las únicas) son: Point me at Lost Island, donde el sonido acústico y la aparición de los violines nos transporta, por breves instantes, a una cabaña de madera a lo 'Casa de la Pradera (la película...)'; I'm a landslide, cuyo ritmo y repertorio instrumental recuerda tímidamente al lento galopar de un corcel del Ulster sobre el duro asfalto de la R'66; y Get on the road, la mejor canción del disco, fundamentalmente gracias a la preciosa y genuinamente americana voz de Zooey Deschanell. Es, en mi opinión, la mejor noticia del Cd. La pareja de M. Ward en She & Him, la califoniana especialista en dúos, la polivalente Zooey. El contraste de voz con Gary Lightbody es emocionante, y la suma del piano al acompañamiento de guitarra, bellísima. Cuando el tema estalla, aún sigue sin divisarse la costa americana: viajamos de noche sobre el Atlántico, por una inmensa tirolina, agarrados, con los brazos en alto, a esa dos grandes voces, tan distintas, tan iguales.

THE PLACE WE RAN FROM es una propuesta poco original, sobre todo en relación a Snow patrol, y a toda la escena del poprock de la década de los '00. Es un disco agradable, fácil de escuchar, pero con poco que ofrecer (salvo la bendita Zooey). La impecable producción recuerda demasiado al sonido manido de las bandas del post-britpop, al delicado tañir de las guitarras al atardecer: una propuesta dulce, con una creciente carencia de esa fuerza que tanto amamos del country y de la música genuinamente americana. Recomendado a fan de Snow patrol, Editors, Doves y a todos los que coquetean con el pop. Yo esperaba más.

ARCADE FIRE (parte 3)



(Continuación)

Trilogía de la pasión vanidosa. (PARTE 3)

Arcade fire no puede mantener el nivel de sus tres pirmeros discos sin que, con el tiempo (poco más), se conviertan en una de esas bandas legendarias que unen, bajo su tranquilizador y perfecto sonido, a padres e hijos, a moros y cristianos y, por momentos, al cielo y la tierra, en una imperturbable y bella harmonía vital.

Cuando puse este disco en el coche, atravesando las verdes tierras de Galicia, Arcade fire me atravesó a mí. El comienzo de muy pocos discos han hecho estremecerse a mi cuerpo de tal manera. Al pasar de The suburbs a Ready to start, un pequeño sollozo de inmensa felicidad, efímera y estúpida, pero tan pura y clara, se desató en mí. THE SUBURBS sigue la linea de los dos primeros discos de este grupo canadiense, demostrando que, lejos de ser un mero espejismo, tienen repertorio para rato, una inagotable fuerza de creación y un estilo que, pese a leves transformaciones, sigue dejándonos boquiabiertos.

THE SUBURBS, sin embargo, es un disco más convencional, con estructuras menos arabescas, más directas y lineales. Quizá hayan perdido algo de profundidad, algo de ese encanto sorprendente. THE SUBURBS es luminoso, sí, pero hay esparcidas ciertas gotas de melancolía a lo largo del Cd que lo hacen menos invulnerable que los otros dos. Quizá lo que han perdido, simplemente, sea la inocencia. La absoluta madurez de su sonido esconde cierto cansancio, una tenue disminuición del entusiasmo, de la frescura, del impactante tono de incompleta esperanza.

En Arcade fire, no obstante, en la perfección y el atractivo embrujo de su sonido, todo eso se convierte en simple adjetivo. THE SUBURBS sigue derrochando detalles de increible belleza, cambios de ritmo, de color, y hasta de inclinación del mundo en sus canciones. Los dúos de voz, la música coral, la excelencia instrumental, el trabajado muro de sonido natural, acústico y grandilocuente, siguen ahí. El eclecticismo (han manifestado que este disco se sitúa entre Depeche mode y Neil Young) sigue ahí; el constante y estimulante acompañamiento de los vientos sigue ahí; la coherente y harmónica compenetración instumental. Todo sigue sonando a Arcade fire, a nuevo y a viejo a la vez. Es un disco largo, generoso, con pocos momentos para la distracción, para la evasión.

THE SUBURBS es un signo más de madurez, un primer síntoma de estancamiento, eso sí, a un nivel estratosférico. Se respira el mismo aire a inmortalidad, la misma atmósfera atemporal, y cuando llega Sprawl II (Mountains beyond mountains) no quieres que el Cd termine. La nostalgia ha acabado con la inocencia, pero no con el genuino e inconfundible sonido de Arcade fire: es solo un matiz más. Como cualquiera de los discos de esta increible banda de Montreal, éste es total y absolutamente recomendable para cualquier amante del indie-rock, del rock, y de la Música.


Ready to start (live)

Empty room (live)

Sprawl II (live)

ARCADE FIRE (parte 2)



(Continuación)

Trilogía de la pasión vanidosa. (PARTE 2)

Después del FUNERAL, mucho se esperaba de Arcade fire, y eso es precisamente lo que nos han dado en el NEON BIBLE: mucha, muchísima música más. Con la misma ambición, la misma frescura, el mismo impresionante repertorio de instrumentos, el mismo inmejorable gusto por los detalles, Arcade fire vuelve a maravillarnos con este disco, parcialmente grabado en una iglesia, que para siempre formará parte de la más selecta colección de música de culto. La delicadeza, la harmonía y la energía más luminosa siguen siendo las coordenadas de acción de esta banda canadiense que parece haber embrujado al público y a la crítica de manera unívoca. Arcade fire es, a día de hoy, el grupo más sorprendente y prometedor de toda la escena indie, y se lo han ganado a pulso con verdaderos himnos, y con un sonido perfilado por el único rasero para mí válido: la calidad y el profundo amor a la música.

NEON BIBLE es, quizá, algo más compacto que su primer disco (que tiene el justo desequilibrio necesario para ser obra de arte), pero sigue sin poder abarcarse con la mente: sus horizontes son más anchos que los del imperio de Felipe II; la profundidad de su sonido sigue siendo abismal, descubriendo, a cada instante, pequeños y bellísimos detalles, genadilocuencia instrumental, místicos y angelicales coros, y un desbordamiento orquestal que, por momentos, pone los pelos de punta. Es la misa del siglo XXI, la de una religión sin infierno ni pecados imperdonables. NEON BIBLE reluce como una preciosa y luminosa cúpula barroca italiana, por donde el sol solo filtra dignidad, y arrojo frente a la vida.

Nuevamente, la propuesta de Arcade fire destaca por su descaro, por su originalidad, y por una genética avanzada en composición y puesta en escena. La seguridad y madurez con la que gestionan el sonido está al alcance de muy pocos. Su sonido ya es inconfundible, ya es una referencia. Keep the car running empieza como si un entero palacio de la ópera temblara de la espectación, y no defrauda (inolvidable el sonido de la zanfona); Intervention hace que nuestra mente se pierda por infinitos y deliciosos laberintos florales, deleitando nuestros cinco sentidos hasta el orgasmo; y en No cars go gozamos, junto a ellos, del exquisito sabor de la inocencia (por citar mis tres favoritas). Un disco entero de regalos que dejan huella.

Quizá el NEON BIBLE no sea tan espectacular como el FUNERAL, pero mantiene un nivel altísimo: estamos ante la confirmación de una banda de las de verdad, de las que romperan las barreras del tiempo; una de esas bandas que juegan a la comba con nuestra estúpida manía de etiquetar el sonido: una banda que se ha ganado, cum laude, el etiquetado de art-rock. Es un disco que alcanza momentos de climax absolutos (como el Med sud í eyrum de Sigur Rós) gracias a la aportación de la orquesta húngara, en los decorados, una sincera teatralidad en las voces, y una inmensa capacidad de transmitir sentimientos. Su música es, realmente, un soplo de aire fresco, las campanas de lo que ha de ser un nuevo día, el sonido más sincero de la purificación, del renacimiento interior. Las oraciones serán a ritmo de indierock, y los beatos tan solo mirarán al cielo, que es a donde nos lleva la música de Arcade fire con este NEON BIBLE. La nueva misa ha llegado.

(Continuará)


Keep the car running

Intervention

No cars go

ARCADE FIRE (parte 1)



Trilogía de la pasión vanidosa. (PARTE 1)

Sorprendentes, distintos, inconfundibles, admirados, revitalizadores, descarados, barrocos, preciosistas. Así son Arcade fire, probablemente la banda de música indie más respetada y exitosa de la década. Rebosantes de buena crítica (apadrinados por Pitchfork desde el 9,7 con que calificaron su primer album FUNERAL), cargados de una infinita riqueza instrumental (más que riqueza, es una auténtica fortuna), y con un sonido muy trabajado, personal y artísitco, esta formación de Montreal (Canadá) ha conseguido una unánime declaración de amor eterno por parte del público, en general, en tan solo cinco años. Con tan solo tres discos. Son tan altas las espectativas creadas, que algunos hablarán del THE SUBURBS (2010) ya como una obra menor. Pocas bandas han debutado de la manera que lo ha hecho Arcade fire con el FUNERAL, un disco de culto de grupo imprescindible.

Hay un trasfondo rítmico en el FUNERAL que recuerda mucho a Interpol, The National o a sus compatriotas The new pornographers; y a su alrededor se expande el barroquismo instrumental de Arcade fire. Cada compás es distinto al anterior, en cada segmento de cada canción, las infinitas cuerdas de esta numerosa banda se entremezclan con puntualidad y precisión, compartiendo y creando el ritmo, para regalarnos, en cada segundo, más que muchos grupos en Cds enteros. En este disco los violines, violas, violonchelos, el teclado, acordeón, xilófono y hasta el arpa, no son simples arreglos, sino protagonistas indiscutibles: como pasa con las grandes novelas y series, su grandeza reside en que es una obra coral.

Escuchando el FUNERAL enseguida te das cuenta que estás ante algo realmente grande. Arcade fire tienen algo; algo distinto, especial. No son solo las energéticas y atrevidas voces del matrimonio co-fundador, compuesto por Régine Chassagne y el tejano Win Butler; ni la compleja simplicidad preciosista de sus melodías, ni los bellísimos y sorprendentes arreglos manuales que pueblan cada compás; ni la intensidad y riqueza instrumental que, con oportunos y bien marcados cambios de ritmo, nos hacen sonreir, chasquear los dedos, aplaudir y hasta bailotear.

(Si a usted le ha ocurrido lo mismo al llegar a la genial Rebellion, bienvenido: ya está enamorado de Arcade fire.)

Pocos álbumes de debut han dado tanto de qué hablar. FUNERAL hizo grande a un pequeño sello independiente de Carolina del Norte (Merge Records) que apostaba, entre otros, por incipientes artistas como M. Ward. Fue declarado mejor disco del año por Pitchfork y No Ripcord (las más prestigiosas plataformas de crítica musical), recibió máximas puntuaciones en innumerables revistas especializadas, vendieron medio millón de copias en un año (lo nunca visto en Merge Rec.), y el éxito de público fue impresionante en su primera gira. Pero Arcade fire no son solo arte barroco y apabullantes números que prueban su calidad. Arcade fire tienen algo; algo distino, especial. FUNERAL es algo grande y monumental.

(Continuará.)


Neighborhood #2 (Laika)

Wake up

Rebellion (lies)

PORTISHEAD



La oscuridad se cierne sobre Portishead.

La oscuridad se cierne sobre Portishead. El trip-hop ya no existe. Ejecutado por sus propios creadores. Portishead ha vuelto, pero ya no estamos en los años '90. Tras un larguísimo y angustiante silencio de diez años, por fin salió a la luz el tercer disco de estudio de esta banda de culto que, desde Bristol, ha sorprendido y enamorado al mundo con apenas un puñado de canciones, eternas e inolvidables todas ellas. Una banda que no tiene fans, tiene devotos; que han guardado, durante estos últimos años, como auténticas reliquias atemporales de música, envasadas al vacío, aquellas 22 canciones, aquellos 2 discos (3 contando el directo en el Roseland) que, a mediados de los '90, convirtieron a Portishead en uno de los grupos más influyentes y respetados de toda la escena musical contemporánea. Referente para tantos estilos como seamos capaces de concebir; síntesis de todo un siglo de música, de todo un mundo (occidental) de sonidos.

El tiempo ha pasado, y acabando ya el primer decenio del siglo XXI, nos damos cuenta de que el futuro futurista no existe: ni 1984, ni el mundo feliz, ni bomberos quemadores de literatura, ni blade-runners, ni terminators, ni coches voladores ni teletransporte molecular. Portishead siempre ha sido como una cápsula, como un vehículo hiperespacial que nos permitía (a sus devotos) viajar en el tiempo. Hoy, con el THIRD, nos enseñan una clara y cruda visión del futuro que vivimos sin darnos ni cuenta. Como si todos estos años de silencio, sin aparentemente nada nuevo que decir, se hubieran dedicado a observar, pantocráticos, desde lo alto de su templo, cómo la sociedad se degrada; cómo el futuro acecha, aún más oscuro de lo que nos habíamos llegado a imaginar; cómo se cierne la oscuridad sobre el hombre.

El THIRD es como un profundo y tenebroso agujero, sombrío e inquietante, pero con ese impresionante poder de seducción primitivo, instintivo y ancestral que provoca en el hombre el olor a muerte, a destrucción, a sangre de color burdeos. Es el placer de degustar, lentamente, la amargura de lo inevitable. Portishead (porque es mujer) siempre resultó muy atractiva y misteriosa; la desmaterialización del poder de Greta Garbo; el sonido de la elegante resignación, de la silenciosa y honorable derrota. Un sonido que enmascaraba bien la vulnerabilidad que hay en todos nosotros. Que nos reconcilia, de algún modo, pacífica y dolorosamente, con el lado oscuro de nuestra mente. En el THIRD, oímos a una Beth Gibbons más hermética y herida que nunca. Portishead ya no hace piezas de museo: son monumentos a la incomprensión, al siempre latente conflicto interior que hay en el ser humano; son crueles sentencias; declaraciones de oscuros y lacerantes secretos, confesiones de complejas luchas, de dialéctica inacabada, de tensión irrefrenable; de reacción atómica mental.

Que nadie espere otro Dummy, ni otro Portishead, porque se llevará una profunda decepción. El THIRD no es fácil de escuchar; como no es fácil vivir en un mundo que llama débil al romántico, iluso al soñador, y mariquita a quien muestra un ápice de sensibilidad. Las joyas del THIRD no nos harán sentir mejor, ni más fuertes, ni más altos ni más guapos. Son las miradas más autocríticas y punzantes que un espejo nos pueda devolver. No hay harmonía, ni ese delicioso olor a viejo que producían los surcos del vinilo. Pero me da la sensación que este disco me acompañará durante años, como los tres anteriores. Parece un buen narcótico para sobrellevar los envites, desconcertantes e implacables, del oscuro mar abierto por el que navegamos con Portishead.


We carry on

Small

Magic door

MONSTERS OF FOLK



Lo primero que llama la atención de Monsters of folk es el impresionante currículum de sus miembros: M. Ward (de M. Ward y She & Him), Jim James (de My morning jacket), Conor Oberst y Mike Moggis (de Bright eyes). Lo segundo que llama la atención es que ninguno destaca sobre los demás, y no es la extensión de ninguna de las otras bandas relacionadas aunque determinados temas tengan un aire. No es una suma de nombres, sino de músicos. Lo tercero, una vez escuchado, es que, efectivamente, son enormes, unos monstruos; lo hayamos apreciado o no, hemos estado escuchando folk. ¡Abramos nuestras fronteras, refresquemos nuestras referencias: el folk se esconde en cada nota, vibra en cada cuerda, nace y muere en cada voz!

Quizá me equivoque, pero el fenómeno musical de las primeras décadas de la música occidental, del poprock, de la música independiente, puede ser la regionalización del sonido, la inspiración profunda en referencias, en músicas, en tradiciones locales. Por lo menos hay que admitir que está madurando una joven generación de artistas, en América sobre todo, que están destacando precisamente por la reinterpretación, ya no tanto de los estilos, de los sonidos y de los artistas locales (que también), como del propio entorno en el que han crecido. Lo bonito, lo nuevo de este neo-folk es, precisamente, que no es que recuerde a tal o cual grupo, sino que realmente suena a verdadera y nueva observación; del entorno, del territorio, de las gentes y los hábitos que pueblan las diversas zonas de EEUU. El folk de hoy no puede sonar al de ayer, porque el tiempo ha pasado, la gente ha cambiado. No obstante, algo recuerda a lo de siempre.

Monsters of folk está comuesto por un músico de Kentucky, dos de Nebraska, y un californiano adoptado por Oregón. Su música atraviesa el país como una esponja, veterana, relajada y fumando un pitillo tranqulia en el asiento de copiloto de un Dodge Challenger amarillo del '70. Su música viaja, mirando a izquierda y derecha (sur y norte), para después desprender un torrente cálido de rock acústico y country, con gotas templadas de blues, pop y hasta swing y white soul. Su música es, fundamentalmente, acústica, con momentos de intensa intimidad, y otros de sincera extroversión; con una producción impecable, y un sinfín de arreglos y texturas que solo pueden evocar un paisaje en movimiento. Vivo, y captado en su más absoluta, bella y perfecta naturaleza.

El MONSTERS OF FOLK, hasta ahora su único trabajo, es un disco delicioso, un desafío a la sensibilidad, una caricia del viento que recorre las grandes llanuras de Norteamérica que nuestra piel agradecerá. Es un sonido limpio, puro y sincero; sin prisas, que a veces recuerda al último galopar, a la última escena de John Wayne alejándose, en Centauros del desierto, pero que, sin embargo, siempre hace que nos sintamos muy bien acompañados.


Temazcal

The right place

Map of the world

MOGWAI (The Hawk Is Howling, 2008)



Mogwai ha vuelto, aunque nunca se fue. Esto se debe a una regularidad y fluidez de trabajo envidiables, y a que es de esas bandas que produce discos de los que nunca te cansas. Mogwai siempre te proporciona momentos desconocidos o hasta ahora ocultos; sus notas, la larga repetición de sus melodías, armoniosas, incomprendidas, impotentemente románticas, hacen que su música represente, mejor que ninguna, el auténtico paso del tiempo. La espera desde el MR. BEST ha sido plácida porque nunca se agotan sus discos anteriores.

THE HAWK IS HOWLING es el 6º album de estudio de este quinteto de Glasgow. Es, seguramente, el menos atractivo de todos ellos a primera vista, pese a una impresionante y caracterísitica apertura (I'm Jim Morrison, I'm dead) que, desde la primera vez que la oímos, nos da la impresión de que ha formado parte de nuestras vidas desde siempre. A partir de ahí el disco resulta un poco decepcionante, carente de tensión, pese a la cruda y ruidosa pista 2. Tres canciones anestésicas aunque un tanto inocuas y un extraño intento de aproximación al synth-pop no es a lo que nos tenían acostumbrados estos simpáticos postrockeros futboleros y católicos (son muy de Celtic de Glasgow).

En Mogwai subyace siempre un regusto a desgracia, a incomprendida enemistad del mundo hacia quien lo escucha. En Mogwai, en sus grandes temas de verdadero post-rock progresivo e instrumental, donde todo lo canalizan las distorsiones, los cambios de ritmo, la apertura de la batería, los arpegios tendidos y el despliegue final de luz y energía, hay siempre el mágico despertar de la mente romántica, que entiende tristemente su infinita pequeñez frente al inmenso poder de la naturaleza, que se sobrecoge con la asfixiante soledad de su propio ser, pero que camina y continuará caminando, con el alma hecha jirones, el espíritu herido, aún más fuerte, y la firme convicción de que, por la fe, obtendrá la salvación (si me leyeran, creerían que les interpreto a lo protestante, a lo Ranger). Mogwai hace digno y honorable el esfuerzo, la constancia; da fuerzas contra la sombra de la rendición, enciende y canaliza nuestra ira contra la misma creación que nos permite respirar: pero respirar el podrido y delicioso aroma de una dolorosa conciencia.

Lo que le falta al THE HAWK IS HOWLING es esa especie de humor negro, de sonora e incandescente pregunta retórica hacia los cielos, ese regusto a lamento resignado de Travel is dangerous, esa deseperada mirada, a lo Antonius Block en el Séptimo sello, hacia un panteón desgarrado y abandonado de You don't know Jesus, o el desesperanzado y oscuro piano de I know you are, but what am I?, obras que hacen de la música algo incalculablemente grande porque convierte momentos irrepetible en repetible (incluso por encima de la saciedad). Nunca dejarán de emocionarme muchas de las canciones de Mogwai, aunque pasen y pasen los años.

Mogwai es, sin duda, uno de los grupos más valorados y respetados del post-rock y de la música instrumental, muy apreciado por el estilo progresivo que han mostrado en anteriores discos, con larguísimos temas y rasgueo de eléctrica que erizan el cabello y que embellecen profundamente un ordenado y agradable ruido, tan humano como atractivo. Las últimas cuatro canciones recuerdan más al Mogwai evolucionista, más inquieto y curioso, más preguntón y sarcástico, al Mogwai crudo y orgulloso que hace digno el esfuerzo y la fe humana.

A quien no conozca a este grupo le recomiendo que empiece por el principio, aunque el flechazo se produce con el MR. BEST y con el HAPPY SONGS FOR HAPPY PEOPLE. Después, a los amantes del post-rock les digo que no me convence este último trabajo de los escoceses, considerados ya por mi como grupo de culto desde hace un tiempo: esperaba más, un paso más, un punto más de madurez, de evolución. Porque el post-rock se ha de reinventar con mucha más frecuencia que otros estilos de música, no valen las estructuras incólumes, académicas, ortodoxas. Espero con especial ansia un nuevo trabajo de Mogwai, y espero, sinceramente, que no sea más de lo mismo, que es siempre genial, pero ya no sorprendente (salvo los tres temazos que adjunto).


I'm Jim Morrison, I'm dead


I love you, I'm going to blow up your school

Scotland's shame

CALEXICO



Uno de los fenómenos musicales más interesantes de las últimas dos décadas es la folkización de la música rock, la vuelta a las raíces, la búsqueda del sonido más tradicional, la reinterpretación de las músicas locales, una suerte de regionalismo musical que proporciona una variedad de sonidos en la escena rock que, según mi opinión, no tiene precedentes. Nuevas generaciones que no olvidan a sus muertos, pero capaces de transformar lo viejo en nuevo en base a un poroso eclecticismo. Calexico, en este sentido, es una de las bandas más importantes del momento, delicioso ejemplo del neo-folk-rock del suroeste norteamericano.

FEAST OF WIRE es su cuarto disco de estudio, su obra más madura y ecléctica. Su sonido huele más que nunca a frontera, al sigiloso transcurrir del tiempo bajo el sol de Agua Prieta, sobre el plomizo discurrir del Pecos River. Provienen de Arizona, tierras áridas entre el Bosque Petrificado y el Desierto de Sonora, tierras de western, de pistolas al amanecer, y de resacas de tequila, mezclada con mezcal. Su música refleja la onírica narrativa de Juan Rulfo (quizá más en su último disco, Carried to dust), el respeto hacia una naturaleza incontestable, y el lacónico y poético caminar hacia la nada, en busca de la salvación eterna, del merecido descanso eterno de los corazones negros.

Calexico expone en este disco una tremenda variedad de sonidos e influencias, que van desde el puramente mariachi, hasta lo eletrónico, pasando por el jazz o el pop-rock más sencillo. Pero todos los punteos de eléctrica, por leves y sutiles que sean, recuerdan al reflejos del sol sobre el desierto; todos los ritmos, a veces simples barridos sobre el timbal, nos obligan a entornar los ojos, buscando en el horizonte, entre la calima, un rancho que simplemente sacie nuestra sed. FEAST OF WIRE es un disco abierto, uno de los más interesantes y frescos ejercicios de mestizaje sobre una base de rock que podamos encontrar, con intenso sabor a México, a los orígenes del son de Jalisco. Es una de las muestras más originales de hasta dónde puede llegar la música indie en su vertiente neo-folk.

El FEAST OF WIRE de Calexico está lleno de sonidos sorprendentes, de texturas cuasi fílmicas; hay rincones escondidos de mágicos ecos, melodías intensamente evocadoras, hay quietud y esperanzas subterráneas; es, por momentos, el elegante retrato de un hombre muerto. Creo que todos pueden disfrutar con este disco, con cualquiera de Calexico, pero especialmente aquellos que escuchen Devendra Banhart, Iron & wine, Willard Grant Conspiracy, Black keys, o a los Allman Brothers y toda esa estirpe de enormes músicos que hicieron grande a la música americana desde el country, el blues y el rock and roll (Clapton, Fleetwood Mac, Rory Gallagher y un larguísimo etcétera).


Black heart

Quattro

Woven birds

M. WARD



Esto es una auténtica joya del rock americano. Uno de los sonidos más personales y deliciosos de toda la escena actual del noeoeste norteamericano. Californiano de nacimiento, pero afincado en Oregon desde los 90, Matthew Stephen Ward enamoró a Howe Gelb (Giant Sand) con una rudimentaria maqueta en 1999. Su apuesta por este joven cantautor y guitarrista de voz cálida y mecedora se puede ver como uno de los grandes aciertos que inauguran una fantástica década musical. El segundo capítulo de su colaboración es este END OF ANMESIA, en el que contaron con importantes ayudas.

El estilo de M. Ward es extremadamente dulce, es una caricia a los oidos, es intimidad entre el artista y su público, es unión pura entre creador y su propio arte. Sus influencias van desde Bob Dylan a lo más profundo del country y el folk del oeste, pasando por las grandes figuras del indie americano como Yo la tengo o Lambchop; y su música enlaza perfectamente con toda una nueva generación de jóvenes músicos que están reinterpretando su país y su tradición musical desde la humildad, con una claridad de ideas y de sonido que hacen pensar en una verdadera eclosión de lo que podríamos llamar neo folk-rock americano occidental.

END OF AMNESIA es una obra especial. Desde el principio conectas con el artista que hay detrás. No imaginas un concierto donde le cante a miles de espectadores: oyéndolo tan solo puedes concebirlo susurrándote al oido a tus espaldas, hablándote en la más absoluta intimidad, hablándote de tí mismo, de tu nostalgia y de tu pasado. Es un disco eminentemente acústico, pero con leves reflejos eléctricos, con una lenta y sutil percusión, constante, rica y muy limpia, y unos arreglas que confieren a cada canción un aura distinta. Solitarias todas ellas, pero llenas de motivos por los que merece la pena vivir. END OF AMNESIA es un disco inolvidable, capaz de convertir un día cualquiera en un recuerdo imborrable.

Lo recomiendo absolutamente a todo el mundo, no podía ser menos. Pero sobre todo a lo que viven al son de Yo la tengo, Fleet Foxes, Lambchop, Neil Young, Bob Dylan, Bon Iver, Cat power, Caléxico, Iron & wine, My morning jacket, Pavement o She & him y Monsters of folk (otros dos proyectos de M. Ward). Pienso que podemos entender un poco más a ese gran desconocido norteamericano a través de artistas como estos. Desde luego son un regalo para los oidos. Yo, por lo menos, me voy de vacaiones con M. Ward, y a dónde él quiera!


Carolina

Half moon

From a pirate radio sermon, 1989

BARDO POND



Segundo disco; primero con Matador Records. Se abre despacio, con un despertar de 4 minutos; de pronto, se despliega toda una marea de música y ruido en la monumental Limerick: un inmenso edificio sin apenas estructura, con melodías difusas, asentado en un monólogo distinto y espiritualmente unido de cada uno de los instrumentos. Como el ciego caminar de los costaleros en la Madrugá, cada integrante de Bardo pond disfruta de su propia liturgia, pero de la mano y sobre un mismo camino.

Muchos definen a esta banda de Pennsylvania como rock psicodélico por sus narcotizadas letras. Lo cierto es que parecen más cómodos en el campo de la improvisación que en el de la repetición de una estructura convencional. Sin embargo, ambos conceptos se unen de manera magistral en algunos de los temas del AMANITA. Yo los colocaría más en una escena noise, aunque pulcros y tremendamente detallistas.

Su sonido roza la autocrítica más encarnada, invita a escarbar en la profundidad, en tierra oscura y mojada; su sonido, duro e implacable, es, a veces, el fiel reflejo de nuestro lado más sucio en un espejo manchado. Dilata una realidad engañosa, empaña las pupilas de ruido y mierda, pero muestra y saca a la luz una energía que, sin tú saberlo, habita en tus entrañas. Con un interesante componente electrónico, una distorsión exagerada, y un inestable muro de sonido, crean un ambiente limpio y acristalado, de obligado esfuerzo auditivo, de incansable aceptación y amor por la imperfección, y de verdadera pasión por el rock y la electricidad en la música post-moderna.

AMANITA, ese ruidoso disco cargado de nobleza, acompaña bien en la estantería a los discos de My bloody Valentine, Pale saints, The Jesus and Mary Chain, o al primero de Bowery electric. Gustará a quien disfrute con Mono, con Mogwai, y con todo lo instrumental post-rock, pero que alcance niveles de entrega quizá mas exigentes. Eso sí, sin duda se perderá durante horas, como yo, por los laberínticos punteos y solos de Bardo pond en AMANITA.


Limerick

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